Narendra Modi, el político héroe o el más villano de la India
February 3, 2009
Ahmedabad (India), 28 feb 2008.- Con más de 1.000 muertos hace justo seis años, los choques religiosos de 2002 en la región occidental india de Gujarat causaron la peor matanza comunal en las últimas décadas y tuvieron como uno de sus protagonistas principales al entonces y hoy jefe del Gobierno regional, Narendra Modi.
Modi, reelegido en diciembre de 2007 con una mayoría incontestable, ha sido acusado de haber, en el mejor de los casos, cerrado los ojos ante la matanza de musulmanes, en la que participaron miembros de formaciones afines a su Gobierno.
Con el estigma de ejercer una persecución religiosa contra las minorías, Modi sufrió en 2005 la humillación de ver cómo los Estados Unidos le retiraron el visado de entrada en el país.
Pero las sospechas que recaen sobre su régimen sobre presuntas violaciones de derechos humanos no han debilitado la admiración que profesa entre sus paisanos, que reiteraron su confianza en el dirigente dándole sus votos y una nueva mayoría absoluta en la cámara.
Nacido en el año 1950 en el seno de una familia de clase media, Modi, un vegetariano que considera el consumo de carne un despilfarro de recursos, estudió Ciencias Políticas y entró a formar parte de la formación radical hindú Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS).
Su ascenso en los cuadros de militancia del partido conservador Bharatiya Janata Party -afín al RSS- fue fulgurante, y pronto se convirtió, en 2001 y un año antes de los disturbios que le catapultaron a la “fama” mundial, en el secretario general regional con el objetivo de reorganizar la formación y asaltar el poder.
El detonante de aquellos disturbios fue la muerte de 58 peregrinos hindúes en la localidad gujarati de Godhra en marzo de 2002, cuando el tren en el que viajaban paró por una barricada de piedras colocada en la vía y, momentos después, se incendió.
Modi calificó los hechos como un “violento acto de terrorismo planificado por parte de una comunidad contra otra”, una clara acusación contra los musulmanes que pudo espolear a los radicales hindúes que se echaron a las calles.
Con más de 1.000 muertos en los dos meses de disturbios que siguieron a estos hechos, Modi no ha podido jamás quitarse de encima el estigma de las matanzas de cara al exterior, pero mantiene intacta su popularidad para la mayoría de sus conciudadanos.
La razón es la situación económica de Gujarat, quizá la región india más pujante, con una media de crecimiento anual superior al 10 por ciento y un “cambio desde las raíces” que ha cuadruplicado la producción agrícola y ha puesto a la región como líder en generación de energía.
Y el Gobierno de Modi ha aplicado una receta de inversión en infraestructuras como conductor del crecimiento económico que ha dado sus frutos en las dos ocasiones en las que ha resultado ya reelegido (2002 y 2007), con el lema “Gujarat Vibrante”.
Según sus biógrafos institucionales, Modi es un visionario y un “líder popular de imagen panindia”, apasionado, joven, energético, escritor de libros; un astuto político, un orador agudo y un negociador que se ha ganado “el amor y el afecto de las masas”.
“Estoy eternamente orgulloso de ser humano e hindú. Cada momento siento que soy grande, extenso; que soy sindhú (etnia de la zona)”, escribió.
Pero hay quien, menos proclive al visionario Modi, se ha dedicado a compilar otro tipo de composiciones: las frases que pronunció durante la matanza étnica, como: “cada acción (en referencia al incendio del tren) tiene una reacción igual y opuesta”.
Los musulmanes de Gujarat miran adelante seis años después de la matanza
February 3, 2009
Ahmedabad (India), 27 feb 2008.- En barrios casi segregados por su religión, los musulmanes de la región india de Gujarat, en el oeste del país, tratan de salir adelante y olvidar las matanzas de hace justo seis años, en las que murieron más de mil personas.
En la pujante y ruidosa ciudad de Ahmedabad, la más importante de la región, apenas quedan huellas de la ola de violencia extremista que asoló Gujarat, salvo unos cuantos muros ennegrecidos y un predominio hindú más claro en áreas donde antes había convivencia.
Pero la procesión va por dentro. “Antes, había barrios de dominación hindú y otros de dominación musulmana. Pero tras los hechos de 2002, ese problema, sin llegar a ser por completo un ‘apartheid’, se ha agravado”, dijo a Efe Somnath Vatsa, un abogado de Ahmedabad que ha defendido a las víctimas de las matanzas.
Estas comenzaron como reacción al incendio -según los extremistas hindúes, provocado por musulmanes- de un tren atestado de peregrinos (“karsevaks”) el 27 de febrero de 2002, un suceso en el que 58 personas perdieron la vida, entre ellas mujeres y niños.
En las horas siguientes, los musulmanes de distintas ciudades sufrieron las acometidas de grupos de radicales hindúes que violaron mujeres, quemaron casas, dañaron mezquitas y mataron a cuantos se pusieron por delante.
Tras aquellos hechos, miles de musulmanes de Gujarat tuvieron que buscar casas de acogida, hasta que sus propias asociaciones de ayuda compraron tierras para edificar nuevos barrios que han consagrado una separación de facto en la región.
Uno de los nuevos barrios es Juhapura, una aglomeración de 300.000 personas y casas recién construidas que ha sido calificada, sin eufemismos, como el mayor gueto musulmán de Gujarat, entre quejas de desatención de sus residentes.
“El país no hizo entonces nada por ellos y hoy la situación sigue siendo preocupante -remata el abogado Vatsa-. Para que haya más interacción entre musulmanes e hindúes el Gobierno debe desarrollar programas públicos”.
Los musulmanes indios, unos 140 millones de personas, componen un 13,4 por ciento de la población, aunque ocupan apenas un 5 por ciento de los puestos públicos en las instituciones oficiales y su acceso a la educación sigue siendo muy deficiente.
Además, los fieles sufren un problema de imagen que data de tiempos de la independencia y la partición del subcontinente en la India y Pakistán (1947), cuando la mayoría de las clases medias musulmanas optaron por pasar a terreno paquistaní.
Los musulmanes que decidieron quedarse en la India pertenecían en su mayoría a los estratos sociales más bajos, de menor formación y con costumbres más atávicas, lo que siguió dificultando su inserción en la nueva sociedad independiente.
Cobardes -según las malas lenguas paquistaníes- y leales a Pakistán -según las indias-, los musulmanes de la India han tenido además que soportar crecientes acusaciones de connivencia con el terrorismo tras la emergencia del discurso fundamentalista y los constantes atentados de los grupos radicales en el subcontinente.
“Los musulmanes estamos sobrepasados… Preferimos una aproximación no violenta, que tenga un impacto en nuestra comunidad. Apenas hay musulmanes en el Gobierno y nuestra solución debe ser la educación. Especialmente para las mujeres”, dijo a Efe el profesor J.S. Bandukwala, cuya casa ardió durante los disturbios de Gujarat.
Estos, la peor masacre de las últimas décadas, pusieron en los labios de muchos analistas las palabras “genocidio” y “pogromo”, debido a la inacción por parte de las fuerzas de seguridad y del Gobierno regional, dirigido entonces y ahora por el conservador Narendra Modi.
La India es un país construido sobre una Constitución secular y una ensalada de religiones y culturas, de ahí que, en palabras del periodista Tarun Tejpal, los hechos de Gujarat no fueron sólo una “vergüenza nacional”, sino “la mayor bofetada en la cara de la idea de India”.
Seis años después de esa “bofetada”, los ciudadanos de la vibrante Ahmedabad transitan, compran, venden y trabajan por las calles mezclados e indistintos, hasta que, al llegar la noche, vuelven a sus barrios convertidos en hindúes y musulmanes.



















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