Día internacional de la pobreza: cifras y causas de la endémica pobreza india

November 5, 2009

Nueva Delhi, 16 oct 2009.- En vísperas del Día Internacional por la Erradicación de la Pobreza, la India sigue siendo hogar para un tercio de los más pobres del mundo, víctimas de la alta presión demográfica, la dependencia agrícola, el analfabetismo y el rígido sistema de castas que aún constriñen el futuro del país.
Según el Banco Mundial, el 41,6 por ciento de los indios vivía en 2005 con menos de 1,25 dólares diarios (0,84 euros), la línea internacional de la pobreza, que el Gobierno indio reduce a 12 rupias (un cuarto de dólar ó 0,17 euros).
La India inició la liberalización de su economía a principios de la década de 1990 con un 36 por ciento de pobres “oficiales” y redujo ese porcentaje al 28,6 en 2000 y al 27,5 en 2005, un ritmo que convierte en quimera el cumplimiento del “objetivo del milenio” de la ONU de 2000 que pretendía reducir la pobreza a la mitad para 2015.
“La verdadera razón de la pobreza está en que las políticas públicas no están orientadas a una buena gobernación ni están formuladas apropiadamente. No se genera trabajo, no hay atención sanitaria, ni educación”, explicó a Efe el sociólogo Dipankar Gupta.
En el siglo XIX, la India llegó a poseer el 16 por ciento de la riqueza mundial, pero el país no logró conectarse a la revolución industrial.
Tampoco ayudó a la reducción de la pobreza la política de los años posteriores a la independencia (1947), que sujetó a la industria privada con un complejo sistema de licencias y abocó al país a un crecimiento menor que el de los “tigres asiáticos“.
Pese al fuerte crecimiento del PIB y las últimas dos décadas de liberalización, la mayoría de los indios siguen atados al campo, un sector de magro crecimiento y peso económico decreciente.
La agricultura ocupa a dos tercios de la población, pero sólo genera el 17,8 por ciento del PIB. Según el Banco Mundial, precisa reformas y no es “ni económica ni ambientalmente sostenible“.
“La agricultura nunca podrá crecer al mismo ritmo que los demás sectores. La solución para nuestro crecimiento pasa por mover a los trabajadores desde los sectores agrícolas hacia los demás”, aseguró a Efe el ex presidente del Consejo Económico de la India Suresh Tendulkar.
En las zonas rurales, donde viven el 75 por ciento de los pobres, sigue además vigente el sistema de castas, una estructura que aboca a los peor situados en él a ocuparse en las tareas que nadie más quiere y bajo condiciones ímprobas.
Sin embargo, los analistas indios confían en que el desarrollo manufacturero y de los servicios llevarán aparejada una progresiva migración a las ciudades y, de rebote, la pérdida de significado de este jerárquico sistema, para algunos causa última de la pobreza del país.
“El sistema de castas se ha colapsado. Los terratenientes ya no ocupan la posición que tenían y ya no pueden movilizar como antes a la población. La casta no desaparecerá, pero continuará sólo como un fenómeno de identidad y amor propio”, predijo Gupta.
Por prometedor que sea su futuro, la India sigue sufriendo graves carencias en el plano del desarrollo humano: el 15,5 por ciento de los indios no vive más de 40 años, una de cada tres personas no saben leer y el 47 por ciento de los niños están malnutridos.
Un informe de ActionAid difundido hoy con ocasión del Día Mundial de la Alimentación revela que el país ha añadido 30 millones de personas a sus filas de hambrientos desde mediados de la década de 1990.
“El lado oscuro del crecimiento económico indio ha sido que los grupos sociales excluidos han sido más marginalizados”, constató el director de ActionAid India, Babu Matthew, según la agencia IANS.
Y todo ello pese a la aprobación de leyes y programas para combatir la pobreza cuya “implementación sigue siendo un reto masivo en ausencia de reconocimiento de los derechos de los pobres”, según el responsable de Derecho a la Alimentación de esta ONG, Amar Joyti Nayak.
En opinión de Gupta, los esfuerzos del Estado desde la independencia -subsidios alimentarios, control de precios, mejoras de técnicas agrícolas, medidas educativas- sí repercutieron en el fin de las grandes hambrunas, pero es hora de dar el siguiente paso.
“El Estado -concluyó- debe ejercer su liderazgo para fomentar un cambio de modelo, invertir en salud, en educación. No habrá cambios si las elites indias se preocupan sólo de sí mismas. Los pobres no lucharán si ven que puedan perder la subvención de combustible“.

De castas y colores en la India urbana

October 19, 2009

Cuando las ciudades se hagan con la centralidad cultural de la civilización india, las castas perderán su preponderancia, asentada con más solidez en la India rural. En las grandes ciudades -indias o euroamericanas-, los contactos personales cotidianos son mucho más flexibles y menos identitarios. Con un mero intercambio visual o una breve transacción de servicios, no hay manera de adscribir una persona a la casta rajputa, por poderoso que fuera su sentimiento de pertenencia o mi deseo de averiguarlo. La casta no deja marcas étnicas y opera como un magma que supera brechas lingüísticas, regionales y, en algunos casos, hasta religiosas y laborales. Por eso se diluirá cuando deje de ser útil. Pero esta verdad, intuitiva si no fuera porque la suscribe una parte no desdeñable de los sociólogos indios, no significa que vaya a desaparecer la desigualdad, así, de un plumazo.

El cuarto mundo de Bombay

El cuarto mundo de Bombay

En los últimos años, la élite india se precia de que su poder adquisitivo y cultural ha acortado la distancia con respecto a Occidente. Y en un sentido, tienen razón: en la India urbana es mucho más efectiva la clase como instrumento de segregación social (¡si me escuchara Lenín!), el tradicional cleavage entre el rico y el pobre, más atento a las disquisiciones de bolsillo y consumo que de cuna e hidalguía. Esto lo comprobé de lleno en la pasada fiesta del Dashera, apología del bien sobre el mal. Cada año, la autoridad de la barriada monta un escenario improvisado, con unos centenares de sillas de terraza y tres gigantescos diablos cabezones que irán directos a la pira fallera una vez que el dios Ram concrete su victoria sobre el demonio Rávana.

De la suma de representación teatral, parafernalia religiosa y final quema de los malísimos, el resultado es la típica riada humana que colorea cada festival religioso de la India. Pero esta vez había guardas vigilando el paso y requiriendo selectivamente un supuesto ticket gratuito. Esto lo supe luego –pasé la barrera improvisada sin saber nada de la historia. Al ver cómo se organizaba el respetable, empecé a comprender que lo estaba pasando: el parque se llenaba de “kameez” de seda, jóvenes en vaqueros y niños con criada. Y contra la verja, se apiñaba luchando por ver algo la casta de los sirvientes: los ruidosos adolescentes con ropa chillona, los saris de tela mala, o sea, la gente repeinada con el cabello apegotado de bañarse en barreños sin bote de champú.

Demonios cabezudos del Dashera

Demonios cabezudos del Dashera

Los guardas, más que organizar el acceso, estaban separando el grano de la paja, la India que manda de la que no cuenta, con la excusa de un ticket que a mí ni me pidieron porque no existía.  Es que tú no tienes mala pinta, llegó a decirme un vecino con un argumento de garito nocturno. This is India, my son. Es verdad que con el tiempo de espera, la alerta del guarda se relajó y los chavales más avispados lograron, de una forma u otra (escalando verja, despistando al vigilante) entrar en el parque y apuntarse al jolgorio, aunque sin derecho a silla. Pero para entonces, yo ya había olvidado al dios Ram y me encontraba ocupado observando a los sirvientes Ram y Sita Prasad, de Nueva Delhi.

Los Ram y Sita que harían suyas las palabras de Balram, el chófer de la novela premiada con el Booker británico “Tigre Blanco”, hablando de la camiseta de su jefe: “No era como la camiseta que yo llegaría a comprar en una tienda. La mayor parte de ella estaba vacía y blanca, y había un pequeño diseño en el centro. Yo habría comprado algo muy colorido, con un montón de palabras y diseños en ella. Más valor por el mismo dinero”. A los tigres blancos se les reconoce por su ropa de diseños recargados, líneas turbulentas de inequívoco bajo precio;  y también por la piel más oscura, de trabajar a pleno sol, empleados como chicos de los recados, chóferes, limpiadoras. En todos los casos, con sueldos que causan sonrojo y una vida que sólo excepcionalmente se eleva por encima del rasero de dignidad.

La primera mención histórica de las castas o varnas (“colores”) primordiales está en el mítico “Rig Veda“, cantos con más de 3.000 años. Pero en la India actual de las ciudades septentrionales, la brecha visual no es de varna, sino de ropa y sobre todo de sol, en función de la bien valorada tez suave de las clases sociales altas –hay cremas blanqueadoras en cada tocador para esta lucha constante- y la tez agromán de la gente de sueldos por debajo de 100 euros, que tiene tan prohibida la entrada en los centros comerciales como la mención de su existencia en la India de la “historia de éxito”, es decir, la versión que sus élites se esfuerzan por vender en el exterior y ser así tomadas en serio en los foros internacionales.

Grupo indio de danza

Grupo indio de danza

En la India –decía el otro día el sociólogo Dipankar Gupta- los ricos dependen de los pobres. No podrían vivir en su nivel sin ellos. Tome como ejemplo el sector de las tecnologías de la información, supuestamente una historia de éxito. Ellos mismos reconocen que sus beneficios provienen de los escasos costes laborales, y que se basan en tareas de nula formación técnica. Conozco grandes ricos que dan dos dólares de propina al portero del hotel y al mismo tiempo se enfurecen cuando un sirviente les pide un pequeño aumento”.

Campañas propagandísticas y libros de mantra empresarial aparte, ahí van los datos: según el Banco Mundial (2005), el 41,6 por ciento de los indios viven con menos de 1,25 dólares diarios, la línea internacional de pobreza (según el indicador nacional indio, el porcentaje baja hasta el 27,5 por ciento). Las cifras son alarmantes, pero además hay que ponerles dos cláusulas. La primera es que vivir con más de 1,25 dólares al día no significa que uno viva con desahogo. Si ponemos el límite en 2 dólares diarios, resulta que el 75,6 por ciento de la población india no lo rebasa: esto quiere decir que en la India, 800 millones de personas viven con menos de dos dólares al día. La “great indian middle class” (gran clase media india) es menos grande en una sociedad donde sólo el 3 por ciento de la población posee un coche.

La segunda puntualización se refiere al modelo indio. Como recuerda el propio Gupta en su libro “The caged phoenix“, esa forma de medir la pobreza es un triste eufemismo, porque lo que marca la línea es si la gente puede comprar la comida suficiente como para garantizar su propia supervivencia. Esto quiere decir que ese 27,5 por ciento de la población incapaz de llegar a la cantidad fijada por el rasero no está solo en condiciones de pobreza, sino de pura inanición. O sea, mal que bien, pasando hambre.

Dhobi Ghat de Bombay

Dhobi Ghat de Bombay

En la ciudad, aun siendo refugio del cuarto mundo, la situación no es tan dramática y urgente como en las zonas rurales más depauperadas. El grueso del crecimiento indio en los años postreforma se lo ha llevado la cúspide de la pirámide, es decir, las empresas manufactureras y del sector servicios. Pero esto no quiere decir que los pobres de las urbes no estén sometidos a un drama brutal. En plena fiesta del Dashera supe de la muy ilustrativa historia de una de las planchadoras de la zona: tuvo la suerte o mala suerte de dar a luz a una niña de piel muy blanca, una característica tan apreciada –a las chicas de piel clara se les presupone un futuro marido mejor posicionado y mayor consideración social- que su vecina la raptó y trató de arrebatársela, hasta que intervino la Policía para poner paz y nada más .

Miento, para algo más: sólo unos días después de la fiesta en el parque, tuve ocasión de presenciar qué tipo de plaga aqueja a la Policía. Era noche de mercado y una patrulla de agentes andaba apostada junto a los tenderetes, especializados en los petardos del Diwali (la fiesta de las luces). A las diez de la noche, hora de cerrar, se entabló una susurrante discusión entre las vendedoras  –todas mujeres, en un ir y venir silenciosamente agitado- y uno de los agentes, apoyado discretamente en un poste junto a la carretera.  “Nos piden –me confesó una de las ellas- 500 rupias para dejarnos continuar una hora más de venta”. Haciendo honor a la demoledora reputación policial entre los pobres, víctimas principales de la corrupción y el pago de sobornos, una pasó un billete al bolsillo del policía, apellidado Bhardwaj (según la placa), al fin y al cabo otro superviviente.

El poder de los agentes de barrio –piel curtida bajo el sol, para más señas- llega a la gente del barrio: la Policía no hablaría jamás de la misma forma a los tigres blancos sometidos al jornal diario que a sus amos. Ricos y pobres están estrechamente conectados, pero la segregación social es la del calibre que separa al ciudadano del súbdito, cierto que con el paréntesis ocasional de las elecciones: unos salen de los centros comerciales, los otros siguen fieles –no pueden elegir- a sus polvorientas “dhabas” de tés a cinco rupias.

Manmohan Singh, junto a Barack Obama

Manmohan Singh, junto a Barack Obama

Un país tan grande –se indignarán con razón los estudiosos- es mucho más que la brecha de clase, es simplista reducirlo a una dicotomía de ricos y pobres. Vale, la desigualdad por razón de riqueza explica sólo una parte de la India, pero tiene una importancia fundamental: las castas, las religiones, las lenguas, los dimes y diretes regionales operan en el interior de la India y fundamentan la organización del país. También las clases: pero además, añaden que de cara al exterior son los más pudientes –entre quienes se cuenta la muy poderosa diáspora- quienes actúan como embajadores del país, porque con sus usos más cercanos a Occidente manejan la estrategia de su relato nacional.

Me explico con un ejemplo: al poco de llegar a la India, me sorprendían los abracadabrismos de la prensa anglófona, que es la que usan (usamos) los occidentales para tomar el pulso al país. En la calle, yo veía riadas de gente bregando por la supervivencia, el constante recurso a los trucos de Lazarillo de Tormes. Pero los medios estaban muy lejos, más ocupados de los hechos consuetudinarios que acontecen en la rúa: ayer ganamos el mundial de críquet, hoy llegamos a la luna, todo el mundo admira el poder de la India, la pobreza –les falta decir- es un invento de Pakistán para desestabilizar al país. Luego comprendí el truco: para muchos lectores (los lectores de élite, que son los que se expresan en inglés), la pobreza ha pasado a formar parte del atrezzo, es un elemento del paisaje con la que uno lleva conviviendo (“estrechamente conectados”) desde el nacimiento, y por lo mismo, en general no es material-noticia. Lo que hay que contar -vienen a decir- es que la India ya es una historia de éxito.

Tráfico en una ciudad india

Tráfico en una ciudad india

La gran paradoja de las élites indias a este respecto es que, mientras practican un salvaje dumping social dentro de sus fronteras y aprovechan los bajos costes de la sirvienta de la cocina y del botones de la empresa, intentan a la vez silenciar o bajar el ruido de su existencia y de la de los cientos de millones de pobres que todavía hay en el país. El propio ministro de Interior –antes de Finanzas-, Palaniappan Chidambaram, llegó al malabarismo de decir que la India no es un país pobre, sino un país en el que “el grueso de la población es pobre”.  También dijo –le doy la razón- en que si la administración añade a 200 ó 300 millones de personas al mercado productivo, el producto interior bruto del país saldrá disparado.  El dilema está en si para ello las autoridades empezarán a enviar tickets a los tigres blancos para la próxima función teatral. Porque hasta ahora, la mejor forma que tienen todavía los sirvientes de disfrutar la fiesta es tirando los petardos del Diwali comprados por el amo, para que su heredero se divierta sin peligro.

Un complejo de presas dejará sin casa a 200.000 personas en la India

December 14, 2008

Nueva Delhi, 2 ene 2007.- Unas 200.000 personas verán sus tierras y casas anegadas por las aguas tras la inauguración de una de las mayores presas indias, en el río occidental de Narmada, según denunciaron hoy cientos de activistas reunidos frente al Ministerio de Justicia Social, en Nueva Delhi.
Inaugurada este pasado fin de semana, la presa “Sardar Sarovar“, con 121,92 metros de alto y una longitud de 1.250 metros, proporcionará agua a 36 millones de personas y tendrá una capacidad generadora de 1.450 megavatios de electricidad, tras unas obras de construcción maratonianas que comenzaron en 1987.
Y, sin embargo, el proyecto, uno de los más costosos del país, ha alimentado una poderosa controversia porque supondrá el desplazamiento de 200.000 personas procedentes de 244 pueblos, y anegará una superficie de 380 kilómetros cuadrados (mayor que la isla de Malta), con gran impacto patrimonial y medioambiental.
Desde su inicio, las protestas han sido canalizadas por el grupo Narmada Bachao Andolan (Movimiento para Salvar Narmada), que se manifestó hoy frente al Ministerio de Justicia Social para que las 40.000 familias afectadas reciban ayudas.
“Este es un proyecto criminal que conculca todas las leyes. En la zona hay 200.000 personas que perderán la tierra cultivable y carecen de ayudas para irse de allí. El Gobierno debe saber que no dejaremos Narmada mientras la gente no reciba sus compensaciones”, dijo a EFE la líder del movimiento, Medha Patkar.
Sardar Sarovar es la mayor presa del proyecto, un macro-complejo de 30 pantanos en el río Narmada que afectará a cuatro regiones del oeste de la India, después de un largo proceso judicial en el que los tribunales modificaron en cinco ocasiones la altura permitida de la construcción.
Aunque el gobernador de la occidental región de Gujarat, Narendra Modi, inauguró la presa este fin de semana, Patkar subrayó que algunos de los canales del proyecto aún están incompletos, y que las autoridades no han previsto todavía ayudas ni medidas para nuevos asentamientos de la población.
“Con la llegada del monzón, las aguas anegarán el sustento y la vivienda de más de 40.000 familias”, denunció Patkar, entre cánticos de los manifestantes.
La primera piedra fue depositada simbólicamente por el entonces primer ministro, Jawaharlal Nehru, en el año 1961, pero los trabajos de la presa comenzaron mucho más tarde, en 1987, con la oposición de varios grupos de activistas y personalidades como la escritora Arundhati Roy.
El Banco Mundial también se desmarcó del proyecto en la década de 1990 por estimar que las críticas estaban bien fundamentadas, tras haber dado un apoyo inicial a la presa de 440 millones de dólares (340 millones de euros).
No obstante, el Gobierno de la región de Gujarat no comparte los reproches al complejo, y, según dijo a EFE su portavoz, Bagesh Jha, la presa tendrá un “gran impacto positivo sobre las irrigaciones, la electricidad y el abastecimiento de agua”, además de simbolizar “el ‘boom’ económico que vive la India“.
“No es justo que haya quejas. El pantano ha creado mucho empleo, y estamos teniendo cuidado con los afectados y hemos otorgado ayudas suficientes”, aseveró.
Sardar Sarovar, que ha dado trabajo a cientos de miles de personas anualmente, prevendrá inundaciones y contendrá el avance de las arenas del desierto, con irrigaciones que alcanzarán 18.000 kilómetros cuadrados y abastecerán de agua a 8.215 pueblos, según los datos oficiales.
Entre familias afectadas, fondos escasos y problemas con la Justicia, la construcción ha seguido un tortuoso proceso desde que Nehru puso hace 46 años la primera piedra, hasta que el último día del año una máquina activada por el gobernador de Gujarat depositó el último cubo de cemento en la estructura.
La India ha dado un gran salto adelante. El pantano cambiará el futuro del país”, dijo Modi al pulsar el botón.