028. El plan de los sábados

Estándar

Yo todos los sábados le suelto 50 céntimos al artista
que toca el acordeón en el párking del hipermercado.

Muchos lo reconocerían mejor
si digo que es un zíngaro rumano con un diente de oro,

Pero por encima de todo es un artista.
Me alegra el alma.
Un grande, ese tío.

Su hermano pide por la calle y nunca le doy.
Él toca el acordeón y le doy todos los sábados, por artista.

En parte le doy dinero porque el acordeón me parece un objeto mágico.

El hombre está repantingado en un taburete,
siempre en el mismo sitio, junto al ascensor,
llenando de calor musical la humedad y el frío
y ahogando el ruido de los carros de la compra.
Cuando bajo con el coche hacia el aparcamiento subterráneo
enseguida las notas van rebotando por las paredes grises
y te envuelven por completo con un eco ligero y melodioso.

Yo no conozco ninguna de sus melodías
pero me confortan.

Me conforta tanto el hombre del acordeón
justo antes de echar mano de la lista de la compra,
subir en el ascensor y mentalizarme
en la dura exploración de los pasillos del supermercado,
tan llenos de productos.

Y después de comprar, al volver al coche cargado con las bolsas,
ahí sigue el artista, tocando y tocando.

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