031 El día que quebró la fábrica de juguetes

Estándar

El día que quebró la fábrica de juguetes
se produjo en el río un vertido brutal de patitos de goma.

Las cosas ya nunca fueron lo mismo después de aquel día.

Una gran mancha de patos de goma avanzó río abajo
lenta procesión de aves silenciosas.

“Tardaremos años en recuperar el río”, decían por televisión.
“Estos patos de goma parecen tener propósitos a la deriva”.

Enseguida las autoridades lanzaron dos operaciones:
una para limpiar el río
la otra para limpiar su imagen.

La mayoría de los patos fueron interceptados por los agentes del gobierno.
Unos pocos miles quedaron varados en alguna orilla sentimental.
Unos pocos cientos terminaron ahogados por alguna corriente creativa.
Unas pocas decenas acabaron en las estanterías de los hijos de los pescadores.
Unos pocos patitos de goma fueron devorados por depredadores que nadie sabe.

Un patito de goma llegó al mar.

Quienes lo vieron afirmaron que iba navegando lentamente,
con la vista puesta en el horizonte, sin ningún gesto de emoción.

“Es un visionario”, decían las noticias
“por su apostura y su elegante navegación,
por su determinación en el rumbo,
por su segura velocidad y su bella estampa,
no hay ninguna duda:
este pato era el mejor de todos ellos”.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

El habitante del tiempo (2017)

Estándar

¡Noticias, noticias!

Mi nuevo libro de poemas, titulado “El habitante del tiempo“, saldrá a la venta en próximas semanas. Al igual que el anterior (“Acto de creación“), está primorosamente editado por la casa madrileña “Cuadernos del Laberinto”, dentro de su sello ‘Anaquel de poesía”. Pronto actualizaré esta entrada con algunos puntos de venta, pero antes querría compartir la sinopsis del libro así como su diseño de portada:

el habitante del tiempo “Unos versos del poeta clásico Lucrecio adornan el frontispicio de estos poemas: Todo, nos recuerda, se renueva sin cesar. Unos mortales crecen, otros decrecen, y en un corto lapso las generaciones van sucediéndose y se pasan, igual que corredores, la antorcha de la vida.

El flujo del tiempo, que es algo casi siempre más constatado que percibido, es el nexo común de los poemas reunidos en este libro, pero no como melancólicos cantos de nostalgia ni recuerdos del pasado, sino desde la emoción simbólica y el sentido de lo maravilloso.

Encerrados en estas páginas combaten como dos boxeadores el amor y la muerte; murmuran las piedras de una silenciosa abadía; se pierden los niños en el laberinto de espejos. El fuego vive en la muerte de lo que arde y como cometas también arden, contigo, los poemas”.

En “El habitante del tiempo” reúno 55 poemas de estructura variada y diferentes aproximaciones al sentido de lo pasajero. Alguno de estos poemas, como el que da comienzo al libro, está disponible en esta página. Podéis encontrar más información en la página web de la editorial.

Ahora os dejo con el poema n°9 de “El habitante del tiempo”. Espero que os guste:

 09. COSMOS

El universo es un gran desierto oscuro.
Su materia, igual que las arenas movedizas
va devorando los astros
y tu nombre en ellos.

Dentro se encienden y apagan las vidas,
pequeños latigazos eléctricos.
Ponen en la luz toda su pequeña armonía,
su esperanza, su asombro,
pero es que la luz pronto se marcha
sin centro ni deseo,
y en su hueco anochece.

Como un monte de ceniza el universo vuela;
los astros lejanos flotan en silencio,
pavesas apenas;
los conatos de piedad, temprano
se deshacen.

Amar, ese milagro.

 

 

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

030. Cápsulas del tiempo

Estándar

Hace hoy ciento un años,
don Vicente Maestre dejó un curioso testamento.

Dejó selladas tres cajas.
En cada una de ellas había metido una serie de noticias
recortadas al azar de una serie de periódicos,
y ordenó que la primera de las cajas fuera abierta diez años después de su muerte,
y que la segunda de ellas fuera abierta cincuenta años después de su muerte,
y que la tercera de ellas fuera abierta cien años después de su muerte.

Lo que quería don Vicente era, mediante su curioso experimento,
probar la vigencia de nuestras preocupaciones,
el paso del tiempo,
los cambios de valor de las cosas.

Unos académicos abrieron la primera de las cajas por encargo del alcalde,
y consignaron que sólo la mitad de las noticias elegidas,
por razones diversas, continuaban teniendo algún tipo de vigencia.

Unos abogados de Cáceres abrieron medio siglo después
la segunda de las cajas, y dejaron escrito que apenas una o dos noticias
guardaban si acaso algún interés para la historia.

Unos amigos y yo abrimos el año pasado la tercera de las cajas,
envejecida y húmeda, y estuvimos repasando las noticias.

Algunas eran verdaderas curiosidades, pero nada más.

Lo más relevante, concluimos,
es que don Vicente Maestre dejó un curioso testamento.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

028. El plan de los sábados

Estándar

Yo todos los sábados le suelto 50 céntimos al artista
que toca el acordeón en el párking del hipermercado.

Muchos lo reconocerían mejor
si digo que es un zíngaro rumano con un diente de oro,

Pero por encima de todo es un artista.
Me alegra el alma.
Un grande, ese tío.

Su hermano pide por la calle y nunca le doy.
Él toca el acordeón y le doy todos los sábados, por artista.

En parte le doy dinero porque el acordeón me parece un objeto mágico.

El hombre está repantingado en un taburete,
siempre en el mismo sitio, junto al ascensor,
llenando de calor musical la humedad y el frío
y ahogando el ruido de los carros de la compra.
Cuando bajo con el coche hacia el aparcamiento subterráneo
enseguida las notas van rebotando por las paredes grises
y te envuelven por completo con un eco ligero y melodioso.

Yo no conozco ninguna de sus melodías
pero me confortan.

Me conforta tanto el hombre del acordeón
justo antes de echar mano de la lista de la compra,
subir en el ascensor y mentalizarme
en la dura exploración de los pasillos del supermercado,
tan llenos de productos.

Y después de comprar, al volver al coche cargado con las bolsas,
ahí sigue el artista, tocando y tocando.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

27. Canchal de los ojos

Estándar

Viendo que hoy solo parte de tu cráneo emerge de la tierra,
imagino cómo el viento debió
erosionarte la piel y convertirla
en hueso o llámala roca rodeada de espigas,
con tu caja torácica apresada
en toneladas de tierra compacta
y tus pulmones agonizantes,
y las alas pesadas
como si estuvieran cubiertas de petróleo,
y los cartílagos de tu nariz
ventilando arena,
y las córneas alanceadas,
ya siendo presa inmóvil,
por algún guerrero que las pondría luego
como advertencia en el camino al pueblo.

Debiste de ser una bestia temible.
Aún te presentas a mí
con toda la resistencia de tu tiempo geológico.
con todo lo que habrás tenido que pasar
obligado a contener, en tu interior, el aliento
milenio tras milenio.

Quizá si pudieras soltar todo ese aire acumulado
podríamos, segundos antes de volar despedidos por tu ímpetu,
respirar los aires del origen del mundo.

Pero esta noche sigues preso todavía
y nosotros mismos, al llegar,
hemos encendido unas velas
y las hemos puesto en las muertas cuencas de tus ojos.

Ahora nos miras bajo el cielo raso y cubierto de estrellas
Quieto en medio del campo,
y tus nuevos ojos ígneos
parecen querer hablar de tu propio nacimiento,
del edénico día en que sufriste este castigo.

Brillante calavera.
En qué horizontes del pasado
habrás depositado tus ojos esta noche.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

026 Las tortugas

Estándar

Encendieron una hoguera
que buscaba adentrarse en la noche.

El mar querría quedarse siempre en la playa,
lanzar su más potente ola y no bajarse.

Las tortugas llegaron lentamente.

Sabían que había miles de ellas,
una masa informe moviéndose despacio.
Empezarían a poner sus huevos
y tendrían que dedicarse a contarlos,
y protegerlos de los depredadores
y de la gente hambrienta,
antes de devolverlas al mar, ya crías.

Miles de tortugas quietas,
adivinada su silueta en el fuego,
en el privilegio de nacer.

Un grupo de gente acurrucada
y en silencio, con lápiz y papel,
dispuesta a contarlas en penumbra:
midiendo fuerzas.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

025 Maneras de verlo

Estándar

Al cumplir los dieciocho años
Henrik el pescador abandonó la casa de sus padres.

Había nacido en el pueblo noruego de Å
y desde pequeño había querido navegar por el mundo,
así que al cumplir los dieciocho se echó al mar.

Recorrió todos los países con costa
y todas las costas con varadero,
y todos los varaderos con alguna cosa que contar.

Al final de su viaje llegó a las más lejanas tierras,
y en lo alto de un monte no lejos de la playa
se encontró con un viejo maorí que le dijo:

“Bienvenido al lugar donde vivo,
se llama Taumatawhakatangihangakoauauotamateapokaiwhenuakitanatahu.
Este es el lugar con el más largo nombre de la tierra:
quiere decir “La cima donde Tomatea,
el hombre de grandes rodillas,
el escalador de montañas,
el devorador de tierra,
el viajero incansable,
tocó su flauta para un ser querido”.

Henrik le tendió la mano cordialmente.
“Yo soy Henrik, pescador noruego.
He dejado mi barco en el varadero de la costa
y he dejado mi casa atrás en el tiempo
Vengo del pueblo de Å.
Å significa río”.

Y el maorí le respondió:
“Siendo tan joven no me sorprende tu lugar de origen,
puesto que los hombres acumulamos letras al hacernos viejos.
Pienso que dadas nuestras circunstancias
es imposible que tú y yo
tengamos en mente el mismo mundo,
así es que puede que o no tengamos nada que contarnos
o que lo tengamos todo”.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

024 Uno de esos días

Estándar

Mientras iba, hija, vistiéndote
esta mañana
para salir a la calle de paseo
he visto que tus pies ya no cabían
en tus zapatitos naranjas.

Sé que nunca podría detener tu infancia:
estás creciendo tan aprisa…

Pero al ver el modo en que la horma y la lengüeta
apresaban tus pies pequeños
me pareció como si esos zapatos
sí que estuvieran intentando
conservarte en ellos
y detener por un instante
tu marcha por la vida
y yo mismo he pensado en el día
en que abandoné mi casa,
y en cuánto daría
por volver a ser niño.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

023 La cuestión del alma

Estándar

Los ritmos en la poesía,
dijo el gamusino,
son como esta marioneta que baila entre mis manos.

Los ritmos.
Llevan trajes de potentes costuras silábicas,
prendas acentuales de brillantes tonos,
estróficos acabados y figuras retóricas.
Los voy modelando a esos peneques
y una vez hechos van saltando
entre decoraciones suntuosas, los pies leves
desde un hemistiquio rumbo al otro
o tirándose por ahí a lo kamikaze, ah segura gravedad.

Es un oficio muy sabio el de ir vistiendo
estas miniaturas con sus hermosos ropajes.
Mira acaso esta marioneta bailando entre mis manos,
flotando con ese aire un poco musical
y rozando indolora el suelo, como una plumita.

La marioneta bailaba entre sus garras;
no terminaba de convencerme.

Reconozco que me gustan tus marionetas y su baile atolondrado, concedí.
Pero aparte de que suenas rimbombante en exceso,
y por mucho que las vistas de terciopelo y marfil,
y que las adornes con esas ropas esdrújulas,
y tanto baile,
yo creo que les falta alma.

Nunca había visto al gamusino tan cabreado.

“El alma, el alma…¡Menuda tontería!”, gruñó.
“¿No te hace acaso feliz esta marioneta
bailando entre mis manos?”.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail