08 Pequeños poemas del Agúndez mayor (II)

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ÁRCO DE CÁPARRA
Es como si estos vanos
fueran puertas de salida para todos los caminos.

ACTO ÍNTIMO
Érase un joven poeta enamorado
que queriendo declararse a la mujer que amaba
escribió un poema lleno de sentimiento
y lo publicó en un libro.

EL CUBO DE AGUA
Esta sensación del ir viviendo
es como quien vierte un cubo con agua en una estación de montaña,
en un día de veinte grados bajo cero;
y de tanto frío el agua queda congelada en plena caída,
sólida y fija en el aire ante mis ojos inermes,
para los que nada más nacer
es ya parte del recuerdo.

UN HOMBRE ADMIRABLE
Era un hombre admirable
que prefirió morir siendo fiel a sus ideas.
A quien quería escucharle reconocía
que estaba equivocado.

ALT LIT
A lo largo de mi vida
he escrito poemas cortísimos
y también poemas larguísimos
que son igual de malos que los cortos
pero más largos.

THE BREAKFAST CLUB
De jóvenes siempre aspiramos
a ser tratados como adultos,
emulando esa forma de ver las cosas.
Pero ahora que voy viviendo
la madurez por dentro
y ando sintiendo y sintiendo
en lo poco que hablo con los jóvenes
creo que les costaría entenderme.

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Fragmentaria (2003)

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I
Voy de los ojos a los labios
y a los labios
de viaje en tránsito perpetuo
rujo en tu cuerpo y rojo el amor
como epidemia deseada
como en carne el rayo abre
sin fondo el hondo túnel
hasta por dentro acariciar la permanencia.

Así mi corazón vuela hacia el tuyo,
necesario y mortal como el latido.
Queriendo, ungido en ti, agarrar la vida
sólo unas aguas, solo el cuerpo doble
entre el aire acelerado
la inocencia envejecida
entre las sábanas
ajada en la erosión de esos arroyos.

El gran conocimiento cómo cansa
envuelto en el viaje
en esta velocidad de nuestra música
girando alrededor todo y
al precio del cansancio
inventándose el sonido
total,
la respiración primera
el nacimiento de las cosas.
Para las hebras de mi cosmología
sin fondo abierto el hondo túnel
puedo ensimismarme y naufragar,
hecho a la vez canción y espada
y hundirme poco a poco en este océano
de sangre nueva y nuestra
más allá de donde alcanza nuestra voz y nuestro lecho

II
En la creación del mundo estoy,
en pleno abrazo árbol y tierra,
agua y semilla voraz
que da puro vivir a cuanto mira
y lo que cree, lo crea

III
Pero se une y se parte
y de nuevo he de viajar.
Ahora que todo cogió nombre
puedo admirarlo: no eres sólo tú
pero estás en cada alta vibración
y en cada callejón oscuro
allí también tú estabas.
Aún tanto por andar en el amor
para luego dormir siempre
Voy de los ojos a los labios
y a los labios
y que en todo lo que nazca
haya otra luz, otros destellos
otras cosas futuras en su nuevo desarrollo
todo hecho amor, también los túneles
para luego siempre dormir,
siempre.

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Acto de creación – a la venta

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“Acto de creación”, el poema extenso que os anuncié hace pocas semanas ya se encuentra a la venta en Amazon. Han debido de venderse tres o cuatro ejemplares porque ha entrado en la lista de los más vendidos. Aunque en términos de calidad esto no quiere decir nada, os agradezco el apoyo en todo caso. Aquí, la captura de pantalla que está haciendo revolverse en su tumba campestre al mismísimo Homero:

 

amazon mas vendidos

Como digo, “Acto de creación” puede adquirirse en Amazon (enlace), pero también, si así lo preferís, en la mayoría de las librerías españolas, con lo que haríais un favor al comercio de proximidad. Para quienes todavía no lo conozcáis, este es el inicio de este poema:

actodecreación“Acto de creación” es un poema extenso. Si os interesa este género, aquí hay un estudio interesante realizado por el investigador Juan José Rastrollo Torres. Vosotros sabréis juzgar si este poema entra en la categoría de los poemas extensos con honores o a tientas.

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Acto de creación (2016)

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Es para mí motivo de placer y orgullo anunciaros la publicación del poema “Acto de creación”, editado por la casa madrileña “Cuadernos del laberinto” bajo el sello de la colección “Anaquel de poesía” y en edición bilingüe español/inglés. Pronto actualizaré esta entrada con algunos puntos de venta para aquellas personas interesadas, pero me gustaría compartir con vosotros desde ya la sinopsis del libro así como su (en mi opinión precioso) diseño de portada:

Acto de creación Diego Agúndez, editorial cuadernos del laberinto 2016

“Sentado en una terraza, Diego Agúndez medía opciones para sus vacaciones de verano cuando sufrió un deslumbramiento. Masivas galaxias, agujeros negros, la luz del sol fueron de repente abriéndose paso entre otros pensamientos más mundanos, y su pequeño propósito de irse a la playa quedó difuminado entre otros viajes de otra enjundia, como el lanzamiento de la sonda espacial «Voyager», la conquista de México o el deber de educar a los hijos.

Este libro es el resultado de tal deslumbramiento. Es un acto de creación distinto a cualquier otro. Es un poema largo y un poema corto. Un pequeño viaje dentro de un gran viaje, la historia de cómo cualquier momento podría desatar la conciencia de nuestro paso por la vida.

Por ACTO DE CREACIÓN deambulan como figurantes Yuri Gagarin, escritores clásicos y jóvenes poetas, una vecina pesada, un físico iraní o un barrendero de barrio. Sonámbulos en sus distintos espacios y momentos, todos ellos son revividos en un big bang controlado, un acto único de lenguaje que sitúa como condición previa del conocimiento a la propia voluntad de imaginarlo; es decir, el poder creador como testigo y refugio de nuestra condición humana”.

Podéis encontrar más información en la página de la editorial, y como diría Gagarin… poyekhali.

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Afganistán y la piedra azul

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Hace un año, al dejar Afganistán, lamenté no haber comprado lazurita de las minas de Sar-e-Sang, epicentro mundial del lapislázuli desde hace más de seis mil años.

El avión baja entre las montañas calvas, de un ocre intenso y monótono, y aterriza en Kabul.

Me montan en un autobús viejo que desfila ante una hilera de helicópteros de Naciones Unidas. El aeropuerto es de construcción reciente, con una partida de ayuda al desarrollo japonesa.

Tengo el mismo traductor del año pasado, Obai. Me cuesta localizarle porque se me acaba el saldo del móvil nada más llegar. Very bad. Obai sigue estudiando informática en la Universidad.

Aunque ha empezado a refrescar en Kabul, las calles siguen igual de secas y polvorientas. Mi alojamiento del primer día es una casa de huéspedes muy acogedora. Desde fuera pasaría desapercibida. Lo malo: solo la vigila un guarda.

No tengo mucho tiempo. Las elecciones legislativas son en cuatro días y Kabul no se deja querer por los velocistas.

Dicen que la vivienda de Abdul Salam Zaeef, ex embajador de los talibanes en Pakistán, es una casa de huéspedes financiada por el Gobierno afgano.

Su hijo es un muchacho de Kandahar que apenas habla inglés. Cruza la calle: su padre está fuera, dice, de visita. Arriba, desde un ventanal, un barbudo ofrece té. Los pastunes aman escuchar que son el pueblo más hospitalario del mundo.

Consigo el teléfono de Zaeef.

Cerca –no sé si con o sin relación- vive Wakil Muttawakil, el último ministro de Exteriores de los talibanes. La carretera está sin asfaltar, es noche cerrada.

No salgan del coche”. Un guarda levanta su Ak47. Lo registran (mi conductor se llama Nazir, circulamos en un Corolla rojo).  Sale un hijo, dice, de Muttawakil. Él nos recibirá el viernes, “con cámara, a las nueve”.

El Gobierno afgano se enfrenta, calcula el portavoz del Ministerio de Defensa, Zahir Azimi, a unos 20.000 ó 30.000 talibanes, “todos activos”, y se supone que preparándose para chafar las elecciones.

Todas las tropas de la ISAF están en alerta total, desde luego. Nuestras fuerzas se han organizado por todo el país”, dice el subcomandante de operaciones de la ISAF, Wayne Detwiler.

Salgo de la rueda de prensa, pensada para calmar a los más desconfiados. Los asesores presidenciales repiten que todo saldrá bien.

Advierto a América. Si se quema el Corán, habrá venganza”. En los últimos días, ha habido manifestaciones en varios puntos de Afganistán. El dominó de Florida ha causado algo más que un dolor de cabeza en Kabul.

Lanza la advertencia un grupo de seguidores de Siddiqi Afghan, un matemático que se licenció en Moscú. Hoy lleva el Centro de Matemática Filosófica.

En el año 1992, su modelo determinó un futuro prometedor para Afganistán. Poco después, se desató la guerra.

Dentro del edificio, a tiro de piedra del Palacio presidencial, la misión de la ONU y varios ministerios, hay un gran cubo tridimensional que sirve como calendario. Un retrato de Obama hecho con números. Una falsa simetría de jefes de Estado afganos.

Un kandaharí creó Afganistán. Otro (Karzai) lo ha vendido a los extranjeros”. Junto a la fotografía de Karzai está el rostro del mulá Omar. Dicen que se esconde en algún lugar cercano a Quetta (Pakistán), donde dirige una ‘shura’.

No estamos autorizados a hablar sobre las elecciones”, responde interpelado al teléfono el portavoz de los talibanes, Zabiullah Mujahid.

Más sobre el lapislázuli: en las tiendas del centro, que son una condena monetaria para los (pocos) turistas, las venden alisadas y con barnices. Como gotas azules sobre el mar ocre afgano.

Afganistán es un país encajado en fronteras que le son ajenas.  Una rotonda sedienta de tres poderes formidables: el subcontinente indio al sur, la gran Persia al oeste. Al norte, los nuevos zares de Asia central.

Regateo por una piedra casi triangular, de base estrecha, de un brillante azul mar. 1.500 rupias. Seguro que mi piedra habrá sido teñida con antelación; sería justo decir que el comerciante y yo hemos hecho negocio.

El lapislázuli se extrae en un desfiladero entre montañas de más de 6.000 metros. Un área con más lobos que hombres en la abandonada y gélida región de Badakhshán, extremo noreste del país.

Si no quieres morir, evita el valle de Kokcha”, escribió el teniente y explorador británico John Wood, al alcanzar en 1837 las minas de Sar-e-Sang en nombre de la Compañía de las Indias orientales.

Nazir para el Corolla junto a la embajada rusa, cerca del Parlamento. Como en las películas de espías, allí debe localizarnos un enviado de Malalai Joya, a quien se ha calificado como “la mujer más valiente de Afganistán”.

En diciembre de 2003, pronunció un discurso sin concesiones contra los señores de la guerra, con la particularidad de que los tenía enfrente. “Querría hablar un par de minutos..”, dijo en la Loya Jirga. En realidad fueron tres:

“¿Por qué no ponéis -clamó- a todos los criminales en el mismo comité, y así vemos qué quieren para el país? Son quienes pusieron a nuestro país en el núcleo de las guerras nacionales e internacionales (…) Deben ir a los tribunales nacionales e internacionales”.

Joya, que ha sufrido cinco intentos de asesinato, vive a escondidas y cambia de casa cada pocos días. Odiaría el burqa, tan extemporáneo, si no fuera porque gracias a él puede ocultarse cuando sale a la calle.

Dos viejos llegan en un coche y se paran a nuestra altura. Husmean un poco, pero basta un gesto. Luego, los dos vehículos serpentean por calles que son un arenal. A las puertas de una casa como las otras, un enorme guarda tayico registra hasta la planta de los calcetines y el cuello de la camisa.

Se trata dejarme en silencio: quieren eliminarme”, dice con serenidad la menuda Joya.

Esta vez ha renunciado a presentarse a las elecciones. “Me quieren matar, pero yo miro a la muerte sonriente”. La protección de la mujer, una mentira conveniente.

Con la invasión estadounidense de Afganistán, los países occidentales tuvieron que tirar de la única cantera política activa en el país: los “señores de la guerra”, barones regionales y locales que durante años se habían masacrado entre sí y de paso matado a miles de civiles.

Los muyaidines, la Alianza del Norte. Igualmente piadosos de Alá. Los que se enfrentaron a los comunistas; los que se enfrentaron a los talibanes. Igual que sus rivales, gentes casi salidas del Medievo. Ahora, la democracia afgana respira por los poros de estos veletas.

La gente está harta de las tropas internacionales, y esto de la quema del Corán puede ser la gota que colme el vaso. Los manifestantes lo repiten: si todos corremos hacia la base, moriremos unos cientos, pero al final…”, dice el periodista afgano Farhad Peikar, de la agencia alemana DPA, mientras compartimos un “pollo al shawarma” en un bistro libanés.

El pueblo de Farhad está a unos 70 kilómetros de Kabul. Allí, en un mítin hace pocos días, un muchacho de 12 años ordenó que parase la música para hacer un anuncio. Delante del alcalde y del jefe de la policía, advirtió: “Los talibanes os dicen que no votéis en estas elecciones. Estáis avisados”.

Nadie, recuerda Farhad, reaccionó. Tampoco los policías. “¿Cómo van a enfrentarse a unos tipos que mañana a lo mejor son sus superiores, quienes dan las órdenes? La gente ya se está preparando para el día después. Todo el mundo está cogiendo posiciones”.

El día después es el día después de la retirada. Obama anunció en diciembre pasado refuerzos (en Afganistán hay hoy en día 150.000 soldados extranjeros, dos tercios estadounidenses), pero a la vez reveló que sus tropas empezarían a retirarse en julio de 2011.

Se supone que Obama obra sometido a presiones tremendas. Sus generales y sus ayudas de cámara matizaron luego esas palabras o las convirtieron en un lapso sin importancia. Pero muchos afganos, entre ellos los talibanes, han tomado nota. Los malos han cogido moral.

Un antiguo diplomático estadounidense, Robert Blackwill, defiende ya que EEUU debe abandonar el sur y el este y concentrarse en defender las áreas menos proclives a la idea talibana, o sea, las zonas tayicas, uzbecas, hazaras.

Partir Afganistán de facto para evitar a los pastunes.

Estos últimos son la etnia mayoritaria, pero su distribución geográfica es más o menos limpia: en un arco que recorre el oeste, el sur y el este, con algunas bolsas excepcionales en regiones del norte. De ellos se nutre el movimiento talibán.

Su plan horroriza al presidente afgano, un pastún, Hamid Karzai. Visto como debilitado y corrupto. Se cuenta que en una ocasión, en un vuelo Herat-Kabul, ordenó a los pilotos del avión presidencial poner rumbo a Kandahar, y que estos, pese a su ataque de furia, se negaron.

Sin embargo, Karzai está fuerte, porque sabe que en Afganistán no hay ningún otro que pueda servir como interlocutor de Occidente y a la vez como dique de contención pastún.

En 2009, manipuló las elecciones con cientos de miles de votos a su favor. Le pillaron. Hubo meses de presiones internacionales. Algunos cambios en la cúpula de instituciones clave. Propósitos de enmienda. Ahí sigue: ¿está jugando Estados Unidos con una sola carta?

(Me cuentan que en esas elecciones la Comisión de Quejas, encargada de detectar el fraude, sólo anuló los casos más flagrantes, y que en realidad el resultado de entonces fue de un empate entre Karzai y su máximo rival, el tayico Abdullah Abdullah).

Dicen que los hombres de Karzai han vuelto a movilizarse, y que esta vez será más fácil. Casi todos los candidatos a la Cámara Baja son independientes. Nadie, aparte de sus seguidores cercanos, sabe bien qué defienden.

Karzai tiene fácil el financiar sottoterra las campañas de sus afines: los funcionarios de las provincias dependen de él.

Los analistas afirman que en estas elecciones habrá una suma de pequeños fraudes, a favor de los candidatos que dominan los resortes del estado o cuentan con el poder financiero.

No piensa lo mismo la Comisión Electoral: su presidente, Fazal Manawi, insiste en que tratarán de garantizar la seguridad, que han introducido medidas contra el fraude. Que las elecciones serán todo lo limpias y justas como lo permite un país con la situación afgana. Je.

Más que un nombre de mujer, Malalai parece el de una tribu entera. Es lo que canta Shafiq Mureed, un vocalista de Laghman que promete sacrificarse al oir el grito de Malalai. No se refiere a Joya, claro, sino a Malalai de Maiwand, la gran heroína de la segunda guerra anglo-afgana, hace 130 años.

Los afganos se batían en retirada. Malalai, una aldeana de Khig, en Kandahar, arrampló la bandera y entonó un “landay”, un poema que los niños estudian hoy –quienes pueden- en los colegios: “Si no mueres en Maiwand, que Alá te deje vivo para saborear tu cobardía”.

Las milicias afganas, muy superiores a las británicas en número pero no en técnica, reaccionaron y terminaron por doblegar a los ingleses, en una de las escasas victorias durante el siglo XIX de un ejército asiático sobre uno europeo. La batalla, empero, se llevó por delante a Malalai.

Hoy, los británicos están de vuelta en Helmand como parte de una coalición internacional. Resulta difícil no encontrar paralelismos entre aquella lucha y esta otra.

Desayuno junto a un chaval que no se resiste a hablar con el extranjero. Representa el nuevo Kabul: joven, bien vestido, habla seguro de sí mismo. Intuyo que relacionado con alguna compañía de fuera. De todos modos una anécdota en la miseria de los pueblos afganos.

He trabajado cuatro años con los estadounidenses. En Bagram. Se quedarán aquí para siempre. No se irán. Los soldados rasos se preguntan qué hacen aquí, tan lejos. Pero internamente sí que lo saben. Afganistán es un país estratégico. Rico”.

Espoleó esta conspiranoia un anuncio hace meses del Gobierno afgano, sobre el descubrimiento de yacimientos de metales preciosos y minerales –entre ellos, litio-, por valor de más de un billón de dólares. (Cualquier extracción está por el momento lejana: faltan seguridad, infraestructuras).

Luego está la posición afgana: encrucijada, plaza de China, el subcontinente indio, Asia central, ¡Irán! ¿Suficiente razón para estar aquí? “Estrategia, es estrategia. Se quedarán aquí siempre”, repite. “En veinte años –respondo, por resultar amable y largarme-, vuelvo y hablamos”.

Dice Emal Haidary, nuestro hombre en Kabul: “Está este poeta, Habibullah Rafí. Él tendrá muchas cosas sobre los landays”.

En Kabul casi nadie lleva gafas, será que no muchos saben leer. Los carteles electorales sí están llenos de letras interminables; rostros de mulás y también de jovencitos que admiran a Occidente pero que desconfían.

Los aperturistas han sido abandonados a su suerte demasiadas veces. Tantas, glosaría un retórico, como invadido Afganistán. Guerreando desde tiempos de Alejandro Magno.

Según lo previsto, me mudo al Heetal, una fortaleza rosa en el barrio más protegido de Kabul. Tiene varios cordones de seguridad. Se promociona anunciando su “búnker con agua y comida”, su “alquiler de vehículos blindados”, “su seguridad armada alrededor del edificio 24×7”.

Entre los huéspedes hay rapados seguratas fortachones, algunos yanquis valientes, fotoperiodistas con esos pantalones que parecen buzones de correos. Un puñado de oenegeros con tanta pinta de afganólogos que uno huye.

¿Y si yo viviera en Afganistán? Kabul clasificados: “Casa de 19 camas, Wazir Akbar Khan, 14.999 dólares al mes”. “Casa de 24 camas y 28 cuartos de baño, Shar-e-Now, 24.999 dólares al mes”.  No son viviendas, sino naves nodriza. Pasto de organizaciones internacionales.

Por si no era suficientemente obvio: la guerra está haciendo ricos a un puñado de afganos.

Hay rueda de prensa en el departamento de información del Gobierno. De camino cae la Shah M. Books, la cueva del librero de Kabul. Tiene un fondo fabuloso, pero los precios son que ni en Manhattan. No hay libro de landays por menos de 15 pavos. Tampoco tiene noticias de Habibullah Rafí.

Han suspendido la rueda de prensa que iba a dar el portavoz presidencial. En su lugar, Karzai habló para un grupo selecto de medios. Voy de todos modos al punto de la convocatoria, para reivindicar mi estatus de medio selecto. A ver si cuela…

A falta de Rafí y de los poemarios del librero de Kabul, saco el único libro que me he traído hasta Kabul: “Romanticismo, odisea del espíritu alemán”, del historiador Rüdiger Safranski.

Empieza: “Dos siglos y medio después de Colón y un siglo antes del lema de Nietzsche, en un aventurero del espíritu [Herder] germinó la necesidad de hacerse a la mar e irrumpir en lo terrible que existe en la realidad”.

El lugar más decadente de Kabul, aparte de algunos escondrijos en las montañas, debe de ser el cementerio inglés. Durante 30 años, a sueldo de la embajada británica, lo cuidó Rahimullah, que esta primavera se murió de muerte natural, un raro privilegio según dónde.

Iré a verlo algún día: hay tumbas de soldados muertos durante las guerras anglo-afganas, también tirados de cuando Kabul estaba era parada obligada en la ruta del movimiento “hippy”,  o víctimas de la guerra actual. Aquí enterraron a Gayle Williams, una cooperante asesinada a tiros en 2008.

Goethe veía en Herder al aventurero que había regresado de alta mar y traía el viento fresco del viaje, una brisa que estimulaba la fantasía”. Sturm und drang. Tempestad e ímpetu.

Cuando mandaba en Afganistán, el mulá Omar preguntó a Rahimullah por qué cuidaba tumbas de infieles, y este le respondió que, con su edad, hasta un ciego tendría más posibilidades de encontrar un empleo. Omar, que era (es) tuerto, no se lo tomó a mal.

Kabul, por lo demás es una ciudad que se despliega entre montañas. Casas de adobe que caen como en cascada, en replicaciones cúbicas, una red también ocre que se abre sin fin y crea en los barrios del centro una sensación hipnótica y como sin tiempo.

Aquel explorador John Wood de las minas de Sar-e-Pang llamó a los montes del Pamir el “techo del mundo”. He puesto mi lazurita, proveniente de algún desfiladero perdido, junto al ordenador.

Nos abre la puerta el hijo de Muttawakil. Los guardas en la puerta tienen un retrato de Ahmad Shah Mehsud, el león del Panshir, el gran enemigo de los talibanes, muerto en ataque suicida sólo dos días antes del 11-S. Mehsud es quizá el señor de la guerra que mejor supo gestionar su imagen.

-En España hay muchos musulmanes, ¿verdad? –abre fuego Muttawakil.

– Fue musulmana durante siglos, y todavía quedan muchas huellas.

Muttawakil fue el último ministro talibán de Exteriores antes de la caída. El mulá Omar eligió irse; él, quedarse. Pasó tres años en prisión. Su nombre salió de la lista de apoyo al terrorismo de la ONU en enero. ¿Un guiño para los insurgentes que dejen las armas?

Me invita a un té. Él es de Maiwand, igual que la gran Malalai. ¿Qué le parece a un talibán una mujer guerrera? “No tenemos ningún problema con Malalai. Queremos que muchas otras mujeres sean como Malalai”. Me viene a la cabeza Malalai Joya.

Salgo de la casa de Muttawakil, un hombre agradable y de maneras –que no ideas- moderadas. “El perro amarillo es hermano del lobo”, dice un refrán de los hospitalarios pastunes.

¿Vale todo con tal de que los extranjeros se vayan? Marco el teléfono de Zaeef.

Si tú fueras talibán, ¿qué harías para luchar contra el poderoso ejército extranjero? Necesitas el apoyo de cualquiera, de todos cuantos arrimen el hombro. Con Al Qaida, se trata de un pacto en la guerra. El objetivo no es el mismo, el enemigo sí”, dice el antiguo embajador talibán en Pakistán.

Ningún otro lugar de Kabul domina la ciudad como la torre de la televisión, sobre la loma de un monte imponente. Necesito recursos para el vídeo del día de las elecciones y no habrá panorámica mejor. Compro kebabs y picamos carretera arriba con el Corolla. Nazir es un fenómeno.

Al llegar nos para un policía, así que renunciamos a volar tan alto y nos instalamos en un arcén, unas decenas de metros por debajo de la torre. El tiempo está algo desapacible y Kabul adopta un tinte casi irreal; dominas las casas, su bajada como en escalera. Casi tocas unas cuantas cometas.

Unos muchachos suben la cuesta cargados con sacas. Se paran al ver al extranjero. “Un día nos acercamos a esa torre y los policías nos dispararon”. Uno no sabe si creer estas denuncias esporádicas. Tampoco es que sorprendan, en un país tan moldeado a la guerra.

Empieza a lloviznar, una rareza en el septiembre semiárido de la ciudad. Las gotas bajan cargadas de polvo. Ha sido casi mágico comer, a la carrera, levitando ante Kabul.

Tengo un correo electrónico del Gobierno: “Acude al instituto Amani mañana sábado a las siete de la mañana. El presidente votará allí y se te permitirá entrar”.

El Amani de Kabul es un instituto situado en la isla de seguridad del Gobierno. Allí es donde votará la elite kabulí, incluidos los principales políticos. Después de todo y por una vez, soy un medio selecto. Habrá que madrugar.

Para llegar allí, hay que dejar a la izquierda el Instituto de Matemática Filosófica y pasar un primer control de seguridad que ya es fiero. “¿Spanish Embassy?”, repite un oficial mientras estudia la lista de medios acreditados.

Una vez superado el escollo, caminas entre bloques de hormigón, al paso de todoterrenos cargados de los casacas negras que forman la guardia presidencial. Pasas la misión de la ONU en Kabul, luego llega el Amani. Si siguieras un rato por la acera desierta, llegarías a la presidencia.

Te registran en la calle con pastores alemanes adiestrados. Luego los cámaras se pisotearán para lograr el mejor ángulo de Karzai. En el gimnasio del Amani, pagado con dinero alemán, todo está perfectamente orquestado: un lugar de limpieza prístina, materiales completos, de primera.

Primero llega el jefe de la UNAMA en Kabul (¿habrá venido andando?), Staffan de Mistura, uno de esos diplomáticos sesentones: “Decir que la seguridad está garantizada son palabras mayores”, le arranco. Bueno.

Karzai llega embozado en su chapan, esa capa verde y azul de Mazari-i-Sharif. Le gusta mostrar  este tipo de símbolos para subrayar la unidad de los pueblos afganos (sus asesores revelan luego que votó por una candidata hindú, por si fuera poco símbolo).

Pero él es un pastún de la tribu Popalzai, igual que el unificador de Afganistán, Ahmad Shah Durrani, lo que hace las delicias de los seguidores del filósofo matemático Siddiqi Afghan y sus psicodélicas simetrías de la historia.

El primer kandaharí creó Afganistán. El último lo ha vendido a los extranjeros.

Sostiene la CIA:

–         Composición étnica afgana: pastunes 42%, tayicos 27%, hazaras y uzbecos, 9% cada uno.

–         Religiones afganas: suníes 80%, chiíes 19%

–         Lenguas: persa afgano (dari) 50%, pastún 35% (el resto, mayormente, son idiomas de Asia central, como el turkmeno).

O sea, que hay pastunes que hablan dari. Otros chiíes además de los despreciados hazaras. Hablantes suníes del farsi iraní. Uzbecos fuera de casa. Siempre Afganistán fue un carrusel.

Karzai repite algo ampuloso la liturgia del voto que ya realizó el año pasado, delante de un enorme cartel en el que él mismo se abraza a un niño. Las catacumbas de la propaganda. Sólo responde una pregunta y se marcha en volandas, arropado por sus comandos.

Pocos líderes afganos han muerto en la cama, y a Karzai se le adivina una tensión permanente. En un libro reciente, “Las guerras de Obama” (Bob Woodward), se dice de él que es adicto a las drogas, paranoide y depresivo. Un tío raro, según un enviado de EEUU.

La atmósfera se relaja enseguida. Van llegando otros líderes. Primero el vicepresidente segundo, Karim Khalili, hazara (“Esperemos que no haya fraude”, confía). Luego el otro, Mohammed Fahim, que sufrió un ataque al corazón hace dos semanas. Como aún se tambalea, alguien le ayuda a votar.

La brecha étnica afgana todavía está vigente: los guardaespaldas de Khalili son hazaras. Los de Fahim, tayicos con pakol ceñido en la frente y Ak-47 que gruñen ante la sola idea de una fotografía.

Con ellos y con el proyectil talibán que cayó de madrugada cerca de la embajada estadounidense puede uno dar por hecho que las elecciones parlamentarias de 2010 han empezado en Afganistán.

El ataque de madrugada no lo sentí; sí me atribuló, horas antes, un terremoto de 6,3 grados y epicentro en los montes del Hindu Kush que hizo temblar los muros del Heetal y me hizo saltar de la cama. ¿Un avión volando bajo? ¿Han llegado los fedayines?

La mañana kabulí es mucho más tranquila: todas las tiendas están cerradas. La Policía está desplegada para controlar los vehículos en los “anillos de acero”, los pretenciosos jalones de su plan de seguridad. Ando tomando imágenes cuando se acercan despacio dos Corollas blancos.

Cada vez que pienso en los fedayines me viene a la cabeza la imagen fotográfica del talibán que mató a Benazir Bhutto en Pakistán: gafas oscuras, ropa occidental y pelo corto. Los visualizo en Corollas blancos. Hay que reconocer que a ratos en Kabul le entra a uno cierta intranquilidad.

Se alejan los Corollas y viene un policía. Que qué hago grabando. Mi tarjeta no le convence; me registra. Vaya momento para un rifirrafe. Los medios afganos han empezado a denunciar casos de fraude por todo Afganistán, pero pasarán días antes de disponer de una película concluyente.

Los talibanes han pasado una lista de 150 colegios electorales atacados. Antes de la jornada, la Comisión decidió no abrir otros 1.000, porque no podía garantizar la seguridad. Y el Gobierno reconoce que no tiene presencia en nueve distritos del país.

En algunos colegios ha habido colas; los hombres a un lado, las mujeres a otro. Pero termina el día y la sensación es que la gente ha votado poco. “Yo no quiero ser periodista”, dice Obai. “Se trabaja mucho y sin paz”. Luego se va a un rincón a rezar y se queda dormido.

La plana mayor de seguridad afgana va a hablar a las 20.00 horas, en la sede de la Comisión Electoral.  Allí me encuentro a Ibrahimi, un simpático periodista de Wakht que se tira a degüello tras los grandes hombres afganos. Suele salirle bien.

Ibrahimi no conoce el paradero de Habibullah Rafí, pero me pasa el número de un profesor suyo de la universidad de Kabul, “un poeta, un sabio”, dice con reverencia. Si tuviera tiempo…

Los talibanes son mucho más débiles. Si miras los sucesos violentos que ocurren, son en muchos casos minas o IEC, lanzamientos de proyectiles, muertes de inocentes. Matar o amenazar a la gente ordinaria no muestra fortaleza, sino debilidad” dice el jefe de los servicios secretos afganos, Rahmatullah Nadil.

Las respuestas moralizantes son un mal enemigo de la verdad.

Salgo del edificio con el ministro de Defensa, el primero muyaidín y luego general Abdul Rahim Wardak. No le gusta la prensa, pero tiene ganas de hablar.

Gradualmente podremos tomar responsabilidades de seguridad en nuestro país. Esa es nuestra responsabilidad histórica. Es la primera vez en nuestra historia que chicos y chicas vienen de suelo extranjero para defendernos”.

A lo largo de la historia, ha sido siempre nuestro orgullo el haber derrotado a todos los invasores de todas las superpotencias. Y queremos restaurar este honor otra vez”.

La retórica del aparato afgano señala que los talibanes están pagados por Pakistán. La retórica talibán señala que está es una invasión como la de Malalai y las otras.

Es la una de la mañana y la cabeza me arde. Recuerdo pocos días tan duros.

Pero han pasado las elecciones y no ha habido hecatombe: Afganistán sigue aquí.

Obai me deletrea por teléfono un par de preguntas en pashto para los portavoces de los talibanes. Tengo poca confianza en que respondan. La ISAF sí lo hace: “los talibanes están matando más que nunca porque les estamos combatiendo en más lugares que nunca”. Algo aquí huele a tautología.

Entre enero y junio murieron, según la ONU, 1.271 civiles en la guerra afgana. Junio, con 102 soldados muertos, fue el mes más sangriento para las tropas de la ISAF desde su llegada al país, en 2001. En los últimos tres años los talibanes se han expandido por gran parte del país, incluidas áreas del norte antes tranquilas.

Leo en una revista que las décadas de guerra han puesto en peligro al leopardo de las nieves, expuesto a la caza furtiva y perseguido por su piel. También habla un fotógrafo que presume de adorar el zumo de granada, por lo visto mandamiento número uno de la “afganidad”.

“Anor”, pido a un tendero. Zumo de granada. A ver qué tal.

–         Obai, ¿conoces la Facultad de Letras?

–         Sí

–         Quiero que vayas y preguntes si saben algo de Habibullah Rafí.

La cultura afgana conserva un potente legado oral. Las “moshairas” o recitales poéticos reúnen todavía a miles de personas que se deleitan con los “ghazales” y “landays” de sus poetas. En Jalalabad hay todos los años una “moshaira” especialmente famosa, dedicada a las naranjas.

Traigo una flor conmigo. Tómala o déjame marchar”, cantan todavía las mujeres en los pueblos, supone uno que a buen recaudo de los curiosos.

Kabul – Jalalabad – Peshawar . Una ruta como las perlas de un collar. Afganistán sigue sin reconocer la Línea Durand, una frontera de 2.600 kilómetros trazada por los británicos en 1893, que parte en dos al pueblo pastún. Hoy separa a Afganistán de Pakistán.

La Comisión Electoral ha convocado una rueda de prensa en su sede de la carretera de Jalalabad. Hay varios periodistas españoles. Los de la Comisión han empezado a recibir sobres con votos y con quejas. Los sobres normales son blancos; los de las quejas, marrones.

Unos 50 muertos durante las elecciones. Parece que todo ha ido bien.

Mientras me registran, pregunto a los vigilantes si les gusta Shafiq Mureed. El pueblo afgano está enamorado de la música.

Con la llamada al rezo del bilal y el grito de Malalai, oh, yo me sacrifico, por mi tierra y mi amor, por mi Afganistán hermoso. Hago una pequeña encuesta: todos los seguratas de la puerta en la Comisión Electoral se declaran aficionados a la radiofórmula.

Los talibanes prohibieron los instrumentos de música. En su lugar, potenciaron la “trana”, música vocal cantada por jovencitos. Como Abdul Hakim Sajad. Cantaba:

Toma tu espada y tu pistola, ha llegado el momento del martirio/la yihad es necesaria para todos/vamos, marchemos a la trinchera, ha llegado el momento de la valentía y el honor”.

Tras una semana negociando una entrevista con el presidente del Parlamento, Yunus Qanuni, la opción se cae y con ella se complica mi tema de hoy, una panorámica sobre los señores de la guerra.

Y además, Habibullah Rafi tampoco estaba en su oficina.

La guerra era así, te terminabas acostumbrando. Paseaban por tu calle. Se parapetaban en tu patio. Se apostaban en tu tejado. Todos aquí lo hemos vivido”, dice en la Universidad un estudiante, Farooq. “Por eso somos tíos duros”, ríe.

Tras la retirada de los soviéticos, las diferentes facciones afganas se enzarzaron a tiros y bombas durante años en el barro de Kabul. Muchos dieron la bienvenida a los talibanes en 1996 como una forma de restablecer el orden.

Luego, tuvieron que dejarse la doble b de los talibabas, burqas o barbas, y se desencantaron.

La invasión de los estadounidenses en 2001 fue como una tectónica de placas: la mayoría de los señores de la guerra se alinearon con las tropas internacionales; unos pocos, como Hekmatyar, se echaron al monte.

Los primeros se convirtieron en hombres respetables. Llegaron al Gobierno, al Parlamento. En 2007, aprobaron una amnistía en virtud de la cual quedaban perdonadas las tropelías cometidas antes de la caída del régimen talibán y la invasión del país por las tropas occidentales.

El poeta Abdul Samay Hamid protestó entonces: ¡Salid a las calles!/ Porque esa chica/ en el tejado de tu tienda, bañada en sangre/era quien jugaba con tu hija.

Creo que todavía puedes conseguir en el mercado negro vídeos con (….) matando literalmente a gente”, cuenta Emal Haidary.

El Parlamento afgano tiene 249 escaños (68 están reservados para mujeres). Se han abierto paso líderes como Abdul Rasul Sayyaf, Burhunudín Rabbani, el mulá Ezat, Sayed Ansari, Hazrat Alí, Mohammed Mohaqiq.

Hasta se especula sobre si Hazrat Alí ayudó a Osama Bin Laden a escapar por las cuevas de Tora Bora. Obai y yo logramos contactar con Mohaqiq:

El equivalente al “¿Sí?” telefónico es en Afganistán: “¿Vale?”.

Esta es la tierra de la yihad, y los yihadíes son la gente que rescató al país de la ocupación de la Unión Soviética. Tienen derecho a presentarse a las elecciones y su existencia es buena para el pueblo”, dice Mohaqiq. Habla en tercera persona.

¿Debe una democracia perdonar los crímenes pasados de quienes la abrazan?

El talibán Mujahid responde diciendo que no entiende las preguntas que le hice en pasto.

Ya es lunes.

La ISAF tiene mi acreditación esperando desde hace días. La entregan en la puerta de su base, junto al aeropuerto. Yo debo salir hoy de Afganistán; será una buena idea recogerla de paso. Voro.

El año pasado, los de la ISAF me hicieron esperar 20 minutos en la puerta. Del lado civil, el exterior, de sus muros de hormigón en la sede central de Kabul. Veinte largos minutos con la imagen de tíos con gafas negras y pelo corto.

Esta vez han sido mucho más rápidos. Las tarjetas están listas en la entrada.

– Estáis patrullando menos en la calle que el año pasado, ¿verdad? –pregunto al soldado a cargo de las tarjetas, el teniente Gabriel.

En la calle sólo he visto un par de convoyes turcos. Una maniobra inteligente, la de dejar a los turcos a cargo. Esto, vienen a decir los de la ISAF, no es una guerra entre cristianos y el Islam. (Luego llega uno amenazando con quemar el Corán: todo al traste).

-No tengo ni idea. Quizá es que ahora nos hemos vuelto más sutiles –dice Gabriel mientras me entrega mi acreditación tardía.

Qué satisfacción cuando uno encuentra sentidos.

Salgo del Corolla rojo y me despido de Nazir. Sois muy grandes. El año que viene, le digo, sí que lograré hablar con Habibullah Rafí. Ríe.

Me registran los guardas del aeropuerto. Mi maleta se desliza lentamente por el escáner. La para la Policía. “¿Esto qué es?”, señala. “¿Una piedra?”.

Mierda.

La piedra azul.

–         ¿Dónde están los papeles?

–         No tengo papeles. Es sólo un recuerdo afgano. ¿Hacían falta papeles?

–         No está permitido viajar con ella.

Y sin embargo insisto. El guarda me pregunta quién soy, qué he hecho en Afganistán, adónde me dirijo. Le digo que soy español (“ah, isbaniya”), que viajo a la India. Le muestro mis tarjetas para probar que no miento. Mueve la mano.

–         Dale.

Y qué satisfacción cuando uno encuentra sentidos.

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Afganistán, la polvorienta encrucijada

Estándar

En Afganistán no hay estrategia, solo tácticas. La frase es de un responsable de seguridad que pide no ser nombrado; pero aunque –digamos- anónima, es sentencia de vuelo en el convulso o pacífico (según tomemos la visión pesimista o la optimista) proceso electoral afgano, todavía con ganadores por definir pero desde luego ya encajonado en las acusaciones de fraude, las denuncias de manipulación y la desconfianza generalizada ante el futuro de una guerra que comenzó hace ocho años y no sólo no tiene visos de terminar sino que empeora.

GereshkNada más cerrar los colegios electorales, el pasado día 20 de agosto, entre los periodistas occidentales y la comunidad internacional, quizá con el ejemplo iraní en el subconsciente, comenzó a ganar peso la idea de que las elecciones presidenciales habían sido una pantomima gigantesca orquestada por el Gobierno afgano para perpetuarse en el poder, con la aquiescencia tácita de los poderes occidentales y el silencio sumiso de las organizaciones supranacionales. Y pocos días después saltó la liebre: el principal opositor, Abdulá Abdulá, antiguo ministro de Exteriores y portavoz del señor de la guerra Ahmed Shah Masud, denunció el “fraude masivo”, la “farsa” de recuento, justificada por las más de 2.000 denuncias de irregularidades en el proceso.

No hay aún nada definitivo al respecto (la Comisión de Quejas todavía está evaluando las irregularidades), pero es que lo inusual sería que los comicios fueran intachables: en un país con distritos enteros dominados por los insurgentes talibanes, diarias operaciones de combate y partes de bajas cada vez más nutridos, sin una cultura democrática establecida ni partidos políticos enraizados entre los ciudadanos –por otra parte, mayoritariamente analfabetos. No existe un censo de población fiable y la complicada orografía hizo que la Comisión Electoral tuviera que usar varios miles de burros para llevar las urnas a ciertas áreas aisladas. En estas elecciones, mucha gente ha parecido exigir poco menos que un milagro.

La comunidad internacional se ha gastado cientos de millones de dólares para que Afganistán pudiera celebrar sus elecciones presidenciales; pero con ello y con la masiva abstención quedó refrendada la idea de que en el país hay una democracia sostenida por el extranjero y no compartida por la población, todavía dependiente de los viejos códigos tribales que impiden a la mujer salir de casa y, por ejemplo, registrarse como votante. En muchos pueblos, son los maridos quienes registran a sus mujeres, con el riesgo –denunciado por distintos organismos independientes- de que se emitan tarjetas de votante sobre la base de personas inexistentes, vendidas luego al mejor postor, como hizo público la BBC en una investigación.

Y en esos muchos pueblos, digo, son todavía los viejos líderes tribales quienes deciden el voto de comunidades enteras. Una regla alterada en el sur y el este del país, donde ha sido más palpable la intimidación de los talibanes, que llamaron al boicot de los comicios (“pura propaganda americana”) y amenazaron con represalias a los votantes (cumplidas al menos en tres casos documentados: a dos personas les cortaron los dedos, manchados de tinta en el proceso de votación; y a un campesino le mutilaron la nariz cuando marchaba a las urnas). Se registraron 135 ataques, según el dato oficial.

Mujeres afganas en la cola del voto

Mujeres afganas en la cola del voto

Con todos estos elementos, resulta sorprendente que pese a lo alienígena de la democracia en el viejo sistema tribal afgano, la denunciada sombra del fraude alentado por los barones regionales y las amenazas y atentados de unos insurgentes cada vez más poderosos, haya habido varios millones de afganos decididos a ir a votar limpiamente y con la confianza de que su voto servirá para algo. En el capítulo de lo positivo, y sabiendo que la abstención ha sido masiva, lo mejor que se puede decir es que la democracia tiene algunos adeptos brotes verdes en Afganistán.

Pero esto no obsta para comprender que unas elecciones celebradas con el despliegue de unos 300.000 miembros de las fuerzas de seguridad –de ellos, unos 100.000 soldados extranjeros- son el mejor recordatorio de que Afganistán no solo es un país en guerra, sino que además la situación está más tiempo descontrolada que bajo control: julio fue el mes que marcó el récord de bajas en combate de las tropas internacionales desde la invasión del país, en el año 2001, hasta que esa marca fue superada en agosto. Atentados, explosiones, incursiones rebeldes de baja o media intensidad: un desgaste casi imperceptible pero permanente. Una bomba de relojería.

Los soldados de las tropas internacionales están bien equipados –mucho mejor que sus colegas afganos- y se mueven en unos estrictos protocolos de seguridad que buscan proteger su integridad y minimizar las bajas. Comprensible, pero a la vez con el contratiempo que esto supone -por la inaccesibilidad- para ganarse la simpatía de la población afgana. Y además juegan en desventaja, porque los talibanes no son un cuerpo externo a Afganistán; aparte de su cúpula dirigente, muchos de ellos son pastunes de áreas rurales que no tienen más manera de ganarse la vida que echarse al monte, con un sueldo mejor que el que les pagaría el Ejército (Palabras de alguien de fiar: “¿A quién le interesa que occidente se empantane en Afganistán? Coge un mapa y mira los países limítrofes. Uno a uno”).

Así que son afganos de pura cepa nacidos en el seno de familias igualmente afganas con un código moral tradicional y una lectura ultraconservadora del Islam, pero valores propios y compartidos. Propondrán un orden social anclado en el pasado y unos puntos de vista escalofriantes bajo cualquier estándar internacional, pero a la vez dicen garantizar la seguridad de la población de la que forman parte en la lengua que maneja esa misma población. En esto, tienen un plus esencial sobre las tropas extranjeras, que son un elemento externo y accidental tanto entre las polvorientas colinas de Kabul como no digamos ya en el medio rural.

Los talibanes no atacan a la gente normal, ¿por qué deberíamos tenerles miedo?”, contaba un muchacho pastún venido desde Nangarhar –en el este del país-, a un mítin del muy demócrata Ashraf Ghaní, antes de las elecciones. Es un argumento que la práctica insurgente demuestra falaz, pero lo que importa es que mantiene su calado en una parte no desdeñable de la población, tan cansada de guerras como ansiosa por retornar a una situación de seguridad que se les escapa.

GereshkFíjense: el cuartel de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad) en Kabul es una muralla de cemento, de pesadas puertas custodiadas por unos soldados macedonios con gafas discotequeras que ni se manejan en inglés (no digamos ya en dari) y apenas señalan con gestos que no hay que acercarse más de lo necesario. Y, no lejos, para llegar al Palacio presidencial de Hamid Karzai hay que pasar estrictos controles de seguridad y caminar a pie por una extensa avenida arbolada. Tan verde y tan vacía que uno se pregunta si de verdad está en Kabul o ha salido andando del país, sin darse cuenta.

Es curioso –decía el traductor a nuestro paso por los jardines del presidente Karzai-. Con los talibanes, este espacio estaba abierto para la gente. Todos podían pasear y acercarse por aquí. Y ahora, lo han convertido en una especie de fortaleza”. Así es Kabul: una ciudad vitalista, pero con un barrio entero arrancado a su población y monumentales atascos (los coches se concentran en las pocas vías alternativas, a veces sin asfaltar y cruzadas por rebaños de cabras). Los estudiantes del céntrico instituto Amani –donde votó Karzai y cerca de palacio-, tienen que pasar controles y registros diarios para ir a clase. Si alguno intenta fumarse una clase y salir del centro, la Policía afgana lo envía al calabozo.

Karzai –tan pastún como los talibanes y por eso mismo, su principal dique de contención- se hizo esperar dos horas en la sala de prensa y habló cinco minutos, los suficientes como para dar una visión bien humorada de las elecciones y mostrarse seguro de su triunfo (necesita más del 50 por ciento para proclamarse vencedor en la primera vuelta); pero no dio pistas de lo que hará si gana: si negociará con los insurgentes moderados, como prometió, si ejecutará sus pactos con los señores de la guerra (a los que ha atraído para ganar votos), si mantendrá firmeza respecto a las tropas internacionales pese a sus desencuentros con los EEUU.

No hay estrategias, sólo tácticas”. Y en estas, el jefe de las tropas internacionales en el país, Stanley McChrystal, pide un viraje en el rumbo de una guerra que, de seguir así, “se perderá”. Se trata, ha escrito el general, de dar prioridad a la seguridad de la población afgana frente a los talibanes y de fomentar la presencia del Ejército afgano en las operaciones contra los insurgentes. Pero se trata, en realidad, de continuar con el estado de guerra sin tener en cuenta que, para un sector de los afganos, los talibanes siguen siendo libertadores levantados contra el invasor. Y sin tener en cuenta que el principal enemigo del progreso sigue siendo la falta de oportunidades entre los jóvenes afganos (el 65 por ciento de la población tiene menos de 28 años).

Ramazán Bashardost

Ramazán Bashardost

Esto último es algo que tiene claro el candidato Ramazán Bashardost –tercero en el recuento de voto-, un ex ministro de Planificación que ha hecho campaña desde una tienda de lona emplazada frente al parlamento afgano, sin ningún tipo de protección de seguridad y sin temor de sufrir ataques (¿quién va a querer matarme a mí?, se pregunta). Bashardost combina una fiera lucha contra la corrupción con ideas algo peregrinas respecto al final de la guerra (propone comandos contra objetivos en Pakistán si ese país se inmiscuye en los asuntos afganos), pero la propuesta que importa aquí es su llamada de atención sobre el subdesarrollo del país.

Bashardost acusa a las ONG occidentales de embolsarse dinero destinado a obras públicas, pone nombre a las ovejas negras de las organizaciones estatales de ayuda, rastrea el desvío de fondos en un país que languidece a la cola de los índices mundiales de corrupción. Quiere, dice, el desarrollo para que las pagas militares o insurgentes dejen de ser una opción atractiva –o la única opción- de los jóvenes en un país “acostumbrado a guerrear desde el Paleozoico” (en palabras de una fuente diplomática) y con un deporte nacional, el buzkashí, que es una pequeña batalla en miniatura. Bashardost no tiene posibilidades de victoria, pero ha atraído a un número de votantes suficiente (ronda el 10 por ciento) como para ser tenido en cuenta. “Los votos de Bashardost –bromeaba un colega periodista el primer día de escrutinio- serán los únicos reales en estas elecciones. Lo demás, puro fraude”.

La tienda de Bashardost es tan pequeña como cualquiera de los dos cañones que adornan la entrada del surrealista palacio de Karzai. En un lugar como Afganistán, donde la vida vale menos que un melón, bastaría con que uno de esos integristas suicidas corriera unos metros desde la carretera para llevarse de un soplo explosivo a Bashardost y a su tienda. Pero, paradójicamente, estar allí mete menos miedo que pasar veinte minutos a las puertas de la ISAF, con los soldados macedonios impidiendo el paso y -es un suponer- en la mirilla de los insurgentes. Y de lo que ocurre en Afganistán con los palacios da buen testimonio el edificio de Darul Amán, la mole inmensa del shá. Hoy yace ruinoso a las afueras de Kabul –bien es verdad que todavía majestuoso- y vigilado por un grupo de aburridos soldados que matan las horas tumbados a pierna suelta en camastros a la sombra, parapetados tras interminables alambradas.

palacio de darulaman, kabul

palacio de darulaman, kabul

Desde los huecos para los ventanales de Darul Amán, vieja morada del rey, se divisa Kabul, a lo lejos. Una ciudad entre montañas tomada por el polvoriento calor del verano y por miles de soldados venidos de muy lejos mientras el mundo se interroga para qué sirve todo esto.

Afganistán es un país partido en tribus y etnias de difícil convivencia –pastunes, tayikos, hazaras, uzbecos-, con dos generaciones enteras que han crecido con la guerra como hábitat natural. Una encrucijada de rutas con vecinos de ambiciones opuestas que la han convertido en tablero de sus intereses propios (país sin mar, hay tres vías de suministro terrestre, pero los occidentales no controlan ninguna), como lleva pasando desde Alejandro Magno. Los mimbres del estado son débiles y a Karzai lo llaman viciosamente el “alcalde de Kabul”, porque su control sobre el país no llega ni a los pilotos del avión presidencial (historia que contaré otro día).

Hablando de aviones: regresaba desde Kabul vía Kandahar, un vuelo de la compañía Ariana que domina a baja altura las montañas de Ghazni y Zabul antes de llegar al pedregoso aeropuerto del bastión talibán. Un azaroso compañero de viaje me iba señalando los accidentes de las sierras, aquí un pueblo, allí un valle, dominado todo por las ocres montañas afganas. “¿Eres tayiko o pastún?”, le pregunté. “Soy afgano”, me respondió con retintín. Y ya más serio, fue detallando los peligros del camino allá abajo: talibanes, salteadores, mujeres atrapadas, pobreza por todas partes. La mayoría de los jóvenes en este país no tienen de qué vivir ni saben qué hacer”, decía, “la demanda de desarrollo es urgente y vital ”.

O sea, me despedí de Afganistán, más estrategia y menos tácticas.

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Suerte para Cáceres 2016

Estándar

Se trata del palacio de Darul Aman, a unos 10 kilómetros del centro de Kabul. Fue construido por el gran rey afgano Amanulá en la década de 1920, pero, tras varios incendios y décadas de guerra a tumba abierta, su interior está completamente destruido. Sus únicos habitantes son un pájaro majestuoso, una camada de cachorros recién nacidos y unos cuantos soldados que holgazanean en camastros a la sombra.

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