Los hoteles-barco del lago Dal luchan por recuperar el turismo perdido

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Srinagar (India), 26 dic 2008.- Dicen de ella que es el paraíso en la tierra, y sin embargo los languidecientes hoteles-barco del turístico lago Dal, en el corazón de la Cachemira india, son la mejor estampa de los veinte años de conflicto en la región.
Situado en Srinagar -la capital cachemir en los meses cálidos-, en pleno lago Dal hay 900 casas barco a las que se llega en una embarcación conocida como “shikara”, una especie de góndola que navega por las tranquilas aguas -demasiado en paz.
“Siendo optimistas, la tasa de ocupación actual rondará el 20 por ciento. Parecía que este año la campaña sería muy buena. La verdad es que las protestas de los últimos meses nos han afectado”, cuenta a Efe uno de los propietarios, Altaf Dongola.
Su casa barco, en el interior del lago, está decorada con gusto pero anda vacía de clientes, debido según Dongola a la inestabilidad que ha sufrido en los últimos meses la capital cachemir, uno de los lugares donde es más potente el independentismo.
Tras una primera mitad de año esperanzadora, el verano cachemir fue escenario de disturbios entre hindúes y musulmanes, a cuenta de una cesión gubernamental de terrenos a la organización encargada de gestionar las peregrinaciones del templo hindú de Amarnath.
Los choques, que causaron 40 muertos, dieron paso a la precampaña electoral, boicoteada por los separatistas de la Conferencia Hurriyat y marcada por huelgas y toques de queda de las fuerzas de seguridad, que se cuentan por cientos de miles.
“Esperábamos recibir un gran número de turistas y así fue hasta junio, pero los disturbios y las elecciones han reducido las llegadas virtualmente a cero”, reconoció por teléfono el director del turismo regional, Faruq Shah.
Según sus datos, el conjunto de la región ha registrado 1,1 millones de llegadas este año, lo que casi duplica las 600.000 del año anterior, aunque sólo 50.000 de ellas proceden del extranjero.
“La gente escucha noticias del conflicto cachemir y siente miedo de venir. Pero aquí está ahora todo muy tranquilo, nada que ver con la peor fase de la insurgencia, en la década de 1990”, cuenta Dongola.
Partida entre la India y Pakistán, Cachemira lleva veinte años siendo pasto de la actividad insurgente y los excesos de las fuerzas de seguridad indias, demasiado expeditivas en las áreas rurales, según distintas fuentes.
“La violencia era tanta que el sector turístico no pudo resistirlo. En ese período muchos amigos, y yo entre ellos, tuvimos que marcharnos a Nueva Delhi porque aquí en Srinagar no había ni un puesto de trabajo”, cuenta un guía turístico junto al lago.
Aunque la India sostiene que quedan activos sólo 800 insurgentes en toda la región, Srinagar mantiene un aire marcial por la masiva presencia de soldados y paramilitares, una sensación sólo rota por la tranquilidad de las casas barco del lago.
“Aquí el Ejército nunca ha entrado, entre otras cosas porque tampoco hacía falta. La gente viene a relajarse con la visión de las montañas y con el aire limpio que le falta en la ciudad”, se anima en su curiosa góndola Dongola.
De un llamativo color amarillo y cómodos asientos acolchados, la lenta “shikara” es el único medio de acceso a estos atractivos hoteles, cuyos dueños se esfuerzan por atraer un turismo que se resiste a volver.
Durante la campaña electoral recién terminada, los líderes de los principales partidos se han comprometido a trabajar duro para mejorar las infraestructuras turísticas y reducir la violencia, dos de las reivindicaciones de los hosteleros.
Un tercer factor escapa sin embargo a su voluntad: la reducción de la tensión entre la India y Pakistán tras los atentados de noviembre en Bombay, atribuidos por la primera al grupo separatista cachemir Lashkar-e-Toiba, que opera desde suelo paquistaní.
Cachemira es el eje sobre el que han pivotado las relaciones entre las dos potencias nucleares desde la independencia y partición del subcontinente, en el año 1947.
Su suelo ha sido víctima de varias guerras desde entonces y la mayoría de sus gentes, nostálgicas de su “paraíso” perdido, luchan todavía hoy por revertir la definición que Bill Clinton dio del territorio en 1999: “el lugar -dijo- más peligroso de la tierra”.

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