031 El día que quebró la fábrica de juguetes

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El día que quebró la fábrica de juguetes
se produjo en el río un vertido brutal de patitos de goma.

Las cosas ya nunca fueron lo mismo después de aquel día.

Una gran mancha de patos de goma avanzó río abajo
lenta procesión de aves silenciosas.

“Tardaremos años en recuperar el río”, decían por televisión.
“Estos patos de goma parecen tener propósitos a la deriva”.

Enseguida las autoridades lanzaron dos operaciones:
una para limpiar el río
la otra para limpiar su imagen.

La mayoría de los patos fueron interceptados por los agentes del gobierno.
Unos pocos miles quedaron varados en alguna orilla sentimental.
Unos pocos cientos terminaron ahogados por alguna corriente creativa.
Unas pocas decenas acabaron en las estanterías de los hijos de los pescadores.
Unos pocos patitos de goma fueron devorados por depredadores que nadie sabe.

Un patito de goma llegó al mar.

Quienes lo vieron afirmaron que iba navegando lentamente,
con la vista puesta en el horizonte, sin ningún gesto de emoción.

“Es un visionario”, decían las noticias
“por su apostura y su elegante navegación,
por su determinación en el rumbo,
por su segura velocidad y su bella estampa,
no hay ninguna duda:
este pato era el mejor de todos ellos”.

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030. Cápsulas del tiempo

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Hace hoy ciento un años,
don Vicente Maestre dejó un curioso testamento.

Dejó selladas tres cajas.
En cada una de ellas había metido una serie de noticias
recortadas al azar de una serie de periódicos,
y ordenó que la primera de las cajas fuera abierta diez años después de su muerte,
y que la segunda de ellas fuera abierta cincuenta años después de su muerte,
y que la tercera de ellas fuera abierta cien años después de su muerte.

Lo que quería don Vicente era, mediante su curioso experimento,
probar la vigencia de nuestras preocupaciones,
el paso del tiempo,
los cambios de valor de las cosas.

Unos académicos abrieron la primera de las cajas por encargo del alcalde,
y consignaron que sólo la mitad de las noticias elegidas,
por razones diversas, continuaban teniendo algún tipo de vigencia.

Unos abogados de Cáceres abrieron medio siglo después
la segunda de las cajas, y dejaron escrito que apenas una o dos noticias
guardaban si acaso algún interés para la historia.

Unos amigos y yo abrimos el año pasado la tercera de las cajas,
envejecida y húmeda, y estuvimos repasando las noticias.

Algunas eran verdaderas curiosidades, pero nada más.

Lo más relevante, concluimos,
es que don Vicente Maestre dejó un curioso testamento.

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028. El plan de los sábados

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Yo todos los sábados le suelto 50 céntimos al artista
que toca el acordeón en el párking del hipermercado.

Muchos lo reconocerían mejor
si digo que es un zíngaro rumano con un diente de oro,

Pero por encima de todo es un artista.
Me alegra el alma.
Un grande, ese tío.

Su hermano pide por la calle y nunca le doy.
Él toca el acordeón y le doy todos los sábados, por artista.

En parte le doy dinero porque el acordeón me parece un objeto mágico.

El hombre está repantingado en un taburete,
siempre en el mismo sitio, junto al ascensor,
llenando de calor musical la humedad y el frío
y ahogando el ruido de los carros de la compra.
Cuando bajo con el coche hacia el aparcamiento subterráneo
enseguida las notas van rebotando por las paredes grises
y te envuelven por completo con un eco ligero y melodioso.

Yo no conozco ninguna de sus melodías
pero me confortan.

Me conforta tanto el hombre del acordeón
justo antes de echar mano de la lista de la compra,
subir en el ascensor y mentalizarme
en la dura exploración de los pasillos del supermercado,
tan llenos de productos.

Y después de comprar, al volver al coche cargado con las bolsas,
ahí sigue el artista, tocando y tocando.

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27. Canchal de los ojos

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Viendo que hoy solo parte de tu cráneo emerge de la tierra,
imagino cómo el viento debió
erosionarte la piel y convertirla
en hueso o llámala roca rodeada de espigas,
con tu caja torácica apresada
en toneladas de tierra compacta
y tus pulmones agonizantes,
y las alas pesadas
como si estuvieran cubiertas de petróleo,
y los cartílagos de tu nariz
ventilando arena,
y las córneas alanceadas,
ya siendo presa inmóvil,
por algún guerrero que las pondría luego
como advertencia en el camino al pueblo.

Debiste de ser una bestia temible.
Aún te presentas a mí
con toda la resistencia de tu tiempo geológico.
con todo lo que habrás tenido que pasar
obligado a contener, en tu interior, el aliento
milenio tras milenio.

Quizá si pudieras soltar todo ese aire acumulado
podríamos, segundos antes de volar despedidos por tu ímpetu,
respirar los aires del origen del mundo.

Pero esta noche sigues preso todavía
y nosotros mismos, al llegar,
hemos encendido unas velas
y las hemos puesto en las muertas cuencas de tus ojos.

Ahora nos miras bajo el cielo raso y cubierto de estrellas
Quieto en medio del campo,
y tus nuevos ojos ígneos
parecen querer hablar de tu propio nacimiento,
del edénico día en que sufriste este castigo.

Brillante calavera.
En qué horizontes del pasado
habrás depositado tus ojos esta noche.

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026 Las tortugas

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Encendieron una hoguera
que buscaba adentrarse en la noche.

El mar querría quedarse siempre en la playa,
lanzar su más potente ola y no bajarse.

Las tortugas llegaron lentamente.

Sabían que había miles de ellas,
una masa informe moviéndose despacio.
Empezarían a poner sus huevos
y tendrían que dedicarse a contarlos,
y protegerlos de los depredadores
y de la gente hambrienta,
antes de devolverlas al mar, ya crías.

Miles de tortugas quietas,
adivinada su silueta en el fuego,
en el privilegio de nacer.

Un grupo de gente acurrucada
y en silencio, con lápiz y papel,
dispuesta a contarlas en penumbra:
midiendo fuerzas.

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025 Maneras de verlo

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Al cumplir los dieciocho años
Henrik el pescador abandonó la casa de sus padres.

Había nacido en el pueblo noruego de Å
y desde pequeño había querido navegar por el mundo,
así que al cumplir los dieciocho se echó al mar.

Recorrió todos los países con costa
y todas las costas con varadero,
y todos los varaderos con alguna cosa que contar.

Al final de su viaje llegó a las más lejanas tierras,
y en lo alto de un monte no lejos de la playa
se encontró con un viejo maorí que le dijo:

“Bienvenido al lugar donde vivo,
se llama Taumatawhakatangihangakoauauotamateapokaiwhenuakitanatahu.
Este es el lugar con el más largo nombre de la tierra:
quiere decir “La cima donde Tomatea,
el hombre de grandes rodillas,
el escalador de montañas,
el devorador de tierra,
el viajero incansable,
tocó su flauta para un ser querido”.

Henrik le tendió la mano cordialmente.
“Yo soy Henrik, pescador noruego.
He dejado mi barco en el varadero de la costa
y he dejado mi casa atrás en el tiempo
Vengo del pueblo de Å.
Å significa río”.

Y el maorí le respondió:
“Siendo tan joven no me sorprende tu lugar de origen,
puesto que los hombres acumulamos letras al hacernos viejos.
Pienso que dadas nuestras circunstancias
es imposible que tú y yo
tengamos en mente el mismo mundo,
así es que puede que o no tengamos nada que contarnos
o que lo tengamos todo”.

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022 Figuras retóricas, figuras etóricas

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FIGURAS RETÓRICAS

prosopopeya,
polisíndeton,
anacefalcosis
antanaclasis
homeóptote
disfemismo
hipálage
neuma
zeugma
sermocineo
endíadis
polipote
pretermisión
expolición
meiosis.

Tú misma.

FIGURAS ETÓRICAS

prosopopeya,
polisíndeton,
antanaclasis
homeóptote
película
disfemismo
hipálage
neuma
zeugma
sermocineo
porno
endíadis
pretermisión
expolición
meiosis.

Tú misma.

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020 Inlibros éditos

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En la medianoche del 11 de noviembre del año 2002
terminé mi primer y único libro de poemas.

Exactamente 26 minutos más tarde recibí un correo electrónico de un editor;
una hora más tarde un telefonazo de un segundo;
a las 03:30 de la madrugada un grupo de editores llamaron al telefonillo,
cuatro minutos más tarde aporreaban la puerta.

“Hemos sabido de su libro”, escribía el primero, “y nos interesa”.
“Lo publicaremos esta misma noche”, me dijo el segundo.
“Quiero tatuarme esos poemas”, clamaba uno desde el telefonillo.
“Pum, pum”, aporreaban la puerta.

Me imaginé a mí mismo la mañana siguiente,
ya protegido por unos cuantos guardaespaldas
firmando el contrato de publicación no con mi firma,
sino con mi autógrafo.
La próxima vez,
me decía el editor mientras firmaba,
no es necesario que termine su libro,
ni siquiera requerimos que lo escriba,
siempre será un placer para nosotros publicarle incluso páginas en blanco
y pagarle emolumentos de miles de millones.
Somos gente seria, sabe.

Fantásticamente halagado por tantas atenciones,
tuve sin embargo que salir al paso con excusas.
“Su oferta se escapa a mis parámetros…
No puedo atender todos sus ofrecimientos…
Esto que proponen, económicamente, no es viable…”,
grité a la muchedumbre de editores
reunidos y expectantes ante mi balcón.

“Hay demasiada gente queriendo publicar mi libro de poemas”.

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019 El Luma vs Javi

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Sentados algunos amigos en la calle Sanguino Michel,
mi amigo Javier se lamentaba
de haber perdido el amor de una doncella
tras semanas de justa con El Luma.
El Luma, gran jugador de fútbol
guapo y seductor adolescente
en una capital de provincia antes del siglo XXI.

Se las habían tenido tiesas los dos
durante varias semanas con aquella chica,
los dos apareciendo a la vez de manera inadvertida,
mirándose de reojo mientras presumían
de raras hazañas prebélicas,
ya ves tú, en Cáceres y siendo adolescente,
o midiendo el volumen de las carcajadas de la chica
con cada una de las bromas improvisadas,
los dos gallos recién emplumados
luciendo la cresta de su esperanza propia.

Pero se la había llevado el Luma,
El Luma había sido más pillo
y ahora estaría haciendo sabe dios qué con esa chica,
justo después de ese dramático
momento en el que se deshace un triángulo,
con apenas un gesto involuntario de la muchacha
y una media sonrisa de El Luma levantándose triunfante
sobre la armadura mellada de mi amigo.

El Luma, decía mi amigo en bucle,
una vez consumada la derrota,
Al Luma le voy a dar su merecido,
Al Luma que llegó más tarde.
El Luma seguro que juega de suplente,
El Luma con todas esas historias inventadas,
todos esos chistes que habrá copiado de un libro.
El Luma,
Qué diablos será ese nombre, el Luma,
Al Luma no se le conocen amigos,
Ninguno sabe dónde vive.
Qué estarás haciendo con ella,
Tú Luma mentiroso
con tu agenda de malas intenciones.
Tú y yo tendremos que vernos las caras
Luma,
déjate en el próximo partido.

Tantos años después seguimos recordando aquella escena de protesta,
más bien riéndonos juntos con Javier el caballero despreciado
de tantos ajustes de cuentas adolescentes
que luego se arreglaban luego con el fútbol y a volar.
Eran esas quejas de la sexualidad nueva,
desconocido mundo de mujeres,
nosotros lanzando esas sondas al fondo del océano
midiendo la verdadera dimensión en esa pared acuática
y calando el descosido interior de los males de amores.

Qué triunfador, el jugador de fútbol,
qué habría hecho el Luma avieso
con la inocencia de aquella pobre doncella
inocente muchacha que se dejaba besar pero no besaba,
qué bobos éramos la inmensa mayoría.

Un listo, el Luma,
el Luma que me han dicho que se ha hecho policía municipal,
el Luma de quien mis amigos y yo casi no hemos vuelto a saber nada.

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