Hamid Karzai aspira a reeditar mandato con una cómoda ventaja

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Kabul, 14 ago 2009.- Instalado en una cómoda ventaja sobre sus rivales, el presidente de Afganistán, Hamid Karzai, aspira a revalidar su mandato en las elecciones del día 20 haciendo bandera del diálogo con los talibanes más moderados y con el país todavía pendiente del desarrollo prometido.
Karzai, de 51 años, ha estado al frente de Afganistán casi desde la caída del régimen talibán, en el año 2001, primero encabezando un Gobierno de transición y ya más tarde elegido presidente por los ciudadanos, en el año 2004.
En los próximos comicios, el actual presidente aspira a obtener la reelección por encima de sus críticos, que le acusan de tolerar la corrupción, apoyarse en los antiguos “señores de la guerra” y ser incapaz de desarrollar las instituciones del Estado.
Hasta ahora, Karzai ha llegado a pactos con los líderes de distintas minorías étnicas, como los “señores de la guerra” Ismail Khan (tayiko) y Rashid Dostum (uzbeko), y ha incorporado a su candidatura al poderoso Mohammed Fahim, un polémico general que ya fue ministro de Defensa en su Gobierno y que ahora quiere ser su vicepresidente.
Con Fahim, Karzai busca asegurarse el apoyo de los tayikos del norte, la segunda etnia más numerosa del país, mientras él mismo intenta apuntalar el voto de los pashtunes en el sur y el este frente al boicot que promueven los insurgentes talibanes.
Su golpe de efecto más importante es precisamente una oferta de diálogo para los talibanes más moderados, con el objetivo de que estos abandonen las armas y se sumen a la construcción de la democracia afgana en un momento de expansión de la insurgencia.
El pacto sería una nueva vuelta de tuerca en la carrera política de este líder pashtún moderado, que durante la ocupación soviética (1979-1989) sirvió como asesor de los muyahidines y que luego apoyó a los talibanes pensando, como muchos, que traerían estabilidad al país.
Las intensas relaciones que estos últimos mantenían con los servicios secretos paquistaníes le llevaron, sin embargo, a distanciarse de los integristas y comenzó a organizar a la oposición en el extranjero desde antes de los atentados del 11-S.
Con la intervención estadounidense en Afganistán, Karzai se decidió a luchar contra los talibanes y protagonizó una épica entrada por el sur del país acompañado por un puñado de seguidores a lomos de varias motocicletas, según cuenta el escritor Ahmed Rashid en su libro “A descent into chaos”.
Y luego, elegido para liderar el Gobierno interino del país, el todavía presidente se las arregló para mantener un precario equilibrio entre las distintas facciones, etnias y tribus del país, todavía fundamentales en el sistema político.
Aunque la política interior ha recibido críticas de los sectores liberales por ser lenta en sus reformas y por la corrupción imperante, la población afgana valora sus angustiadas condenas de las muertes de civiles a manos de las tropas internacionales en el país.
Vituperado por sus opositores, denostado como “alcalde de Kabul” por lo limitado de su control sobre el país, Karzai sigue sin embargo siendo popular entre los afganos a tenor de las dos últimas encuestas conocidas, que le atribuyen un 44 y 45 por ciento, respectivamente, del voto decidido en las elecciones presidenciales.
Con una veintena de puntos de ventaja sobre su más directo perseguidor, Karzai encara el futuro de Afganistán como favorito y a gusto en su papel de “padre de la nación”, como lo califican algunos de sus carteles electorales.
“Si votas hoy a Karzai, Karzai garantiza tu mañana”, promete a los afganos en su eslogan electoral.
Populismo aparte, el verdadero mérito del actual presidente ha sido su maniobra para ocupar el eje de la encrucijada afgana: entre pashtunes y tayikos, entre las tropas extranjeras y la opinión pública, entre talibanes moderados y el pequeño sector liberal.
Dicen de él, quienes lo conocen, que se siente tan cómodo con traje y corbata como con turbante y túnica

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