Los hijos de Jawaharlal Nehru

Estándar

EVM maquina electoralLas urnas más cercanas (o debería decir “la máquina”) están situadas en la escuela pública del barrio. La policía ha puesto barreras para limitar el tráfico y facilitar los accesos a los votantes, que acuden acicalados y bien vestidos; deben elegir a su representante para la conurbación de Nueva Delhi, un cuerpo electoral del tamaño de Holanda o Chile. Esto no debería estar pasando: en realidad, las elecciones tuvieron lugar hace semanas y los resultados se conocieron hace unos días: amplia victoria –la tercera consecutiva- para el Partido del Congreso.

Pero en mi barrio –Rajinder Nagar- las elecciones quedaron suspendidas hasta hoy, porque el candidato del Bharatiya Janata Party (radicales hindúes) se suicidó en plena campaña. Saber ya cuál es el partido vencedor no disuade del voto a muchos electores, que guardan cola pacientemente hasta recibir el permiso de entrada de la policía.

Las elecciones de Delhi son sólo un preludio de las generales, previstas para la primavera, pero su funcionamiento es escrupulosamente el mismo de lo que vendrá: nada más llegar, el votante debe identificarse y firmar en un pliego en el que figura su nombre y fotografía. Se le entrega un impreso rosa y un funcionario le pringa una uña con tinta indeleble. Es el modo de evitar que alguien vote más de una vez.

Y resueltos los procedimientos previos, el votante marcha hacia una esquina, donde recoge su elección una “máquina” convenientemente camuflada con un modesto cartón cóncavo para garantizar el secreto del voto. Las EVM (Electronic Voting Machine) son uno de los fenómenos más llamativos de las elecciones en la India. El votante apenas debe pulsar un botón. Y un pitido confirma que la elección está hecha.

A pocos metros de la EVM, un oficial dispone de una terminal de control que garantiza la transparencia y la corrección del proceso. Ver la máquina está prohibido, pero el oficial de la escuela me enseña la plantilla marco de las EVM: figura el nombre del candidato junto al símbolo de su partido, muy útil para analfabetos. A la derecha, un botón azul y una marca de luz que se encenderá al pulsado.

Partido del Congreso“Echa un vistazo rápido”, se aviene al final. Tras el cartón, me da tiempo a ver una EVM del tamaño de un portátil. La máquina se adivina sencilla también para quienes no saben leer. Se trata sólo de pulsar el botón del partido preferido: la mano, del Partido del Congreso; el loto, del BJP; el elefante, de los castibajos del Bahujan Samadi Party. Así hasta una docena de símbolos.

Con las EVM, la Comisión Electoral india se ahorra tiempo –imaginen contar 670 millones de papeletas- y dinero: unos 40 millones de dólares, según cálculos oficiales, dejan de gastarse en imprentas, transportes, almacenamientos o seguridad.

La primera idea de contar con máquinas electrónicas proviene de finales de los años 70. Aunque su desarrollo llevó unas dos décadas, hoy la Comisión Electoral presume de una tecnología que funciona en áreas sin electricidad (admite pilas), no causa errores y es rápida, manejable y fácil de transportar. El voto permanece secreto y además, las máquinas son reutilizables.

Da facilidades, en fin, para aligerar los procedimientos en la “mayor democracia del mundo”. Esta idea –el gigantismo democrático- tiende a causar más orgullo que preocupación a los escribas indios, atentos a las grandes cifras: 670 millones de votantes, más de 600.000 pueblos, más de un millón de máquinas que reúnen a los indios con su mayor fiesta. Desafortunadamente, las EVM no sirven sin embargo para mejorar ni la representatividad de la población india, tan sometida a privaciones, ni la calidad democrática del día a día. Sólo son máquinas.

Durante décadas, los indios han estado fijados a los procedimientos de una burocracia virtualmente omnipotente, y por eso mismo la proverbial dejación de muchos de sus mandarines ha tenido efectos demoledores no sólo para resolver cuitas por lo civil o acceder a las cartas de racionamiento. También para certificar la insalvable distancia existente entre los centros de decisión y los ciudadanos.

Por ponerlo en palabras del profesor Amartya Sen, que recurre a la vieja escuela de la “nyaya”: la legitimidad de la democracia india no debería quedar sólo en el ritual de acudir a las urnas cada cierto tiempo. También hay que incidir en la capacidad de los legisladores para alcanzar prácticos avances sociales, más allá de las reglas y las organizaciones.

Sesenta años después de la independencia, el balance es todavía deficiente.

“Las debilitadas instituciones –escribe el historiador Ramachandra Guha– significan que la democracia india puede ser descrita como un éxito parcial. La India es mayormente democrática cuando se trata de celebrar elecciones y en permitir la libertad de movimientos y expresión. Pero mayormente no lo es si se atiende al funcionamiento de los políticos y las instituciones”.

“¿Podría usted inventar un software para que nuestra democracia funcione?”, le preguntó un anciano al co-presidente de Infosys, Nandan Nilekani, durante la presentación de su libro “Imaginando India”. El joncho dijo secamente “No”.

Hay, sí, caciques locales, gremialismo, un culto al liderazgo, una ausencia de control efectivo del poder. En muchos casos, los cargos políticos o funcionan a dedo o se heredan dentro de la propia familia, empezando por la propia dinastía Nehru-Gandhi. Pero tampoco hay que hacer sangre del sistema. Si uno mira las décadas pasadas y si uno mira a los turbulentos países de la zona, tendrá que convenir en que el gran triunfo de la democracia india ha sido su resistencia.

Y el debate, en realidad, no debería ser tanto el hincapié en sus insuficiencias, que a la vista están, como el determinar si el sistema político está obteniendo su cuota de beneficio de las reformas económicas de los años 90 o, por el contrario, si los indios deben todavía ventilar las viejas y torcidas prácticas administrativas y el circuito paralelo y sin control en el que se manejan sus políticos.

No lejos de Rajinder Nagar se conserva el palacete que sirvió de residencia a Jawaharlal Nehru en sus años delhíes, ya durante sus sucesivos mandatos como primer ministro. Hoy, el edificio alberga un museo y un planetario anexo al que acuden los colegiales en sus excursiones organizadas –algo que agradaría a Nehru, que profesaba una legendaria adoración por los niños.

Nehru y Gandhi charlandoAunque en Occidente –y más aún en el mundo hispano- es el “Mahatma” Gandhi quien monopoliza el brillo simbólico de la lucha pacífica por la libertad india, en el asunto de la democracia el país debe más bien su trazado a Jawaharlal Nehru y el puñado de demócratas a la británica que le acompañaban en el albor de la independencia.

A toro pasado, es fácil concluir que Nehru no se equivocaba en su apuesta por la democracia: que un país tan diverso, plural e inabarcable como la India no podía prosperar salvo haciendo de la democracia el salón para la puesta en común de sus intereses. La suya era una democracia secular, principialista, que incorporaba elementos del socialismo fabiano y del Parlamentarismo británico dentro de un teórico no-alineamiento en los asuntos internacionales.

Visto ahora, digo, su vía parecía sensata. Pero en aquel momento, la prédica no era tan sencilla: la idea de Nehru era cuestionada por Gandhi, que prefería una organización semi-mítica de consejos rurales. Por la izquierda, los comunistas defendían su dictadura del proletariado (olvidaban que en India no había proletarios), y por la derecha, vociferaban los radicales religiosos que buscaban hacer del hinduismo la piedra de toque del estado.

El museo Nehru guarda varias reliquias preciosas para quien quiera acercarse: el despacho que hacía de ministerio de Asuntos Exteriores, su austero lecho de muerte, los altos techos de la habitación de Indira, cientos de míticas fotografías de la lucha por la independencia. Hay salones enmoquetados con chimenea, constantes centros de reunión, referencias de Gandhi en paredes y estantes.

Y, sobre todo, el despacho en el que se quedaba “trabajando hasta altas horas”, según la placa. Una gran mesa con un icono de Buda –Nehru se decía ateo- y varios tinteros, tres viejos teléfonos. Sillones, sofás. Retratos de su hija Indira Gandhi, del “Mahatma”, de Abraham Lincoln. Sobre una repisa descansa un globo terráqueo. Hay centenares de libros en estantes y otros fuera: los muy europeos Sartre, Gunnar Myrdal.  Sólo uno está sobre la mesa, todo un manual del buen “gentleman”: el Diccionario Oxford de inglés, versión concisa.

El británico Nehru terminó por salirse con la suya. Aunque sus sucesores reescribieron su guión con mayor o menor fortuna, la nave india continúa en sus tareas. De los cuatro legados nehrudianos, democracia, secularismo, socialismo y neutralidad, el primero es el que mantiene mayor pujanza simbólica –y real-, por evidentes que resulten sus deficiencias. Como la población continúa creciendo, cada vez que la India celebra elecciones generales, el proceso se convierte en el mayor ejercicio democrático jamás realizado sobre la tierra.

Y ahora, para participar en él, basta con pulsar un botón. O esperar el accidente: mientras la gente todavía vota en Rajinder Nagar, alguien llama a la puerta. “¿Ha votado ya toda la gente de esta casa?”, dice una mujer de mediana edad. “Si no han votado, acompáñeme, yo iré con usted, si lo desea. Y podemos hablar por el camino”, añade.

Aclaro que todos hemos (han) votado. “Habrán votado al elefante, espero”, se despide. Y para esta “invitación al voto”, no hay máquina EVM que nos salve. Curiosa democracia.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

Un comentario en “Los hijos de Jawaharlal Nehru

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *