020 Inlibros éditos

Estándar

En la medianoche del 11 de noviembre del año 2002
terminé mi primer y único libro de poemas.

Exactamente 26 minutos más tarde recibí un correo electrónico de un editor;
una hora más tarde un telefonazo de un segundo;
a las 03:30 de la madrugada un grupo de editores llamaron al telefonillo,
cuatro minutos más tarde aporreaban la puerta.

“Hemos sabido de su libro”, escribía el primero, “y nos interesa”.
“Lo publicaremos esta misma noche”, me dijo el segundo.
“Quiero tatuarme esos poemas”, clamaba uno desde el telefonillo.
“Pum, pum”, aporreaban la puerta.

Me imaginé a mí mismo la mañana siguiente,
ya protegido por unos cuantos guardaespaldas
firmando el contrato de publicación no con mi firma,
sino con mi autógrafo.
La próxima vez,
me decía el editor mientras firmaba,
no es necesario que termine su libro,
ni siquiera requerimos que lo escriba,
siempre será un placer para nosotros publicarle incluso páginas en blanco
y pagarle emolumentos de miles de millones.
Somos gente seria, sabe.

Fantásticamente halagado por tantas atenciones,
tuve sin embargo que salir al paso con excusas.
“Su oferta se escapa a mis parámetros…
No puedo atender todos sus ofrecimientos…
Esto que proponen, económicamente, no es viable…”,
grité a la muchedumbre de editores
reunidos y expectantes ante mi balcón.

“Hay demasiada gente queriendo publicar mi libro de poemas”.

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