Afganistán y la piedra azul

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Hace un año, al dejar Afganistán, lamenté no haber comprado lazurita de las minas de Sar-e-Sang, epicentro mundial del lapislázuli desde hace más de seis mil años.

El avión baja entre las montañas calvas, de un ocre intenso y monótono, y aterriza en Kabul.

Me montan en un autobús viejo que desfila ante una hilera de helicópteros de Naciones Unidas. El aeropuerto es de construcción reciente, con una partida de ayuda al desarrollo japonesa.

Tengo el mismo traductor del año pasado, Obai. Me cuesta localizarle porque se me acaba el saldo del móvil nada más llegar. Very bad. Obai sigue estudiando informática en la Universidad.

Aunque ha empezado a refrescar en Kabul, las calles siguen igual de secas y polvorientas. Mi alojamiento del primer día es una casa de huéspedes muy acogedora. Desde fuera pasaría desapercibida. Lo malo: solo la vigila un guarda.

No tengo mucho tiempo. Las elecciones legislativas son en cuatro días y Kabul no se deja querer por los velocistas.

Dicen que la vivienda de Abdul Salam Zaeef, ex embajador de los talibanes en Pakistán, es una casa de huéspedes financiada por el Gobierno afgano.

Su hijo es un muchacho de Kandahar que apenas habla inglés. Cruza la calle: su padre está fuera, dice, de visita. Arriba, desde un ventanal, un barbudo ofrece té. Los pastunes aman escuchar que son el pueblo más hospitalario del mundo.

Consigo el teléfono de Zaeef.

Cerca –no sé si con o sin relación- vive Wakil Muttawakil, el último ministro de Exteriores de los talibanes. La carretera está sin asfaltar, es noche cerrada.

No salgan del coche”. Un guarda levanta su Ak47. Lo registran (mi conductor se llama Nazir, circulamos en un Corolla rojo).  Sale un hijo, dice, de Muttawakil. Él nos recibirá el viernes, “con cámara, a las nueve”.

El Gobierno afgano se enfrenta, calcula el portavoz del Ministerio de Defensa, Zahir Azimi, a unos 20.000 ó 30.000 talibanes, “todos activos”, y se supone que preparándose para chafar las elecciones.

Todas las tropas de la ISAF están en alerta total, desde luego. Nuestras fuerzas se han organizado por todo el país”, dice el subcomandante de operaciones de la ISAF, Wayne Detwiler.

Salgo de la rueda de prensa, pensada para calmar a los más desconfiados. Los asesores presidenciales repiten que todo saldrá bien.

Advierto a América. Si se quema el Corán, habrá venganza”. En los últimos días, ha habido manifestaciones en varios puntos de Afganistán. El dominó de Florida ha causado algo más que un dolor de cabeza en Kabul.

Lanza la advertencia un grupo de seguidores de Siddiqi Afghan, un matemático que se licenció en Moscú. Hoy lleva el Centro de Matemática Filosófica.

En el año 1992, su modelo determinó un futuro prometedor para Afganistán. Poco después, se desató la guerra.

Dentro del edificio, a tiro de piedra del Palacio presidencial, la misión de la ONU y varios ministerios, hay un gran cubo tridimensional que sirve como calendario. Un retrato de Obama hecho con números. Una falsa simetría de jefes de Estado afganos.

Un kandaharí creó Afganistán. Otro (Karzai) lo ha vendido a los extranjeros”. Junto a la fotografía de Karzai está el rostro del mulá Omar. Dicen que se esconde en algún lugar cercano a Quetta (Pakistán), donde dirige una ‘shura’.

No estamos autorizados a hablar sobre las elecciones”, responde interpelado al teléfono el portavoz de los talibanes, Zabiullah Mujahid.

Más sobre el lapislázuli: en las tiendas del centro, que son una condena monetaria para los (pocos) turistas, las venden alisadas y con barnices. Como gotas azules sobre el mar ocre afgano.

Afganistán es un país encajado en fronteras que le son ajenas.  Una rotonda sedienta de tres poderes formidables: el subcontinente indio al sur, la gran Persia al oeste. Al norte, los nuevos zares de Asia central.

Regateo por una piedra casi triangular, de base estrecha, de un brillante azul mar. 1.500 rupias. Seguro que mi piedra habrá sido teñida con antelación; sería justo decir que el comerciante y yo hemos hecho negocio.

El lapislázuli se extrae en un desfiladero entre montañas de más de 6.000 metros. Un área con más lobos que hombres en la abandonada y gélida región de Badakhshán, extremo noreste del país.

Si no quieres morir, evita el valle de Kokcha”, escribió el teniente y explorador británico John Wood, al alcanzar en 1837 las minas de Sar-e-Sang en nombre de la Compañía de las Indias orientales.

Nazir para el Corolla junto a la embajada rusa, cerca del Parlamento. Como en las películas de espías, allí debe localizarnos un enviado de Malalai Joya, a quien se ha calificado como “la mujer más valiente de Afganistán”.

En diciembre de 2003, pronunció un discurso sin concesiones contra los señores de la guerra, con la particularidad de que los tenía enfrente. “Querría hablar un par de minutos..”, dijo en la Loya Jirga. En realidad fueron tres:

“¿Por qué no ponéis -clamó- a todos los criminales en el mismo comité, y así vemos qué quieren para el país? Son quienes pusieron a nuestro país en el núcleo de las guerras nacionales e internacionales (…) Deben ir a los tribunales nacionales e internacionales”.

Joya, que ha sufrido cinco intentos de asesinato, vive a escondidas y cambia de casa cada pocos días. Odiaría el burqa, tan extemporáneo, si no fuera porque gracias a él puede ocultarse cuando sale a la calle.

Dos viejos llegan en un coche y se paran a nuestra altura. Husmean un poco, pero basta un gesto. Luego, los dos vehículos serpentean por calles que son un arenal. A las puertas de una casa como las otras, un enorme guarda tayico registra hasta la planta de los calcetines y el cuello de la camisa.

Se trata dejarme en silencio: quieren eliminarme”, dice con serenidad la menuda Joya.

Esta vez ha renunciado a presentarse a las elecciones. “Me quieren matar, pero yo miro a la muerte sonriente”. La protección de la mujer, una mentira conveniente.

Con la invasión estadounidense de Afganistán, los países occidentales tuvieron que tirar de la única cantera política activa en el país: los “señores de la guerra”, barones regionales y locales que durante años se habían masacrado entre sí y de paso matado a miles de civiles.

Los muyaidines, la Alianza del Norte. Igualmente piadosos de Alá. Los que se enfrentaron a los comunistas; los que se enfrentaron a los talibanes. Igual que sus rivales, gentes casi salidas del Medievo. Ahora, la democracia afgana respira por los poros de estos veletas.

La gente está harta de las tropas internacionales, y esto de la quema del Corán puede ser la gota que colme el vaso. Los manifestantes lo repiten: si todos corremos hacia la base, moriremos unos cientos, pero al final…”, dice el periodista afgano Farhad Peikar, de la agencia alemana DPA, mientras compartimos un “pollo al shawarma” en un bistro libanés.

El pueblo de Farhad está a unos 70 kilómetros de Kabul. Allí, en un mítin hace pocos días, un muchacho de 12 años ordenó que parase la música para hacer un anuncio. Delante del alcalde y del jefe de la policía, advirtió: “Los talibanes os dicen que no votéis en estas elecciones. Estáis avisados”.

Nadie, recuerda Farhad, reaccionó. Tampoco los policías. “¿Cómo van a enfrentarse a unos tipos que mañana a lo mejor son sus superiores, quienes dan las órdenes? La gente ya se está preparando para el día después. Todo el mundo está cogiendo posiciones”.

El día después es el día después de la retirada. Obama anunció en diciembre pasado refuerzos (en Afganistán hay hoy en día 150.000 soldados extranjeros, dos tercios estadounidenses), pero a la vez reveló que sus tropas empezarían a retirarse en julio de 2011.

Se supone que Obama obra sometido a presiones tremendas. Sus generales y sus ayudas de cámara matizaron luego esas palabras o las convirtieron en un lapso sin importancia. Pero muchos afganos, entre ellos los talibanes, han tomado nota. Los malos han cogido moral.

Un antiguo diplomático estadounidense, Robert Blackwill, defiende ya que EEUU debe abandonar el sur y el este y concentrarse en defender las áreas menos proclives a la idea talibana, o sea, las zonas tayicas, uzbecas, hazaras.

Partir Afganistán de facto para evitar a los pastunes.

Estos últimos son la etnia mayoritaria, pero su distribución geográfica es más o menos limpia: en un arco que recorre el oeste, el sur y el este, con algunas bolsas excepcionales en regiones del norte. De ellos se nutre el movimiento talibán.

Su plan horroriza al presidente afgano, un pastún, Hamid Karzai. Visto como debilitado y corrupto. Se cuenta que en una ocasión, en un vuelo Herat-Kabul, ordenó a los pilotos del avión presidencial poner rumbo a Kandahar, y que estos, pese a su ataque de furia, se negaron.

Sin embargo, Karzai está fuerte, porque sabe que en Afganistán no hay ningún otro que pueda servir como interlocutor de Occidente y a la vez como dique de contención pastún.

En 2009, manipuló las elecciones con cientos de miles de votos a su favor. Le pillaron. Hubo meses de presiones internacionales. Algunos cambios en la cúpula de instituciones clave. Propósitos de enmienda. Ahí sigue: ¿está jugando Estados Unidos con una sola carta?

(Me cuentan que en esas elecciones la Comisión de Quejas, encargada de detectar el fraude, sólo anuló los casos más flagrantes, y que en realidad el resultado de entonces fue de un empate entre Karzai y su máximo rival, el tayico Abdullah Abdullah).

Dicen que los hombres de Karzai han vuelto a movilizarse, y que esta vez será más fácil. Casi todos los candidatos a la Cámara Baja son independientes. Nadie, aparte de sus seguidores cercanos, sabe bien qué defienden.

Karzai tiene fácil el financiar sottoterra las campañas de sus afines: los funcionarios de las provincias dependen de él.

Los analistas afirman que en estas elecciones habrá una suma de pequeños fraudes, a favor de los candidatos que dominan los resortes del estado o cuentan con el poder financiero.

No piensa lo mismo la Comisión Electoral: su presidente, Fazal Manawi, insiste en que tratarán de garantizar la seguridad, que han introducido medidas contra el fraude. Que las elecciones serán todo lo limpias y justas como lo permite un país con la situación afgana. Je.

Más que un nombre de mujer, Malalai parece el de una tribu entera. Es lo que canta Shafiq Mureed, un vocalista de Laghman que promete sacrificarse al oir el grito de Malalai. No se refiere a Joya, claro, sino a Malalai de Maiwand, la gran heroína de la segunda guerra anglo-afgana, hace 130 años.

Los afganos se batían en retirada. Malalai, una aldeana de Khig, en Kandahar, arrampló la bandera y entonó un “landay”, un poema que los niños estudian hoy –quienes pueden- en los colegios: “Si no mueres en Maiwand, que Alá te deje vivo para saborear tu cobardía”.

Las milicias afganas, muy superiores a las británicas en número pero no en técnica, reaccionaron y terminaron por doblegar a los ingleses, en una de las escasas victorias durante el siglo XIX de un ejército asiático sobre uno europeo. La batalla, empero, se llevó por delante a Malalai.

Hoy, los británicos están de vuelta en Helmand como parte de una coalición internacional. Resulta difícil no encontrar paralelismos entre aquella lucha y esta otra.

Desayuno junto a un chaval que no se resiste a hablar con el extranjero. Representa el nuevo Kabul: joven, bien vestido, habla seguro de sí mismo. Intuyo que relacionado con alguna compañía de fuera. De todos modos una anécdota en la miseria de los pueblos afganos.

He trabajado cuatro años con los estadounidenses. En Bagram. Se quedarán aquí para siempre. No se irán. Los soldados rasos se preguntan qué hacen aquí, tan lejos. Pero internamente sí que lo saben. Afganistán es un país estratégico. Rico”.

Espoleó esta conspiranoia un anuncio hace meses del Gobierno afgano, sobre el descubrimiento de yacimientos de metales preciosos y minerales –entre ellos, litio-, por valor de más de un billón de dólares. (Cualquier extracción está por el momento lejana: faltan seguridad, infraestructuras).

Luego está la posición afgana: encrucijada, plaza de China, el subcontinente indio, Asia central, ¡Irán! ¿Suficiente razón para estar aquí? “Estrategia, es estrategia. Se quedarán aquí siempre”, repite. “En veinte años –respondo, por resultar amable y largarme-, vuelvo y hablamos”.

Dice Emal Haidary, nuestro hombre en Kabul: “Está este poeta, Habibullah Rafí. Él tendrá muchas cosas sobre los landays”.

En Kabul casi nadie lleva gafas, será que no muchos saben leer. Los carteles electorales sí están llenos de letras interminables; rostros de mulás y también de jovencitos que admiran a Occidente pero que desconfían.

Los aperturistas han sido abandonados a su suerte demasiadas veces. Tantas, glosaría un retórico, como invadido Afganistán. Guerreando desde tiempos de Alejandro Magno.

Según lo previsto, me mudo al Heetal, una fortaleza rosa en el barrio más protegido de Kabul. Tiene varios cordones de seguridad. Se promociona anunciando su “búnker con agua y comida”, su “alquiler de vehículos blindados”, “su seguridad armada alrededor del edificio 24×7”.

Entre los huéspedes hay rapados seguratas fortachones, algunos yanquis valientes, fotoperiodistas con esos pantalones que parecen buzones de correos. Un puñado de oenegeros con tanta pinta de afganólogos que uno huye.

¿Y si yo viviera en Afganistán? Kabul clasificados: “Casa de 19 camas, Wazir Akbar Khan, 14.999 dólares al mes”. “Casa de 24 camas y 28 cuartos de baño, Shar-e-Now, 24.999 dólares al mes”.  No son viviendas, sino naves nodriza. Pasto de organizaciones internacionales.

Por si no era suficientemente obvio: la guerra está haciendo ricos a un puñado de afganos.

Hay rueda de prensa en el departamento de información del Gobierno. De camino cae la Shah M. Books, la cueva del librero de Kabul. Tiene un fondo fabuloso, pero los precios son que ni en Manhattan. No hay libro de landays por menos de 15 pavos. Tampoco tiene noticias de Habibullah Rafí.

Han suspendido la rueda de prensa que iba a dar el portavoz presidencial. En su lugar, Karzai habló para un grupo selecto de medios. Voy de todos modos al punto de la convocatoria, para reivindicar mi estatus de medio selecto. A ver si cuela…

A falta de Rafí y de los poemarios del librero de Kabul, saco el único libro que me he traído hasta Kabul: “Romanticismo, odisea del espíritu alemán”, del historiador Rüdiger Safranski.

Empieza: “Dos siglos y medio después de Colón y un siglo antes del lema de Nietzsche, en un aventurero del espíritu [Herder] germinó la necesidad de hacerse a la mar e irrumpir en lo terrible que existe en la realidad”.

El lugar más decadente de Kabul, aparte de algunos escondrijos en las montañas, debe de ser el cementerio inglés. Durante 30 años, a sueldo de la embajada británica, lo cuidó Rahimullah, que esta primavera se murió de muerte natural, un raro privilegio según dónde.

Iré a verlo algún día: hay tumbas de soldados muertos durante las guerras anglo-afganas, también tirados de cuando Kabul estaba era parada obligada en la ruta del movimiento “hippy”,  o víctimas de la guerra actual. Aquí enterraron a Gayle Williams, una cooperante asesinada a tiros en 2008.

Goethe veía en Herder al aventurero que había regresado de alta mar y traía el viento fresco del viaje, una brisa que estimulaba la fantasía”. Sturm und drang. Tempestad e ímpetu.

Cuando mandaba en Afganistán, el mulá Omar preguntó a Rahimullah por qué cuidaba tumbas de infieles, y este le respondió que, con su edad, hasta un ciego tendría más posibilidades de encontrar un empleo. Omar, que era (es) tuerto, no se lo tomó a mal.

Kabul, por lo demás es una ciudad que se despliega entre montañas. Casas de adobe que caen como en cascada, en replicaciones cúbicas, una red también ocre que se abre sin fin y crea en los barrios del centro una sensación hipnótica y como sin tiempo.

Aquel explorador John Wood de las minas de Sar-e-Pang llamó a los montes del Pamir el “techo del mundo”. He puesto mi lazurita, proveniente de algún desfiladero perdido, junto al ordenador.

Nos abre la puerta el hijo de Muttawakil. Los guardas en la puerta tienen un retrato de Ahmad Shah Mehsud, el león del Panshir, el gran enemigo de los talibanes, muerto en ataque suicida sólo dos días antes del 11-S. Mehsud es quizá el señor de la guerra que mejor supo gestionar su imagen.

-En España hay muchos musulmanes, ¿verdad? –abre fuego Muttawakil.

– Fue musulmana durante siglos, y todavía quedan muchas huellas.

Muttawakil fue el último ministro talibán de Exteriores antes de la caída. El mulá Omar eligió irse; él, quedarse. Pasó tres años en prisión. Su nombre salió de la lista de apoyo al terrorismo de la ONU en enero. ¿Un guiño para los insurgentes que dejen las armas?

Me invita a un té. Él es de Maiwand, igual que la gran Malalai. ¿Qué le parece a un talibán una mujer guerrera? “No tenemos ningún problema con Malalai. Queremos que muchas otras mujeres sean como Malalai”. Me viene a la cabeza Malalai Joya.

Salgo de la casa de Muttawakil, un hombre agradable y de maneras –que no ideas- moderadas. “El perro amarillo es hermano del lobo”, dice un refrán de los hospitalarios pastunes.

¿Vale todo con tal de que los extranjeros se vayan? Marco el teléfono de Zaeef.

Si tú fueras talibán, ¿qué harías para luchar contra el poderoso ejército extranjero? Necesitas el apoyo de cualquiera, de todos cuantos arrimen el hombro. Con Al Qaida, se trata de un pacto en la guerra. El objetivo no es el mismo, el enemigo sí”, dice el antiguo embajador talibán en Pakistán.

Ningún otro lugar de Kabul domina la ciudad como la torre de la televisión, sobre la loma de un monte imponente. Necesito recursos para el vídeo del día de las elecciones y no habrá panorámica mejor. Compro kebabs y picamos carretera arriba con el Corolla. Nazir es un fenómeno.

Al llegar nos para un policía, así que renunciamos a volar tan alto y nos instalamos en un arcén, unas decenas de metros por debajo de la torre. El tiempo está algo desapacible y Kabul adopta un tinte casi irreal; dominas las casas, su bajada como en escalera. Casi tocas unas cuantas cometas.

Unos muchachos suben la cuesta cargados con sacas. Se paran al ver al extranjero. “Un día nos acercamos a esa torre y los policías nos dispararon”. Uno no sabe si creer estas denuncias esporádicas. Tampoco es que sorprendan, en un país tan moldeado a la guerra.

Empieza a lloviznar, una rareza en el septiembre semiárido de la ciudad. Las gotas bajan cargadas de polvo. Ha sido casi mágico comer, a la carrera, levitando ante Kabul.

Tengo un correo electrónico del Gobierno: “Acude al instituto Amani mañana sábado a las siete de la mañana. El presidente votará allí y se te permitirá entrar”.

El Amani de Kabul es un instituto situado en la isla de seguridad del Gobierno. Allí es donde votará la elite kabulí, incluidos los principales políticos. Después de todo y por una vez, soy un medio selecto. Habrá que madrugar.

Para llegar allí, hay que dejar a la izquierda el Instituto de Matemática Filosófica y pasar un primer control de seguridad que ya es fiero. “¿Spanish Embassy?”, repite un oficial mientras estudia la lista de medios acreditados.

Una vez superado el escollo, caminas entre bloques de hormigón, al paso de todoterrenos cargados de los casacas negras que forman la guardia presidencial. Pasas la misión de la ONU en Kabul, luego llega el Amani. Si siguieras un rato por la acera desierta, llegarías a la presidencia.

Te registran en la calle con pastores alemanes adiestrados. Luego los cámaras se pisotearán para lograr el mejor ángulo de Karzai. En el gimnasio del Amani, pagado con dinero alemán, todo está perfectamente orquestado: un lugar de limpieza prístina, materiales completos, de primera.

Primero llega el jefe de la UNAMA en Kabul (¿habrá venido andando?), Staffan de Mistura, uno de esos diplomáticos sesentones: “Decir que la seguridad está garantizada son palabras mayores”, le arranco. Bueno.

Karzai llega embozado en su chapan, esa capa verde y azul de Mazari-i-Sharif. Le gusta mostrar  este tipo de símbolos para subrayar la unidad de los pueblos afganos (sus asesores revelan luego que votó por una candidata hindú, por si fuera poco símbolo).

Pero él es un pastún de la tribu Popalzai, igual que el unificador de Afganistán, Ahmad Shah Durrani, lo que hace las delicias de los seguidores del filósofo matemático Siddiqi Afghan y sus psicodélicas simetrías de la historia.

El primer kandaharí creó Afganistán. El último lo ha vendido a los extranjeros.

Sostiene la CIA:

–         Composición étnica afgana: pastunes 42%, tayicos 27%, hazaras y uzbecos, 9% cada uno.

–         Religiones afganas: suníes 80%, chiíes 19%

–         Lenguas: persa afgano (dari) 50%, pastún 35% (el resto, mayormente, son idiomas de Asia central, como el turkmeno).

O sea, que hay pastunes que hablan dari. Otros chiíes además de los despreciados hazaras. Hablantes suníes del farsi iraní. Uzbecos fuera de casa. Siempre Afganistán fue un carrusel.

Karzai repite algo ampuloso la liturgia del voto que ya realizó el año pasado, delante de un enorme cartel en el que él mismo se abraza a un niño. Las catacumbas de la propaganda. Sólo responde una pregunta y se marcha en volandas, arropado por sus comandos.

Pocos líderes afganos han muerto en la cama, y a Karzai se le adivina una tensión permanente. En un libro reciente, “Las guerras de Obama” (Bob Woodward), se dice de él que es adicto a las drogas, paranoide y depresivo. Un tío raro, según un enviado de EEUU.

La atmósfera se relaja enseguida. Van llegando otros líderes. Primero el vicepresidente segundo, Karim Khalili, hazara (“Esperemos que no haya fraude”, confía). Luego el otro, Mohammed Fahim, que sufrió un ataque al corazón hace dos semanas. Como aún se tambalea, alguien le ayuda a votar.

La brecha étnica afgana todavía está vigente: los guardaespaldas de Khalili son hazaras. Los de Fahim, tayicos con pakol ceñido en la frente y Ak-47 que gruñen ante la sola idea de una fotografía.

Con ellos y con el proyectil talibán que cayó de madrugada cerca de la embajada estadounidense puede uno dar por hecho que las elecciones parlamentarias de 2010 han empezado en Afganistán.

El ataque de madrugada no lo sentí; sí me atribuló, horas antes, un terremoto de 6,3 grados y epicentro en los montes del Hindu Kush que hizo temblar los muros del Heetal y me hizo saltar de la cama. ¿Un avión volando bajo? ¿Han llegado los fedayines?

La mañana kabulí es mucho más tranquila: todas las tiendas están cerradas. La Policía está desplegada para controlar los vehículos en los “anillos de acero”, los pretenciosos jalones de su plan de seguridad. Ando tomando imágenes cuando se acercan despacio dos Corollas blancos.

Cada vez que pienso en los fedayines me viene a la cabeza la imagen fotográfica del talibán que mató a Benazir Bhutto en Pakistán: gafas oscuras, ropa occidental y pelo corto. Los visualizo en Corollas blancos. Hay que reconocer que a ratos en Kabul le entra a uno cierta intranquilidad.

Se alejan los Corollas y viene un policía. Que qué hago grabando. Mi tarjeta no le convence; me registra. Vaya momento para un rifirrafe. Los medios afganos han empezado a denunciar casos de fraude por todo Afganistán, pero pasarán días antes de disponer de una película concluyente.

Los talibanes han pasado una lista de 150 colegios electorales atacados. Antes de la jornada, la Comisión decidió no abrir otros 1.000, porque no podía garantizar la seguridad. Y el Gobierno reconoce que no tiene presencia en nueve distritos del país.

En algunos colegios ha habido colas; los hombres a un lado, las mujeres a otro. Pero termina el día y la sensación es que la gente ha votado poco. “Yo no quiero ser periodista”, dice Obai. “Se trabaja mucho y sin paz”. Luego se va a un rincón a rezar y se queda dormido.

La plana mayor de seguridad afgana va a hablar a las 20.00 horas, en la sede de la Comisión Electoral.  Allí me encuentro a Ibrahimi, un simpático periodista de Wakht que se tira a degüello tras los grandes hombres afganos. Suele salirle bien.

Ibrahimi no conoce el paradero de Habibullah Rafí, pero me pasa el número de un profesor suyo de la universidad de Kabul, “un poeta, un sabio”, dice con reverencia. Si tuviera tiempo…

Los talibanes son mucho más débiles. Si miras los sucesos violentos que ocurren, son en muchos casos minas o IEC, lanzamientos de proyectiles, muertes de inocentes. Matar o amenazar a la gente ordinaria no muestra fortaleza, sino debilidad” dice el jefe de los servicios secretos afganos, Rahmatullah Nadil.

Las respuestas moralizantes son un mal enemigo de la verdad.

Salgo del edificio con el ministro de Defensa, el primero muyaidín y luego general Abdul Rahim Wardak. No le gusta la prensa, pero tiene ganas de hablar.

Gradualmente podremos tomar responsabilidades de seguridad en nuestro país. Esa es nuestra responsabilidad histórica. Es la primera vez en nuestra historia que chicos y chicas vienen de suelo extranjero para defendernos”.

A lo largo de la historia, ha sido siempre nuestro orgullo el haber derrotado a todos los invasores de todas las superpotencias. Y queremos restaurar este honor otra vez”.

La retórica del aparato afgano señala que los talibanes están pagados por Pakistán. La retórica talibán señala que está es una invasión como la de Malalai y las otras.

Es la una de la mañana y la cabeza me arde. Recuerdo pocos días tan duros.

Pero han pasado las elecciones y no ha habido hecatombe: Afganistán sigue aquí.

Obai me deletrea por teléfono un par de preguntas en pashto para los portavoces de los talibanes. Tengo poca confianza en que respondan. La ISAF sí lo hace: “los talibanes están matando más que nunca porque les estamos combatiendo en más lugares que nunca”. Algo aquí huele a tautología.

Entre enero y junio murieron, según la ONU, 1.271 civiles en la guerra afgana. Junio, con 102 soldados muertos, fue el mes más sangriento para las tropas de la ISAF desde su llegada al país, en 2001. En los últimos tres años los talibanes se han expandido por gran parte del país, incluidas áreas del norte antes tranquilas.

Leo en una revista que las décadas de guerra han puesto en peligro al leopardo de las nieves, expuesto a la caza furtiva y perseguido por su piel. También habla un fotógrafo que presume de adorar el zumo de granada, por lo visto mandamiento número uno de la “afganidad”.

“Anor”, pido a un tendero. Zumo de granada. A ver qué tal.

–         Obai, ¿conoces la Facultad de Letras?

–         Sí

–         Quiero que vayas y preguntes si saben algo de Habibullah Rafí.

La cultura afgana conserva un potente legado oral. Las “moshairas” o recitales poéticos reúnen todavía a miles de personas que se deleitan con los “ghazales” y “landays” de sus poetas. En Jalalabad hay todos los años una “moshaira” especialmente famosa, dedicada a las naranjas.

Traigo una flor conmigo. Tómala o déjame marchar”, cantan todavía las mujeres en los pueblos, supone uno que a buen recaudo de los curiosos.

Kabul – Jalalabad – Peshawar . Una ruta como las perlas de un collar. Afganistán sigue sin reconocer la Línea Durand, una frontera de 2.600 kilómetros trazada por los británicos en 1893, que parte en dos al pueblo pastún. Hoy separa a Afganistán de Pakistán.

La Comisión Electoral ha convocado una rueda de prensa en su sede de la carretera de Jalalabad. Hay varios periodistas españoles. Los de la Comisión han empezado a recibir sobres con votos y con quejas. Los sobres normales son blancos; los de las quejas, marrones.

Unos 50 muertos durante las elecciones. Parece que todo ha ido bien.

Mientras me registran, pregunto a los vigilantes si les gusta Shafiq Mureed. El pueblo afgano está enamorado de la música.

Con la llamada al rezo del bilal y el grito de Malalai, oh, yo me sacrifico, por mi tierra y mi amor, por mi Afganistán hermoso. Hago una pequeña encuesta: todos los seguratas de la puerta en la Comisión Electoral se declaran aficionados a la radiofórmula.

Los talibanes prohibieron los instrumentos de música. En su lugar, potenciaron la “trana”, música vocal cantada por jovencitos. Como Abdul Hakim Sajad. Cantaba:

Toma tu espada y tu pistola, ha llegado el momento del martirio/la yihad es necesaria para todos/vamos, marchemos a la trinchera, ha llegado el momento de la valentía y el honor”.

Tras una semana negociando una entrevista con el presidente del Parlamento, Yunus Qanuni, la opción se cae y con ella se complica mi tema de hoy, una panorámica sobre los señores de la guerra.

Y además, Habibullah Rafi tampoco estaba en su oficina.

La guerra era así, te terminabas acostumbrando. Paseaban por tu calle. Se parapetaban en tu patio. Se apostaban en tu tejado. Todos aquí lo hemos vivido”, dice en la Universidad un estudiante, Farooq. “Por eso somos tíos duros”, ríe.

Tras la retirada de los soviéticos, las diferentes facciones afganas se enzarzaron a tiros y bombas durante años en el barro de Kabul. Muchos dieron la bienvenida a los talibanes en 1996 como una forma de restablecer el orden.

Luego, tuvieron que dejarse la doble b de los talibabas, burqas o barbas, y se desencantaron.

La invasión de los estadounidenses en 2001 fue como una tectónica de placas: la mayoría de los señores de la guerra se alinearon con las tropas internacionales; unos pocos, como Hekmatyar, se echaron al monte.

Los primeros se convirtieron en hombres respetables. Llegaron al Gobierno, al Parlamento. En 2007, aprobaron una amnistía en virtud de la cual quedaban perdonadas las tropelías cometidas antes de la caída del régimen talibán y la invasión del país por las tropas occidentales.

El poeta Abdul Samay Hamid protestó entonces: ¡Salid a las calles!/ Porque esa chica/ en el tejado de tu tienda, bañada en sangre/era quien jugaba con tu hija.

Creo que todavía puedes conseguir en el mercado negro vídeos con (….) matando literalmente a gente”, cuenta Emal Haidary.

El Parlamento afgano tiene 249 escaños (68 están reservados para mujeres). Se han abierto paso líderes como Abdul Rasul Sayyaf, Burhunudín Rabbani, el mulá Ezat, Sayed Ansari, Hazrat Alí, Mohammed Mohaqiq.

Hasta se especula sobre si Hazrat Alí ayudó a Osama Bin Laden a escapar por las cuevas de Tora Bora. Obai y yo logramos contactar con Mohaqiq:

El equivalente al “¿Sí?” telefónico es en Afganistán: “¿Vale?”.

Esta es la tierra de la yihad, y los yihadíes son la gente que rescató al país de la ocupación de la Unión Soviética. Tienen derecho a presentarse a las elecciones y su existencia es buena para el pueblo”, dice Mohaqiq. Habla en tercera persona.

¿Debe una democracia perdonar los crímenes pasados de quienes la abrazan?

El talibán Mujahid responde diciendo que no entiende las preguntas que le hice en pasto.

Ya es lunes.

La ISAF tiene mi acreditación esperando desde hace días. La entregan en la puerta de su base, junto al aeropuerto. Yo debo salir hoy de Afganistán; será una buena idea recogerla de paso. Voro.

El año pasado, los de la ISAF me hicieron esperar 20 minutos en la puerta. Del lado civil, el exterior, de sus muros de hormigón en la sede central de Kabul. Veinte largos minutos con la imagen de tíos con gafas negras y pelo corto.

Esta vez han sido mucho más rápidos. Las tarjetas están listas en la entrada.

– Estáis patrullando menos en la calle que el año pasado, ¿verdad? –pregunto al soldado a cargo de las tarjetas, el teniente Gabriel.

En la calle sólo he visto un par de convoyes turcos. Una maniobra inteligente, la de dejar a los turcos a cargo. Esto, vienen a decir los de la ISAF, no es una guerra entre cristianos y el Islam. (Luego llega uno amenazando con quemar el Corán: todo al traste).

-No tengo ni idea. Quizá es que ahora nos hemos vuelto más sutiles –dice Gabriel mientras me entrega mi acreditación tardía.

Qué satisfacción cuando uno encuentra sentidos.

Salgo del Corolla rojo y me despido de Nazir. Sois muy grandes. El año que viene, le digo, sí que lograré hablar con Habibullah Rafí. Ríe.

Me registran los guardas del aeropuerto. Mi maleta se desliza lentamente por el escáner. La para la Policía. “¿Esto qué es?”, señala. “¿Una piedra?”.

Mierda.

La piedra azul.

–         ¿Dónde están los papeles?

–         No tengo papeles. Es sólo un recuerdo afgano. ¿Hacían falta papeles?

–         No está permitido viajar con ella.

Y sin embargo insisto. El guarda me pregunta quién soy, qué he hecho en Afganistán, adónde me dirijo. Le digo que soy español (“ah, isbaniya”), que viajo a la India. Le muestro mis tarjetas para probar que no miento. Mueve la mano.

–         Dale.

Y qué satisfacción cuando uno encuentra sentidos.

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Supuestas torturas del Ejército de Pakistán

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El vídeo muestra la paliza que supuestos soldados del Ejército paquistaní propinan a varios residentes de áreas bajo control/o con actividad talibán. Se desconocen el lugar y la procedencia del vídeo, pero las tropas paquistaníes emprendieron hace meses intensas operaciones en el valle de Swat (norte) y se preparan para lo mismo en las áreas tribales fronterizas con Afganistán. Se calcula que varios miles de insurgentes y civiles han muerto, y que cientos de miles de personas perdieron momentáneamente sus hogares. Los talibanes de Pakistán habían adquirido un poder inimaginado hace una década; la cuestión es si con el trato que el Ejército da a la población no se les espolea más que se les debilita. El Ejército ya ha abierto una investigación para determinar la autenticidad del vídeo y, si las hubiere, depurar responsabilidades. Pakistán sigue siendo el eslabón más débil de la cadena.

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Afganistán sueña con su primera orquesta sinfónica

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Kabul, 24 ago 2009.- Las notas de los violines bailan contra el ruido de las sierras en el Instituto Nacional de Música de Afganistán, un bloque en obras de Kabul que aspira a ser sede de una orquesta sinfónica tras años de silencio y prohibición talibán.
“No solemos dar permisos para visitar la escuela. Queremos mantener un perfil bajo para que los muchachos no se conviertan en objetivo de los talibanes”, dice a Efe el viceministro afgano de Educación, Mohammad Salim, mientras contempla el centro, frente a su ventana.
El instituto es apenas un esqueleto: no hay puertas ni ventanas, las aulas están llenas de escombros y en las paredes se cuentan por docenas los agujeros de bala, testigos de los combates entre muyahidines por el control del país en la década de 1990.
Y luego, la llegada de los talibanes al poder en Afganistán condenó también a la música: los profesores tuvieron que marcharse al extranjero o abandonar su trabajo y dedicarse a otra cosa, porque los integristas prohibieron los instrumentos.
“Empezamos desde cero, hace siete años. Sigue siendo difícil atraer alumnos, pero tenemos un proyecto ambicioso y donantes extranjeros que nos ayudan”, explica el afable director de la escuela, Mohammed Daud.
El instituto está en plenas obras de reconstrucción, pero para no interrumpir el aprendizaje los profesores imparten las clases en unas jaimas alineadas en el patio, de las que salen irregulares notas de violines, saxofones, armonios y guitarras.
Y mientras los obreros y operarios se aplican para ir dando forma al nuevo edificio -en teoría tardarán dos meses- los alumnos aprovechan las aulas vacías para ensayar con timidez sus primeros pasos en la música, sin sillas pero con mucha voluntad.
“Lo encuentro fácil y me gusta mucho”, afirma Simagul, una niña de seis años que estudia en cuclillas el armonio, con ayuda de una amiga y su profesor.
“Esa es la mi, esa es la sol, esa la si”, repite el formador a Simagul, que está en su primer mes de clase.
La niña, aclara Daud en voz baja, es uno de los veintitrés huérfanos que acoge el centro de música, críos a los que el Instituto saca de la calle y da cobijo con la apertura de una cuenta bancaria que es sufragada con donaciones del extranjero.
“Nuestro gran problema es que nos faltan profesores: sólo tenemos ocho. Pero estamos planeando contratar a quince más en Afganistán y once procedentes del extranjero”, añade el director.
La falta de profesionales de la música es una de las caras de la crisis educativa afgana: los profesores, lamenta el viceministro Salim, se niegan a enseñar en las zonas con presencia de los talibanes, y sigue habiendo una acuciante escasez de maestras.
“¿Cuántas chicas están dispuestas a enseñar si saben que un día cualquiera las pueden matar?”, se pregunta Salim, en referencia a los talibanes, que se oponen a la enseñanza femenina, la prohibieron durante su régimen y han atacado en el pasado varias escuelas de niñas.
En el Instituto, los 140 niños y niñas están mezclados, aunque los primeros son mayoría. En el patio, un grupo rodea a un viejo maestro que explica Teoría de la Música y en un rincón holgazanean unos cuantos, la sección de la batería, a los que Daud regaña por no aplicarse con esmero suficiente.
Los chicos, amables ante la cámara, llegan muy de mañana y están en el centro hasta las dos de la tarde, en parte con su formación musical y en parte aprendiendo matemáticas o inglés (“Bush is ex president of America”, dice una de las pizarras).
“Tenemos instrumentos afganos, violín, guitarra, trompeta, saxofón y piano. Pero es verdad que sólo tenemos dos pianos, así que los alumnos primerizos, como Simagul, deben dar sus primeros pasos con el armonio”, precisa Daud.
A uno de esos dos codiciados pianos se lanza Saíd Alham, un pequeño genio de doce años que borda la melodía de la película “El Padrino”; le sirven como compás la sierra y el martillo que usan los obreros en esa misma habitación, destrozada por 30 años de guerra.
Y mientras escucha los acordes de tecla y martillo, suspira el director, que se declara aficionado a Beethoven: “Pronto, inshallah, tendremos un edificio y una orquesta”.

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Talibanes mataron a 11 trabajadores electorales y cortaron dedos a votantes

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Kabul, 22 ago 2009.- Dos días después de las elecciones afganas, la Comisión Electoral (CE) informó hoy de la muerte de 11 de sus miembros a manos de talibanes, que también cortaron los dedos de dos votantes en Kandahar (sur) en una jornada en que, según la UE, la participación de la mujer fue muy limitada.
“Hemos sabido que once trabajadores de la CE (…) murieron por ataques brutales de atacantes desconocidos en un intento deliberado de los enemigos de la paz”, término con el que el Gobierno alude a los insurgentes, informó hoy la Comisión en un comunicado.
Los talibanes, que habían llamado al boicot de los comicios, amenazaron con más violencia para desestabilizar el proceso electoral, que los insurgentes consideraron pura “propaganda” estadounidense.
Y como parte de sus castigos, amputaron el dedo al menos a dos votantes el pasado jueves en la meridional Kandahar, según informó hoy un organismo electoral independiente, la Fundación afgana para unas Elecciones Libres y Justas (FEFA).
“Uno de nuestros observadores pudo ver cómo los insurgentes les cortaban el dedo con la mancha de tinta a dos personas en la provincia de Kandahar”, dijo a Efe el presidente del organismo, Nader Nader.
En una conferencia de prensa anterior, Nader había reconocido que sus observadores fueron testigos de acciones violentas de los talibanes en su masiva campaña de intimidación a los votantes.
Los insurgentes habían amenazado con cortar los dedos a quienes votasen, aprovechando que para ejercer el sufragio -y en prevención de fraudes- los electores deben impregnar sus índices en tinta indeleble, lo que hace de ellos víctimas fácilmente identificables.
Aunque los comicios afganos no han estado libres de irregularidades y en el sur quedaron entorpecidos por la presencia talibán, según reconocen los analistas, la Comisión Electoral ha descartado un fraude masivo y ha prometido estudiar las alegaciones.
Hoy mismo, por ejemplo, el candidato Mirwaís Yasini apareció en el lujoso hotel Intercontinental de Kabul -cuartel general de los observadores- con dos bolsas llenas de papeletas a su nombre, y supuestamente sacadas de forma ilegal de las urnas en el sur del país.
Pese a esas denuncias, la misión de observadores de la Unión Europea en Afganistán (EUEOM) ha dado su aprobación a las elecciones presidenciales, que considera “en general” bien organizadas pese a los defectos del proceso y las insuficiencias institucionales.
“(La misión) considera la celebración de las elecciones como una victoria frente a aquellos que querían impedir a los afganos decidir su propio futuro”, aseguró la organización en un comunicado divulgado hoy en su portal web.
Los observadores, que han supervisado el proceso electoral durante los dos últimos meses, mantienen que la Comisión Electoral afgana pudo “en general” funcionar con eficacia, pese a algunas “insuficiencias operativas y defectos institucionales”.
Según la nota, muchos candidatos pudieron establecer un debate genuino sobre los problemas del país, aunque la campaña quedó deslucida por los ataques contra el personal electoral, la parcialidad hacia algunos candidatos y la discriminación de la mujer.
“El ejercicio de los derechos civiles y políticos de las mujeres, tanto en calidad de votantes como de candidatas, estuvo severamente limitado en las elecciones pese a estar recogidos en la Constitución”, expresó la misión de la UE en el comunicado.
La misión supervisó la transparencia de los comicios con la presencia en las votaciones de un gran número de observadores tanto extranjeros como afganos.
Unos 17 millones de personas estaban llamadas a las urnas para elegir al presidente del país y los miembros de los consejos provisionales, en una jornada que se saldó con medio centenar de muertos, 21 de ellos insurgentes, según versiones oficiales.
A falta de los datos definitivos, fuentes de la Comisión Electoral calculan que la participación fue del 45 al 50 por ciento de los ciudadanos registrados, y esperan tener los primeros resultados preliminares para el próximo martes.
Afganistán es un país sin censo, con un conflicto armado que causa miles de muertos anualmente, malas comunicaciones entorpecidas además por la orografía, y un alto índice de analfabetismo.

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Karzai y Abdulá cantan victoria mientras prosigue el recuento de los votos

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Kabul, 21 ago 2009.- Los equipos de campaña de los dos principales contendientes a la Presidencia afgana, Hamid Karzai y Abdulá Abdulá, dieron hoy por segura su victoria en las elecciones de este jueves, aunque la Comisión Electoral rechazó sus estimaciones.
“Nuestras indicaciones iniciales demuestran que nuestro candidato va en cabeza (…) Por supuesto, esperaremos al escrutinio pero podemos predecir ya que nuestro candidato tendrá más del 50 por ciento de los votos y por tanto ganará en la primera vuelta”, dijo a Efe un portavoz del equipo de Karzai, Sediq Sediqqi.
Sediqqi reconoció que todavía es “demasiado pronto para cantar victoria” y que habrá que esperar al recuento de la Comisión Electoral, pero se mostró seguro de que la candidatura del actual presidente lleva una ventaja definitiva.
El pastún Karzai, el gran favorito según las encuestas previas a los comicios, necesita superar el 50 por ciento de los votos para proclamarse vencedor en la primera vuelta, una posibilidad descartada por el equipo de su principal rival.
“Es falso que Karzai tenga ventaja. Estamos en la mejor situación. Abdulá, por el momento, lleva el 62 por ciento de los votos, mientras que Karzai apenas tiene un 32 por ciento”, dijo a Efe el portavoz del tayiko opositor, Fazel Sangcharaki.
Aunque Karzai partía con una amplia ventaja en intención de voto sobre sus rivales antes de los comicios, las reivindicaciones de su equipo de campaña -y también del de su rival- sólo un día después de los comicios fueron censuradas por la Comisión Electoral.
“Ni confirmamos ni aceptamos esas reivindicaciones. Comenzaremos a informar sobre el recuento de resultados a partir del 25 de agosto. Así que ningún candidato puede atribuirse la victoria”, dijo a Efe el portavoz de la Comisión Electoral, Noor Mohammad Noor.
Esa apreciación fue refrendada poco después por el secretario del organismo, Daoud Ali Najafi, quien calificó en rueda de prensa los anuncios de los candidatos como “poco fiables” y pidió a la prensa y a la población que crea sólo los datos de la Comisión.
En las últimas horas se ha producido un goteo de denuncias de fraude electoral, con casos de niños depositando el voto, personas que lo hicieron dos veces y colegios sin control de observadores independientes ni interventores de los candidatos.
De esas críticas se hizo eco ya ayer el tercer candidato en liza, el hazara Ramazán Bashardost, quien utilizó lejía para demostrar que podía borrarse la tinta impregnada en el dedo para controlar el voto y hoy criticó a los dos favoritos.
“Lo que están haciendo Karzai y Abdulá muestra que no respetan la ley electoral. Y si no respetan la ley ahora, ¿qué harán cuándo lleguen al poder”, preguntó hoy a Efe tras conocer las reivindicaciones de sus rivales.
Bashardost prefirió esperar a tener más datos sobre las posibles irregularidades, que el secretario de la Comisión prometió evaluar caso por caso en el procedimiento abierto por su organismo para depositar todas las posibles quejas.
“El fraude masivo está descartado -aseguró a Efe Najafi tras la conferencia de prensa-. En todo caso hay irregularidades en distintos puntos que deberemos estudiar hasta llegar a una decisión al respecto”.
Tanto Najafi como Noor confirmaron que la Comisión Electoral ha terminado prácticamente el cómputo de los votos, y a falta de los datos en cuatro de las 34 provincias, el portavoz estimó que la participación estará entre el 45 y el 50 por ciento de los electores.
Los analistas temían una escasa participación, después de que los insurgentes talibanes pidieran el boicot del proceso y amenazaran con represalias a aquellos ciudadanos que acudieran a votar, entre los 17 millones de personas llamadas a las urnas.
Aunque la cúpula de seguridad contabilizó unos 130 actos violentos y una cincuentena de víctimas mortales, tanto el presidente afgano, Hamid Karzai, como sus aliados internacionales dijeron tener peores expectativas y se felicitaron por la celebración de los comicios.
Entre quienes han expresado su satisfacción por la marcha del proceso está el comandante de las tropas extranjeras desplegadas en el país, Stanley McChrystal, que alabó en un comunicado el “trabajo encomiable” de las fuerzas de seguridad para proteger el voto.
Distintas fuentes internacionales consultadas por Efe valoraron el ejercicio electoral como un “éxito moderado”.

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Millones de afganos acuden a votar pese a las amenazas de los talibanes

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Kabul, 20 ago 2009.- Millones de afganos ejercieron hoy su derecho al voto para elegir a su nuevo presidente, en una jornada que dejó medio centenar de muertos víctimas de la violencia talibán, que tuvo una intensidad menor de la esperada por las autoridades.
Los colegios cerraron una hora más tarde de la fijada -las 16.00 del horario local (11,30 GMT)- para que más personas pudieran ejercer su derecho al voto y la Comisión Electoral se felicitó por el hecho de que 6.199 colegios (el 95 por ciento del total) pudieran abrir sus puertas.
“Las elecciones han transcurrido de forma pacífica -dijo en rueda de prensa el presidente, Hamid Karzai. Doy la enhorabuena a nuestro pueblo por su valentía y por su deseo de que nuestro país tenga éxito”.
Según los máximos dirigentes de seguridad, durante la jornada electoral se produjeron 130 ataques, muchos con proyectiles y cuatro de ellos suicidas, que causaron la muerte de 17 miembros de las fuerzas de seguridad y de 9 civiles, así como heridas a otras 52 personas.
Además, 21 talibanes murieron y otra veintena fueron heridos, según la Policía, en un tiroteo contra las fuerzas de seguridad en la región norteña de Baghlan, donde la Comisión Electoral decidió ampliar el horario de votación una hora más, hasta las seis, tras lo sucedido.
También falleció un soldado estadounidense de la ISAF en un ataque de mortero en el este del país.
Pero pese a los esporádicos actos de violencia por casi todo el país, la misión de la ONU (UNAMA) mantuvo que los intentos de los talibanes por desestabilizar el proceso e intimidar a los electores fueron “menores de los esperados”.
“Somos optimistas con cautela, porque sabemos que millones de personas han desafiado al peligro. Creemos que las predicciones de una masiva situación de inseguridad han fallado”, dijo a Efe el portavoz de la UNAMA, Aleem Siddique.
Las autoridades habían declarado festivo el día para facilitar el voto de los ciudadanos y las calles -al menos, en la capital- amanecieron sin peatones ni el habitual tráfico y con la inmensa mayoría de las tiendas cerradas.
Los controles de seguridad eran más intensos de lo habitual y la Policía se empleó en dar el alto a los escasos vehículos en circulación para registrarlos minuciosamente con perros adiestrados en explosivos.
Karzai abrió la votación muy de mañana en su colegio electoral, un instituto del centro de Kabul fuertemente protegido, desde el que pidió a los ciudadanos un voto por la estabilidad y la paz “para construir un país mejor”.
“¡No a la violencia. Votad no a la violencia!”, exhortó Karzai, preguntado por Efe, al marcharse del colegio, con los primeros electores listos para ejercer su derecho al sufragio.
De acuerdo con los datos de UNAMA, la votación transcurrió mejor de lo esperado en el norte -con mucha participación femenina- y se resintió en el sur, el tradicional feudo de los talibanes, donde es más agudo el conflicto y más fácil la intimidación.
La Comisión Electoral se ha lanzado ya al recuento de los votos sin hacer públicos aún los datos de participación, que, según el ministro de Interior, Mohamed Hanif Atmar, ha sido de un 70 por ciento pese al boicot y las amenazas de los insurgentes.
A las urnas estaban llamados unos 17 millones de afganos encargados de elegir jefe del Estado en las segundas elecciones presidenciales desde la caída del régimen talibán en 2001, con Karzai como favorito principal.
En los últimos días varios de sus rivales han comentado sus sospechas de que el Gobierno preparaba un fraude -registros ficticios, compra de votos- para garantizarle la reelección sin necesidad de segunda vuelta.
“Se han detectado fraudes -confirmó Siddique-. Pero nada sugiere que hayan sido sistemáticos. Donde ocurrieron, se tomaron medidas, así que no vulneran la integridad del proceso”.
Las dudas sobre la limpieza del proceso están fundamentadas en la ausencia de un censo, el rampante analfabetismo y las dificultades logísticas por la difícil orografía y el grave conflicto contra los talibanes.
“Es demasiado pronto para juzgarlo. Con todas sus limitaciones, el país ha demostrado al mundo que pueden hacerse unas elecciones. Es un buen día para Afganistán”, concluyó el portavoz de la ONU.
Karzai, que necesita más del 50 por ciento de los votos para ser reelegido en la primera vuelta, contaba en las encuestas con mucha ventaja sobre sus rivales, el ex titular de Exteriores Abdulá Abdulá y su antiguo ministro de Planificación, Ramazán Bashardost.
Los primeros resultados oficiales se conocerán el 3 de septiembre, según la Comisión Electoral.

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Afganos eligen mañana a su presidente con Karzai como favorito

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Kabul, 19 ago 2009.- Afganistán celebra mañana, jueves, las segundas elecciones presidenciales desde la invasión estadounidense y la caída a finales de 2001 del régimen de los talibanes, que han llamado al boicot y hoy han vuelto a sembrar de violencia la campaña con el asalto a un banco en Kabul y un atentado en Kandahar.
Según el Ministerio afgano del Interior, el asalto a la entidad bancaria se resolvió con la muerte de tres insurgentes a manos de la Policía, tres de cuyos agentes que tuvo tres heridos.
Además, un jefe de distrito y un líder tribal murieron y otra persona resultó herida por la explosión de una bomba al paso de su vehículo en la provincia sureña de Kandahar, informó a Efe una fuente policial.
Durante la campaña, los talibanes han intensificado sus ataques tanto a las fuerzas extranjeras como a las autoridades afganas, en un intento de disuadir a los 17 millones de afganos convocados a las urnas mañana para elegir presidente y miembros de los consejos provinciales.
Para contrarrestar el boicot talibán y “asegurar una amplia participación” electoral, el Gobierno afgano no dudó hoy, cuando se celebra el Día de la Independencia, en recurrir a la censura al prohibir la difusión de noticias sobre “cualquier suceso de violencia” durante las horas de votación.
El presidente afgano, Hamid Karzai (de la etnia pastún, mayoritaria en el país), parte como favorito según una encuesta del instituto norteamericano IRI, que augura una segunda vuelta con el tayiko Abdulá Abdulá, ex ministro de Exteriores y antiguo lugarteniente del comandante afgano que lideró la resistencia antitalibán y fue asesinado días antes del 11-S, Ahmed Shah Masud.
Según ese sondeo, la gran sorpresa de los comicios podría darla el hazara (etnia de religión musulmana chií ubicada sobre todo al este de Afganistán) Ramazan Bashardost, que se ha postulado desde una sencilla tienda de campaña frente al Parlamento y figura tercero en intención de voto, por encima del ex ministro de Finanzas Ashraf Ghaní.
De los 41 candidatos originales, dos de ellos mujeres, una decena han pasado a apoyar a Karzai, quien en el último minuto se ha atraído también el apoyo del uzbeko Rashid Dostum, un polémico caudillo del norte afgano acusado de crímenes de guerra y de traicionar a todos sus antiguos socios.
Con unos 100.000 soldados de la OTAN o de EEUU empeñados en garantizar un ambiente seguro para votar -en semanas previas se han efectuado operaciones especiales en los feudos talibanes de la provincia meridional de Helmand- la seguridad es el gran reto de estos comicios.
Karzai busca la reelección ante un pueblo sometido cada vez a mayores niveles de violencia -más de 2.100 civiles muertos en acciones militares en 2008- y que sigue figurando entre los más pobres del mundo, con un tercio de la población (7,3 millones de personas) amenazada por el hambre, según denunció hoy la ONG Oxfam.
Oxfam se sumó a las voces críticas contra la corrupción que ha caracterizado el mandato de Karzai, quien ha impedido que las ayudas lleguen a sus verdaderos destinatarios, y demandó “grandes reformas” al futuro Gobierno para evitar que se sigan derrochando fondos.
Los opositores del presidente afgano también han cuestionado su política de alianzas y su connivencia con distintos sectores para asegurarse el poder, en particular con el denostado Dostum pero también con otros cabecillas afganos, como Mohamed Fahim o Ismail Khan.
La cadena británica BBC contribuyó ayer, martes, a las sospechas de fraude al difundir una investigación propia que constató intentos de venta de cientos de tarjetas de votantes y de compra de apoyos para determinados candidatos.
“Ha habido fraudes tradicionales en Afganistán y este año habrá auditorías para detectarlo. La comisión electoral afgana cuenta con asistencia internacional y me consta que su preparación de las elecciones, si no impecable, se queda cerca”, dijo a Efe María Espinosa, de la misión de observación de la UE.
Los analistas destacan que tras casi ocho años de esfuerzo en Afganistán, la comunidad internacional no se puede permitir unas elecciones fallidas y está dispuesta a ser benevolente con el proceso electoral afgano, que se efectúa sin censo alguno.
Bashardost ha manifestado que no le cabe duda de que se ha hecho todo lo posible para favorecer a Karzai, con intentos de inducción al voto como la reciente publicación de la encuesta del instituto de EEUU que lo da por vencedor.
Hasta el día 3 de septiembre no se conocerán los resultados provisionales de los comicios, que serán definitivos el 17. Caso de que se tuviera que celebrar una segunda vuelta, ésta sería en octubre

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Un militar retirado quiere ser presidente afgano a golpe de pedal

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Kabul, 19 ago 2009.- Al viejo militar retirado Sangin Mohamed Rahmani le niegan el paso en los puestos de control de Kabul, sin saber que pese a su sencillo aspecto y su vehículo, una bicicleta de segunda mano, es uno de los candidatos a la Presidencia afgana en las elecciones de mañana.
Con una pensión de 825 dólares al año, Rahmani se ha embarcado en la quijotesca tarea de conquistar a los electores a golpe de pedal, y atiende las llamadas con un viejo móvil descatalogado y con poca cobertura.
“No tengo donde quedarme en Kabul, así que no puedo recibirle en ningún lugar. La entrevista tendrá que ser donde usted lo decida”, se excusa Rahmani minutos antes de aparecer frente a la casa de huéspedes en la que se aloja Efe, caminando con su bicicleta.
Viene vestido con un traje gris avejentado y una camisa blanca abrochada hasta el cuello, y con un aire cansino pero resuelto saca de la funda reciclada de un portátil -“su oficina”, como la llama él mismo- un fajo de sellos y papeles.
Rahmani es uno más entre los 41 de los candidatos -dos de ellos mujeres- que se presentaron a las elecciones pero, a diferencia de otros que se retiraron o decidieron apoyar a los grandes favoritos, continúa al pie del pedal por las calles afganas.
“Pues sí, estoy todo el día en la bici y el número de kilómetros que habré hecho es ilimitado. Algunos ya me conocen, y cuando voy por ahí los taxistas y los conductores de autobús me señalan”, cuenta ufano el viejo Rahmani, oriundo del noreste del país.
La mayoría de los candidatos eran desconocidos para la opinión pública afgana, y de hecho el jefe de la Comisión Electoral, Azizulá Ludín, dijo al comienzo de la campaña que algunos “no merecían ser presidente”.
Pese a su peculiar y modesta manera de entender la campaña, Rahmani, que ha gastado unos 5.000 dólares -la mayoría, dice, prestados- expone sus ideas ordenadamente: detención de criminales, trabajo para evitar que los jóvenes se enrolen con los talibanes…
“El día que el Ejército afgano -prosigue este viejo militar ciclista- pueda valerse por sí mismo, tomaré una decisión sobre las tropas extranjeras en consenso con la ONU. Pediría que se marchen, pero ahora no es el caso”.
Rahmani, con estudios universitarios y autor de dos libros de poemas -uno se titula “Lucha sin dinero”- trabajó en la sección de logística e ingeniería del Ejército hasta que los talibanes se auparon al poder y recibió una carta de despido.
Con la llegada de las tropas extranjeras y la toma de posesión del hoy presidente, Hamid Karzai, fue rehabilitado y comenzó a recibir una pensión mensual, aunque considera que el Gobierno “no ha hecho nada para acabar con los talibanes”.
Así que hace unos meses se decidió a recorrer el país en coche en busca de firmas de apoyo “para que la gente pudiera tener una oportunidad de participar en el Gobierno y que Afganistán pudiera desarrollarse de una vez”. Logró 10.000.
Rahmani no ha sufrido ataques de los insurgentes y dice haber llevado a cabo su campaña con libertad, aunque se queja de la escasa atención de los medios y acusa a los candidatos más pudientes de pagar a la gente para que asista a los mítines.
“Si las elecciones son transparentes y no hay fraude, les superaré. A mí los medios me han dado la espalda y ellos sólo enseñan mítines repletos de gente con gorras y camisetas que han recibido dinero por asistir”, comenta.
“El problema de los candidatos como Rahmani es su ingenuidad, no sus ideas. No es ningún loco, sino un buen hombre que tiene una manera propia de expresar sus opiniones”, manifiesta a Efe un estudiante kabulí, Yusuf, tras escuchar al candidato.
Hace cinco meses, a Rahmani le robaron la bicicleta. Era la hora del rezo y la dejó aparcada fuera de la mezquita, una jugosa ocasión para los rateros de Kabul, que le obligaron a comprar otra, también con dinero prestado.
Pese a los sinsabores de su campaña, en la que él mismo ha pegado sus carteles, Rahmani no desiste: “Algunos me preguntan: ¿cómo vas a ser presidente, tú que vas en bicicleta? Y les digo: ¿por qué no? No soy rico, pero conozco los problemas de este país”

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Ataques y clima de inseguridad en vísperas de elecciones en Afganistán

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Kabul, 18 ago 2009.- A sólo dos días de los comicios presidenciales, los talibanes afganos volvieron a actuar hoy con dos atentados suicidas que dejaron al menos una docena de muertos y un ataque con proyectiles sobre el Palacio Presidencial de Kabul, una ciudad en alerta y tomada por completo por las fuerzas de seguridad.
El atentado más grave tuvo lugar en la peligrosa carretera que conduce a Jalalabad (este) desde Kabul, objetivo frecuente de los insurgentes porque a la salida de la capital se encuentran varios cuarteles de las tropas estadounidenses y de la ISAF.
El suicida lanzó su vehículo contra un convoy militar de la ISAF y causó la muerte de siete personas y heridas a otras cuarenta, según distintas fuentes oficiales afganas.
Pero en un comunicado, la OTAN aseguró que la última información de la que dispone “indica que entre los muertos hay un soldado de la ISAF, siete civiles afganos y dos empleados afganos de la misión de la ONU en Afganistán”, este último dato confirmado por las Naciones Unidas.
La ISAF también elevó el número de heridos a 55, entre ellos dos militares de la OTAN.
El atentado fue condenado por el presidente afgano, Hamid Karzai, horas después de que dos misiles cayeran en las inmediaciones de su Palacio sin causar víctimas.
Y además, según una fuente policial consultada por Efe, otro ataque suicida acabó con las vidas de dos civiles y tres soldados afganos e hirió a otras cinco personas en la región centro-meridional de Uruzgán, donde los talibanes tienen una amplia presencia.
Este mes se han registrado ya varios ataques con cohetes lanzados desde las afueras contra Kabul, una ciudad relativamente aislada del conflicto armado y cuyos habitantes aún recuerdan el martirio al que fueron sometidos durante la guerra civil en la década de 1990 y conviven casi diariamente con los atentados.
Ataques como el de hoy contra el convoy de la ISAF y otros contra instalaciones militares o sedes oficiales se cobran siempre una mayoría de víctimas entre los civiles que se encuentran en las proximidades.
En vísperas de las elecciones, Kabul se encuentra tomada por miles de soldados del Ejército, policías y guardas privados de seguridad armados con “kalashnikov” o con ametralladoras para proteger los edificios importantes.
La zona de las embajadas cuenta con sucesivos controles de paso y los edificios estratégicos están amurallados con alambradas y densos bloques de cemento para protegerse de los atentados de los talibanes, quienes han demostrado su capacidad de golpear la ciudad.
“La seguridad -dijo a Efe el jefe de los servicios secretos afganos, Amrullah Saleh- es como el pan. Un bien que necesitas sin cesar. Será para siempre nuestra preocupación y es un bien que necesitaremos siempre. Nuestras medidas y esfuerzos no se detendrán tras las elecciones”.
La masiva presencia de las fuerzas del orden no ha hecho mella en la percepción de los afganos: según un reciente estudio del instituto norteamericano IRI, la seguridad es uno de los dos principales problemas de Afganistán para el 56 por ciento de los ciudadanos consultados, 21 puntos por encima de la situación económica.
“Yo la tengo (la pistola) por seguridad. Aquí en Kabul hay robos y secuestros constantes”, relata a Efe un tayiko de 22 años preocupado por el alza del crimen, mientras empuña una Beretta italiana de calibre 9 mm Parabellum en el interior de un coche.
De acuerdo con distintos informes, las carreteras afganas están infestadas de bandidos que tienden emboscadas a camioneros y viajeros, sin que esté clara en muchas ocasiones la frontera que separa al delincuente común del insurgente talibán.
“No me siento seguro, claro que no. La Policía no está activa y no tiene equipamiento para resolver los problemas. Los secuestros y robos de Kabul son perpetrados por gente con uniforme. La corrupción es del cien por cien”, sostiene el empresario Mohamad Nader en el barrio capitalino de Makroyan.
Ante la amenaza talibán y el clima de inseguridad generalizado, las embajadas extranjeras se apresuran en Kabul a aconsejar a sus ciudadanos que extremen las precauciones, sobre todo durante el período electoral.
“Conviene salir sólo lo imprescindible, vestirse de forma que no llame la atención, lo menos elegantemente posible. El nivel de alerta es permanente y no hay que bajar la guardia”, dijo a Efe una fuente diplomática.
En Afganistán hay unos 100.000 policías, pero la mayoría están mal formados y equipados, tienen salarios bajos y apenas cuentan con infraestructuras adecuadas, expuso a Efe el portavoz de la misión policial de la UE en Afganistán (Eupol), Andrea Angeli.
Sólo en la capital, hay unos 8.500 agentes encargados de velar por el orden, pero según Angeli son precisos muchos más en una ciudad asolada por los robos y los secuestros, con los empresarios y los extranjeros como objetivos principales.

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