023 La cuestión del alma

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Los ritmos en la poesía,
dijo el gamusino,
son como esta marioneta que baila entre mis manos.

Los ritmos.
Llevan trajes de potentes costuras silábicas,
prendas acentuales de brillantes tonos,
estróficos acabados y figuras retóricas.
Los voy modelando a esos peneques
y una vez hechos van saltando
entre decoraciones suntuosas, los pies leves
desde un hemistiquio rumbo al otro
o tirándose por ahí a lo kamikaze, ah segura gravedad.

Es un oficio muy sabio el de ir vistiendo
estas miniaturas con sus hermosos ropajes.
Mira acaso esta marioneta bailando entre mis manos,
flotando con ese aire un poco musical
y rozando indolora el suelo, como una plumita.

La marioneta bailaba entre sus garras;
no terminaba de convencerme.

Reconozco que me gustan tus marionetas y su baile atolondrado, concedí.
Pero aparte de que suenas rimbombante en exceso,
y por mucho que las vistas de terciopelo y marfil,
y que las adornes con esas ropas esdrújulas,
y tanto baile,
yo creo que les falta alma.

Nunca había visto al gamusino tan cabreado.

“El alma, el alma…¡Menuda tontería!”, gruñó.
“¿No te hace acaso feliz esta marioneta
bailando entre mis manos?”.

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