De castas y colores en la India urbana

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Cuando las ciudades se hagan con la centralidad cultural de la civilización india, las castas perderán su preponderancia, asentada con más solidez en la India rural. En las grandes ciudades -indias o euroamericanas-, los contactos personales cotidianos son mucho más flexibles y menos identitarios. Con un mero intercambio visual o una breve transacción de servicios, no hay manera de adscribir una persona a la casta rajputa, por poderoso que fuera su sentimiento de pertenencia o mi deseo de averiguarlo. La casta no deja marcas étnicas y opera como un magma que supera brechas lingüísticas, regionales y, en algunos casos, hasta religiosas y laborales. Por eso se diluirá cuando deje de ser útil. Pero esta verdad, intuitiva si no fuera porque la suscribe una parte no desdeñable de los sociólogos indios, no significa que vaya a desaparecer la desigualdad, así, de un plumazo.

El cuarto mundo de Bombay

El cuarto mundo de Bombay

En los últimos años, la élite india se precia de que su poder adquisitivo y cultural ha acortado la distancia con respecto a Occidente. Y en un sentido, tienen razón: en la India urbana es mucho más efectiva la clase como instrumento de segregación social (¡si me escuchara Lenín!), el tradicional cleavage entre el rico y el pobre, más atento a las disquisiciones de bolsillo y consumo que de cuna e hidalguía. Esto lo comprobé de lleno en la pasada fiesta del Dashera, apología del bien sobre el mal. Cada año, la autoridad de la barriada monta un escenario improvisado, con unos centenares de sillas de terraza y tres gigantescos diablos cabezones que irán directos a la pira fallera una vez que el dios Ram concrete su victoria sobre el demonio Rávana.

De la suma de representación teatral, parafernalia religiosa y final quema de los malísimos, el resultado es la típica riada humana que colorea cada festival religioso de la India. Pero esta vez había guardas vigilando el paso y requiriendo selectivamente un supuesto ticket gratuito. Esto lo supe luego –pasé la barrera improvisada sin saber nada de la historia. Al ver cómo se organizaba el respetable, empecé a comprender que lo estaba pasando: el parque se llenaba de “kameez” de seda, jóvenes en vaqueros y niños con criada. Y contra la verja, se apiñaba luchando por ver algo la casta de los sirvientes: los ruidosos adolescentes con ropa chillona, los saris de tela mala, o sea, la gente repeinada con el cabello apegotado de bañarse en barreños sin bote de champú.

Demonios cabezudos del Dashera

Demonios cabezudos del Dashera

Los guardas, más que organizar el acceso, estaban separando el grano de la paja, la India que manda de la que no cuenta, con la excusa de un ticket que a mí ni me pidieron porque no existía.  Es que tú no tienes mala pinta, llegó a decirme un vecino con un argumento de garito nocturno. This is India, my son. Es verdad que con el tiempo de espera, la alerta del guarda se relajó y los chavales más avispados lograron, de una forma u otra (escalando verja, despistando al vigilante) entrar en el parque y apuntarse al jolgorio, aunque sin derecho a silla. Pero para entonces, yo ya había olvidado al dios Ram y me encontraba ocupado observando a los sirvientes Ram y Sita Prasad, de Nueva Delhi.

Los Ram y Sita que harían suyas las palabras de Balram, el chófer de la novela premiada con el Booker británico “Tigre Blanco”, hablando de la camiseta de su jefe: “No era como la camiseta que yo llegaría a comprar en una tienda. La mayor parte de ella estaba vacía y blanca, y había un pequeño diseño en el centro. Yo habría comprado algo muy colorido, con un montón de palabras y diseños en ella. Más valor por el mismo dinero”. A los tigres blancos se les reconoce por su ropa de diseños recargados, líneas turbulentas de inequívoco bajo precio;  y también por la piel más oscura, de trabajar a pleno sol, empleados como chicos de los recados, chóferes, limpiadoras. En todos los casos, con sueldos que causan sonrojo y una vida que sólo excepcionalmente se eleva por encima del rasero de dignidad.

La primera mención histórica de las castas o varnas (“colores”) primordiales está en el mítico “Rig Veda“, cantos con más de 3.000 años. Pero en la India actual de las ciudades septentrionales, la brecha visual no es de varna, sino de ropa y sobre todo de sol, en función de la bien valorada tez suave de las clases sociales altas –hay cremas blanqueadoras en cada tocador para esta lucha constante- y la tez agromán de la gente de sueldos por debajo de 100 euros, que tiene tan prohibida la entrada en los centros comerciales como la mención de su existencia en la India de la “historia de éxito”, es decir, la versión que sus élites se esfuerzan por vender en el exterior y ser así tomadas en serio en los foros internacionales.

Grupo indio de danza

Grupo indio de danza

En la India –decía el otro día el sociólogo Dipankar Guptalos ricos dependen de los pobres. No podrían vivir en su nivel sin ellos. Tome como ejemplo el sector de las tecnologías de la información, supuestamente una historia de éxito. Ellos mismos reconocen que sus beneficios provienen de los escasos costes laborales, y que se basan en tareas de nula formación técnica. Conozco grandes ricos que dan dos dólares de propina al portero del hotel y al mismo tiempo se enfurecen cuando un sirviente les pide un pequeño aumento”.

Campañas propagandísticas y libros de mantra empresarial aparte, ahí van los datos: según el Banco Mundial (2005), el 41,6 por ciento de los indios viven con menos de 1,25 dólares diarios, la línea internacional de pobreza (según el indicador nacional indio, el porcentaje baja hasta el 27,5 por ciento). Las cifras son alarmantes, pero además hay que ponerles dos cláusulas. La primera es que vivir con más de 1,25 dólares al día no significa que uno viva con desahogo. Si ponemos el límite en 2 dólares diarios, resulta que el 75,6 por ciento de la población india no lo rebasa: esto quiere decir que en la India, 800 millones de personas viven con menos de dos dólares al día. La “great indian middle class” (gran clase media india) es menos grande en una sociedad donde sólo el 3 por ciento de la población posee un coche.

La segunda puntualización se refiere al modelo indio. Como recuerda el propio Gupta en su libro “The caged phoenix“, esa forma de medir la pobreza es un triste eufemismo, porque lo que marca la línea es si la gente puede comprar la comida suficiente como para garantizar su propia supervivencia. Esto quiere decir que ese 27,5 por ciento de la población incapaz de llegar a la cantidad fijada por el rasero no está solo en condiciones de pobreza, sino de pura inanición. O sea, mal que bien, pasando hambre.

Dhobi Ghat de Bombay

Dhobi Ghat de Bombay

En la ciudad, aun siendo refugio del cuarto mundo, la situación no es tan dramática y urgente como en las zonas rurales más depauperadas. El grueso del crecimiento indio en los años postreforma se lo ha llevado la cúspide de la pirámide, es decir, las empresas manufactureras y del sector servicios. Pero esto no quiere decir que los pobres de las urbes no estén sometidos a un drama brutal. En plena fiesta del Dashera supe de la muy ilustrativa historia de una de las planchadoras de la zona: tuvo la suerte o mala suerte de dar a luz a una niña de piel muy blanca, una característica tan apreciada –a las chicas de piel clara se les presupone un futuro marido mejor posicionado y mayor consideración social- que su vecina la raptó y trató de arrebatársela, hasta que intervino la Policía para poner paz y nada más .

Miento, para algo más: sólo unos días después de la fiesta en el parque, tuve ocasión de presenciar qué tipo de plaga aqueja a la Policía. Era noche de mercado y una patrulla de agentes andaba apostada junto a los tenderetes, especializados en los petardos del Diwali (la fiesta de las luces). A las diez de la noche, hora de cerrar, se entabló una susurrante discusión entre las vendedoras  –todas mujeres, en un ir y venir silenciosamente agitado- y uno de los agentes, apoyado discretamente en un poste junto a la carretera.  “Nos piden –me confesó una de las ellas- 500 rupias para dejarnos continuar una hora más de venta”. Haciendo honor a la demoledora reputación policial entre los pobres, víctimas principales de la corrupción y el pago de sobornos, una pasó un billete al bolsillo del policía, apellidado Bhardwaj (según la placa), al fin y al cabo otro superviviente.

El poder de los agentes de barrio –piel curtida bajo el sol, para más señas- llega a la gente del barrio: la Policía no hablaría jamás de la misma forma a los tigres blancos sometidos al jornal diario que a sus amos. Ricos y pobres están estrechamente conectados, pero la segregación social es la del calibre que separa al ciudadano del súbdito, cierto que con el paréntesis ocasional de las elecciones: unos salen de los centros comerciales, los otros siguen fieles –no pueden elegir- a sus polvorientas “dhabas” de tés a cinco rupias.

Manmohan Singh, junto a Barack Obama

Manmohan Singh, junto a Barack Obama

Un país tan grande –se indignarán con razón los estudiosos- es mucho más que la brecha de clase, es simplista reducirlo a una dicotomía de ricos y pobres. Vale, la desigualdad por razón de riqueza explica sólo una parte de la India, pero tiene una importancia fundamental: las castas, las religiones, las lenguas, los dimes y diretes regionales operan en el interior de la India y fundamentan la organización del país. También las clases: pero además, añaden que de cara al exterior son los más pudientes –entre quienes se cuenta la muy poderosa diáspora- quienes actúan como embajadores del país, porque con sus usos más cercanos a Occidente manejan la estrategia de su relato nacional.

Me explico con un ejemplo: al poco de llegar a la India, me sorprendían los abracadabrismos de la prensa anglófona, que es la que usan (usamos) los occidentales para tomar el pulso al país. En la calle, yo veía riadas de gente bregando por la supervivencia, el constante recurso a los trucos de Lazarillo de Tormes. Pero los medios estaban muy lejos, más ocupados de los hechos consuetudinarios que acontecen en la rúa: ayer ganamos el mundial de críquet, hoy llegamos a la luna, todo el mundo admira el poder de la India, la pobreza –les falta decir- es un invento de Pakistán para desestabilizar al país. Luego comprendí el truco: para muchos lectores (los lectores de élite, que son los que se expresan en inglés), la pobreza ha pasado a formar parte del atrezzo, es un elemento del paisaje con la que uno lleva conviviendo (“estrechamente conectados”) desde el nacimiento, y por lo mismo, en general no es material-noticia. Lo que hay que contar -vienen a decir- es que la India ya es una historia de éxito.

Tráfico en una ciudad india

Tráfico en una ciudad india

La gran paradoja de las élites indias a este respecto es que, mientras practican un salvaje dumping social dentro de sus fronteras y aprovechan los bajos costes de la sirvienta de la cocina y del botones de la empresa, intentan a la vez silenciar o bajar el ruido de su existencia y de la de los cientos de millones de pobres que todavía hay en el país. El propio ministro de Interior –antes de Finanzas-, Palaniappan Chidambaram, llegó al malabarismo de decir que la India no es un país pobre, sino un país en el que “el grueso de la población es pobre”.  También dijo –le doy la razón- en que si la administración añade a 200 ó 300 millones de personas al mercado productivo, el producto interior bruto del país saldrá disparado.  El dilema está en si para ello las autoridades empezarán a enviar tickets a los tigres blancos para la próxima función teatral. Porque hasta ahora, la mejor forma que tienen todavía los sirvientes de disfrutar la fiesta es tirando los petardos del Diwali comprados por el amo, para que su heredero se divierta sin peligro.

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6 comentarios en “De castas y colores en la India urbana

  1. Estimado Diego:

    Llego a tu web desde el enlace que dejaste en un comentario en la mía. Espero que te sirviera la información. Me sorprende que alguien se haga cargo de mantenerse atento a la actualidad de la India, cuando ni los propios indios lo hacen. En todo caso, he de felicitarte por tu labor, la perfección de tus textos es de reseñar.

    Por cierto, ¿estás en España, en la India? ¿Trabajas para la prensa? O esto no es más que una afición.

    Bueno, un abrazo.

    Javier

  2. Hola, Javier. Gracias por tu comentario y observaciones. Ando navegando en busca de recursos web sobre la India en castellano, un territorio todavía sin mapa.
    Trabajo como periodista en el sur de Asia, pero siempre puedes concebir los artículos como una afición.
    Espero que actualices pronto tu página con nuevos textos. Un saludo.

  3. Marta González Barrientos

    Hola! desde Argentina te escribo para felicitarte por este sitio en español. No es fácil conseguir este tipo de información analizada con criterio. Traté de colocar mi e.mail para recibir tus noticias y novedades, pero no tomó mis datos.

    Agradeceré me incluyas en tu listado de correos. Me interesa todo lo relacionado con las sociedades asiáticas. Desde ya te auguro el mayor de los éxitos al poner, al alcance de todos, un aporte tan valioso como este artículo y el de Los pastunes.

    Justamente este último me pareció sumamente novedoso y original por los aspectos históricos, etnográficos y sociológicos que das a conocer (en especial el apartado dedicado a las mujeres).

    Todo es muy interesante. Saludos cordiales.

    Marta

  4. Ruth

    Si buscas textos, ensayos, en castellano te recomiendo los libros de la Dra. Ana García-Arroyo, (algunos publicados por Editorial Laertes), especialista en Estudios de India, que ha vivido y viajado por India desde más de 20 años.
    Tal vez te irían bien leerlos para evitar algunas de las generalizaciones y falta de profundidad que algunos lectores encontramos en tu web. Sí, la India es un país extremadamente complejo…
    Atentamente,

    Ruth

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