09 Bunhill fields

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Este es un momento original:
empieza a llover en Londres.

La tumba de William Blake está en el cementerio de los disidentes
de las lápidas sin nombre
de la gente que conviene olvidar.
Para llegar hay que atravesar una calle llena de supermercados y tabernas,
pintas y fregonas.
Entre las tumbas inglesas de este curioso cementerio,
lisas, mágicas,
hay palomas y corretean las ardillas a ras de hierba.
Junto a una lápida sobre la que hay una calavera esculpida,
una mujer madura un poco narizona
les da migas de pan mientras les cuenta algo.

Bunyan, Defoe, Blake. Yo mismo y mis amigos.
Calculo que hay unos pocos cientos de lápidas,
el cartel de la puerta dice que hay más de 120.000 cuerpos enterrados.

Como llovía
hemos tenido que comprar unos paraguas chinos
de líneas estridentes y corazones de colores.
Estábamos ahí sentados, en el banco junto a la tumba de Blake,
como esperando que se levantara él mismo a saludar,
a decirnos, qué valientes sois, vaya unos paraguas que habéis comprado.

Ahí es cuando la mujer de las palomas se ha ido,
con sus katiuskas marrones, su probable soledad
que consiste en alimentar palomas en un día lluvioso y laborable de Londres,
justo antes de la hora del cierre en un parque-cementerio,
Se nos ha ocurrido que podría ser el fantasma de la mujer de Blake,
de Catalina Sofía, que murió cuatro o cinco años después que él,
y está enterrada por ahí bajo la tumba.
Hay gente que ha dejado unas monedas en la lápida,
nosotros vamos a dejar unas flores.

Un par de adolescentes nos han dicho cómo llegar a los supermercados Waitrose,
donde uno puede comprarse ramos de flores en oferta,
ramos por cero coma algo pounds.
Hemos cogido las más baratas y feas, tres ramos de gladiolos
al 90% de descuento,
que tendrían que habernos felicitado por comprarlos.
Y al ir a pagarlos y con la cajera diciendo que estaba a punto de irse de vacaciones,
allí estaba otra vez Catalina Sofía,
justo delante de nosotros, pagando su compra,
y luego se ha marchado cargada de bolsas del Waitrose,
tambaleándose un poco a causa del peso, bajo la lluvia,

Allí estaba el fantasma, gente anónima de Londres,
120.000 cuerpos por kilómetro cuadrado enterrados en algún momento del día,
y se ha ido.

Nosotros hemos vuelto al cementerio de los disidentes,
y hemos puesto tres ramos de flores en la tumba del poeta.
Luego nos hemos hecho una fotografía con las flores ya en tierra,
ramos que parecían verdes manos tétricas saliendo del suelo,
llevándose a Blake..
Somos unos valientes, este es el camino del exceso,
gentes venidas de alguna parte dos siglos después que te dejan flores pochas,
se resguardan de la lluvia con paraguas chinos,
fantasean con tu mujer y sus reencarnaciones posibles.

Me voy dando cuenta de que así contada la cosa
suena casi tan turbia como de hecho lo ha sido.
Había creído que a alguien como Blake le habría gustado esta visita,
que quizá nos hubiera lanzado una maldición irónica,
vaya unos paraguas, vaya unos gladiolos, sois unos valientes.
Ahora creo más bien que en realidad le importa todo un bledo
y que las flores o se las ha llevado alguien para regalarlas en casa
o las habrá tirado un jardinero a la basura a la hora del cierre,
o Catalina Sofia.

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