Narendra Modi, el político héroe o el más villano de la India

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Ahmedabad (India), 28 feb 2008.- Con más de 1.000 muertos hace justo seis años, los choques religiosos de 2002 en la región occidental india de Gujarat causaron la peor matanza comunal en las últimas décadas y tuvieron como uno de sus protagonistas principales al entonces y hoy jefe del Gobierno regional, Narendra Modi.
Modi, reelegido en diciembre de 2007 con una mayoría incontestable, ha sido acusado de haber, en el mejor de los casos, cerrado los ojos ante la matanza de musulmanes, en la que participaron miembros de formaciones afines a su Gobierno.
Con el estigma de ejercer una persecución religiosa contra las minorías, Modi sufrió en 2005 la humillación de ver cómo los Estados Unidos le retiraron el visado de entrada en el país.
Pero las sospechas que recaen sobre su régimen sobre presuntas violaciones de derechos humanos no han debilitado la admiración que profesa entre sus paisanos, que reiteraron su confianza en el dirigente dándole sus votos y una nueva mayoría absoluta en la cámara.
Nacido en el año 1950 en el seno de una familia de clase media, Modi, un vegetariano que considera el consumo de carne un despilfarro de recursos, estudió Ciencias Políticas y entró a formar parte de la formación radical hindú Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS).
Su ascenso en los cuadros de militancia del partido conservador Bharatiya Janata Party -afín al RSS- fue fulgurante, y pronto se convirtió, en 2001 y un año antes de los disturbios que le catapultaron a la “fama” mundial, en el secretario general regional con el objetivo de reorganizar la formación y asaltar el poder.
El detonante de aquellos disturbios fue la muerte de 58 peregrinos hindúes en la localidad gujarati de Godhra en marzo de 2002, cuando el tren en el que viajaban paró por una barricada de piedras colocada en la vía y, momentos después, se incendió.
Modi calificó los hechos como un “violento acto de terrorismo planificado por parte de una comunidad contra otra”, una clara acusación contra los musulmanes que pudo espolear a los radicales hindúes que se echaron a las calles.
Con más de 1.000 muertos en los dos meses de disturbios que siguieron a estos hechos, Modi no ha podido jamás quitarse de encima el estigma de las matanzas de cara al exterior, pero mantiene intacta su popularidad para la mayoría de sus conciudadanos.
La razón es la situación económica de Gujarat, quizá la región india más pujante, con una media de crecimiento anual superior al 10 por ciento y un “cambio desde las raíces” que ha cuadruplicado la producción agrícola y ha puesto a la región como líder en generación de energía.
Y el Gobierno de Modi ha aplicado una receta de inversión en infraestructuras como conductor del crecimiento económico que ha dado sus frutos en las dos ocasiones en las que ha resultado ya reelegido (2002 y 2007), con el lema “Gujarat Vibrante”.
Según sus biógrafos institucionales, Modi es un visionario y un “líder popular de imagen panindia”, apasionado, joven, energético, escritor de libros; un astuto político, un orador agudo y un negociador que se ha ganado “el amor y el afecto de las masas”.
“Estoy eternamente orgulloso de ser humano e hindú. Cada momento siento que soy grande, extenso; que soy sindhú (etnia de la zona)”, escribió.
Pero hay quien, menos proclive al visionario Modi, se ha dedicado a compilar otro tipo de composiciones: las frases que pronunció durante la matanza étnica, como: “cada acción (en referencia al incendio del tren) tiene una reacción igual y opuesta”.

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