El gobernante Partido del Congreso, la gran familia india

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Nueva Delhi, 13 abr.- Progreso y desarrollo son las dos promesas con las que pretende repetir victoria electoral el gobernante Partido del Congreso, que sigue controlado por la dinastía Nehru-Gandhi más de 60 años después de la independencia.
El candidato de la formación es el primer ministro saliente, Manmohan Singh, pero en la campaña también están desempeñando un papel fundamental la presidenta del partido, Sonia Gandhi, y su hijo Rahul, al que muchos quieren ver como futuro jefe del Ejecutivo.
La sonriente “trinidad” Gandhi-Singh-Gandhi figura en los carteles y pósters electorales, que vuelven a incidir en las esperanzas del “hombre común”, una estrategia que permitió al partido ganar contra pronóstico los comicios de 2004 y que ha sido el eje de su legislatura.
“El Partido indio del Congreso -destaca su manifiesto electoral- busca un nuevo mandato sobre la base de sus valores clave: el secularismo, el nacionalismo, la justicia social y el crecimiento económico para todos, especialmente el hombre común”.
Sonia, viuda del ex primer ministro Rajiv Gandhi y nuera de Indira, asumió hace ya más de diez años el liderazgo de un partido en estado de caos y lo recondujo al poder, aunque sin acercarse a las avasalladoras mayorías parlamentarias de antaño.
Fundado en el año 1885, el Congreso es la fuerza que aglutinó la lucha por la independencia contra el Imperio Británico, obtenida en 1947, y ha gobernado el país durante cinco de las seis décadas transcurridas desde entonces.
A sus filas pertenecieron figuras como Mohandas Gandhi o Jawaharlal Nehru, el hombre que encabezó el primer Gobierno independiente, edificó los pilares del partido e impulsó la dinastía política que continuó con su hija Indira y su nieto Rajiv.
Todavía recuerda el ideario de la formación el secularismo, la democracia, el socialismo y el no alineamiento propugnados por Nehru, aunque Manmohan Singh se ha apartado de los dos últimos discretamente, fiel a su estilo.
Singh, un economista de 76 años con fama de honrado (algo notable en la corrupta India), fue el ministro de Finanzas responsable en 1991 de las reformas económicas que desmantelaron el sistema socialista de licencias industriales y pusieron al país sobre los raíles del capitalismo.
En esta última legislatura, ya como primer ministro, ha sacado adelante un pacto de cooperación nuclear civil con Estados Unidos que le granjeó fuertes críticas de los aliados comunistas del Gobierno, hasta el punto de que estos le retiraron su apoyo.
Singh puede presumir de haber liderado al país en la legislatura con mayor crecimiento económico de su Historia -en torno al 9 por ciento anual- y de haber impulsado proyectos inéditos de ayuda a los sectores más necesitados.
Sus críticos denuncian que los programas de salud, educación o apoyo al campesino han sido poco eficientes y que Singh es un primer ministro débil y plano que no hace sino seguir las directrices en la sombra de Sonia Gandhi.
Porque, tras las elecciones de 2004, era Gandhi la teórica encargada de formar Gobierno, pero cedió a la presión de la oposición y de sectores de su propio partido reticentes a que una “extranjera” (es italiana de nacimiento) asumiera la jefatura del Ejecutivo.
Gandhi nombró entonces a Singh, quien durante toda la legislatura ha tenido que soportar especulaciones sobre el verdadero poder de su mentora y el posible futuro en el Gobierno del “heredero” Rahul, de 38 años.
Por el momento, este último se ha limitado a captar apoyos en campaña entre los más de 100 millones de jóvenes que votarán por primera vez, aunque hace sólo un año inició una sugerente gira de “descubrimiento” de la India como la que hizo su padre antes de ser primer ministro.
La formación, sin embargo, está hoy en una posición muy diferente de la que heredó Rajiv: en las últimas elecciones fue la fuerza más votada, pero apenas logró 145 diputados (del total de 545), por lo que debió pactar con más de una decena de fuerzas para gobernar.
Aunque el poder del Congreso ha sufrido un progresivo deterioro en las últimas cuatro décadas, corroído por las escisiones, el clientelismo y los casos de corrupción, sus líderes presumen todavía de ser la única fuerza con presencia significativa en toda la India.

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