Afganistán y la piedra azul
September 30, 2010
Hace un año, al dejar Afganistán, lamenté no haber comprado lazurita de las minas de Sar-e-Sang, epicentro mundial del lapislázuli desde hace más de seis mil años.
El avión baja entre las montañas calvas, de un ocre intenso y monótono, y aterriza en Kabul.
Me montan en un autobús viejo que desfila ante una hilera de helicópteros de Naciones Unidas. El aeropuerto es de construcción reciente, con una partida de ayuda al desarrollo japonesa.
Tengo el mismo traductor del año pasado, Obai. Me cuesta localizarle porque se me acaba el saldo del móvil nada más llegar. Very bad. Obai sigue estudiando informática en la Universidad.
Aunque ha empezado a refrescar en Kabul, las calles siguen igual de secas y polvorientas. Mi alojamiento del primer día es una casa de huéspedes muy acogedora. Desde fuera pasaría desapercibida. Lo malo: solo la vigila un guarda.
No tengo mucho tiempo. Las elecciones legislativas son en cuatro días y Kabul no se deja querer por los velocistas.
Dicen que la vivienda de Abdul Salam Zaeef, ex embajador de los talibanes en Pakistán, es una casa de huéspedes financiada por el Gobierno afgano.
Su hijo es un muchacho de Kandahar que apenas habla inglés. Cruza la calle: su padre está fuera, dice, de visita. Arriba, desde un ventanal, un barbudo ofrece té. Los pastunes aman escuchar que son el pueblo más hospitalario del mundo.
Consigo el teléfono de Zaeef.
Cerca –no sé si con o sin relación- vive Wakil Muttawakil, el último ministro de Exteriores de los talibanes. La carretera está sin asfaltar, es noche cerrada.
“No salgan del coche”. Un guarda levanta su Ak47. Lo registran (mi conductor se llama Nazir, circulamos en un Corolla rojo). Sale un hijo, dice, de Muttawakil. Él nos recibirá el viernes, “con cámara, a las nueve”.
El Gobierno afgano se enfrenta, calcula el portavoz del Ministerio de Defensa, Zahir Azimi, a unos 20.000 ó 30.000 talibanes, “todos activos”, y se supone que preparándose para chafar las elecciones.
“Todas las tropas de la ISAF están en alerta total, desde luego. Nuestras fuerzas se han organizado por todo el país”, dice el subcomandante de operaciones de la ISAF, Wayne Detwiler.
Salgo de la rueda de prensa, pensada para calmar a los más desconfiados. Los asesores presidenciales repiten que todo saldrá bien.
“Advierto a América. Si se quema el Corán, habrá venganza”. En los últimos días, ha habido manifestaciones en varios puntos de Afganistán. El dominó de Florida ha causado algo más que un dolor de cabeza en Kabul.
Lanza la advertencia un grupo de seguidores de Siddiqi Afghan, un matemático que se licenció en Moscú. Hoy lleva el Centro de Matemática Filosófica.
En el año 1992, su modelo determinó un futuro prometedor para Afganistán. Poco después, se desató la guerra.
Dentro del edificio, a tiro de piedra del Palacio presidencial, la misión de la ONU y varios ministerios, hay un gran cubo tridimensional que sirve como calendario. Un retrato de Obama hecho con números. Una falsa simetría de jefes de Estado afganos.
“Un kandaharí creó Afganistán. Otro (Karzai) lo ha vendido a los extranjeros”. Junto a la fotografía de Karzai está el rostro del mulá Omar. Dicen que se esconde en algún lugar cercano a Quetta (Pakistán), donde dirige una ‘shura’.
“No estamos autorizados a hablar sobre las elecciones”, responde interpelado al teléfono el portavoz de los talibanes, Zabiullah Mujahid.
Más sobre el lapislázuli: en las tiendas del centro, que son una condena monetaria para los (pocos) turistas, las venden alisadas y con barnices. Como gotas azules sobre el mar ocre afgano.
Afganistán es un país encajado en fronteras que le son ajenas. Una rotonda sedienta de tres poderes formidables: el subcontinente indio al sur, la gran Persia al oeste. Al norte, los nuevos zares de Asia central.
Regateo por una piedra casi triangular, de base estrecha, de un brillante azul mar. 1.500 rupias. Seguro que mi piedra habrá sido teñida con antelación; sería justo decir que el comerciante y yo hemos hecho negocio.
El lapislázuli se extrae en un desfiladero entre montañas de más de 6.000 metros. Un área con más lobos que hombres en la abandonada y gélida región de Badakhshán, extremo noreste del país.
“Si no quieres morir, evita el valle de Kokcha”, escribió el teniente y explorador británico John Wood, al alcanzar en 1837 las minas de Sar-e-Sang en nombre de la Compañía de las Indias orientales.
Nazir para el Corolla junto a la embajada rusa, cerca del Parlamento. Como en las películas de espías, allí debe localizarnos un enviado de Malalai Joya, a quien se ha calificado como “la mujer más valiente de Afganistán”.
En diciembre de 2003, pronunció un discurso sin concesiones contra los señores de la guerra, con la particularidad de que los tenía enfrente. “Querría hablar un par de minutos..”, dijo en la Loya Jirga. En realidad fueron tres:
“¿Por qué no ponéis -clamó- a todos los criminales en el mismo comité, y así vemos qué quieren para el país? Son quienes pusieron a nuestro país en el núcleo de las guerras nacionales e internacionales (…) Deben ir a los tribunales nacionales e internacionales”.
Joya, que ha sufrido cinco intentos de asesinato, vive a escondidas y cambia de casa cada pocos días. Odiaría el burqa, tan extemporáneo, si no fuera porque gracias a él puede ocultarse cuando sale a la calle.
Dos viejos llegan en un coche y se paran a nuestra altura. Husmean un poco, pero basta un gesto. Luego, los dos vehículos serpentean por calles que son un arenal. A las puertas de una casa como las otras, un enorme guarda tayico registra hasta la planta de los calcetines y el cuello de la camisa.
“Se trata dejarme en silencio: quieren eliminarme”, dice con serenidad la menuda Joya.
Esta vez ha renunciado a presentarse a las elecciones. “Me quieren matar, pero yo miro a la muerte sonriente”. La protección de la mujer, una mentira conveniente.
Con la invasión estadounidense de Afganistán, los países occidentales tuvieron que tirar de la única cantera política activa en el país: los “señores de la guerra”, barones regionales y locales que durante años se habían masacrado entre sí y de paso matado a miles de civiles.
Los muyaidines, la Alianza del Norte. Igualmente piadosos de Alá. Los que se enfrentaron a los comunistas; los que se enfrentaron a los talibanes. Igual que sus rivales, gentes casi salidas del Medievo. Ahora, la democracia afgana respira por los poros de estos veletas.
“La gente está harta de las tropas internacionales, y esto de la quema del Corán puede ser la gota que colme el vaso. Los manifestantes lo repiten: si todos corremos hacia la base, moriremos unos cientos, pero al final…”, dice el periodista afgano Farhad Peikar, de la agencia alemana DPA, mientras compartimos un “pollo al shawarma” en un bistro libanés.
El pueblo de Farhad está a unos 70 kilómetros de Kabul. Allí, en un mítin hace pocos días, un muchacho de 12 años ordenó que parase la música para hacer un anuncio. Delante del alcalde y del jefe de la policía, advirtió: “Los talibanes os dicen que no votéis en estas elecciones. Estáis avisados”.
Nadie, recuerda Farhad, reaccionó. Tampoco los policías. “¿Cómo van a enfrentarse a unos tipos que mañana a lo mejor son sus superiores, quienes dan las órdenes? La gente ya se está preparando para el día después. Todo el mundo está cogiendo posiciones”.
El día después es el día después de la retirada. Obama anunció en diciembre pasado refuerzos (en Afganistán hay hoy en día 150.000 soldados extranjeros, dos tercios estadounidenses), pero a la vez reveló que sus tropas empezarían a retirarse en julio de 2011.
Se supone que Obama obra sometido a presiones tremendas. Sus generales y sus ayudas de cámara matizaron luego esas palabras o las convirtieron en un lapso sin importancia. Pero muchos afganos, entre ellos los talibanes, han tomado nota. Los malos han cogido moral.
Un antiguo diplomático estadounidense, Robert Blackwill, defiende ya que EEUU debe abandonar el sur y el este y concentrarse en defender las áreas menos proclives a la idea talibana, o sea, las zonas tayicas, uzbecas, hazaras.
Partir Afganistán de facto para evitar a los pastunes.
Estos últimos son la etnia mayoritaria, pero su distribución geográfica es más o menos limpia: en un arco que recorre el oeste, el sur y el este, con algunas bolsas excepcionales en regiones del norte. De ellos se nutre el movimiento talibán.
Su plan horroriza al presidente afgano, un pastún, Hamid Karzai. Visto como debilitado y corrupto. Se cuenta que en una ocasión, en un vuelo Herat-Kabul, ordenó a los pilotos del avión presidencial poner rumbo a Kandahar, y que estos, pese a su ataque de furia, se negaron.
Sin embargo, Karzai está fuerte, porque sabe que en Afganistán no hay ningún otro que pueda servir como interlocutor de Occidente y a la vez como dique de contención pastún.
En 2009, manipuló las elecciones con cientos de miles de votos a su favor. Le pillaron. Hubo meses de presiones internacionales. Algunos cambios en la cúpula de instituciones clave. Propósitos de enmienda. Ahí sigue: ¿está jugando Estados Unidos con una sola carta?
(Me cuentan que en esas elecciones la Comisión de Quejas, encargada de detectar el fraude, sólo anuló los casos más flagrantes, y que en realidad el resultado de entonces fue de un empate entre Karzai y su máximo rival, el tayico Abdullah Abdullah).
Dicen que los hombres de Karzai han vuelto a movilizarse, y que esta vez será más fácil. Casi todos los candidatos a la Cámara Baja son independientes. Nadie, aparte de sus seguidores cercanos, sabe bien qué defienden.
Karzai tiene fácil el financiar sottoterra las campañas de sus afines: los funcionarios de las provincias dependen de él.
Los analistas afirman que en estas elecciones habrá una suma de pequeños fraudes, a favor de los candidatos que dominan los resortes del estado o cuentan con el poder financiero.
No piensa lo mismo la Comisión Electoral: su presidente, Fazal Manawi, insiste en que tratarán de garantizar la seguridad, que han introducido medidas contra el fraude. Que las elecciones serán todo lo limpias y justas como lo permite un país con la situación afgana. Je.
Más que un nombre de mujer, Malalai parece el de una tribu entera. Es lo que canta Shafiq Mureed, un vocalista de Laghman que promete sacrificarse al oir el grito de Malalai. No se refiere a Joya, claro, sino a Malalai de Maiwand, la gran heroína de la segunda guerra anglo-afgana, hace 130 años.
Los afganos se batían en retirada. Malalai, una aldeana de Khig, en Kandahar, arrampló la bandera y entonó un “landay”, un poema que los niños estudian hoy –quienes pueden- en los colegios: “Si no mueres en Maiwand, que Alá te deje vivo para saborear tu cobardía”.
Las milicias afganas, muy superiores a las británicas en número pero no en técnica, reaccionaron y terminaron por doblegar a los ingleses, en una de las escasas victorias durante el siglo XIX de un ejército asiático sobre uno europeo. La batalla, empero, se llevó por delante a Malalai.
Hoy, los británicos están de vuelta en Helmand como parte de una coalición internacional. Resulta difícil no encontrar paralelismos entre aquella lucha y esta otra.
Desayuno junto a un chaval que no se resiste a hablar con el extranjero. Representa el nuevo Kabul: joven, bien vestido, habla seguro de sí mismo. Intuyo que relacionado con alguna compañía de fuera. De todos modos una anécdota en la miseria de los pueblos afganos.
“He trabajado cuatro años con los estadounidenses. En Bagram. Se quedarán aquí para siempre. No se irán. Los soldados rasos se preguntan qué hacen aquí, tan lejos. Pero internamente sí que lo saben. Afganistán es un país estratégico. Rico”.
Espoleó esta conspiranoia un anuncio hace meses del Gobierno afgano, sobre el descubrimiento de yacimientos de metales preciosos y minerales –entre ellos, litio-, por valor de más de un billón de dólares. (Cualquier extracción está por el momento lejana: faltan seguridad, infraestructuras).
Luego está la posición afgana: encrucijada, plaza de China, el subcontinente indio, Asia central, ¡Irán! ¿Suficiente razón para estar aquí? “Estrategia, es estrategia. Se quedarán aquí siempre”, repite. “En veinte años –respondo, por resultar amable y largarme-, vuelvo y hablamos”.
Dice Emal Haidary, nuestro hombre en Kabul: “Está este poeta, Habibullah Rafí. Él tendrá muchas cosas sobre los landays”.
En Kabul casi nadie lleva gafas, será que no muchos saben leer. Los carteles electorales sí están llenos de letras interminables; rostros de mulás y también de jovencitos que admiran a Occidente pero que desconfían.
Los aperturistas han sido abandonados a su suerte demasiadas veces. Tantas, glosaría un retórico, como invadido Afganistán. Guerreando desde tiempos de Alejandro Magno.
Según lo previsto, me mudo al Heetal, una fortaleza rosa en el barrio más protegido de Kabul. Tiene varios cordones de seguridad. Se promociona anunciando su “búnker con agua y comida”, su “alquiler de vehículos blindados”, “su seguridad armada alrededor del edificio 24×7”.
Entre los huéspedes hay rapados seguratas fortachones, algunos yanquis valientes, fotoperiodistas con esos pantalones que parecen buzones de correos. Un puñado de oenegeros con tanta pinta de afganólogos que uno huye.
¿Y si yo viviera en Afganistán? Kabul clasificados: “Casa de 19 camas, Wazir Akbar Khan, 14.999 dólares al mes”. “Casa de 24 camas y 28 cuartos de baño, Shar-e-Now, 24.999 dólares al mes”. No son viviendas, sino naves nodriza. Pasto de organizaciones internacionales.
Por si no era suficientemente obvio: la guerra está haciendo ricos a un puñado de afganos.
Hay rueda de prensa en el departamento de información del Gobierno. De camino cae la Shah M. Books, la cueva del librero de Kabul. Tiene un fondo fabuloso, pero los precios son que ni en Manhattan. No hay libro de landays por menos de 15 pavos. Tampoco tiene noticias de Habibullah Rafí.
Han suspendido la rueda de prensa que iba a dar el portavoz presidencial. En su lugar, Karzai habló para un grupo selecto de medios. Voy de todos modos al punto de la convocatoria, para reivindicar mi estatus de medio selecto. A ver si cuela…
A falta de Rafí y de los poemarios del librero de Kabul, saco el único libro que me he traído hasta Kabul: “Romanticismo, odisea del espíritu alemán”, del historiador Rüdiger Safranski.
Empieza: “Dos siglos y medio después de Colón y un siglo antes del lema de Nietzsche, en un aventurero del espíritu [Herder] germinó la necesidad de hacerse a la mar e irrumpir en lo terrible que existe en la realidad”.
El lugar más decadente de Kabul, aparte de algunos escondrijos en las montañas, debe de ser el cementerio inglés. Durante 30 años, a sueldo de la embajada británica, lo cuidó Rahimullah, que esta primavera se murió de muerte natural, un raro privilegio según dónde.
Iré a verlo algún día: hay tumbas de soldados muertos durante las guerras anglo-afganas, también tirados de cuando Kabul estaba era parada obligada en la ruta del movimiento “hippy”, o víctimas de la guerra actual. Aquí enterraron a Gayle Williams, una cooperante asesinada a tiros en 2008.
“Goethe veía en Herder al aventurero que había regresado de alta mar y traía el viento fresco del viaje, una brisa que estimulaba la fantasía”. Sturm und drang. Tempestad e ímpetu.
Cuando mandaba en Afganistán, el mulá Omar preguntó a Rahimullah por qué cuidaba tumbas de infieles, y este le respondió que, con su edad, hasta un ciego tendría más posibilidades de encontrar un empleo. Omar, que era (es) tuerto, no se lo tomó a mal.
Kabul, por lo demás es una ciudad que se despliega entre montañas. Casas de adobe que caen como en cascada, en replicaciones cúbicas, una red también ocre que se abre sin fin y crea en los barrios del centro una sensación hipnótica y como sin tiempo.
Aquel explorador John Wood de las minas de Sar-e-Pang llamó a los montes del Pamir el “techo del mundo”. He puesto mi lazurita, proveniente de algún desfiladero perdido, junto al ordenador.
Nos abre la puerta el hijo de Muttawakil. Los guardas en la puerta tienen un retrato de Ahmad Shah Mehsud, el león del Panshir, el gran enemigo de los talibanes, muerto en ataque suicida sólo dos días antes del 11-S. Mehsud es quizá el señor de la guerra que mejor supo gestionar su imagen.
-En España hay muchos musulmanes, ¿verdad? –abre fuego Muttawakil.
- Fue musulmana durante siglos, y todavía quedan muchas huellas.
Muttawakil fue el último ministro talibán de Exteriores antes de la caída. El mulá Omar eligió irse; él, quedarse. Pasó tres años en prisión. Su nombre salió de la lista de apoyo al terrorismo de la ONU en enero. ¿Un guiño para los insurgentes que dejen las armas?
Me invita a un té. Él es de Maiwand, igual que la gran Malalai. ¿Qué le parece a un talibán una mujer guerrera? “No tenemos ningún problema con Malalai. Queremos que muchas otras mujeres sean como Malalai”. Me viene a la cabeza Malalai Joya.
Salgo de la casa de Muttawakil, un hombre agradable y de maneras –que no ideas- moderadas. “El perro amarillo es hermano del lobo”, dice un refrán de los hospitalarios pastunes.
¿Vale todo con tal de que los extranjeros se vayan? Marco el teléfono de Zaeef.
“Si tú fueras talibán, ¿qué harías para luchar contra el poderoso ejército extranjero? Necesitas el apoyo de cualquiera, de todos cuantos arrimen el hombro. Con Al Qaida, se trata de un pacto en la guerra. El objetivo no es el mismo, el enemigo sí”, dice el antiguo embajador talibán en Pakistán.
Ningún otro lugar de Kabul domina la ciudad como la torre de la televisión, sobre la loma de un monte imponente. Necesito recursos para el vídeo del día de las elecciones y no habrá panorámica mejor. Compro kebabs y picamos carretera arriba con el Corolla. Nazir es un fenómeno.
Al llegar nos para un policía, así que renunciamos a volar tan alto y nos instalamos en un arcén, unas decenas de metros por debajo de la torre. El tiempo está algo desapacible y Kabul adopta un tinte casi irreal; dominas las casas, su bajada como en escalera. Casi tocas unas cuantas cometas.
Unos muchachos suben la cuesta cargados con sacas. Se paran al ver al extranjero. “Un día nos acercamos a esa torre y los policías nos dispararon”. Uno no sabe si creer estas denuncias esporádicas. Tampoco es que sorprendan, en un país tan moldeado a la guerra.
Empieza a lloviznar, una rareza en el septiembre semiárido de la ciudad. Las gotas bajan cargadas de polvo. Ha sido casi mágico comer, a la carrera, levitando ante Kabul.
Tengo un correo electrónico del Gobierno: “Acude al instituto Amani mañana sábado a las siete de la mañana. El presidente votará allí y se te permitirá entrar”.
El Amani de Kabul es un instituto situado en la isla de seguridad del Gobierno. Allí es donde votará la elite kabulí, incluidos los principales políticos. Después de todo y por una vez, soy un medio selecto. Habrá que madrugar.
Para llegar allí, hay que dejar a la izquierda el Instituto de Matemática Filosófica y pasar un primer control de seguridad que ya es fiero. “¿Spanish Embassy?”, repite un oficial mientras estudia la lista de medios acreditados.
Una vez superado el escollo, caminas entre bloques de hormigón, al paso de todoterrenos cargados de los casacas negras que forman la guardia presidencial. Pasas la misión de la ONU en Kabul, luego llega el Amani. Si siguieras un rato por la acera desierta, llegarías a la presidencia.
Te registran en la calle con pastores alemanes adiestrados. Luego los cámaras se pisotearán para lograr el mejor ángulo de Karzai. En el gimnasio del Amani, pagado con dinero alemán, todo está perfectamente orquestado: un lugar de limpieza prístina, materiales completos, de primera.
Primero llega el jefe de la UNAMA en Kabul (¿habrá venido andando?), Staffan de Mistura, uno de esos diplomáticos sesentones: “Decir que la seguridad está garantizada son palabras mayores”, le arranco. Bueno.
Karzai llega embozado en su chapan, esa capa verde y azul de Mazari-i-Sharif. Le gusta mostrar este tipo de símbolos para subrayar la unidad de los pueblos afganos (sus asesores revelan luego que votó por una candidata hindú, por si fuera poco símbolo).
Pero él es un pastún de la tribu Popalzai, igual que el unificador de Afganistán, Ahmad Shah Durrani, lo que hace las delicias de los seguidores del filósofo matemático Siddiqi Afghan y sus psicodélicas simetrías de la historia.
El primer kandaharí creó Afganistán. El último lo ha vendido a los extranjeros.
Sostiene la CIA:
- Composición étnica afgana: pastunes 42%, tayicos 27%, hazaras y uzbecos, 9% cada uno.
- Religiones afganas: suníes 80%, chiíes 19%
- Lenguas: persa afgano (dari) 50%, pastún 35% (el resto, mayormente, son idiomas de Asia central, como el turkmeno).
O sea, que hay pastunes que hablan dari. Otros chiíes además de los despreciados hazaras. Hablantes suníes del farsi iraní. Uzbecos fuera de casa. Siempre Afganistán fue un carrusel.
Karzai repite algo ampuloso la liturgia del voto que ya realizó el año pasado, delante de un enorme cartel en el que él mismo se abraza a un niño. Las catacumbas de la propaganda. Sólo responde una pregunta y se marcha en volandas, arropado por sus comandos.
Pocos líderes afganos han muerto en la cama, y a Karzai se le adivina una tensión permanente. En un libro reciente, “Las guerras de Obama” (Bob Woodward), se dice de él que es adicto a las drogas, paranoide y depresivo. Un tío raro, según un enviado de EEUU.
La atmósfera se relaja enseguida. Van llegando otros líderes. Primero el vicepresidente segundo, Karim Khalili, hazara (“Esperemos que no haya fraude”, confía). Luego el otro, Mohammed Fahim, que sufrió un ataque al corazón hace dos semanas. Como aún se tambalea, alguien le ayuda a votar.
La brecha étnica afgana todavía está vigente: los guardaespaldas de Khalili son hazaras. Los de Fahim, tayicos con pakol ceñido en la frente y Ak-47 que gruñen ante la sola idea de una fotografía.
Con ellos y con el proyectil talibán que cayó de madrugada cerca de la embajada estadounidense puede uno dar por hecho que las elecciones parlamentarias de 2010 han empezado en Afganistán.
El ataque de madrugada no lo sentí; sí me atribuló, horas antes, un terremoto de 6,3 grados y epicentro en los montes del Hindu Kush que hizo temblar los muros del Heetal y me hizo saltar de la cama. ¿Un avión volando bajo? ¿Han llegado los fedayines?
La mañana kabulí es mucho más tranquila: todas las tiendas están cerradas. La Policía está desplegada para controlar los vehículos en los “anillos de acero”, los pretenciosos jalones de su plan de seguridad. Ando tomando imágenes cuando se acercan despacio dos Corollas blancos.
Cada vez que pienso en los fedayines me viene a la cabeza la imagen fotográfica del talibán que mató a Benazir Bhutto en Pakistán: gafas oscuras, ropa occidental y pelo corto. Los visualizo en Corollas blancos. Hay que reconocer que a ratos en Kabul le entra a uno cierta intranquilidad.
Se alejan los Corollas y viene un policía. Que qué hago grabando. Mi tarjeta no le convence; me registra. Vaya momento para un rifirrafe. Los medios afganos han empezado a denunciar casos de fraude por todo Afganistán, pero pasarán días antes de disponer de una película concluyente.
Los talibanes han pasado una lista de 150 colegios electorales atacados. Antes de la jornada, la Comisión decidió no abrir otros 1.000, porque no podía garantizar la seguridad. Y el Gobierno reconoce que no tiene presencia en nueve distritos del país.
En algunos colegios ha habido colas; los hombres a un lado, las mujeres a otro. Pero termina el día y la sensación es que la gente ha votado poco. “Yo no quiero ser periodista”, dice Obai. “Se trabaja mucho y sin paz”. Luego se va a un rincón a rezar y se queda dormido.
La plana mayor de seguridad afgana va a hablar a las 20.00 horas, en la sede de la Comisión Electoral. Allí me encuentro a Ibrahimi, un simpático periodista de Wakht que se tira a degüello tras los grandes hombres afganos. Suele salirle bien.
Ibrahimi no conoce el paradero de Habibullah Rafí, pero me pasa el número de un profesor suyo de la universidad de Kabul, “un poeta, un sabio”, dice con reverencia. Si tuviera tiempo…
“Los talibanes son mucho más débiles. Si miras los sucesos violentos que ocurren, son en muchos casos minas o IEC, lanzamientos de proyectiles, muertes de inocentes. Matar o amenazar a la gente ordinaria no muestra fortaleza, sino debilidad” dice el jefe de los servicios secretos afganos, Rahmatullah Nadil.
Las respuestas moralizantes son un mal enemigo de la verdad.
Salgo del edificio con el ministro de Defensa, el primero muyaidín y luego general Abdul Rahim Wardak. No le gusta la prensa, pero tiene ganas de hablar.
“Gradualmente podremos tomar responsabilidades de seguridad en nuestro país. Esa es nuestra responsabilidad histórica. Es la primera vez en nuestra historia que chicos y chicas vienen de suelo extranjero para defendernos”.
“A lo largo de la historia, ha sido siempre nuestro orgullo el haber derrotado a todos los invasores de todas las superpotencias. Y queremos restaurar este honor otra vez”.
La retórica del aparato afgano señala que los talibanes están pagados por Pakistán. La retórica talibán señala que está es una invasión como la de Malalai y las otras.
Es la una de la mañana y la cabeza me arde. Recuerdo pocos días tan duros.
Pero han pasado las elecciones y no ha habido hecatombe: Afganistán sigue aquí.
Obai me deletrea por teléfono un par de preguntas en pashto para los portavoces de los talibanes. Tengo poca confianza en que respondan. La ISAF sí lo hace: “los talibanes están matando más que nunca porque les estamos combatiendo en más lugares que nunca”. Algo aquí huele a tautología.
Entre enero y junio murieron, según la ONU, 1.271 civiles en la guerra afgana. Junio, con 102 soldados muertos, fue el mes más sangriento para las tropas de la ISAF desde su llegada al país, en 2001. En los últimos tres años los talibanes se han expandido por gran parte del país, incluidas áreas del norte antes tranquilas.
Leo en una revista que las décadas de guerra han puesto en peligro al leopardo de las nieves, expuesto a la caza furtiva y perseguido por su piel. También habla un fotógrafo que presume de adorar el zumo de granada, por lo visto mandamiento número uno de la “afganidad”.
“Anor”, pido a un tendero. Zumo de granada. A ver qué tal.
- Obai, ¿conoces la Facultad de Letras?
- Sí
- Quiero que vayas y preguntes si saben algo de Habibullah Rafí.
La cultura afgana conserva un potente legado oral. Las “moshairas” o recitales poéticos reúnen todavía a miles de personas que se deleitan con los “ghazales” y “landays” de sus poetas. En Jalalabad hay todos los años una “moshaira” especialmente famosa, dedicada a las naranjas.
“Traigo una flor conmigo. Tómala o déjame marchar”, cantan todavía las mujeres en los pueblos, supone uno que a buen recaudo de los curiosos.
Kabul – Jalalabad – Peshawar . Una ruta como las perlas de un collar. Afganistán sigue sin reconocer la Línea Durand, una frontera de 2.600 kilómetros trazada por los británicos en 1893, que parte en dos al pueblo pastún. Hoy separa a Afganistán de Pakistán.
La Comisión Electoral ha convocado una rueda de prensa en su sede de la carretera de Jalalabad. Hay varios periodistas españoles. Los de la Comisión han empezado a recibir sobres con votos y con quejas. Los sobres normales son blancos; los de las quejas, marrones.
Unos 50 muertos durante las elecciones. Parece que todo ha ido bien.
Mientras me registran, pregunto a los vigilantes si les gusta Shafiq Mureed. El pueblo afgano está enamorado de la música.
Con la llamada al rezo del bilal y el grito de Malalai, oh, yo me sacrifico, por mi tierra y mi amor, por mi Afganistán hermoso. Hago una pequeña encuesta: todos los seguratas de la puerta en la Comisión Electoral se declaran aficionados a la radiofórmula.
Los talibanes prohibieron los instrumentos de música. En su lugar, potenciaron la “trana”, música vocal cantada por jovencitos. Como Abdul Hakim Sajad. Cantaba:
“Toma tu espada y tu pistola, ha llegado el momento del martirio/la yihad es necesaria para todos/vamos, marchemos a la trinchera, ha llegado el momento de la valentía y el honor”.
Tras una semana negociando una entrevista con el presidente del Parlamento, Yunus Qanuni, la opción se cae y con ella se complica mi tema de hoy, una panorámica sobre los señores de la guerra.
Y además, Habibullah Rafi tampoco estaba en su oficina.
“La guerra era así, te terminabas acostumbrando. Paseaban por tu calle. Se parapetaban en tu patio. Se apostaban en tu tejado. Todos aquí lo hemos vivido”, dice en la Universidad un estudiante, Farooq. “Por eso somos tíos duros”, ríe.
Tras la retirada de los soviéticos, las diferentes facciones afganas se enzarzaron a tiros y bombas durante años en el barro de Kabul. Muchos dieron la bienvenida a los talibanes en 1996 como una forma de restablecer el orden.
Luego, tuvieron que dejarse la doble b de los talibabas, burqas o barbas, y se desencantaron.
La invasión de los estadounidenses en 2001 fue como una tectónica de placas: la mayoría de los señores de la guerra se alinearon con las tropas internacionales; unos pocos, como Hekmatyar, se echaron al monte.
Los primeros se convirtieron en hombres respetables. Llegaron al Gobierno, al Parlamento. En 2007, aprobaron una amnistía en virtud de la cual quedaban perdonadas las tropelías cometidas antes de la caída del régimen talibán y la invasión del país por las tropas occidentales.
El poeta Abdul Samay Hamid protestó entonces: ¡Salid a las calles!/ Porque esa chica/ en el tejado de tu tienda, bañada en sangre/era quien jugaba con tu hija.
“Creo que todavía puedes conseguir en el mercado negro vídeos con (….) matando literalmente a gente”, cuenta Emal Haidary.
El Parlamento afgano tiene 249 escaños (68 están reservados para mujeres). Se han abierto paso líderes como Abdul Rasul Sayyaf, Burhunudín Rabbani, el mulá Ezat, Sayed Ansari, Hazrat Alí, Mohammed Mohaqiq.
Hasta se especula sobre si Hazrat Alí ayudó a Osama Bin Laden a escapar por las cuevas de Tora Bora. Obai y yo logramos contactar con Mohaqiq:
El equivalente al “¿Sí?” telefónico es en Afganistán: “¿Vale?”.
“Esta es la tierra de la yihad, y los yihadíes son la gente que rescató al país de la ocupación de la Unión Soviética. Tienen derecho a presentarse a las elecciones y su existencia es buena para el pueblo”, dice Mohaqiq. Habla en tercera persona.
¿Debe una democracia perdonar los crímenes pasados de quienes la abrazan?
El talibán Mujahid responde diciendo que no entiende las preguntas que le hice en pasto.
Ya es lunes.
La ISAF tiene mi acreditación esperando desde hace días. La entregan en la puerta de su base, junto al aeropuerto. Yo debo salir hoy de Afganistán; será una buena idea recogerla de paso. Voro.
El año pasado, los de la ISAF me hicieron esperar 20 minutos en la puerta. Del lado civil, el exterior, de sus muros de hormigón en la sede central de Kabul. Veinte largos minutos con la imagen de tíos con gafas negras y pelo corto.
Esta vez han sido mucho más rápidos. Las tarjetas están listas en la entrada.
- Estáis patrullando menos en la calle que el año pasado, ¿verdad? –pregunto al soldado a cargo de las tarjetas, el teniente Gabriel.
En la calle sólo he visto un par de convoyes turcos. Una maniobra inteligente, la de dejar a los turcos a cargo. Esto, vienen a decir los de la ISAF, no es una guerra entre cristianos y el Islam. (Luego llega uno amenazando con quemar el Corán: todo al traste).
-No tengo ni idea. Quizá es que ahora nos hemos vuelto más sutiles –dice Gabriel mientras me entrega mi acreditación tardía.
Qué satisfacción cuando uno encuentra sentidos.
Salgo del Corolla rojo y me despido de Nazir. Sois muy grandes. El año que viene, le digo, sí que lograré hablar con Habibullah Rafí. Ríe.
Me registran los guardas del aeropuerto. Mi maleta se desliza lentamente por el escáner. La para la Policía. “¿Esto qué es?”, señala. “¿Una piedra?”.
Mierda.
La piedra azul.
- ¿Dónde están los papeles?
- No tengo papeles. Es sólo un recuerdo afgano. ¿Hacían falta papeles?
- No está permitido viajar con ella.
Y sin embargo insisto. El guarda me pregunta quién soy, qué he hecho en Afganistán, adónde me dirijo. Le digo que soy español (“ah, isbaniya”), que viajo a la India. Le muestro mis tarjetas para probar que no miento. Mueve la mano.
- Dale.
Y qué satisfacción cuando uno encuentra sentidos.
Talibanes mataron a 11 trabajadores electorales y cortaron dedos a votantes
September 14, 2009
Kabul, 22 ago 2009.- Dos días después de las elecciones afganas, la Comisión Electoral (CE) informó hoy de la muerte de 11 de sus miembros a manos de talibanes, que también cortaron los dedos de dos votantes en Kandahar (sur) en una jornada en que, según la UE, la participación de la mujer fue muy limitada.
“Hemos sabido que once trabajadores de la CE (…) murieron por ataques brutales de atacantes desconocidos en un intento deliberado de los enemigos de la paz”, término con el que el Gobierno alude a los insurgentes, informó hoy la Comisión en un comunicado.
Los talibanes, que habían llamado al boicot de los comicios, amenazaron con más violencia para desestabilizar el proceso electoral, que los insurgentes consideraron pura “propaganda” estadounidense.
Y como parte de sus castigos, amputaron el dedo al menos a dos votantes el pasado jueves en la meridional Kandahar, según informó hoy un organismo electoral independiente, la Fundación afgana para unas Elecciones Libres y Justas (FEFA).
“Uno de nuestros observadores pudo ver cómo los insurgentes les cortaban el dedo con la mancha de tinta a dos personas en la provincia de Kandahar”, dijo a Efe el presidente del organismo, Nader Nader.
En una conferencia de prensa anterior, Nader había reconocido que sus observadores fueron testigos de acciones violentas de los talibanes en su masiva campaña de intimidación a los votantes.
Los insurgentes habían amenazado con cortar los dedos a quienes votasen, aprovechando que para ejercer el sufragio -y en prevención de fraudes- los electores deben impregnar sus índices en tinta indeleble, lo que hace de ellos víctimas fácilmente identificables.
Aunque los comicios afganos no han estado libres de irregularidades y en el sur quedaron entorpecidos por la presencia talibán, según reconocen los analistas, la Comisión Electoral ha descartado un fraude masivo y ha prometido estudiar las alegaciones.
Hoy mismo, por ejemplo, el candidato Mirwaís Yasini apareció en el lujoso hotel Intercontinental de Kabul -cuartel general de los observadores- con dos bolsas llenas de papeletas a su nombre, y supuestamente sacadas de forma ilegal de las urnas en el sur del país.
Pese a esas denuncias, la misión de observadores de la Unión Europea en Afganistán (EUEOM) ha dado su aprobación a las elecciones presidenciales, que considera “en general” bien organizadas pese a los defectos del proceso y las insuficiencias institucionales.
“(La misión) considera la celebración de las elecciones como una victoria frente a aquellos que querían impedir a los afganos decidir su propio futuro”, aseguró la organización en un comunicado divulgado hoy en su portal web.
Los observadores, que han supervisado el proceso electoral durante los dos últimos meses, mantienen que la Comisión Electoral afgana pudo “en general” funcionar con eficacia, pese a algunas “insuficiencias operativas y defectos institucionales”.
Según la nota, muchos candidatos pudieron establecer un debate genuino sobre los problemas del país, aunque la campaña quedó deslucida por los ataques contra el personal electoral, la parcialidad hacia algunos candidatos y la discriminación de la mujer.
“El ejercicio de los derechos civiles y políticos de las mujeres, tanto en calidad de votantes como de candidatas, estuvo severamente limitado en las elecciones pese a estar recogidos en la Constitución”, expresó la misión de la UE en el comunicado.
La misión supervisó la transparencia de los comicios con la presencia en las votaciones de un gran número de observadores tanto extranjeros como afganos.
Unos 17 millones de personas estaban llamadas a las urnas para elegir al presidente del país y los miembros de los consejos provisionales, en una jornada que se saldó con medio centenar de muertos, 21 de ellos insurgentes, según versiones oficiales.
A falta de los datos definitivos, fuentes de la Comisión Electoral calculan que la participación fue del 45 al 50 por ciento de los ciudadanos registrados, y esperan tener los primeros resultados preliminares para el próximo martes.
Afganistán es un país sin censo, con un conflicto armado que causa miles de muertos anualmente, malas comunicaciones entorpecidas además por la orografía, y un alto índice de analfabetismo.
Afganos eligen mañana a su presidente con Karzai como favorito
September 14, 2009
Kabul, 19 ago 2009.- Afganistán celebra mañana, jueves, las segundas elecciones presidenciales desde la invasión estadounidense y la caída a finales de 2001 del régimen de los talibanes, que han llamado al boicot y hoy han vuelto a sembrar de violencia la campaña con el asalto a un banco en Kabul y un atentado en Kandahar.
Según el Ministerio afgano del Interior, el asalto a la entidad bancaria se resolvió con la muerte de tres insurgentes a manos de la Policía, tres de cuyos agentes que tuvo tres heridos.
Además, un jefe de distrito y un líder tribal murieron y otra persona resultó herida por la explosión de una bomba al paso de su vehículo en la provincia sureña de Kandahar, informó a Efe una fuente policial.
Durante la campaña, los talibanes han intensificado sus ataques tanto a las fuerzas extranjeras como a las autoridades afganas, en un intento de disuadir a los 17 millones de afganos convocados a las urnas mañana para elegir presidente y miembros de los consejos provinciales.
Para contrarrestar el boicot talibán y “asegurar una amplia participación” electoral, el Gobierno afgano no dudó hoy, cuando se celebra el Día de la Independencia, en recurrir a la censura al prohibir la difusión de noticias sobre “cualquier suceso de violencia” durante las horas de votación.
El presidente afgano, Hamid Karzai (de la etnia pastún, mayoritaria en el país), parte como favorito según una encuesta del instituto norteamericano IRI, que augura una segunda vuelta con el tayiko Abdulá Abdulá, ex ministro de Exteriores y antiguo lugarteniente del comandante afgano que lideró la resistencia antitalibán y fue asesinado días antes del 11-S, Ahmed Shah Masud.
Según ese sondeo, la gran sorpresa de los comicios podría darla el hazara (etnia de religión musulmana chií ubicada sobre todo al este de Afganistán) Ramazan Bashardost, que se ha postulado desde una sencilla tienda de campaña frente al Parlamento y figura tercero en intención de voto, por encima del ex ministro de Finanzas Ashraf Ghaní.
De los 41 candidatos originales, dos de ellos mujeres, una decena han pasado a apoyar a Karzai, quien en el último minuto se ha atraído también el apoyo del uzbeko Rashid Dostum, un polémico caudillo del norte afgano acusado de crímenes de guerra y de traicionar a todos sus antiguos socios.
Con unos 100.000 soldados de la OTAN o de EEUU empeñados en garantizar un ambiente seguro para votar -en semanas previas se han efectuado operaciones especiales en los feudos talibanes de la provincia meridional de Helmand- la seguridad es el gran reto de estos comicios.
Karzai busca la reelección ante un pueblo sometido cada vez a mayores niveles de violencia -más de 2.100 civiles muertos en acciones militares en 2008- y que sigue figurando entre los más pobres del mundo, con un tercio de la población (7,3 millones de personas) amenazada por el hambre, según denunció hoy la ONG Oxfam.
Oxfam se sumó a las voces críticas contra la corrupción que ha caracterizado el mandato de Karzai, quien ha impedido que las ayudas lleguen a sus verdaderos destinatarios, y demandó “grandes reformas” al futuro Gobierno para evitar que se sigan derrochando fondos.
Los opositores del presidente afgano también han cuestionado su política de alianzas y su connivencia con distintos sectores para asegurarse el poder, en particular con el denostado Dostum pero también con otros cabecillas afganos, como Mohamed Fahim o Ismail Khan.
La cadena británica BBC contribuyó ayer, martes, a las sospechas de fraude al difundir una investigación propia que constató intentos de venta de cientos de tarjetas de votantes y de compra de apoyos para determinados candidatos.
“Ha habido fraudes tradicionales en Afganistán y este año habrá auditorías para detectarlo. La comisión electoral afgana cuenta con asistencia internacional y me consta que su preparación de las elecciones, si no impecable, se queda cerca”, dijo a Efe María Espinosa, de la misión de observación de la UE.
Los analistas destacan que tras casi ocho años de esfuerzo en Afganistán, la comunidad internacional no se puede permitir unas elecciones fallidas y está dispuesta a ser benevolente con el proceso electoral afgano, que se efectúa sin censo alguno.
Bashardost ha manifestado que no le cabe duda de que se ha hecho todo lo posible para favorecer a Karzai, con intentos de inducción al voto como la reciente publicación de la encuesta del instituto de EEUU que lo da por vencedor.
Hasta el día 3 de septiembre no se conocerán los resultados provisionales de los comicios, que serán definitivos el 17. Caso de que se tuviera que celebrar una segunda vuelta, ésta sería en octubre
Los pastunes
September 14, 2009
Los pastunes o patanes son un pueblo etnolingüístico emplazado mayoritariamente en Afganistán, y en las regiones tribales del oeste de Pakistán. Los pastunes tienen como señas de identidad el uso de la lengua pastún y la práctica del código Pastunwali, un antiguo y tradicional código de conducta y honor.
La sociedad pastún consta de muchas tribus y clanes que raramente estuvieron unidos a lo largo de la historia, hasta la emergencia del imperio Durrani, en el año 1747. Durante la rivalidad anglo-rusa (conocida como El Gran Juego), desempeñaron un papel vital porque el límite de ambos imperios coincidía con su área de asentamiento. Durante 250 años, los pastunes fueron el grupo dominante en Afganistán, y concitaron la atención mundial con la invasión soviética del país (1979) y con el ascenso y caída de los talibanes, ya que de su etnia procede el principal contingente del movimiento integrista. Los pastunes son también una comunidad importante en Pakistán, donde suponen el segundo mayor grupo étnico.
La población total pastún es, según las estimaciones, de unos 42 millones de personas, pero no existe un censo oficial en Afganistán desde el año 1979. Hay unas 60 tribus importantes y, dentro de ellas, más de 400 subclanes.
Demografía. La gran mayoría de los pastunes habitan una franja que va desde el sureste de Afganistán al noroeste de Pakistán. También hay pastunes en las áreas norteñas paquistaníes y en el este de Irán. Tienen una pequeña presencia en la India, mientras que en los últimos años han aparecido pequeñas comunidades de emigrantes en Europa, América del Norte y la Península Arábiga. Los centros metropolitanos más importantes son Kandahar, Jalalabad y Swat. Peshawar, Quetta, Kabul y Kunduz son ciudades étnicamente variadas, aunque con una gran presencia de población pastún. En Karachi viven 3,5 millones de pastunes.
La etnia supone el 15,42 por ciento de la población de Pakistán, unos 25,6 millones de personas. En Afganistán, según estimaciones, el 42 por ciento de la población es pastún, unos 13,3 millones de personas. Entre los 1,7 millones de refugiados afganos en Pakistán, la mayoría son pastunes. Una suma acumulada de los pastunes en la región arroja un total de 42 millones de personas.
Historia y orígenes. La historia de los pastunes sigue sin contar con investigaciones fiables. Desde el segundo milenio antes de Cristo, las ciudades de la región han sido objeto de invasiones y migraciones. Visitadas por pueblos indo-iraníes, indo-arios, medas, persas, mauryas, escitas, kushans, heptalitas, griegos, árabes, turcos, mongoles, británicos, rusos y, más recientemente, los Estados Unidos de América. Varias teorías –tanto académicas como populares- chocan respecto al origen de los pastunes
Referencias antiguas. Existen varios grupos antiguos con epónimos similares a los pastunes, que han sido contemplados como los posibles ancestros de los modernos pastunes. El historiador griego Herodoto mencionó al pueblo “pactiano”, en la frontera oriental de la satrapía Persia Aracosia, ya en el primer milenio antes de Cristo. Su conexión con los pastunes no está clara. Y de modo similar, el Rig Veda menciona a la tribu “paktha” (en la región de Pakhat), es decir, el actual este afgano. Algunos académicos han propuesto una conexión con los modernos pastunes, pero se trata de una especulación.
En la Edad Media, hasta el advenimiento del moderno estado de Afganistán, en 1747, y la división del territorio pastún por la Línea Durand, del año 1893, los pastunes recibían meramente el nombre de “afganos”. Ese gentilicio aparece por primera vez en la historia en el Hudud-al-Alam, en el año 982 de nuestra era; se refería a un antepasado común y legendario de los pastunes, conocido como Afghana.
El sabio Alberuni se refiere a los afganos como un conjunto de tribus que viven en las montañas fronterizas entre la vieja India y Persia. En esta localización geográfica, los pastunes tuvieron un estrecho contacto con las tribus indias e iraníes, como atestigua el famoso viajero marroquí Ibn Battuta, en el transcurso de una visita a Kabul del año 1333: “Viajamos hasta Kabul, anteriormente una vasta ciudad, cuyo lugar está ahora ocupado por una tribu de persas llamados ‘afganos”.
Antropología y lingüística.Los orígenes de los pastunes están en el este de Irán. La lengua pertenece a la sub-rama iraní de la familia de lenguas indo-europeas. Los pastunes están clasificados como iraníes, posiblemente como descendientes de los bactrianos y escitas. Las viejas tribus iraníes que se expandieron a los largo de la meseta iraní fueron tempranos precursores de los pastunes. Al igual que otros pueblos iraníes, muchos pastunes se han mezclado con invasores varios, grupos vecinos y emigrantes. En términos de fenotipo, los pastunes son predominantemente un grupo mediterráneo, de forma que el cabello claro y la piel pálida no son infrecuentes, sobre todo entre tribus de montañas remotas.
Tradiciones orales. Algunos antropólogos dan crédito a las tradiciones orales míticas de las propias tribus pastunes. Por ejemplo, según la Enciclopedia del Islam, la teoría de la descendencia israelí de los pastunes está originada en Maghzan-e-Afghani, quien compiló una historia durante el reinado del emperador mongol Jehangir, en el siglo XVII.
Otro libro histórico, el Taaqati-Nasiri, mantiene que en el siglo VII un pueblo llamado Bani Israel se asentó en Ghor, al sureste de Herat, y más tarde emigró al sur y al este. Esas referencias casan con una común visión de la tradición oral pastún, de que cuando las doce tribus de Israel se dispersaron, la tribu de José se asentó en la región. El nombre pastún “Yusuf Zai” se traduce como “los hijos de José”.
Otras tribus pastunes mantienen que descienden de los árabes; y hay hasta quien reivindica (los sayyids) que Mahoma está entre sus antecesores. Algunos grupos de Peshawar y Kandahar (afridis, khattaks y sadozais) se dicen descendientes de los antiguos griegos que llegaron al territorio con Alejandro Magno.
Edad Moderna. Los pastunes están íntimamente ligados a la historia del moderno Afganistán y el Pakistán occidental. Tras las conquistas arabo-turcas de los siglos VII-XI, los ghazis (guerreros de la fe) pastunes invadieron y conquistaron buena parte del noroeste de la India. Su pasado reciente discurre por la dinastía Hotaki y más tarde el imperio Durrani. Los Hotaki derrotaron a la dinastía Safayid de Persia y tomaron bajo control gran parte del imperio persa entre 1722 y 1738. Esta campaña fue seguida por las conquistas de Ahmad Shah Durrani, un antiguo alto comandante bajo el Nadir Shah de Persia. Fundó el imperio Durrani, sobre una gran parte de lo que hoy es Afganistán, Pakistán, Cachemira, el Punjab indio y la provincia de Khorasan (Irán). Tras la caída del imperio Durrani, en 1818, el clan Barakzai se hizo con el control de Afganistán. El país quedó en manos del sub-clan Mohammedzai, desde el año 1826 y hasta el fin del reinado de Mohammed Zahir Shah, en 1973. Este legado continúa en el presente: Hamid Karzai procede de la tribu pastún Popalzai, en Kandahar.
Los pastunes afganos se resistieron al diseño británico de su territorio y mantuvieron a raya a los rusos durante el llamado Gran Juego. Pese a la rivalidad de los dos imperios, Afganistán se mantuvo como estado independiente y gozó de alguna autonomía. Pero durante el reinado de Abdur Rahman Khan (1880-1901), las regiones pastunes quedaron divididas por la línea Durand, y lo que es hoy el oeste de Pakistán fue cedido a la India británica en 1893. En el siglo XX, muchos líderes pastunes políticamente activos y viviendo en la provincia británica de la Frontera Noroeste apoyaron la independencia de la India, y se inspiraron en el movimiento pacifista del Mahatma Gandhi. Su región quedó encajada en el recién creado Pakistán.
Los pastunes afganos, sin embargo, alcanzaron la independencia completa de la intervención británica durante el reinado del rey Amanullah Khan, tras la tercera guerra anglo-afgana. La monarquía llegó a su fin en el año 1973, tras un golpe de estado ejecutado por Sardar Daud Khan. Esto abrió la puerta a la intervención soviética, que quedó culminada por la Revolución Saur, en el año 1978. Muchos pastunes se unieron a la oposición mujahidín contra la intervención soviética. Esto sembró la semilla de los modernos talibanes, un movimiento religioso con origen en el sur de Afganistán. A finales de 2001, el gobierno talibán fue depuesto por una nueva invasión, esta vez liderada por los Estados Unidos.
Quiénes son los pastunes. Entre los historiadores, los antropólogos y los propios pastunes está activo el debate acerca de quién compone este pueblo. Entre las distintas definiciones, destaca la etnolingüística, que mantiene como pastunes a quienes se mueven en los parámetros de un origen étnico del este de Irán, tienen una lengua, cultura e historia compartidas, viven en proximidad geográfica y se reconocen como miembros de ese pueblo. Las tribus que hablan dialectos muy distintos del pastún, por ejemplo, se reconocen como miembros del cuerpo común.
Otra definición, más estricta, se refiere a un componente cultural. Requiere de los pastunes que sean musulmanes y respeten el código Pastunwali. Esta es la visión prevalente entre los líderes tribales más conservadores, que niegan el estatus pastún a los judíos, incluso si ellos mismos reivindican tener antepasados de esa religión. La sociedad pastún no es homogénea, en el capítulo religioso: la mayoría son musulmanes suníes, pero hay núcleos chiíes en la Provincia de la Frontera Noroeste, de Pakistán. Los judíos paquistaníes y afganos, que un día se contaron por miles, viven hoy en Israel y los Estados Unidos.
Una tercera definición se refiere al componente ancestral y patrilinear, basado en una importante ley del Pastunwali, según la cual sólo son pastunes quienes tienen un padre pastún. Esta definición pone menos énfasis en la lengua de cada uno. Por ejemplo, los pastunes indios han perdido su lengua y también muchas costumbres, pero se siguen considerando pastunes, como ocurre con el actor de Bollywood Shahrukh Khan, de antepasados de esa etnia.
Cultura. La cultura pastún se asentó en el transcurso de muchos siglos. Las tradiciones pre-islámicas, probablemente ya presentes durante la conquista de Alejandro en el 330 antes de Cristo, sobrevivieron como danzas tradicionales, mientras que los estilos literarios y la música reflejan todavía una fuerte influencia de la tradición persa. La cultura pastún es una mezcla única de costumbres nativas y fuertes influencias del oeste, este y sur de Asia.
Religión. La gran mayoría de los pastunes sigue el Islam suní, sobre todo de la escuela Hanafi. Una proporción significativa de los pastunes son chiíes, principalmente en el este de Afganistán y el noroeste paquistaní. Existen fuertes enlaces entre la afiliación tribal y la membresía de la comunidad islámica. La mayoría de los pastunes creen ser descendientes de Qais Abdur Rashid, un temprano converso del Islam que llevó la fe a la población pastún. Algunos historiadores creen que los pastunes pudieron ser zoroastrianos, hindúes, judíos o chamanistas antes de la llegada del Islam. Algunos pudieron practicar el budismo. Sin embargo, todo esto es por el momento una conjetura y no existen pruebas concluyentes.
Pastunwali. El término “pakhto” o “pastún” del que los pastunes toman su nombre no sólo se refiere a la lengua, sino al código de honor pre-islámico conocido como Pastunwali. Se cree que su origen está en un tiempo pagano y que, de muchas formas, acabó por fusionarse con las creencias islámicas. El Pastunwali gobierna y regula casi todos los aspectos de la vida, desde los asuntos tribales al comportamiento individual y de honor.
El Pastunwali influye en el comportamiento social de los pastunes. Unos de los principios más conocidos es la Melmastia, el deber de hospitalidad y asilo para todos los invitados que piden ayuda. La injusticia percibida requiere el Badal, la venganza. “La venganza es un plato que se sirve frío” fue tomado en estas tierras por los británicos y luego popularizado en Occidente. Los hombres están obligados a proteger Zan, Zar y Zameen, las mujeres, el dinero y la tierra. Algunos aspectos promueven la coexistencia pacífica, como el Nanawati, la humilde admisión de culpa por un mal cometido, lo cual debería resultar en el perdón automático por parte de la parte ofendida. Otros aspectos del Pastunwali han sido objeto de duras críticas, sobre todo en lo referente a los derechos de las mujeres y los crímenes de honor. El Pastunwali continúa vigente entre muchos pastunes, especialmente en las áreas rurales.
Literatura y medios pastunes. A lo largo de la historia pastún, hubo poetas, profetas, guerreros y reyes que fueron reverenciados. Pero la literatura no desempeñó un papel destacado, principalmente porque el persa era la lengua franca de los países vecinos y dominaba las letras escritas. Los primeros registros del pastún escrito vienen del siglo XVI y describen la conquista del valle de Swat por parte de Sheik Mali. En el siglo XX, la literatura en pastún ganó prominencia gracias a los trabajos de Amir Hamza Shinwari, que cultivó los ghazals. En 1919, Mahmud Tarzi empezó a publicar el primer periódico de Afganistán: Seraj-al-Akhbar.
Con bajísimas tasas de alfabetismo, muchos pastunes continúan aferrándose a las tradiciones orales. Los hombres siguen reuniéndose en los chai khaanas –teterías-, para escuchar relatos orales, historias de valentía y coraje. Pese a que la tradición de los cuentacuentos está dominada por hombres, la sociedad pastún también está marcada por ciertas tendencias matriarcales. Los cuentos relacionados con la reverencia hacia la madre son comunes y pasan de padres a hijos, como la mayoría de la herencia pastún, mediante una rica tradición oral que ha sobrevivido a lo largo del tiempo.
Deporte. Los deportes tradicionales incluyen el naiza bazi, lo que incluye jinetes que compiten en lanzamiento de lanzas. El polo también es un deporte tradicional de la región y es popular entre algunas de las tribus. Los pastunes también participan del buzkashí y de la lucha, a menudo parte de las reuniones deportivas. El críquet quedó como legado del dominio británico sobre Pakistán y la India, países que tienen hoy a algunos pastunes entre sus mejores jugadores.
Artes escénicas. El pastún es un pueblo que participa en variadas formas de expresión, como la danza, la lucha con espadas y otras actividades físicas. La forma más común de expresión artística puede verse en las distintas formas de danzas. Una de las más prominentes es el atán, que tiene viejas raíces paganas. Modificada por el misticismo islámico, hoy es la danza nacional de Afganistán.
El atán se baila acompañado de varios instrumentos tradicionales, como el tambor, la tabla, el rubab o la tula (flauta de madera). Con un rápido movimiento circular, los bailarines danzan hasta que no queda nadie bailando. La mayoría de los bailes son masculinos, aunque hay algunas excepciones como el Spin Takray y el tumbal, una especie de tamborada realizada por las chicas de los pueblos cuando alguna de ellas se casa.
La música tradicional pastún tiene lazos con la música afgana tradicional, a su vez inspirada por la del Hindustán. Formas populares incluyen el ghazal (poesía cantada) y la música qawali sufí. Los tópicos giran en torno al amor y la introspección religiosa. La moderna música pastún tiene como eje la ciudad de Peshawar, debido a las guerras afganas, y tiene a combinar técnicas propias con rasgos persas y la música india de Bollywood.
Tribus. Una característica destacada del pueblo pastún es su intrincado sistema de tribus. Los pastunes son predominantemente un pueblo tribal, pero la urbanización del mundo ha comenzado a alterar la sociedad pastún: ciudades como Peshawar, Quetta o Kabul están creciendo rápidamente debido al flujo de pastunes rurales y la llegada de refugiados. Pese al desarrollo urbano, muchas personas se identifican todavía con varios clanes.
El sistema tribal tiene varios niveles de organización: la tribu (tabar) está dividida en grupos de parentesco llamados khels, a su vez divididos en grupos más pequeños (pllarina), formados a su vez por varias familias extendidas llamadas kahols. Las tribus pastunes están clasificadas en cuatro grandes grupos tribales: los sarbanes, los batianos, los ghurghushtos y los karlanes.
Otra prominente institución pastún es la Jirga o Senado, compuesto por lugareños veteranos. La mayoría de las decisions en la vida tribal son tomadas por los miembros del consejo, que es la principal autoridad que reconocen los igualitarios pastunes como cuerpo viable de Gobierno.
Mujer. Las vidas de las mujeres pastunes varían entre quienes residen en areas rurales conservadoras, como el cinturón tribal, y aquellas que viven en los centros urbanos, con mayor libertad relativa. Aunque muchas mujeres pastunes continúan sin recibir educación, otras han tenido un acceso al mundo laboral. La ocupación rusa, las guerras afganas y el régimen talibán trajeron tiempos duros para las mujeres, cuyos derechos quedaron limitados por una interpretación intransigente de la ley islámica.
El código del Pastunwali a menudo acota a las mujeres en papeles tradicionales que separan sexos. La senda del cambio y las reformas ha quedado obstaculizada por las guerras afganas, y también por el aislamiento y la inestabilidad de la vida tribal en Pakistán. La prueba de las barreras sociales está en que la tasa de analfabetismo entre ellas está muy por encima de la de los varones.
Los abusos contra las mujeres, muy extendidos, cuentan con una oposición cada vez mayor por parte de varias asociaciones femeninas, muy activas, que luchan contra grupos religiosos conservadores y también contra funcionarios del Gobierno tanto en Afganistán como en Pakistán. Las mujeres pastunes ven a menudo que sus derechos quedan a expensas de sus maridos o parientes masculinos. Los hombres pastunes siguen teniendo el dominio de la vida en el Pastunistán.





























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