032 Botella de agua con gas intenso

Estándar

Todas las tardes, hacia el fin de la jornada laboral
tengo sed. Una sed algo molesta.

Bebería de grifo, pero pienso en los compuestos químicos para tratar el agua,
pienso en el óxido de las cañerías,
pienso en bichos ciscando por ellas como si fueran toboganes.

Así que quiero beber agua de marca:
agua de botella con gas intenso,
y cuesta 70 céntimos en la máquina expendedora de la entrada.

Cuando bebo de grifo, me siento culpable de algo.
No sé cómo he llegado a esta situación de dependencia
del agua de botella con gas intenso,
pero es algo molesta.

Echas tus 70 céntimos y a la máquina expendedora le crujen los huesos.
Metes la mano en un agujero y ahí sale la botella,
curvada y elegante, fría como un filo de plata,
rojo el tapón y las etiquetas que habrán sido preparadas
por diseñadores de algún barrio de mediana categoría.

La botella tiene forma de modelo desfilando,
algunas gotas húmedas la hacen agradable al tacto,
y a la vez sus ingredientes bien descritos y los avisos de las etiquetas
la convierten en una conocida de toda la vida.

Y sabes,
cuando me llevo a los labios este agua con gas intenso
a 70 céntimos la botella
es como si le estuviera dando un trago a toda la naturaleza
perfectamente etiquetada en un oasis de civilización.

Es tan fácil saciar las ansias de felicidad,
ahora que me está entrando sed
y tengo ahí los 70 céntimos sobre la mesa.

Ya está, la civilización soy yo sentado ante esta mesa
y voy a beberme un regato que corre por el bosque.
Que el mundo se entere de quién manda aquí.

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