Los musulmanes de Gujarat miran adelante seis años después de la matanza

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Ahmedabad (India), 27 feb 2008.- En barrios casi segregados por su religión, los musulmanes de la región india de Gujarat, en el oeste del país, tratan de salir adelante y olvidar las matanzas de hace justo seis años, en las que murieron más de mil personas.
En la pujante y ruidosa ciudad de Ahmedabad, la más importante de la región, apenas quedan huellas de la ola de violencia extremista que asoló Gujarat, salvo unos cuantos muros ennegrecidos y un predominio hindú más claro en áreas donde antes había convivencia.
Pero la procesión va por dentro. “Antes, había barrios de dominación hindú y otros de dominación musulmana. Pero tras los hechos de 2002, ese problema, sin llegar a ser por completo un ‘apartheid’, se ha agravado”, dijo a Efe Somnath Vatsa, un abogado de Ahmedabad que ha defendido a las víctimas de las matanzas.
Estas comenzaron como reacción al incendio -según los extremistas hindúes, provocado por musulmanes- de un tren atestado de peregrinos (“karsevaks”) el 27 de febrero de 2002, un suceso en el que 58 personas perdieron la vida, entre ellas mujeres y niños.
En las horas siguientes, los musulmanes de distintas ciudades sufrieron las acometidas de grupos de radicales hindúes que violaron mujeres, quemaron casas, dañaron mezquitas y mataron a cuantos se pusieron por delante.
Tras aquellos hechos, miles de musulmanes de Gujarat tuvieron que buscar casas de acogida, hasta que sus propias asociaciones de ayuda compraron tierras para edificar nuevos barrios que han consagrado una separación de facto en la región.
Uno de los nuevos barrios es Juhapura, una aglomeración de 300.000 personas y casas recién construidas que ha sido calificada, sin eufemismos, como el mayor gueto musulmán de Gujarat, entre quejas de desatención de sus residentes.
“El país no hizo entonces nada por ellos y hoy la situación sigue siendo preocupante -remata el abogado Vatsa-. Para que haya más interacción entre musulmanes e hindúes el Gobierno debe desarrollar programas públicos”.
Los musulmanes indios, unos 140 millones de personas, componen un 13,4 por ciento de la población, aunque ocupan apenas un 5 por ciento de los puestos públicos en las instituciones oficiales y su acceso a la educación sigue siendo muy deficiente.
Además, los fieles sufren un problema de imagen que data de tiempos de la independencia y la partición del subcontinente en la India y Pakistán (1947), cuando la mayoría de las clases medias musulmanas optaron por pasar a terreno paquistaní.
Los musulmanes que decidieron quedarse en la India pertenecían en su mayoría a los estratos sociales más bajos, de menor formación y con costumbres más atávicas, lo que siguió dificultando su inserción en la nueva sociedad independiente.
Cobardes -según las malas lenguas paquistaníes- y leales a Pakistán -según las indias-, los musulmanes de la India han tenido además que soportar crecientes acusaciones de connivencia con el terrorismo tras la emergencia del discurso fundamentalista y los constantes atentados de los grupos radicales en el subcontinente.
“Los musulmanes estamos sobrepasados… Preferimos una aproximación no violenta, que tenga un impacto en nuestra comunidad. Apenas hay musulmanes en el Gobierno y nuestra solución debe ser la educación. Especialmente para las mujeres”, dijo a Efe el profesor J.S. Bandukwala, cuya casa ardió durante los disturbios de Gujarat.
Estos, la peor masacre de las últimas décadas, pusieron en los labios de muchos analistas las palabras “genocidio” y “pogromo”, debido a la inacción por parte de las fuerzas de seguridad y del Gobierno regional, dirigido entonces y ahora por el conservador Narendra Modi.
La India es un país construido sobre una Constitución secular y una ensalada de religiones y culturas, de ahí que, en palabras del periodista Tarun Tejpal, los hechos de Gujarat no fueron sólo una “vergüenza nacional”, sino “la mayor bofetada en la cara de la idea de India”.
Seis años después de esa “bofetada”, los ciudadanos de la vibrante Ahmedabad transitan, compran, venden y trabajan por las calles mezclados e indistintos, hasta que, al llegar la noche, vuelven a sus barrios convertidos en hindúes y musulmanes.

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