Maldivos eligen a un activista por la democracia como próximo presidente
February 4, 2009
Nueva Delhi, 29 oct (EFE).- Los maldivos han votado por el cambio y otorgado la victoria al opositor Mohamed Nashid en las primeras elecciones presidenciales multipartidistas, que expulsan a Maumun Abdul Gayum del poder después de 30 años, según datos publicados hoy por la Comisión Electoral.
Con todos los sufragios escrutados, Gayum logró el 45,79 por ciento de las votos, frente al 54,21 por ciento de su rival, el activista prodemocracia Nashid, según el cómputo provisional recogido en la página web de la Comisión Electoral.
El vencedor, de 41 años, se presentó a la cabeza del Partido Democrático de Maldivas (MDP) y cuenta con un amplio historial de lucha por la democracia en el archipiélago índico, hasta el punto de que ha sido encarcelado en varias ocasiones por su militancia.
“Hemos acabado con la autocracia y ahora toca trabajar por la democracia. Contamos con todos y no habrá conflictos por nuestra parte. Queremos un cambio pacífico y sin discriminaciones”, dijo a Efe por teléfono desde Male el portavoz del MDP, Mohamed Zahir.
Nashid será el primer presidente salido de unas elecciones multipartidistas en el archipiélago del Índico, compuesto por unas 1.200 islas y gobernado por Gayum, de 70 años, desde 1978.
Este había recurrido a enmiendas constitucionales y referendos personales para perpetuarse en el poder, pero en los últimos años se vio obligado a reformar el régimen y abrirlo a la democracia multipartidista.
“Queridos ciudadanos de Maldivas, acepto los resultados de las elecciones del 28 de octubre y felicito respetuosamente a Mohamed Nashid y su partido”, dijo Gayum en una entrevista concedida al canal de radio Voice of Maldives, recogida por el portal maldivo “Minivan News”.
“Le ofrezco (a Nashid) mi apoyo durante la transición, según lo estipulado en la Constitución (…) Estoy orgulloso por mi papel en la introducción de una nueva era de democracia”, añadió, tras dar las gracias a la población por darle la “oportunidad” de liderar el país en las últimas décadas.
El presidente saliente se había impuesto en la primera vuelta electoral, el pasado día 8, con un 40,63 por ciento de los votos, por debajo del 50 por ciento necesario para la victoria.
Nashid quedó en segunda posición con un 25,09 por ciento, aunque más tarde tres de los cuatro candidatos que quedaron descartados en la primera ronda le brindaron su apoyo para la segunda.
Según los datos de la Comisión Electoral, el 86,58 por ciento de los electores se acercaron a las urnas para depositar ayer su voto, sobre un total de 209.294 ciudadanos llamados a las urnas.
Los comicios de este martes transcurrieron con menos contratiempos que la primera vuelta, salpicada de denuncias de irregularidades e incluso una petición para suspender las votaciones.
“El proceso ha sido un triunfo de la democracia y es bueno que exista una renovación. Las elecciones han tenido un margen de limpieza y los incidentes han sido irrelevantes”, dijo a Efe por teléfono una fuente diplomática occidental.
Tras conocer los primeros resultados, los seguidores de Nashid (más conocido como “Anni”), se echaron a las calles de la capital para celebrar la victoria de su líder y reivindicar su eslogan, “otras Maldivas”.
Durante su activismo contra el régimen de Gayum, Nashid fue encarcelado en varias ocasiones y llegó a ser considerado por Amnistía Internacional como un “preso de conciencia”.
Su victoria electoral es la culminación de su lucha por la instauración de la democracia, tras su activismo como periodista en la década de 1990 y la creación de su formación política, en el año 2005, poco después de la legalización de los partidos.
Ingeniero de formación, casado y padre de dos hijas, Nashid ha prometido acabar con la corrupción, reducir el coste de la vida, desarrollar el sistema de sanidad y convertir el palacio presidencial de Gayum en la primera universidad de las Maldivas.
La toma de posesión del presidente está prevista para el próximo 11 de noviembre.
Bután “aprende” a ser democrático con un simulacro electoral
January 18, 2009
Nueva Delhi, 21 abr 2007.- En plena transición hacia la democracia, todo está preparado en Bután para la celebración de un masivo simulacro electoral donde los candidatos serán estudiantes de instituto, en representación de partidos ficticios con programas imaginarios.
Las “elecciones” comenzarán hoy en los 47 distritos (“dzongda”) del país, con 869 mesas de voto, un máximo de 1.000 votantes por mesa y unos 4.000 funcionarios encargados de la limpieza del proceso, antes de los verdaderos comicios, previstos para el año que viene.
“Todo está listo para el simulacro, con cuatro partidos inventados y estudiantes de instituto como candidatos”, dijo en Thimpu (la capital) el jefe de la Comisión electoral de Bután, Dasho Kunzang Wangdi, en declaraciones al rotativo “Kuensel”.
Además, los partidos -llamados Dragón del Trueno Azul, Rojo, Verde y Amarillo- tendrán programas de Gobierno y manifiestos ficticios, sobre asuntos de industria o medio ambiente.
“Los dos partidos con mayor número de votos pasarán a la segunda ronda”, el próximo 28 de mayo, dijo Wangdi.
Las elecciones de 2008 serán las primeras democráticas del pequeño y aislado país, que, aunque disfruta de un crecimiento económico espectacular (14 por ciento en 2006), sigue siendo uno de los más aislados del mundo, hasta el punto de que incluso el turismo está sujeto a monopolio gubernamental.
El año 2008 significará además el paso de la monarquía absoluta, vigente desde 1953, a la democracia parlamentaria, si bien hasta el momento hay sólo dos partidos -reales- en vías de registro.
Pero antes, los butaneses deben ratificar en un referéndum un proyecto de Constitución de 34 puntos que fue aprobado en 2004.
“Estamos emocionados, con la democracia llamando a nuestra puerta”, dijo un tendero en la ciudad fronteriza con India de Samdrup Jongkhar, en declaraciones a la agencia india IANS.
La transición de este reino de las estribaciones del Himalaya desde la monarquía absoluta comenzó en el año 2001, cuando el antiguo rey, Jigme Singye Wangchuk, cedió sus poderes de gestión diaria de los asuntos de gobierno a un consejo ministerial.
Y, en diciembre del año pasado, ese monarca, cansado del poder, abdicó del trono en favor de su hijo, Jigme Khesar, un joven de 26 años educado en Oxford (Reino Unido) que ha continuado con el proceso.
“El rey anima a la gente a participar en las elecciones y está siguiendo personalmente el primer proceso democrático”, dijo Wangdi.
Según el jefe de la comisión electoral, los funcionarios han establecido sus oficinas en los distritos y los oficiales electorales han acudido a sus respectivas unidades, mientras que el personal de seguridad y los equipos de encuesta están supervisados por sus coordinadores respectivos.
Dado que se trata de una experiencia novedosa en el país, acostumbrado a la monarquía absoluta, los funcionarios han tenido que delimitar las circunscripciones, poniendo buen cuidado en que las urnas sean accesibles hasta en los lugares peor comunicados.
El objetivo es que todos los butaneses llamados a votar (unos 400.000) puedan hacerlo por el dragón tronante de su color preferido sin que resulten “perturbadas” sus actividades diarias.
“Esperamos que vote un gran número de personas, porque para ellos será importante darse cuenta de cuál será su papel en las verdaderas elecciones”, agregó un confiado Wangdi.
Pero lo más parecido que existe en Bután a un sondeo preelectoral, una primaria encuesta virtual del rotativo “Kuensel”, muestra que sólo el 43 por ciento de quienes respondieron afirmaron que participarán en el simulacro.
“No sabemos si la política es buena para Bután. Todavía tenemos fe en la monarquía”, dijo a IANS un confundido funcionario jubilado de 65 años, P. Dendup.
Con éxito de participación o con la indiferencia de la población, al término del simulacro habrá en Bután una persona que podrá contar que una vez, cuando era estudiante de instituto, fue elegido por sus compatriotas para ser “primer ministro”.
“Yo no soy un pájaro”
December 14, 2008
Vídeo: Chal Ud Ja Re Panch.
Cuando el viejo general Pervez Musharraf, derrotado en las urnas, tuvo que dimitir del cargo de presidente, cuentan que un ayudante llegó a su despacho y le pilló escuchando su canción favorita: “Vuela, pájaro, vuela”. Su ayudante se preguntó si sondeaba marcharse al exilio. “No, yo no soy un pájaro -le respondió Musharraf-. Y me quedo en Pakistán”.
Actualización 07/10/09. Musharraf vive en Londres bajo una fuerte protección policial y vive de dar conferencias en universidades de los Estados Unidos. No se plantea volver a Pakistán. Al menos, por el momento.
Los hijos de Jawaharlal Nehru
December 14, 2008
Las urnas más cercanas (o debería decir “la máquina”) están situadas en la escuela pública del barrio. La policía ha puesto barreras para limitar el tráfico y facilitar los accesos a los votantes, que acuden acicalados y bien vestidos; deben elegir a su representante para la conurbación de Nueva Delhi, un cuerpo electoral del tamaño de Holanda o Chile. Esto no debería estar pasando: en realidad, las elecciones tuvieron lugar hace semanas y los resultados se conocieron hace unos días: amplia victoria –la tercera consecutiva- para el Partido del Congreso.
Pero en mi barrio –Rajinder Nagar- las elecciones quedaron suspendidas hasta hoy, porque el candidato del Bharatiya Janata Party (radicales hindúes) se suicidó en plena campaña. Saber ya cuál es el partido vencedor no disuade del voto a muchos electores, que guardan cola pacientemente hasta recibir el permiso de entrada de la policía.
Las elecciones de Delhi son sólo un preludio de las generales, previstas para la primavera, pero su funcionamiento es escrupulosamente el mismo de lo que vendrá: nada más llegar, el votante debe identificarse y firmar en un pliego en el que figura su nombre y fotografía. Se le entrega un impreso rosa y un funcionario le pringa una uña con tinta indeleble. Es el modo de evitar que alguien vote más de una vez.
Y resueltos los procedimientos previos, el votante marcha hacia una esquina, donde recoge su elección una “máquina” convenientemente camuflada con un modesto cartón cóncavo para garantizar el secreto del voto. Las EVM (Electronic Voting Machine) son uno de los fenómenos más llamativos de las elecciones en la India. El votante apenas debe pulsar un botón. Y un pitido confirma que la elección está hecha.
A pocos metros de la EVM, un oficial dispone de una terminal de control que garantiza la transparencia y la corrección del proceso. Ver la máquina está prohibido, pero el oficial de la escuela me enseña la plantilla marco de las EVM: figura el nombre del candidato junto al símbolo de su partido, muy útil para analfabetos. A la derecha, un botón azul y una marca de luz que se encenderá al pulsado.
“Echa un vistazo rápido”, se aviene al final. Tras el cartón, me da tiempo a ver una EVM del tamaño de un portátil. La máquina se adivina sencilla también para quienes no saben leer. Se trata sólo de pulsar el botón del partido preferido: la mano, del Partido del Congreso; el loto, del BJP; el elefante, de los castibajos del Bahujan Samadi Party. Así hasta una docena de símbolos.
Con las EVM, la Comisión Electoral india se ahorra tiempo –imaginen contar 670 millones de papeletas- y dinero: unos 40 millones de dólares, según cálculos oficiales, dejan de gastarse en imprentas, transportes, almacenamientos o seguridad.
La primera idea de contar con máquinas electrónicas proviene de finales de los años 70. Aunque su desarrollo llevó unas dos décadas, hoy la Comisión Electoral presume de una tecnología que funciona en áreas sin electricidad (admite pilas), no causa errores y es rápida, manejable y fácil de transportar. El voto permanece secreto y además, las máquinas son reutilizables.
Da facilidades, en fin, para aligerar los procedimientos en la “mayor democracia del mundo”. Esta idea –el gigantismo democrático- tiende a causar más orgullo que preocupación a los escribas indios, atentos a las grandes cifras: 670 millones de votantes, más de 600.000 pueblos, más de un millón de máquinas que reúnen a los indios con su mayor fiesta. Desafortunadamente, las EVM no sirven sin embargo para mejorar ni la representatividad de la población india, tan sometida a privaciones, ni la calidad democrática del día a día. Sólo son máquinas.
Durante décadas, los indios han estado fijados a los procedimientos de una burocracia virtualmente omnipotente, y por eso mismo la proverbial dejación de muchos de sus mandarines ha tenido efectos demoledores no sólo para resolver cuitas por lo civil o acceder a las cartas de racionamiento. También para certificar la insalvable distancia existente entre los centros de decisión y los ciudadanos.
Por ponerlo en palabras del profesor Amartya Sen, que recurre a la vieja escuela de la “nyaya”: la legitimidad de la democracia india no debería quedar sólo en el ritual de acudir a las urnas cada cierto tiempo. También hay que incidir en la capacidad de los legisladores para alcanzar prácticos avances sociales, más allá de las reglas y las organizaciones.
Sesenta años después de la independencia, el balance es todavía deficiente.
“Las debilitadas instituciones –escribe el historiador Ramachandra Guha- significan que la democracia india puede ser descrita como un éxito parcial. La India es mayormente democrática cuando se trata de celebrar elecciones y en permitir la libertad de movimientos y expresión. Pero mayormente no lo es si se atiende al funcionamiento de los políticos y las instituciones”.
“¿Podría usted inventar un software para que nuestra democracia funcione?”, le preguntó un anciano al co-presidente de Infosys, Nandan Nilekani, durante la presentación de su libro “Imaginando India”. El joncho dijo secamente “No”.
Hay, sí, caciques locales, gremialismo, un culto al liderazgo, una ausencia de control efectivo del poder. En muchos casos, los cargos políticos o funcionan a dedo o se heredan dentro de la propia familia, empezando por la propia dinastía Nehru-Gandhi. Pero tampoco hay que hacer sangre del sistema. Si uno mira las décadas pasadas y si uno mira a los turbulentos países de la zona, tendrá que convenir en que el gran triunfo de la democracia india ha sido su resistencia.
Y el debate, en realidad, no debería ser tanto el hincapié en sus insuficiencias, que a la vista están, como el determinar si el sistema político está obteniendo su cuota de beneficio de las reformas económicas de los años 90 o, por el contrario, si los indios deben todavía ventilar las viejas y torcidas prácticas administrativas y el circuito paralelo y sin control en el que se manejan sus políticos.
No lejos de Rajinder Nagar se conserva el palacete que sirvió de residencia a Jawaharlal Nehru en sus años delhíes, ya durante sus sucesivos mandatos como primer ministro. Hoy, el edificio alberga un museo y un planetario anexo al que acuden los colegiales en sus excursiones organizadas –algo que agradaría a Nehru, que profesaba una legendaria adoración por los niños.
Aunque en Occidente –y más aún en el mundo hispano- es el “Mahatma” Gandhi quien monopoliza el brillo simbólico de la lucha pacífica por la libertad india, en el asunto de la democracia el país debe más bien su trazado a Jawaharlal Nehru y el puñado de demócratas a la británica que le acompañaban en el albor de la independencia.
A toro pasado, es fácil concluir que Nehru no se equivocaba en su apuesta por la democracia: que un país tan diverso, plural e inabarcable como la India no podía prosperar salvo haciendo de la democracia el salón para la puesta en común de sus intereses. La suya era una democracia secular, principialista, que incorporaba elementos del socialismo fabiano y del Parlamentarismo británico dentro de un teórico no-alineamiento en los asuntos internacionales.
Visto ahora, digo, su vía parecía sensata. Pero en aquel momento, la prédica no era tan sencilla: la idea de Nehru era cuestionada por Gandhi, que prefería una organización semi-mítica de consejos rurales. Por la izquierda, los comunistas defendían su dictadura del proletariado (olvidaban que en India no había proletarios), y por la derecha, vociferaban los radicales religiosos que buscaban hacer del hinduismo la piedra de toque del estado.
El museo Nehru guarda varias reliquias preciosas para quien quiera acercarse: el despacho que hacía de ministerio de Asuntos Exteriores, su austero lecho de muerte, los altos techos de la habitación de Indira, cientos de míticas fotografías de la lucha por la independencia. Hay salones enmoquetados con chimenea, constantes centros de reunión, referencias de Gandhi en paredes y estantes.
Y, sobre todo, el despacho en el que se quedaba “trabajando hasta altas horas”, según la placa. Una gran mesa con un icono de Buda –Nehru se decía ateo- y varios tinteros, tres viejos teléfonos. Sillones, sofás. Retratos de su hija Indira Gandhi, del “Mahatma”, de Abraham Lincoln. Sobre una repisa descansa un globo terráqueo. Hay centenares de libros en estantes y otros fuera: los muy europeos Sartre, Gunnar Myrdal. Sólo uno está sobre la mesa, todo un manual del buen “gentleman”: el Diccionario Oxford de inglés, versión concisa.
El británico Nehru terminó por salirse con la suya. Aunque sus sucesores reescribieron su guión con mayor o menor fortuna, la nave india continúa en sus tareas. De los cuatro legados nehrudianos, democracia, secularismo, socialismo y neutralidad, el primero es el que mantiene mayor pujanza simbólica –y real-, por evidentes que resulten sus deficiencias. Como la población continúa creciendo, cada vez que la India celebra elecciones generales, el proceso se convierte en el mayor ejercicio democrático jamás realizado sobre la tierra.
Y ahora, para participar en él, basta con pulsar un botón. O esperar el accidente: mientras la gente todavía vota en Rajinder Nagar, alguien llama a la puerta. “¿Ha votado ya toda la gente de esta casa?”, dice una mujer de mediana edad. “Si no han votado, acompáñeme, yo iré con usted, si lo desea. Y podemos hablar por el camino”, añade.
Aclaro que todos hemos (han) votado. “Habrán votado al elefante, espero”, se despide. Y para esta “invitación al voto”, no hay máquina EVM que nos salve. Curiosa democracia.



















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