Afganistán, la polvorienta encrucijada

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En Afganistán no hay estrategia, solo tácticas. La frase es de un responsable de seguridad que pide no ser nombrado; pero aunque –digamos- anónima, es sentencia de vuelo en el convulso o pacífico (según tomemos la visión pesimista o la optimista) proceso electoral afgano, todavía con ganadores por definir pero desde luego ya encajonado en las acusaciones de fraude, las denuncias de manipulación y la desconfianza generalizada ante el futuro de una guerra que comenzó hace ocho años y no sólo no tiene visos de terminar sino que empeora.

GereshkNada más cerrar los colegios electorales, el pasado día 20 de agosto, entre los periodistas occidentales y la comunidad internacional, quizá con el ejemplo iraní en el subconsciente, comenzó a ganar peso la idea de que las elecciones presidenciales habían sido una pantomima gigantesca orquestada por el Gobierno afgano para perpetuarse en el poder, con la aquiescencia tácita de los poderes occidentales y el silencio sumiso de las organizaciones supranacionales. Y pocos días después saltó la liebre: el principal opositor, Abdulá Abdulá, antiguo ministro de Exteriores y portavoz del señor de la guerra Ahmed Shah Masud, denunció el “fraude masivo”, la “farsa” de recuento, justificada por las más de 2.000 denuncias de irregularidades en el proceso.

No hay aún nada definitivo al respecto (la Comisión de Quejas todavía está evaluando las irregularidades), pero es que lo inusual sería que los comicios fueran intachables: en un país con distritos enteros dominados por los insurgentes talibanes, diarias operaciones de combate y partes de bajas cada vez más nutridos, sin una cultura democrática establecida ni partidos políticos enraizados entre los ciudadanos –por otra parte, mayoritariamente analfabetos. No existe un censo de población fiable y la complicada orografía hizo que la Comisión Electoral tuviera que usar varios miles de burros para llevar las urnas a ciertas áreas aisladas. En estas elecciones, mucha gente ha parecido exigir poco menos que un milagro.

La comunidad internacional se ha gastado cientos de millones de dólares para que Afganistán pudiera celebrar sus elecciones presidenciales; pero con ello y con la masiva abstención quedó refrendada la idea de que en el país hay una democracia sostenida por el extranjero y no compartida por la población, todavía dependiente de los viejos códigos tribales que impiden a la mujer salir de casa y, por ejemplo, registrarse como votante. En muchos pueblos, son los maridos quienes registran a sus mujeres, con el riesgo –denunciado por distintos organismos independientes- de que se emitan tarjetas de votante sobre la base de personas inexistentes, vendidas luego al mejor postor, como hizo público la BBC en una investigación.

Y en esos muchos pueblos, digo, son todavía los viejos líderes tribales quienes deciden el voto de comunidades enteras. Una regla alterada en el sur y el este del país, donde ha sido más palpable la intimidación de los talibanes, que llamaron al boicot de los comicios (“pura propaganda americana”) y amenazaron con represalias a los votantes (cumplidas al menos en tres casos documentados: a dos personas les cortaron los dedos, manchados de tinta en el proceso de votación; y a un campesino le mutilaron la nariz cuando marchaba a las urnas). Se registraron 135 ataques, según el dato oficial.

Mujeres afganas en la cola del voto

Mujeres afganas en la cola del voto

Con todos estos elementos, resulta sorprendente que pese a lo alienígena de la democracia en el viejo sistema tribal afgano, la denunciada sombra del fraude alentado por los barones regionales y las amenazas y atentados de unos insurgentes cada vez más poderosos, haya habido varios millones de afganos decididos a ir a votar limpiamente y con la confianza de que su voto servirá para algo. En el capítulo de lo positivo, y sabiendo que la abstención ha sido masiva, lo mejor que se puede decir es que la democracia tiene algunos adeptos brotes verdes en Afganistán.

Pero esto no obsta para comprender que unas elecciones celebradas con el despliegue de unos 300.000 miembros de las fuerzas de seguridad –de ellos, unos 100.000 soldados extranjeros- son el mejor recordatorio de que Afganistán no solo es un país en guerra, sino que además la situación está más tiempo descontrolada que bajo control: julio fue el mes que marcó el récord de bajas en combate de las tropas internacionales desde la invasión del país, en el año 2001, hasta que esa marca fue superada en agosto. Atentados, explosiones, incursiones rebeldes de baja o media intensidad: un desgaste casi imperceptible pero permanente. Una bomba de relojería.

Los soldados de las tropas internacionales están bien equipados –mucho mejor que sus colegas afganos- y se mueven en unos estrictos protocolos de seguridad que buscan proteger su integridad y minimizar las bajas. Comprensible, pero a la vez con el contratiempo que esto supone -por la inaccesibilidad- para ganarse la simpatía de la población afgana. Y además juegan en desventaja, porque los talibanes no son un cuerpo externo a Afganistán; aparte de su cúpula dirigente, muchos de ellos son pastunes de áreas rurales que no tienen más manera de ganarse la vida que echarse al monte, con un sueldo mejor que el que les pagaría el Ejército (Palabras de alguien de fiar: “¿A quién le interesa que occidente se empantane en Afganistán? Coge un mapa y mira los países limítrofes. Uno a uno”).

Así que son afganos de pura cepa nacidos en el seno de familias igualmente afganas con un código moral tradicional y una lectura ultraconservadora del Islam, pero valores propios y compartidos. Propondrán un orden social anclado en el pasado y unos puntos de vista escalofriantes bajo cualquier estándar internacional, pero a la vez dicen garantizar la seguridad de la población de la que forman parte en la lengua que maneja esa misma población. En esto, tienen un plus esencial sobre las tropas extranjeras, que son un elemento externo y accidental tanto entre las polvorientas colinas de Kabul como no digamos ya en el medio rural.

Los talibanes no atacan a la gente normal, ¿por qué deberíamos tenerles miedo?”, contaba un muchacho pastún venido desde Nangarhar –en el este del país-, a un mítin del muy demócrata Ashraf Ghaní, antes de las elecciones. Es un argumento que la práctica insurgente demuestra falaz, pero lo que importa es que mantiene su calado en una parte no desdeñable de la población, tan cansada de guerras como ansiosa por retornar a una situación de seguridad que se les escapa.

GereshkFíjense: el cuartel de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad) en Kabul es una muralla de cemento, de pesadas puertas custodiadas por unos soldados macedonios con gafas discotequeras que ni se manejan en inglés (no digamos ya en dari) y apenas señalan con gestos que no hay que acercarse más de lo necesario. Y, no lejos, para llegar al Palacio presidencial de Hamid Karzai hay que pasar estrictos controles de seguridad y caminar a pie por una extensa avenida arbolada. Tan verde y tan vacía que uno se pregunta si de verdad está en Kabul o ha salido andando del país, sin darse cuenta.

Es curioso –decía el traductor a nuestro paso por los jardines del presidente Karzai-. Con los talibanes, este espacio estaba abierto para la gente. Todos podían pasear y acercarse por aquí. Y ahora, lo han convertido en una especie de fortaleza”. Así es Kabul: una ciudad vitalista, pero con un barrio entero arrancado a su población y monumentales atascos (los coches se concentran en las pocas vías alternativas, a veces sin asfaltar y cruzadas por rebaños de cabras). Los estudiantes del céntrico instituto Amani –donde votó Karzai y cerca de palacio-, tienen que pasar controles y registros diarios para ir a clase. Si alguno intenta fumarse una clase y salir del centro, la Policía afgana lo envía al calabozo.

Karzai –tan pastún como los talibanes y por eso mismo, su principal dique de contención- se hizo esperar dos horas en la sala de prensa y habló cinco minutos, los suficientes como para dar una visión bien humorada de las elecciones y mostrarse seguro de su triunfo (necesita más del 50 por ciento para proclamarse vencedor en la primera vuelta); pero no dio pistas de lo que hará si gana: si negociará con los insurgentes moderados, como prometió, si ejecutará sus pactos con los señores de la guerra (a los que ha atraído para ganar votos), si mantendrá firmeza respecto a las tropas internacionales pese a sus desencuentros con los EEUU.

No hay estrategias, sólo tácticas”. Y en estas, el jefe de las tropas internacionales en el país, Stanley McChrystal, pide un viraje en el rumbo de una guerra que, de seguir así, “se perderá”. Se trata, ha escrito el general, de dar prioridad a la seguridad de la población afgana frente a los talibanes y de fomentar la presencia del Ejército afgano en las operaciones contra los insurgentes. Pero se trata, en realidad, de continuar con el estado de guerra sin tener en cuenta que, para un sector de los afganos, los talibanes siguen siendo libertadores levantados contra el invasor. Y sin tener en cuenta que el principal enemigo del progreso sigue siendo la falta de oportunidades entre los jóvenes afganos (el 65 por ciento de la población tiene menos de 28 años).

Ramazán Bashardost

Ramazán Bashardost

Esto último es algo que tiene claro el candidato Ramazán Bashardost –tercero en el recuento de voto-, un ex ministro de Planificación que ha hecho campaña desde una tienda de lona emplazada frente al parlamento afgano, sin ningún tipo de protección de seguridad y sin temor de sufrir ataques (¿quién va a querer matarme a mí?, se pregunta). Bashardost combina una fiera lucha contra la corrupción con ideas algo peregrinas respecto al final de la guerra (propone comandos contra objetivos en Pakistán si ese país se inmiscuye en los asuntos afganos), pero la propuesta que importa aquí es su llamada de atención sobre el subdesarrollo del país.

Bashardost acusa a las ONG occidentales de embolsarse dinero destinado a obras públicas, pone nombre a las ovejas negras de las organizaciones estatales de ayuda, rastrea el desvío de fondos en un país que languidece a la cola de los índices mundiales de corrupción. Quiere, dice, el desarrollo para que las pagas militares o insurgentes dejen de ser una opción atractiva –o la única opción- de los jóvenes en un país “acostumbrado a guerrear desde el Paleozoico” (en palabras de una fuente diplomática) y con un deporte nacional, el buzkashí, que es una pequeña batalla en miniatura. Bashardost no tiene posibilidades de victoria, pero ha atraído a un número de votantes suficiente (ronda el 10 por ciento) como para ser tenido en cuenta. “Los votos de Bashardost –bromeaba un colega periodista el primer día de escrutinio- serán los únicos reales en estas elecciones. Lo demás, puro fraude”.

La tienda de Bashardost es tan pequeña como cualquiera de los dos cañones que adornan la entrada del surrealista palacio de Karzai. En un lugar como Afganistán, donde la vida vale menos que un melón, bastaría con que uno de esos integristas suicidas corriera unos metros desde la carretera para llevarse de un soplo explosivo a Bashardost y a su tienda. Pero, paradójicamente, estar allí mete menos miedo que pasar veinte minutos a las puertas de la ISAF, con los soldados macedonios impidiendo el paso y -es un suponer- en la mirilla de los insurgentes. Y de lo que ocurre en Afganistán con los palacios da buen testimonio el edificio de Darul Amán, la mole inmensa del shá. Hoy yace ruinoso a las afueras de Kabul –bien es verdad que todavía majestuoso- y vigilado por un grupo de aburridos soldados que matan las horas tumbados a pierna suelta en camastros a la sombra, parapetados tras interminables alambradas.

palacio de darulaman, kabul

palacio de darulaman, kabul

Desde los huecos para los ventanales de Darul Amán, vieja morada del rey, se divisa Kabul, a lo lejos. Una ciudad entre montañas tomada por el polvoriento calor del verano y por miles de soldados venidos de muy lejos mientras el mundo se interroga para qué sirve todo esto.

Afganistán es un país partido en tribus y etnias de difícil convivencia –pastunes, tayikos, hazaras, uzbecos-, con dos generaciones enteras que han crecido con la guerra como hábitat natural. Una encrucijada de rutas con vecinos de ambiciones opuestas que la han convertido en tablero de sus intereses propios (país sin mar, hay tres vías de suministro terrestre, pero los occidentales no controlan ninguna), como lleva pasando desde Alejandro Magno. Los mimbres del estado son débiles y a Karzai lo llaman viciosamente el “alcalde de Kabul”, porque su control sobre el país no llega ni a los pilotos del avión presidencial (historia que contaré otro día).

Hablando de aviones: regresaba desde Kabul vía Kandahar, un vuelo de la compañía Ariana que domina a baja altura las montañas de Ghazni y Zabul antes de llegar al pedregoso aeropuerto del bastión talibán. Un azaroso compañero de viaje me iba señalando los accidentes de las sierras, aquí un pueblo, allí un valle, dominado todo por las ocres montañas afganas. “¿Eres tayiko o pastún?”, le pregunté. “Soy afgano”, me respondió con retintín. Y ya más serio, fue detallando los peligros del camino allá abajo: talibanes, salteadores, mujeres atrapadas, pobreza por todas partes. La mayoría de los jóvenes en este país no tienen de qué vivir ni saben qué hacer”, decía, “la demanda de desarrollo es urgente y vital ”.

O sea, me despedí de Afganistán, más estrategia y menos tácticas.

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2 comentarios en “Afganistán, la polvorienta encrucijada

  1. loZANO

    !Enhorabuena por tu artículo!
    Como compruebo, las ideologías y los rasgos tribales siguen siendo factores inmovilistas y tan tremendamente aferrados a la intrahistoria de ese país que dificultan cualquier cambio y entorpecen la modernización y el cambio. ¿ Hasta cuándo ?
    ¿Podrá hacerlo la ayuda occcidental?. Lo veo difícil.
    Haría falta un movimiento similar a nuestra Ilustración del XVIII , acompañada de un desarrollo economico sostenido y auténtico.
    A pesar de todo existen , como se desprende de tu artículo, esos “prometedores brotes verdes” . Ojalá crezacan y se conviertan en un auténtico vergel.
    Saludos y un abrazo desde Norba Caesarina.

  2. Diego Agúndez

    ¡Hola Julio!
    La ayuda occidental se está perdiendo en los pasillos del gobierno o peor, en los almacenes de los señores de la guerra. No llega a la gente. En los pueblos pastunes, manda el pastunwali, que es un código de honor anterior al Islam, y del que proceden muchas de las “lindezas” de los talibanes (“La venganza es un plato que se sirve frío”, es un dicho afgano).
    Yo estoy contigo, el desarrollo económico y la prosperidad son lo único que puede desactivar al fundamentalismo, pero esto o no se entiende bien o no se pone en práctica.
    El Gobierno afgano no tiene los medios para sostenerse solo, Estados Unidos no está por dejarse los cuartos, los europeos quieren irse…
    Es una pena, porque los afganos son una gente muy amable y acogedora que se ha ido desilusionando con la democracia (por eso han votado tan poco). Creo que ellos mismos tenían una idea equivocada de la intervención extranjera y la asociaban a un maná que no ha llegado.
    Ya vi lo de Mansaborá, quedó bonito (como siempre).
    Cuídate y saludos para los tuyos 🙂

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