023 La cuestión del alma

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Los ritmos en la poesía,
dijo el gamusino,
son como esta marioneta que baila entre mis manos.

Los ritmos.
Llevan trajes de potentes costuras silábicas,
prendas acentuales de brillantes tonos,
estróficos acabados y figuras retóricas.
Los voy modelando a esos peneques
y una vez hechos van saltando
entre decoraciones suntuosas, los pies leves
desde un hemistiquio rumbo al otro
o tirándose por ahí a lo kamikaze, ah segura gravedad.

Es un oficio muy sabio el de ir vistiendo
estas miniaturas con sus hermosos ropajes.
Mira acaso esta marioneta bailando entre mis manos,
flotando con ese aire un poco musical
y rozando indolora el suelo, como una plumita.

La marioneta bailaba entre sus garras;
no terminaba de convencerme.

Reconozco que me gustan tus marionetas y su baile atolondrado, concedí.
Pero aparte de que suenas rimbombante en exceso,
y por mucho que las vistas de terciopelo y marfil,
y que las adornes con esas ropas esdrújulas,
y tanto baile,
yo creo que les falta alma.

Nunca había visto al gamusino tan cabreado.

“El alma, el alma…¡Menuda tontería!”, gruñó.
“¿No te hace acaso feliz esta marioneta
bailando entre mis manos?”.

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022 Figuras retóricas, figuras etóricas

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FIGURAS RETÓRICAS

prosopopeya,
polisíndeton,
anacefalcosis
antanaclasis
homeóptote
disfemismo
hipálage
neuma
zeugma
sermocineo
endíadis
polipote
pretermisión
expolición
meiosis.

Tú misma.

FIGURAS ETÓRICAS

prosopopeya,
polisíndeton,
antanaclasis
homeóptote
película
disfemismo
hipálage
neuma
zeugma
sermocineo
porno
endíadis
pretermisión
expolición
meiosis.

Tú misma.

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021 La edad de las cosas

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Pasamos mi hijo y yo andando por la acera
junto a un hombre sentado en un banco
con un cartel que decía “El poeta en la calle”.

El hombre miró a mi hijo y sin decir nada, solo por señas,
comenzó a doblar un papel hasta formar un origami,
y se lo dio ante sus ojos asombrados

Luego me miró a mí y saqué unos céntimos
para pagar esos segundos de felicidad de mi pequeño,
así son estas cosas.

Mi hijo tomó el origami con ambas manos
protegiendo ese milagro recién acaecido ante sus ojos
como un frágil pollito.

“Acaba de nacer, papá”, decía el muchacho.

Así es como se lo trajo a casa,
mientras yo venía pensando en el día
en que, siendo yo todavía niño,
mi abuelo sacrificó un pavo, en plena Navidad,
en mi terraza.

Han pasado doce días
y el origami está en una estantería de su habitación,
cubierto de polvo.

A ver cuánto dura.

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020 Inlibros éditos

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En la medianoche del 11 de noviembre del año 2002
terminé mi primer y único libro de poemas.

Exactamente 26 minutos más tarde recibí un correo electrónico de un editor;
una hora más tarde un telefonazo de un segundo;
a las 03:30 de la madrugada un grupo de editores llamaron al telefonillo,
cuatro minutos más tarde aporreaban la puerta.

“Hemos sabido de su libro”, escribía el primero, “y nos interesa”.
“Lo publicaremos esta misma noche”, me dijo el segundo.
“Quiero tatuarme esos poemas”, clamaba uno desde el telefonillo.
“Pum, pum”, aporreaban la puerta.

Me imaginé a mí mismo la mañana siguiente,
ya protegido por unos cuantos guardaespaldas
firmando el contrato de publicación no con mi firma,
sino con mi autógrafo.
La próxima vez,
me decía el editor mientras firmaba,
no es necesario que termine su libro,
ni siquiera requerimos que lo escriba,
siempre será un placer para nosotros publicarle incluso páginas en blanco
y pagarle emolumentos de miles de millones.
Somos gente seria, sabe.

Fantásticamente halagado por tantas atenciones,
tuve sin embargo que salir al paso con excusas.
“Su oferta se escapa a mis parámetros…
No puedo atender todos sus ofrecimientos…
Esto que proponen, económicamente, no es viable…”,
grité a la muchedumbre de editores
reunidos y expectantes ante mi balcón.

“Hay demasiada gente queriendo publicar mi libro de poemas”.

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019 El Luma vs Javi

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Sentados algunos amigos en la calle Sanguino Michel,
mi amigo Javier se lamentaba
de haber perdido el amor de una doncella
tras semanas de justa con El Luma.
El Luma, gran jugador de fútbol
guapo y seductor adolescente
en una capital de provincia antes del siglo XXI.

Se las habían tenido tiesas los dos
durante varias semanas con aquella chica,
los dos apareciendo a la vez de manera inadvertida,
mirándose de reojo mientras presumían
de raras hazañas prebélicas,
ya ves tú, en Cáceres y siendo adolescente,
o midiendo el volumen de las carcajadas de la chica
con cada una de las bromas improvisadas,
los dos gallos recién emplumados
luciendo la cresta de su esperanza propia.

Pero se la había llevado el Luma,
El Luma había sido más pillo
y ahora estaría haciendo sabe dios qué con esa chica,
justo después de ese dramático
momento en el que se deshace un triángulo,
con apenas un gesto involuntario de la muchacha
y una media sonrisa de El Luma levantándose triunfante
sobre la armadura mellada de mi amigo.

El Luma, decía mi amigo en bucle,
una vez consumada la derrota,
Al Luma le voy a dar su merecido,
Al Luma que llegó más tarde.
El Luma seguro que juega de suplente,
El Luma con todas esas historias inventadas,
todos esos chistes que habrá copiado de un libro.
El Luma,
Qué diablos será ese nombre, el Luma,
Al Luma no se le conocen amigos,
Ninguno sabe dónde vive.
Qué estarás haciendo con ella,
Tú Luma mentiroso
con tu agenda de malas intenciones.
Tú y yo tendremos que vernos las caras
Luma,
déjate en el próximo partido.

Tantos años después seguimos recordando aquella escena de protesta,
más bien riéndonos juntos con Javier el caballero despreciado
de tantos ajustes de cuentas adolescentes
que luego se arreglaban luego con el fútbol y a volar.
Eran esas quejas de la sexualidad nueva,
desconocido mundo de mujeres,
nosotros lanzando esas sondas al fondo del océano
midiendo la verdadera dimensión en esa pared acuática
y calando el descosido interior de los males de amores.

Qué triunfador, el jugador de fútbol,
qué habría hecho el Luma avieso
con la inocencia de aquella pobre doncella
inocente muchacha que se dejaba besar pero no besaba,
qué bobos éramos la inmensa mayoría.

Un listo, el Luma,
el Luma que me han dicho que se ha hecho policía municipal,
el Luma de quien mis amigos y yo casi no hemos vuelto a saber nada.

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018 Hipopotomonstrosesquipedaliofobia

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En mi lista de poemas que te traigo para hoy,
dijo el gamusino con indolencia,
destaca el siguiente:

Hipopotomonstrosesquipedaliofobia

¿Hipoqué?, pregunté.

Hipopotomonstrosesquipedaliofobia,
Es una de mis palabras favoritas. Es un poema.
Es de hecho mi poema favorito de hoy, dijo el gamusino.
La hipopotomonstrosesquipedaliofobia
se define como el miedo persistente a las palabras largas.
Diagnosticarle a alguien hipopotomonstrosesquipedaliofobia
es como sacar por la ventana de un décimo piso
boca abajo y agarrado por las perneras
a alguien con mal de altura
y decirle, “parece que hace viento, Pepe”.

No puedo emplear la hipopotomonstrosesquipedaliofobia, protesté,
¡Nadie entendería nada!

¡Precisamente! ¡Precisamente!
De eso se trata justamente, dijo el gamusino,
Hipopotomonstrosesquipedaliofobia, miedo
Ciclopentanoperhidrofenantreno, materia
Octangolonoplasentaiconósico, la respuesta al misterio de la vida.
¿No me has invocado diciendo que querías un buen poema?
Pues tú llénalo de hipopotomonstrosesquipedaliofobia
Hipopotomonstrosesquipedaliofobia por todas partes,
Llénalo todo así de gongoritos
hasta conseguir que nadie entienda nada
y te coronen.

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017 ELIJO EL EYJAFJALLAJÖKULL

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Aprovecho que estás durmiendo,
dijo el gamusino,
para revelarte la verdad de los hombres.

‘Los hombres, cuando mueren,
pasan por una hilera de ventanillas dispuestas al final del túnel,
y allí reciben en custodia una palabra
solo una, que han de tener a punto
para poder arrancarla lentamente
cuando alguien quiere usarla en el mundo de los vivos.

‘Resulta espectacular y solemne ver a tantos muertos,
tantos huesos cubiertos de telarañas,
correteando dentro de ruedas de hámsters,
tirando de hilos y poleas,
arrancando palabras a violentas pedaladas,
para mantener vivas vuestras conversaciones,
vuestros gritos de ira en las calles,
vuestos canales de televisión emitiendo las 24 horas,
vuestras declaraciones de amor.

‘Ah,
si supierais que tanto cadáver habla en vuestra boca
no diríais que sois tan especiales.

‘Yo que soy un gamusino centenario
voy conociendo bien las elecciones de los nuevos fallecidos.
Van llegando y sabes bien qué palabras quisieran apropiarse
una vez vencida la primera confusión de estar muerto.
Los hombres ebrios de poder buscan sobre todo preposiciones y verbos,
para organizar el mundo.
“De”, la palabra “de” fue para un hombre poderoso
que ha estado presente en todas vuestras ensoñaciones.
Las chicas jóvenes prefieren los adjetivos luminosos, las metáforas,
los hipocondríacos se quedan las patentes de medicamentos,
los muertos en las guerras piden nombres de flores.

‘Pero no son tan importantes esas elecciones.
Lo que quiero decir es que debes llevarte a la tumba una palabra.
Tenerla lista en el quicio de tus labios amoratados
para cuando en ventanilla te pregunten si tienes alguna preferencia
y no quedar decepcionado si es negada
o sufrir un término impuesto.

‘Solo recibirás esa palabra elegida si está todavía libre,
así que no tengo muy buenas noticias,
porque antes o después todos sois nuestros clientes
y hay ya mucha humanidad acumulada.
Amor, arte, felicidad, manutención,
todas son pedidas de manera recurrente,
pese a que todas fueron concedidas en el principio de los tiempos:
Arte la sigue gestionando un troglodita pintor.
Felicidad la obtuvo la primera mujer que habitó una casa.
Amor la mueven conjuntamente una pareja de amantes adolescentes.
Manutención, un contable recolector que conocía el valor de las cosas.

“Mío” ha causado más de una pelea en más de una linde.
“Sexo”, bueno, ya sabes.

‘Venís últimamente pidiendo anglicismos
y muchos recibís las palabras que nadie más había querido,
como güisqui, que ha sido otorgada,
a un hombre tan borracho que seguía torciendo la grafía
y le daba igual.

‘Como ves, casi todas las grandes palabras están ya asignadas,
pero el progreso del mundo está lleno de palabras nuevas,
y esas son las únicas que no mueven los muertos.
Son tu oportunidad,
y te dejo que pienses qué palabra elegirías.

Yo, por mi parte, que ya he visto de todo,
si hubiera de quedarme con un momento impresionante,
sería el de la primera palabra concedida: dios, claro.

Dios tiene un custodio sorprendente
pues es la palabra que se reservó el diablo
recién expulsado del paraíso.
Cuando alguien nombra a dios, el diablo pedalea.

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016. Horizonte de sucesos

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Hay una física para las cosas muy grandes.
Hay una física para las cosas muy pequeñas.

Un agujero negro es una gran esfera invisible
que lo engulle todo.

Bailando en su horizonte de sucesos hay kilotones de materia universal,
bailando hasta el final de la noche
y resbalando hacia dentro para siempre.

Es un lugar fascinante, el abismo.

Entre la física de las cosas muy grandes
y la física de las cosas muy pequeñas
hay una flor a punto de nacer.

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015 El libro de recetas

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A los ratones que corretean por el desván,
sobre mi cocina,
les he puesto nombres de poetas.
Ellos van y vienen juguetones, estoy seguro,
y habrán haraganeado con su hocico
en mis tarros de especias aromáticas
Habrán remojado los bigotes; dejado secretas huellas
en las recetas que preparo con esfuerzo,
en el aroma a caldo de pollo que hay en casa.

Sé que me sería imposible acabar con ellos.
Vivieron aquí desde mucho tiempo antes que yo
y de hecho fui yo quien invadió su espacio;
pero sé también que por las noches salen de sus agujeros
y se divierten con mis verduras y legumbres,
porque más de un día me las encontré mordisqueadas.

A todos los ratones los tengo bautizados.
Algunos llevan nombres de poetas latinos,
tipo Furio Bibáculo el obeso,
pero la gran mayoría de los nombres están en mi mesilla
correteantes ratones con nombres y ademanes
de escritores; y fumigarlos, así de bautizados
yo no puedo.

Las más de las noches, los ratones danzando
andan mordisqueando mi libro de recetas,
dejando pistas tenues en los párrafos de los ingredientes
o un rastro de pis que guarrea los pasos de la preparación.
Cuando a medio día me pongo a pelar patatas o cortar tomates
y abro con sumo cuidado esa receta que busco,
me encuentro la página roída con la huella de un ratón.
“Es que es así, la receta”,
parece decirme el maldito roedor impertinente.

Y si tuvieras razón, Juan Ramón,
digo en plena ansiedad de su influencia,
igual termino fumigándote.
Igual termino fumigándolos a todos, pero sé que volverían
estos ratones que andan en mi libro de recetas.
Y además que la casa en que vivo es también suya.
Ellos, los pequeños habitantes del desván,
que aunque tenga pelos de ratón en la cocina,
si tengo ganas de cenar sopa de pollo,
bueno y qué.

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014 Plaza mayor III

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Qué pronto tomamos posesión de las cosas,
pero qué largo lleva asociarlas a recuerdos
y elásticamente estirarlas en el tiempo
desde donde fuimos hasta donde estamos,
y atarlas como hilos de cometas en las manos
mientras caminamos a otra parte.

Los torpes turistas ingenuos desconocen,
no caben mis posesiones en vuestras fotografías
porque no pesan nada,
porque las tengo colgadas en el tiempo
a remojo en las cuerdas donde tiendo mis propias ropas.

Todas esas fotos se imprimen de manera mentirosa
fijando las memorias nada más sacadas
y seguro que tú, hombre de gafas y gorra,
esperas ya de ellas que en tu futuro no visto
puedan revivir lo que ahora estás sintiendo,
tu enamoramiento advenedizo corriendo por dentro
de tu camiseta amarilla de tirantes
y esas calzonas de explorador primermundista
tendidas en tus piernas frente a toda mi infancia.

Pobre turista iluso,
Lo que vives ahora en esta plaza no se revive nunca.

Los recuerdos son películas proyectadas
en una sala oscura del alma.
Los míos andan ahí ahora mismo apurados,
vagando como fantasmas temblorosos
en las mazmorras imaginarias de la torre.
De vez en cuando suben
y se agarran a las imponentes almenas
y asustan medio en broma a un visitante.

Desde allí me miran sentado aquí pensando,
y también miran vuestro paso ante ellos.

Os ven como la espuma de las olas,
mar alterado de la humanidad
pasando por todos estos siglos,
esas torres plantadas como árboles por hombres de espada,
bañándose una tarde en tu memoria
y la siguiente en la mía,
y echándose al cielo azul, como un espejo,
eco de tanta sabiduría,
torres en silencio que saben que hacia ellas cada día
baja desde hace siglos un océano
que quisiera quedarse en la pleamar de la plaza
contemplándolas.

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