El opositor

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Después de algunos años
hoy es un gran día,
un día de fiesta en el que puedes esperar unos petardos,
y pasteles y visitas y guirnaldas
que acabo de comprar,
porque estoy al fin entre los elegidos,
después de algunos años
en los que la vida mía funcionó como un reloj,
como un tratado matemático
en el que cualquier movimiento tenía un eje
y cualquiera de mis rutinas iba medida,
por fin he aprobado mi examen de acceso.

Ha pasado mucho tiempo y aquí estoy hoy
en uno de esos raros momentos
en los que un hombre da por cumplido
el objetivo marcado,
parado en el camino de su vida,
y puede pararse, por un momento,
a mirar lo conseguido sin pensar demasiado
en lo que queda por venir.

Y aquí en mi casa, la penúltima de la calle,
he puesto nombre a todos mis momentos,
y he sentido los días en su individualidad,
su calma diferente,
mientras me concentraba en mis papeles.
Conozco como nadie el silencio
porque domino cada uno de sus pliegues,
también aquellos en los que se oculta
en los remansos de ruido,
como cuando viene Rahul en su moto,
con su novia, sus caballitos, sus acelerones,
y mi propia concentración se enfrentaba
a su ruido; el silencio hablaba
con el motor de su Honda,
y era como una conversación,
y cuando regresaba a los libros,
después de su paso, había perdido el hilo,
tenía que recomenzar el estudio
y le maldecía en silencio.

Qué importante es el método.
Hoy, que es día de pasteles y guirnaldas
y visitas,
espero que pase con su moto, y se detenga
para preguntar qué ocurre en casa,
Rahul tendrá que felicitarme
y me verá alejarme haciendo caballitos,
gran ruido ensordecedor en el silencio de su vida
rumbo a lo que queda por venir.

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Hombre del langur

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Yo al igual que mis abuelos
tengo a mi cargo el cuidado de los langures
en la casa de la democracia,
el parlamento donde nuestros líderes discuten.

Todas las mañanas voy paseándome
con mi langur por los pasillos de la zona exterior
y me cruzo con diputados y ministros,
y con empresarios que llegan con aire
de negociar algo importante,
y ambos les saludamos con cierta indiferencia,
y ellos nos miran con cierta simpatía,
porque saben que mi langur mantiene alejados
a los amenazantes monos de los árboles
a los monos risueños del parlamento.

Mi langur y yo tenemos un permiso especial,
una especie de carta blanca: no pasamos controles
y podemos entrar en las zonas de acceso restringido.
Si vinieras conmigo, la guarda parlamentaria te detendría.
Nos verías alejarnos a ambos, tú como un ciudadano normal,
nosotros entrando y saliendo por donde queremos.

Tiene su gracia: primero están los políticos que mandan,
luego está mi langur policía paseándose entre sus retratos,
algo más lejos los monos que nos miran desde los árboles,
y a lo lejos los ciudadanos que nos miran frente las verjas.

Monos y más monos.

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El misántropo

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Cuántas veces hemos tenido contactos fugaces
con gente a la que no conocemos más allá de un leve roce,
de un pasajero contacto visual.

Saludamos con una inclinación del gesto
a personas de las que sabemos poco,
y luego cada uno vuelve a su camino como si no hubiera pasado nada.
A veces de esos contactos tan breves
puede surgir una hermosa historia de amistad,
incluso un amor si a esa coincidencia le siguen otras muchas.
Pero en general esos saludos se pierden en el aire
y nosotros nos quedamos desnudos
en un bosque de identidades desconocidas.

Y esto incluye a las personas bellas
pero también a gente posiblemente indeseable:
¿habré saludado alguna vez a un criminal abyecto,
a un pederasta capaz de los peores horrores?
¿habré estrchado la mano a un portador
de una enfermedad altamente contagiosa?
¿a cuántas mujeres peligrosas habré deseado
feliz en mi ignorancia de su rápido paso por mi vida?
¿cuántas veces habré caminado sin saberlo
por la cuerda floja de saludos potencialmente letales?

En esa incertidumbre fui de poco en poco
limitando mis saludos, mis roces,
mis contactos en el riesgo de lo desconocido.
Y por todo esto, como te decía,
en ese camino he salvado a mucha gente,
muchos ignorantes que no saben quién soy
y venían, con su mejor intención, a estrecharme la mano.

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El mono del casco

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Seguramente recordarás el famoso asunto del Hombre Mono,
aquella serie de avistamientos
en los tejados nocturnos de las casas de Delhi,
de una horrorosa criatura parecida a un simio.

Yo estaba por entonces al frente de la brigada de policía
y yo mismo encargué los retratos que describían los testigos.

Decían algunos que era un mono de negro pelaje
con un casco y garras de metal,
ojos rojos, una cazadora de botones,
y que iba saltando de edificio en edificio,
de tejado en tejado,
atacando a los pobres muchachos
que dormían al aire libre en plena canícula.

Decenas de personas sufrieron heridas
durante los ataques del hombre mono.
Algunas llegaron a caerse de los tejados.
Hubo algunas muertes.

Un mono con casco, ojos rojos y cazadora de botones.
Pasamos días sin saber qué hacer.

Los testigos juraban y perjuraban.
Algunos lo vieron;
otros creyeron que lo vieron;
otros vieron otra cosa;
algunos ni saben lo que vieron.

Nunca llegamos a avistar al escurridizo hombre mono.
Decidimos lanzar ese retrato robot
y que cada uno durmiera en los tejados por su cuenta y riesgo.

Todos los testigos señalaban algún camino
y era cosa nuestra creer que lo que quisieras.

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La retribución kármica

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No soy un experto en karma,
pero el otro día tuve una especie de revelación.

Llovía a cántaros
y tenía que ir a recoger un paquete a la tienda,
Así que monté en el todoterreno
y salí de casa a toda velocidad.

Al girar hacia la calle del parque
Me encontré de frente con otro coche.
La vía era demasiado estrecha para que pasáramos los dos,
así que uno de nosotros habría tenido que dar marcha atrás.

(En toda mi familia
Solo un hombre llegó lejos, mi tío,
el hombre que me legó la tienda,
el hombre cuyo único consejo fue el de no retroceder).

Frente a mí, podía entrever el rostro del otro conductor
apenas entre la lluvia,
podía intuir sus gestos, sus gruñidos.
Pero mi voluntad, como ha sido siempre en la vida,
era la de no retroceder
y me mantuve quieto, esperando
hasta que él metió la marcha atrás.

El hombre se bajó del coche
y, calado hasta los huesos,
pude ver que me lanzaba, bufando, maldiciones.

Entonces algo extraño sucedió,
porque por fuerza de la lluvia una rama se desprendió de un árbol
y golpeó la luna trasera de mi coche.

Llevo días pensando que los consejos de mi tío
no están bien alineados con el karma
y en un rato, al recoger el coche del taller,
iré al templo a preguntar qué debo hacer con su legado.

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El desafío

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Conducía por una de las calles del barrio
Había espacio para los dos sentidos
salvo en un punto junto al parque
donde solía haber coches mal aparcados
y la ruta en consecuencia se estrechaba.
Era un día de intensa lluvia
y mi limpiaparabrisas iba en cadencia acelerada
cuando entré en la parte estrecha,
esa en la que cabía solo un coche circulando.

Y en ese momento
un todoterreno giró la curva delante de mí
y se aproximó a toda velocidad.
Cualquier coche normal habría esperado mi paso.
Su conductor, por el contrario, aceleró
y se puso justo frente a mi coche
sin esperar a que yo pudiera llegar a la zona más amplia
en la que ya sí que habría habido espacio para los dos.

Tuve que frenar de sopetón.
Le hice gestos para que diera marcha atrás
intentando hacerle ver lo incorrecto de su maniobra.
Al volante del todoterreno había un hombre barbudo
que me parecía observarme con indiferencia.
Pasaron dos o tres minutos y siguió sin moverse.

Así que fui yo quien maniobró finalmente
haciéndole algunos gestos no muy amables,
incluso gritando dentro de mi coche a pesar de que no podía escucharme.
“Soy inocente, mamón, es culpa tuya”.
Al dar marcha atrás,
creí ver una pequeña mueca de satisfacción en su rostro.
Luego detuve el coche en uno de los laterales de la carretera
Y me bajé, en un momento calado hasta los huesos.
El todoterreno avanzó poco a poco,
el hombre barbudo me miró desafiante a su paso fugaz.

“Qué manera de joderme el día”, pensé.

Al verle pasar
me agaché aprisa junto al coche
Cogí una piedra del tamaño de mi mano
Y la lancé contra su luna trasera.
Ni siquiera vi el impacto:
me subí de nuevo en el coche
y salí pitando.

Habría perdido el desafío,
pero no iba a ser yo el único en mojarse, eso no.

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El profesor

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Tenemos un debate en el departamento,
todos los años pasa igual:
vemos decenas de alumnos
con los ojos como platos,
incapaces de entender por qué hay que aprender
la historia de civilizaciones lejanas,
la retórica de sociedades muertas,
el supuesto origen de sus propias ideas.

Les explicas la organización social de Egipto
y te miran como si fueras un marciano.
Les hablas de las épicas clásicas
y alguno de los más valientes se dedica a pintar.

Todos los años propongo lo mismo en el departamento:
empezar a tirar del hilo desde nuestros días,
desde las cosas que estos muchachos ven y oyen,
y explicarlas marchando hacia atrás,
arrastrándoles hacia lo desconocido,
hacia lo más profundo y lejano del saber.

Y todos los años mi jefe del departamento
me sale con la cosa rancia de la madeja.
“Dales la madeja entera
desde un punto exacto en el tiempo
y déjales que la vayan desenrollando
y amando en el camino la magia de los hilos”.

Y mis amigos y yo nos enervamos.
“La historia de las cosas, jefe,
vale más pensarla como si fuera un plato roto.
Como si hubiera trozos de cerámica
esparcidos por todo el suelo de la clase
y nuestro desafío fuera unirlos
hasta componer de nuevo un cuenco listo para su uso.
Así sí que estos muchachos nos entenderían
y los currículos servirían para algo”.

Nunca me hace caso.
Pero todos los años, al inicio de curso,
fantaseo. Me imagino a mí mismo diciendo
a los muchachos, “abran ustedes sus cuadernos
escriban, lección número uno,
‘Sobre el amor’,
y empiecen por decirme lo que piensan”.

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Falta de cortesía

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Iba siempre al mismo puesto,
el tercero a contar desde la farmacia,
frente a la cancela del parque.
Allí compraba todas las verduras,
la coliflor, las gordas berenjenas,
los calabacines, los nabos.

Viendo que iba todas las semanas,
un día el tendero me regaló un ramito de cilantro.
“Es por cortesía”, me dijo.
A la semana siguiente,
me regaló un poco de jengibre.
Y semana a semana, menta,
romero, albahaca, un melocotón,
una semana incluso un par de mangos.

Hasta que, de repente,
igual que había empezado,
hace dos semanas no recibí nada.
Y la semana pasada, tampoco.
“Son 300 rupias”, me dijo,
y yo me apresuré a pagar
mis verduras y mis frutas,
mirándole a los ojos pero sin decir nada.

Hoy era día de mercado
y he comprado mis verduras
en otro sitio.

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Las cebollas

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Yo siempre digo
que el mundo lo mueve el precio de las cebollas.
Cebollas baratas: gente feliz
Cebollas caras: gente discutiendo.
En el mercado puedes averiguar el precio de las cebollas
mirando a la cara de la gente.
Si quieres ver el fin del mundo,
corta el suministro de cebollas.

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Pico 48 75

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Un soldado se queda soldado.
Esto se lo digo mucho tiempo después de Kargil,
la guerra que hizo un héroe de mí, chaval de los llanos,
porque yo estuve entre quienes tuvieron que conquistar
el pico 48-75, a una inclinación de 80 grados
y 16.000 pies de altura.

Éramos apenas dos comandos y empezamos a subir
en mitad de la noche,
en mitad de la niebla,
pero el enemigo adivinó pronto que atacaríamos
sus búnqueres situados en lo alto,
y pronto, entre la lluvia de granadas
y el granizo de los disparos
y el viento de las ondas expansivas,
empezamos a luchar a cara de perro.
Fue entonces cuando mi capitán vio que uno de los nuestros
había quedado herido en una descubierta,
y se lanzó a su rescate, como ocurre en tantas películas,
y fue acribillado a balazos mientras traía de vuelta a nuestro compañero,
entre la nieve.

Habría podido morir yo.
Sabes, tardamos toda la noche en desalojar al enemigo de sus refugios
en lo alto del pico 48-75, al que llamaban el Grano dos.
Mi capitán recibiría luego la alta distinción del heroísmo;
el amor de la nación quedó alquilado en los supervivientes.

Yo pienso que tantos sacrificios personales,
la sangre sobre la nieve de tantos muchachos de la llanura,
hubiéramos podido ahorrárnoslos.
Te llaman héroe, sí,
pero eso ocurre cuando el resto de los humanos han dejado de verte semejante.

Al amanecer, quedamos vivos cuatro de nosotros,
acurrucados en lo más alto del pico 48-75.
Juntos para guardar el calor lo más posible,
a la vista los cadáveres fríos de nuestros compañeros y de nuestros enemigos,
y sus regueros de sangre devorados bajo la nieve.

Recuerdo que la niebla había empezado a disiparse
y que aunque el cielo nunca me había parecido tan hermoso,
en lo alto de aquel pico lo habría dado todo por una taza de té caliente,
por salir corriendo y ser alguien anónimo,
como aquí y ahora en tu rickshaw.

Ocurre sin embargo que un soldado se queda soldado
a algo que la gente llama heroísmo
y que es en realidad la historia de sus miedos,
la suerte de haber sobrevivido
a una tormenta de plomo a 16.000 pies de altura.

Lo peor de todo
es que el pico 48-75 ha sido la única conquista de mi vida.

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