Dos reyes en Lanka

February 13, 2009 · imprimir

El poema histórico “Mahavamsa”, un recuento de ocho siglos sobre los reyes de Sri Lanka, recoge el combate legendario que el rey cingalés Dutugamunu sostuvo contra un rey tamil usurpador, Elara, que se había apoderado del norte tras invadir la isla desde la India con sus tropas. En plena batalla, Dutugamunu se plantó ante su enemigo y los dos se enfrentaron a lomos de sus elefantes, hasta que el cingalés hirió mortalmente con un dardo a Elara, más viejo y menos ágil.

“El agua del tanque se tintó de rojo con la sangre de los muertos”, clama el poema sobre la batalla. De aquella historia han pasado más de 2.100 años, pero Dutugamunu es hoy uno de los personajes más queridos por los elementos nacionalistas de la mayoría cingalesa, que domina el estado en la isla del Índico. En Sri Lanka sigue corriendo sangre. Y no es un secreto que su presidente, Mahinda Rajapaksa, sueña con emular al mítico Dutugamunu, en vista de la ofensiva militar que ha puesto de rodillas en el norte a la guerrilla tamil.

“Si no hubiera civiles ahí dentro, no tardaríamos ni un día en destruirla”, responde al otro lado del hilo telefónico el portavoz del Ejército de Sri Lanka, Udaya Nanayakkara. En el último año y medio, las tropas han conquistado un territorio mayor que la provincia de Sevilla –unos 14.800 kilómetros cuadrados- y han arrinconado a los Tigres tamiles (LTTE) en una esquina selvática en el noreste de Sri Lanka.

Pero su ofensiva exitosa –apoyada en una abrumadora superioridad armamentística y un Ejército 15 veces más numeroso que la guerrilla- se enfrenta ahora a la barrera humanitaria que las organizaciones de ayuda y varias potencias recuerdan al Gobierno: dice la ONU que en los últimos bastiones guerrilleros hay unos 250.000 civiles atrapados e indefensos ante los bombardeos de la aviación gubernamental, los combates incesantes y las supuestas presiones –y disparos- de la guerrilla para que no huyan de las últimas áreas bajo su control.

“No nos podemos dar un plazo, porque tenemos que minimizar el daño causado a los civiles”, comenta Nanayakkara. Esa es también la versión oficial del Gobierno ceilanés, aunque hasta ahora el factor civil no ha detenido anteriores avances. Y las versiones independientes son muy poco amables: el portavoz de la ONU en el país, Gordon Weiss, acusó la semana pasada al Ejército de una masacre con 52 muertos civiles. Razón por la que los halcones del Gobierno piden la evacuación de los cooperantes extranjeros: los testigos corren riesgos porque suponen un riesgo.

“Tenemos unos 20 trabajadores en el terreno, pero no puedo precisar dónde se encuentran. Algunos están con los pacientes, otros han sido desplazados. Estamos preocupados por la higiene, los refugios, las medicinas. Desde finales de enero no ha sido posible llevar ayuda humanitaria a las áreas de guerra”, cuenta la portavoz de la Cruz Roja, Sarasi Wijeratne. Su organización es la única autorizada por los contendientes para operar.

La antipatía de ambos bandos por las versiones independientes cristaliza en las difíciles condiciones de trabajo que afronta la Cruz Roja en sus tareas de asistencia a los civiles o la prohibición de que los reporteros accedan a los campos de batalla. En el ambiente pesan también las amenazas y asesinatos contra periodistas, como el sonado caso del editor Lasantha Wickramatunga. Crítico con el Gobierno y sabedor del peligro que corría, Wickramatunga, tiroteado de camino al trabajo el 8 de enero, dejó preparado un demoledor artículo para que fuera publicado a su muerte:

Otros caminaron –dejó escrito en referencia al presidente, Mahinda Rajapakasa- en la sombra de la muerte que tu presidencia ha supuesto para la libertad por la que una vez luchaste duramente. Nunca podrás olvidar que mi muerte sucedió ante tus ojos. Tan angustiado como sé que estarás, también sé que no tendrás más elección que la de perdonar a mis asesinos”.

“No es más que otro asesinato”, dijo luego a la BBC el secretario de Defensa, Gotabhaya Rajapaksa (hermano de sangre del presidente). Él mismo, considerado uno de los más duros defensores de la solución final contra la guerrilla, fue objeto de un intento de asesinato por parte del LTTE. Como también lo fue el actual jefe del Estado mayor ceilanés, Sarath Fonseka, que dirige las operaciones del Ejército.

La ofensiva de Fonseka y el clan Rajapaksa ha tenido hasta ahora un éxito indiscutible: el LTTE ha pasado de controlar amplias franjas costeras del este y el norte –donde los tamiles tienen mayor presencia- a quedar arrinconado en un espacio de 140 kilómetros cuadrados en las áreas selváticas de Mullaitivu, el feudo histórico al que siempre se ha replegado cuando las cosas contra el Ejército se ponían feas.

Pero la situación pinta mal para la guerrilla, peor que otras veces: según el Ejército, el LTTE apenas cuenta con 600 guerrilleros “en disposición de lucha directa”, que se encuentran rodeados por unos 50.000 soldados que cubren todos los flancos. Hasta se especula con la posible huida vía marítima de su líder supremo, Velupillai Prabhakaran, mientras sus antiguos escondites caen uno tras otro en manos de las tropas.

Los Tigres tamiles son conscientes de su obvia inferioridad militar, así que su estrategia hasta el momento se ha basado en resistirse lo más posible al avance de las tropas y replegarse llevándose consigo a los civiles cuando sus posiciones eran insostenibles. Siguiendo esta técnica –limitando sus bajas, dicen-, han perdido hasta ahora sus feudos principales: su capital de facto, Kilinochchi, el estratégico Paso del Elefante y la ciudad de Mullaitivu.

La estrategia cuenta con el apoyo de una de sus alas más experimentadas: la división de propaganda, experta en comunicación y contra-información desde portales como Tamilnet, en inglés, o Puthinam, en tamil, con los que intenta atraer la atención de la diáspora y de la comunidad internacional para lograr un alto el fuego o una mediación. Estos días, los medios tamiles se recrean en ataques contra hospitales, disparos contra civiles y, en resumen, la palabra “genocidio”.

En esta hermosa isla que cuelga de la India en los mapas y en los despachos, la acusación levanta viejos fantasmas en la memoria de la comunidad tamil. Componen el 18 por ciento de la población, es decir, unos dos millones de personas (no hay censos fiables) pero han visto cómo desde la independencia el estado era levantado por la mayoría cingalesa siguiendo criterios exclusivistas y hasta discriminatorios. Un ejemplo muy citado es la declaración del cingalés como única lengua oficial.

Por eso la guerrilla apuntala sus mensajes con referencias a la discriminación, al genocidio. Y sin embargo, aparte de que no existe comprobación independiente de sus reivindicaciones, una posible mediación de la comunidad internacional o un alto el fuego se antojan difíciles. Principalmente porque el Gobierno de Sri Lanka siente demasiado cercana la victoria militar como para aceptar una zanahoria diferente, pero también porque la India, la principal potencia regional, se frota las manos con la posibilidad de obtener la cabeza de Prabhakaran, el responsable del asesinato del ex primer ministro Rajiv Gandhi.

Pero la presión sobre el Gobierno aumenta. La India, que proporciona un callado suministro armamentístico a la isla, no puede permitirse apoyar demasiado abiertamente a Rajapaksa porque con ello se ganaría la furia de su propia población tamil, 66 millones de personas que comparten cultura y costumbres con sus “hermanos” del norte de Sri Lanka. Y Estados Unidos, la Unión Europea Japón y Noruega han pedido una tregua momentánea para permitir la huida de los civiles atrapados. Rajapaksa recibió incluso una llamada del secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, quien le pidió parar los combates unas horas. “Gracias por su interés, señor, pero no es posible”, respondió Rajapaksa.

En el cálculo gubernamental, los ataúdes de soldados que llegan cada mes a Colombo, la crisis humanitaria o la posible regañina internacional son un precio que vale la pena pagar: por primera vez en varias décadas, Rajapaksa ha conseguido convencer a la población de que es posible barrer militarmente a la guerrilla, que a sus 25 años de existencia es una de las organizaciones más sangrientas del mundo y ha mantenido al país partido en dos con su violento desafío.

Desde el inicio de la guerra en 1983 han muerto casi 100.000 personas, según contaba por teléfono el ministro de Minorías, Dev Gunasekara, entre brotes esporádicos de violencia étnica, en acciones militares o en atentados de la división de suicidas de la guerrilla, los Tigres Negros, que se fotografían con su líder supremo antes de acudir a la muerte cierta y arrastrar con ellos a quien se ponga por delante.

Los guerrilleros tamiles gustan de cultivar la mística de la revolución: su símbolo es un tigre rugiente y van uniformados como si ellos mismos lo fueran. Con el uniforme, reciben una pastilla de cianuro que deben ingerir en caso de ser capturados.Cuentan -o contaban- con una fuerza aérea (un par de avionetas de fabricación checa) y una Armada.Hasta esta ofensiva del Ejército, habían montado un mini estado de facto con hospitales, policía, tribunales y aduanas propias.

Y a la vez, mantenían la disciplina entre sus filas con mano de hierro y alimentaban la fidelidad con una llamativa atención por la mercadotecnia (hasta venden canciones patrióticas por internet), gracias en parte a los fondos reunidos con aportaciones de la poderosa diáspora tamil en el extranjero, donde desarrollaron una poderosa red clientelar con conexiones que van desde París a Toronto y que fue golpeada con fuerza a partir del 11-S en Nueva York.

El propio Prabhakaran ha mostrado desde siempre un desprecio ofensivo contra los derechos humanos. Militante desde el origen de la guerrilla, ha cometido él mismo varios asesinatos, ha ordenado otros, como el mencionado de Rajiv Gandhi- y es buscado por la Interpol por múltiples cargos. De su sequedad da idea la orden de expulsión de 80.000 musulmanes residentes en las áreas tamiles, a quienes dio un plazo (cumplido) de 24 horas. Se marcharon con lo puesto.

En su despiadada carrera para obtener la independencia de la minoría tamil y erigirse en voz única de la etnia en Sri Lanka, Prabhakaran no ha dudado en eliminar a sus adversarios políticos –cercanos o lejanos-, usar niños soldado, y en recurrir a los atentados suicidas o los tiros en la nuca para terminar con cualquier disidencia o amenaza.

Así que Capturar al líder tamil traería el mejor titular para coronar la ofensiva militar de Rajapaksa. Sería un golpe definitivo, la derrota total y simbólica que un violento Dutugamunu asesta a un Elara despojado de su antigua justicia. Pero cuando el rey cingalés le clave el dardo final a la guerrilla, llegará el verdadero desafío: hacer que los tamiles se sientan cómodos en Sri Lanka.

Y no es fácil. Para el día después, el Gobierno prepara ya varios campos de detención para acoger a los refugiados tamiles, similares a otros en los que languidecen los musulmanes. En el ámbito tamil, el LTTE ha dominado la vida política hasta tal punto que su desarticulación militar dejará probablemente un vacío peligroso para la comunidad, que quedará desorganizada. Para los tamiles, el desafío estribará en construir un movimiento político alejado de la violencia.

Dicho de otro modo: dependerán de su propia capacidad para adaptarse al día después, pero también de las hasta ahora inexistentes compasión y la magnanimidad de Rajapaksa, cuando deje de correr la sangre.

Por si al presidente le faltara voluntad, la historia ofrece pistas: pese a su derrota, el invasor rey Elara pasó a la historia como un rey justo y respetado, que logró garantizar la convivencia entre sus súbditos con independencia de su etnia. Tras vencerlo en el campo de batalla, el propio Dutugamunu se arrepintió de su acción y ordenó cremar al rey caído con honores. La pena fue tanta que ordenó construir un túmulo. “Nunca conoció la alegría, recordando la destrucción tanto de sus enemigos como de sus propios soldados”, dice el “Mahavamsa”. Veamos.

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comentarios

2 Responses to “Dos reyes en Lanka”

  1. Llopis on February 15th, 2009 10:12

    Esto recuerda un poco a lo que sucede en Gaza. Vaya.

  2. Pau on February 19th, 2009 23:00

    Gracias por comentar en mi blog. Cuesta encontrar páginas que hablen sobre la India en castellano, así que desde hoy tienes un nuevo seguidor ;)

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