01. Silencio, sol, pájaros (~2007)

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SILENCIO, sol, pájaros, que nada os arrebate.
Pisan las palabras resbaladizas tierras:
con sonidos vamos dibujando nuestras redes
creando contornos de labial geometría.
La luz viaja atrapada en su velocidad
La luna va dejando de serlo en su redondel.
Abro la boca y levanto muros de aire,
soplos de posesión, mi herramienta del mundo.
A veces en la más bella forma,
las cosas las hago mías por un momento
pero las pierdo para siempre como son.
Arduo el precio nuestra labor de abrir grietas,
nuestras aristas de sol no son el sol.
Por eso al llamarlo el silencio se esconde
y cuando toco la flor, ella se marcha.
No podemos nombrar nada sin cambiarlo
y nuestra ambición va siguiendo rastros,
llenando el espacio de las sombras
pincel a cincel, sílaba a sílaba,
hasta la total destrucción del poema total.

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02. Tierra de nadie

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Tu cuerpo ensimismado, míralo,
suspendido sobre algunas palabras
como remiendos del campo
bajo la recia luz del sol primero.

Quietas, escondidas, las adivinas
como capullos queriendo ser la flor de jara.
Aguardan a que alargues tu lengua
y al poseerlas te dejes llevarte
por la larga almenara de colinas
que corta el horizonte y detiene el día.

Alguna vez fueron pronunciadas
pero ya nadie lo sabe. Ahora corren
serpenteando por los riscos agraces,
entre las parcas ramas de la encina
torrente tremendo de sonido
que culebrea bajo nuestros cuerpos,
ayer como el lomo de un gran saurio
hoy un fósil secreto pero tan inabarcable
como un gran amor
que de masivo todo lo diluye.

Casi puedes imaginar como
algo ahí debajo respira mientras duerme
bajo tus indecisas pisadas,
indomable hasta la lejanía
un sonido tan hermoso que tienes que hacerlo tuyo aun a riesgo de no recobrarte nunca;
largo como el más largo tobogán del alma.

Pero en realidad aguarda.
Sabe que te dejarás jincar
por las mandíbulas de valles donde cuelga la fruta;
al tenderte en la larga frente de los llanos;
al admirarte en la flor más linda
como si ya fuera parte de tu pelo.

Ahí, junto a los cerezos,
a pocos metros de donde ríe una muchacha,
guarda bien este momento
de mirarme al descubrir qué era la felicidad por fin.
Y si quisieras decirme algo,
verías que estás hecha de árbol,
ya entallada en esta tierra antes de nadie,
por la que hoy marchas callada,
suspirándola.

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Niñas de Cáceres

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SÉ que te impacienta llegar a tu destino
tú que te imaginas encumbrada a canción
convertidas tus lágrimas en soplos de luz
para las noches en vela y la bruma del campo.

Tú señalada por la retama y la jara
casi sabrás ya que el resplandor lejano
del que te hablo algunos días
alumbró a tu padre, hoy ciudad entera de amor
que en su dominio te aguarda.

De camino a la tarde correrás a su encuentro
en tus pasos enjutos y en largos encinares
sin principio ni fin ni quien los narre
y a tu llegada abrirías los ojos
como si las cosas te esperasen, quietas
en la lucidez de la nueva medianoche.

Estos son los lugares que te están esperando:
los escudos y las torres, las cigüeñas y las piedras.
La huella roja de una mano ya sin nombre,
una punta de flecha, un arco egregio todavía
cuya herradura cruzarás ya bañada de sol.

Vamos. Esa es tu historia.
Está dispuesta a aceptarte y tomarte como suya:
te dará coordenadas desde su memoria más íntima
eterna y elegante como la estación del año
instante originario sobre el que gravitará tu libertad.

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03. Recuerdo de infancia

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Robledillo de Gata (Cáceres)

Robledillo de Gata (Cáceres)

A José María Sánchez

MI CASA daba a la plaza y podías,
con solo asomarte, adelantar el flujo de las cosas:
las mujeronas sobrias arriba y abajo
los viejos abastonándose en las cuestas
los animales sueltos cerca de la fuente.
Mi padre de mañana se bajaba al campo
por los senderos más secretos
listo para encontrar el tomillo
interrogar a las parras, la higuera,
– Eh, niño, vente que me voy
Y yo parte ajena a todo,
como la planta, el manantial y la risa,
brotando a la calle como un pájaro,
apenas despierto y ya reventado de luz.
– Que no, que hoy me quedo…
…pero al final le seguía.

Ligados en el día los primeros brotes
ya habíais los muchachos ocupado los campos,
tú con tu padre,
en vuestras jornadas de sudor y empuje
pero con tiempo a veces de bajar al río,
tomarse unas moras en un pedrusco,
o venirse cantando a largos pasos.

Por toda la sierra, las huertas,
en qué orden hermoso fijaban la voluntad
de la flor, la tomatera, el olivo,
de qué modo la sencillez de ese trabajo
honraba su propio don luminoso
con lo mejor de esos frutos
-sabías bien que si fuera ya verano
los labradores os los traeríais de vuelta
a manos llenas,
la camiseta y la gorra viejas,
la cara algo manchada de barro
entrando en el pueblo a lomos de las resistentes mulas
como antiguos nobles.

Recuerdo vuestra justa inclinación,
la carga tenaz de los sacos de pienso
los delicados riegos, con precisión y tino,
Matemáticos, ingenieros, músicos;
me dejábais pasar junto a vosotros:
yo en mi propia ilusión de libertad
volando de emoción junto a las parras,
cálida la gloria del campo.

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Momento final

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MANA en la jara su final aroma.
En la dehesa cae muerta la luz
y por el campo se agitan las cosas
palpando su horma.

De vuelta una perdiz busca su nido
Y los prados retoman su quietud
Se pone el sol y lo que siempre ha sido
Su dominio cae dormido.

Por un momento, la tarde se colma
Y viste al campo de su adiós azul.
Luego la flor se marcha de su forma.
Luego los lobos cabalgan las sombras.

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Conquista

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VIENEN los burros por la cuesta
agarrándose a tu piel.
A ambos lados del camino,
los pedruscos secos
como cántaros del aire
sombras mudas del altar
donde estamos ungidos.
Aquí se tambalean los muchachos,
en su primer nacer.
se insinúan los gemidos
shh.
Escucha.

Nos trae el viento de sus
viajes por el polvo
Ondeantes balconadas
urnas ocres cayendo
sobre secretas cuevas
Montañas olas de aire
barcos de la tierra
como abejas hambrientas
unas tras otras:
cordilleras, estelas
en el mar del bosque.

Querríamos horadar
tu parte íntima
poseída ya montaña
en toda violencia flor
de pétalos arrancados
nosotros por dentro de ti
corriendo por tus huecos
como glóbulos.

Te hemos traído hasta aquí
con un clavel entre las manos
Tómalo
o bien déjanos marchar.

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Montaña y flor

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En la cima hay unas flores
-la montaña como la flor más hermosa-
estriadas como tallos
de inocencia y sangre
coronando el más nuevo amor
sobre tu frente.

Arriba como en la montaña quieta
querrías estar tú
en tus siluetas ocres del atardecer
con tu cadera ancha y árida,
caminando mientras prende en ti
el aroma de la flor más salvaje.

Sabes que camino abajo
es hora de encender esas luces
que te confundirán con el cielo estrellado.
Allí los hijos del sol y de la noche
se entregan a sus astros propios,
y ves por los vanos de la casa del carnicero,
los pastores guardando el almuerzo
otros ya escalando sueños.

Todos esos hombres y mujeres
hechos de cielo, de montaña y de tierra,
con sus flores nuevamente imaginadas:
y tú con el aire adicto en tu pelo
nueva flor del jazmín a la caída del sol,
sentada aquí, a mi lado,
cuando ya nos hemos ido.

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Algunas noches, en La Mosca

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SENTADO en los barruecos de la sierra
frente a la ciudad, la otra noche,
Volví a preguntarme si podía amarte
sin rumbo definido, como un secreto
rumor que cayera luego a plomo
sobre la tierra y se plantara en ella
muda ensoñación de oscuridad,
jamás reconocida como prueba.

Tu recuerdo me seguía incandescente.
se imantaba por las curvas de la ruta
su memoria estelar, rápida como un cometa,
henchida de luz y dimensiones.
No más amor que el prometido, quería darte,
sólo hallarte entreteniéndome de lejos,
tejiendo nombres, así de refilón.

Sentado en los barruecos, bajo el mirador
un perro ladraba aterrado de verse a la vez
solo y dentro de la noche estrellada.
La ciudad iba rumbo a su silencio nocturno
Y tu recuerdo iba rumbo adonde yo estaba,
Rastro del sol para tu mancha de luna
o envés de la mano que quisiera ser haz
hasta abrirse el uno en total cohabitación-.

A veces, como esta medianoche
subo por el collar eléctrico hasta el mirador
Y desde allí, si me aúpo a una piedra
Puedo divisar todavía los jirones de tu huida
y preguntarme si aún podría amarte.
Quiero decir, tú te marchaste
y yo ya no tengo opción.

Algunas noches tu imagen se viene
como un enjambre de insectos colorados
que curioseasen el campo en su luz última.
Entonces puedo seguir su hilo e ir tirando de él
a empujoncitos, como tomando
pequeños pedazos de viento y nube,
y dibujarte así me satisface mucho.

Pero otras veces tu silueta aparece borrosa
y antes de llegar a mí se pierde entre los árboles
como un famélico fantasma
pero real porque yo siento el latigazo
como el tallo sembrado que pierde su flor.

Luego bajo a casa silbando esa canción vieja.
Caminos nunca santos que irrumpen en tu sueño,
gato cuántico que se deja bajar por el canalón
y te deshoja la pregunta que me hice la otra noche,
y si llegas a mí con la corriente cierta, te gusto y no te gusto,
áureo molino girador, cometa rebosante de luz,
cuando me vino al caso de nuevo la memoria tuya.

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Mar de Kabul

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(i)
BAJO esos mantos celestes vuelan pájaros ciegos.
Atraviesan hilos que se retuercen de deseo
y lo llenan todo de luces,
imanes de sol sobre el cemento,
oleadas que se rompen sin voz.

Aquí, tan lejos del océano
se cose la pleamar a sí misma como la música
que no se recita y así no se corrompe
por el tiempo. Pasa sólo fuera de ellas
como un demonio furioso
y las deja intactas mientras lo arrebata todo
en estos muros ocres como de humana arena.

(ii)
Sobre estas alambradas, ríos del pleno día,
cubierta tras la pared de los ojos visitantes
camina y canta una niña de la mano
tuya y tú vas perdida como tu propio pasado.
Junto a vosotras caen gotas de lluvia polvorienta.
que luego se remansan de camino al bazar
-oasis en los márgenes de cuantos hombres
os leen de reojo.

Mujer de alma robada
y hoy sujeta pero ya para siempre fuera de sí,
crees en tu andar que comienza el desierto
pero solo es la alucinación del mar,
en que vuelan como peces los pájaros
y como no tiene edad la tentación dura siempre.

(iii)
Manto tuyo lago subterráneo
en el que crees enjuagarte de noche,
volando las miradas navegando
por las manos perdidas de salitre y molusco.
Si pudieras tú lanzar a volar, en tu ceguera
esas cuencas secas por las que irán tus ojos
yo quisiera ver a qué corazón se entregarían
para estudiar el amor,

Y viéndote marchar, apresurada,
de la mano de esa niña todavía feliz,
quisiera dar la vuelta al mar, al fin y al cabo
cada uno tan lejos de los demás océanos,
pero sé que a mi tentación ni la dejarías hablarte,
y te volverás de repente vieja dispuesta a morir,
consumir tu momento de aire y tu secreto halo enamorado
al fin y al cabo tan lejos de todo lo demás.

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Día de otoño

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HE VENIDO a coger esparraguitos
junto a la charca de los Barruecos.
Hoy hace frío y supongo que otros
piensan en encender el primer brasero.
Enfrente está el lavadero de lanas.
Cuando caiga la tarde, su muro
se volverá rosado
antes de darse a la oscuridad.
A lo lejos pasean unas pocas familias.
Un niño se asoma a la charca.
Toma una gran piedra
y la arroja –describe un trazo limpio,
luego cae como el plomo-.
El sendero mío es de arenilla,
se abre entre la hierba húmeda
–aquí debo desviarme y serpentear.
Siempre es la misma ruta, pero nunca igual.
Algunas plantas, a la vista de todos,
yacen aplastadas por el trasiego demasiado.
Su tallo seco se ahoga contra el suelo,
y apenas guardan nada que ofrecer.
En cambio, las esparragueras buenas están a salvo
en huecos de rocas, en lugares ocultos.
Esas me gusta explorarlas lentamente,
robarles todo cuanto esconden.
Basta un tajo a serrucho, delicado,
para quitarles el alma.
Algunos días, de vuelta enciendo un fuego.
Sentado mirando el lavadero, junto a la charca
con el agua quieta cada vez más gris.
La tarde cae como la piedra del niño.
Luego ato el manojo y vuelvo a casa,
feliz de sentir algo parecido al deseo.

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