Se cumplen, entre la devoción y el rencor, 25 años del asesinato de Indira Gandhi

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Nueva Delhi, 31 oct 2009.- La devoción y el rencor se mezclan en el recuerdo de Indira Gandhi a los 25 años de su asesinato, conmemorado hoy con respeto por cientos de millones de indios pero no por la minoría sij, que le recrimina aún el ataque a su templo sagrado.
En los últimos días se han multiplicado las referencias, los especiales de televisión y las muestras de cariño que le dedican sus herederos –su nuera Sonia Gandhi y sus nietos, Rahul y Priyanka-, quienes mantienen el control del gubernamental Partido del Congreso.
“En esta ocasión sombría, debemos recordar y reflejarnos en su simple y austera forma de vivir y conducirse. Sigamos guiados por ella”, pidió la italiana Sonia, hoy líder del partido, en el último número de la revista interna de la formación.
El 31 de octubre de 1984, Indira Gandhi, por entonces primera ministra, fue tiroteada por dos de sus guardaespaldas sijs cuando salía de casa camino de una entrevista con el actor británico Peter Ustinov.
Indira pagó así haber ordenado el asalto a sangre y fuego en junio anterior del Templo Dorado de Amritsar, donde se habían atrincherado radicales armados, en una operación que causó cientos de muertos.
El magnicidio desencadenó gravísimos disturbios y una matanza callejera de sijs en Delhi que se cobró la vida de 3.000 personas, unos hechos que las organizaciones sijs más radicales recordarán el 3 de noviembre con una huelga.
“Al atacar el Templo Dorado, Indira escribió la historia negra de los sijs. Su asesinato no fue sino una reacción emocional, pero ahora los sijs hemos pasado página”, aseguró a Efe Darmegh Singh, secretario de la organización que controla los templos de esta fe, el SGPC.
A diferencia de los sijs, millones de indios valoran todavía el legado político de Indira Gandhi y citan como su mayores logros el haber partido Pakistán en dos con la creación de Bangladesh en 1971 -el Ejército indio ayudó a los bangladeshíes en esa guerra- y las primeras pruebas atómicas indias, desarrolladas tres años después.
Pero sus detractores critican su autoritarismo y, sobre todo, el haber estado detrás del episodio más negro desde la independencia india: la declaración de un estado de excepción, en 1975, que llevó a miles de opositores a la cárcel e impuso la censura en los medios.
Indira justificó la medida por la tensión política y social que sufría el país, pero la mayoría de los historiadores coinciden en que sólo pretendía desbaratar un proceso judicial por irregularidades electorales que la habría apartado del poder.
La primera ministra revocó el estado de excepción un año y medio después, y aunque los ciudadanos la castigaron con una derrota en las urnas, volvió al poder en los comicios de 1980, meses antes de la muerte en accidente de su hijo menor y delfín político, Sanjay.
“Ella era mi ídolo en aquellos momentos -dijo hace unos meses su nieta Priyanka, hija del también asesinado Rajiv Gandhi-. Supongo que la gente la recuerda como una persona dura, pero para sus nietos era la mejor abuela y la más dulce”.
Indira buceó en las políticas de su padre, Jawaharlal Nehru: se alineó con la Unión Soviética -el presidente de EEUU Richard Nixon se refirió a ella como una “bruja“- y trató de desarrollar la industria y acabar con la pobreza endémica de la India.
Pero lejos del estilo de su padre, Indira inauguró la era del populismo político: nacionalizó la banca, se rodeó de fieles -no necesariamente capaces- y gobernó a golpe de eslóganes como “Acabemos con la pobreza” o el famoso “India es Indira” que coreaban sus partidarios.
Todavía hoy da sus frutos aquella manera de entender la política, si se toma como referente de popularidad el memorial capitalino establecido en su casa, donde los visitantes pueden ver fotografías familiares o el sari marrón que llevaba cuando murió.
Cada mañana, la vivienda de Indira, adyacente a su oficina, se llena de miles de modestos gujaratíes, bengalíes de cara acolchada e indios sureños de piel oscura que vienen a Delhi tras días de autobús y se detienen en primer lugar ante la placa en el punto donde fue tiroteada.
El texto de la placa es suyo: “Si muero violentamente, como algunos temen y unos pocos planean, sé que la violencia estará en el pensamiento y la acción del asesino, no en mi muerte, porque no hay odio tan oscuro que eclipse el amor por mi gente y mi país”.

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