Árbol

Estándar

Te despierta asombrado la mañana,
tenue al aire,
débil respiración la tuya,
fuertes las toses que te arrojan
como truenos de alarma relojera.
Ni alto ni bajo. Tu corazón
ama tanto el suelo
que quieres verlo desde arriba.
Tus huellas el aroma que el viento
– azahar, frutas del bosque,
galope callejero…- me traslada.
Tienes manos que rodean,
verde el alma, a veces
es la voz tempestuosa, otras callas:
enhebras el cielo cuando piensas
con los dedos. Pero no entiendes
y oras, y amor pides,
y queman tu amor a latigazos.
A ti, como a nosotros,
te causa tanto miedo el último tajo.

(2001)

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Inspiración

Estándar

Suena el despertador,
él abre los ojos
y trata de recordar sus sueños,
se despereza, se quita de encima
las sábanas, y se levanta.
Se dirige somnoliento al baño
mientras se quita las legañas
que no le dejan aún ver
por dónde anda.
Mea, tira de la cadena
y abre el grifo de la ducha;
el agua está caliente,
grita, ahora mejor.
Sale de la ducha,
se pone el albornoz.
Desayuna zumo
– ella abre al mundo sus focos –
y café con leche y galletas.
Llega al armario,
se ata los zapatos,
se abrocha los botones de la camisa,
y va al lavabo,
le duele el peine de púas
y cree que la gomina le hace estar más guapo.
Hace la cama,
se dirige a la mesa
– ella parece flotar frente a su espejo-
y se acomoda en su silla (si esto es posible);
mira al techo,
vuelve a mirar,
ha de cuidar las plantas, piensa,
y se levanta a buscar la regadera.
La llena de agua,
y riega
Vuelve, escoge un lápiz,
cualquiera le sirve,
piensa en el verano,
pero los folios siguen en blanco,
y garabatea
– ella conduce y florea
sobre el asfalto –
y garabatea
y garabatea,
se levanta de nuevo,
y pone la radio,
cierra los ojos, los abre,
se rasca la nuca,
apoya la cabeza sobre la mesa
– ella abre la puerta con sólo mirarla -,
mira al frente,
frunce el ceño,
se mesa la perilla escasa,
une los sentidos,
pero el folio sigue en blanco.
Oye pasos,
ya era hora,
y siente un perfume
– ella se acerca –
y un beso
– ella le besa –
y cómo el lápiz
se mueve,
tímido y solo,
sobre la mesa.

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Hazme caso

Estándar

-Atraviesa la pared
Y yo no lo hice, claro,
pero tú insistías.
-Atraviesa la pared
Yo pensaba: “como una cabra”
Pero dale que dale
-Atraviésala
Allí me coloqué, sólo por no oírte.
-Y ahora, crúzala.
Yo, de mala gana,
empujé, con poca fe,
mi dedo.
Y vi que ante nosotros
cayó el muro
que con seguridad nos hubiera sepultado.
(1999)

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la ciudad nos come

Estándar

Mirar en voz alta
romper el agua.
Tú me preguntaste:
“lo esencial humano”
Morder el alba: la noche,
la ciudad, amor,
la ciudad nos come.
Enhebrar el viento
con hilos de nombres nuevos;
buscar lo maternal
peldaño a peldaño.
Casi suena imposible
lo esencial humano,
pero a más de medio palmo tú,
un aviso solamente,
y ya se tambalean
los cinco corazones
de mi mano.
Contar retazos
del alma,
anudarlo todo,
recordar
lo ya olvidado,
porque estamos
hechos de olvido,
amor,
y la ciudad
– la ciudad, amor-
nos come.

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Dientes, dientes

Estándar

Ya nadie lleva andrajos.
Han aprendido a esconder
el asco
en el fondo de los armarios;
en sus caras se agradece
el recuerdo de la gloria
de los días pasados,
y saludan sus manos
las dudas futuras.
Ya nadie lleva andrajos:
olvidaron coserse al pelo
lo que mejor está olvidado.
La palabra dolor no la recuerdan
débil, lejana
como los malos sueños
una vez despierto.
Es la bondad
transparente
que anega
nuestro tiempo:
nada terrible existe,
a no ser lejano:
nada más allá de nosotros,
a no ser inútil.
Hay que sonreír,
que la cámara enfoca,
y tenemos el deber
de ser felices.
(1999)

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el nudo del olvido

Estándar

Nudo,
este es el punto del arte,
y puede verse
la conexión oscura
de la carretera
y el día.
Todo quedará cerrado
en esta empatía nuestra,
pero queda todo,
porque en nuestros nudos,
ladrillos infinitos,
transparentes,
se repiten, eternos,
cada segundo,
y una palabra
engendra
lo total que existe
en los jirones
de los hombres.
Viajamos al amor;
pero en él está,
concentrado
inflexible,
el nudo del olvido,
ladrillo infinitamente
olvido.
(1999)

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el adiós

Estándar

Han quedado borradas,
en gramática marchita,
las postreras, delirantes
palabras aturdidas
de tu agravio.
Allí quedé yo, solo,
caminando en tu garganta,
asistida la derrota
por lo táctil del silencio
en ese nunca- más
de tu regazo.
Honda, penitente
fue mi voz
alambre en alambradas.

Tú, marihuana flotante,
mi droga melancólica,
belleza interrumpida
con las doce campanadas.
(1998)

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nervios

Estándar

Hacia ti
se derrama
el humo lento
nacido
del asfalto
en mis rodillas
También ellas
tiemblan
cuando estás
cerca
No pueden
ya hablarte
Se agota
su palabra
al calor
de tu nombre
Se deshacen
solas
con solo verte.
(1998)

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Amor de bar

Estándar

Mi mano martillo
golpeó las cerraduras
en tus pestañas.
Grité entonces:
ah de tu pecho.
Y no me contestaba.
Indescifrable
entre el ruido
movías la boca.
Incapaz yo,
de leerte
con mis gritos
de sed
al final
de la barra.
Tú, muda,
en el otro confin
de la galaxia.
Y tu sangre
latiendo
tan cercana.

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lo gris

Estándar

lo gris
debe ser bello
pues gris es el color del sol
en estos días.

Buscan engañar
a la belleza
ahora que ha muerto.

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