Desde Gandhi hasta hoy, el ayuno como arma política

August 23, 2010

Nueva Delhi, 14 dic 2009.- Desde conseguir la emisión de una liga de criquet a la partición de un estado federal, el recurso del ayuno sigue dando réditos en la India, inspirado en la lucha del “mahatma” Gandhi y con fuerte base en la religión hindú.
Los resultados de la huelga de hambre como arma de presión política han vuelto a quedar de manifiesto estos últimos días con el anuncio gubernamental de partición del estado sudoriental de Andhra para crear el de Telangana, tras los 11 días de ayuno del líder regional K.Chandrasekhara Rao.
Se da la circunstancia de que el propio Andhra nació en la década de 1950 de otra huelga de hambre: la que costó la vida a Potti Sriramulu, cuya muerte luchando por una patria para los indios de lengua telugu generó una fuerte tensión política que el Gobierno actual ha intentado evitar.
Pero el anuncio de creación de Telangana ha desatado una tormenta de protestas y dimisiones de diputados regionales, uno de los cuales, L. Rajagopal, fue detenido hoy durante unas horas cuando regresaba a Hyderabad con intención de emprender su propio ayuno de protesta porque, alegaron los agentes, “no tenía permiso para ello”, según la agencia IANS.
La popularidad de los ayunos bebe de la influencia del “mahatma” (gran alma) Gandhi, quien recurrió con frecuencia a ellos para luchar contra la violencia sectaria y también para lograr su propósito político, la independencia de la India, obtenida en 1947.
La táctica del padre de la independencia india, inspirada en los ayunos aún vigentes en el hinduismo o el jainismo, ha servido de ejemplo en las últimas décadas a políticos y ciudadanos.
Monjes budistas que claman por la independencia del Tíbet o sacerdotes hindúes que quieren más ayudas para sus templos, aldeanos con demandas de mejores carreteras, o profesores y enfermeros que quieren más salarios, todos ellos se han hecho escuchar en los últimos meses haciendo huelgas de hambre.
En abril, los presos de la cárcel de Calcuta dejaron de comer hasta conseguir que la dirección del centro accediera a darles por televisión la liga de criquet, un deporte tan popular que los jugadores de la selección de hockey también ayunaron para exigir la misma atención en las secciones deportivas de los medios indios.
En la presente edición del programa “Gran Hermano”, uno de los concursantes decidió dejar de comer y beber para lograr que una de sus compañeras de aventura televisiva se rindiera ante su amor.
“Si no me dice ‘te quiero’, no como”, repetía demacrado pero, tras 36 horas de indiferencia de su amada, abandonó la estrategia gandhiana y se aplicó a otros menesteres.
“A los problemas incontables que plagan la India hay que añadir una práctica frecuente. Cada día, algún grupo de idiotas lanza una huelga de hambre”, se quejaba un internauta en el foro “Searchindia.com”, a propósito de la protesta telangana.
Ejemplo sonado fue el de la líder bengalí Mamata Banerjee, que ayunó durante 25 días encima de un escenario montado en 2006 en las calles de Calcuta (noreste) para lograr la paralización de una planta de coches de Tata Motors, que finalmente consiguió.
O el caso del octogenario jefe de Gobierno de Tamil Nadu (sur), M. Karunanidhi, quien apareció una mañana del pasado abril tumbado en una cama frente a la playa de Chennai y ayunó durante seis horas para pedir el fin de la guerra en Sri Lanka.
Sabedor de la simpatía social que obtienen los ayunos en la India, el Gobierno suele acceder a negociaciones para aplacar a los huelguistas, como sucedió con Banerjee o con Rao.
Para el comentarista político Amulya Ganguli, con el precedente del fallecimiento de Sriramulu en 1952, “si alguien puede reunir el valor suficiente para cortejar a la muerte, es virtualmente imposible que un Gobierno rechace su demanda”, al menos en un estado tan importante como Andhra.
Porque a veces el esfuerzo resulta infructuoso, como le ha ocurrido a la activista del remoto estado de Manipur Irom Sharmila, que está siendo alimentada forzosamente por la nariz tras ocho años recurriendo a los ayunos para exigir la retirada de los poderes especiales del Ejército en el conflictivo noreste indio.

Sanjay Dutt, actor y gángster, travieso y reconvertido

January 18, 2009

Nueva Delhi, 31 jul 2007.- Sanjay Dutt, de 48 años, condenado hoy a seis años de prisión por tenencia ilícita de armas dentro del proceso por los atentados de Bombay de 1993, es uno de los actores más populares de la industria de Bollywood. Y tiene uno de los pasados más turbulentos.
Nacido, como tantas otras estrellas indias actuales, en el seno de una dinastía dedicada a la industria del cine, Dutt fue pronto víctima de su adicción al alcohol y las drogas, que se agravó con la muerte de su madre, Nargis Dutt, víctima de un cáncer.
Nargis murió pocas semanas antes del estreno de la película “Rocky”, que supuso el debú de Sanjay Dutt en la gran pantalla de la mano de su padre, Sunil.
La muerte de su madre sumió al actor en una espiral de drogas y demencia, pero su padre reaccionó enviándole a Texas para que se rehabilitara.
En Estados Unidos, el actor cayó víctima de una dolencia pulmonar, aunque gracias a esta conoció a la enfermera Richa Sharma, con quien se casó meses después.
Con Sharma tuvo una hija, Trishala, pero la felicidad duró poco. La familia quedó destrozada por la noticia de que la madre padecía un tumor cerebral que le causó la muerte.
A pesar del dolor en lo personal por la pérdida de su mujer y de la custodia de su hija -la familia de Sharma litigó por los cuidados de la pequeña-, Sanjay trabajó duro para relanzar su carrera y logró el éxito definitivo con las películas “Saajan” (1992) y “Khalnayak” (1993), en la que representó un papel de villano.
Y, cuando su carrera parecía retomar la senda del éxito, se produjeron en marzo del 1993 los terribles atentados de Bombay, trece explosiones en puntos estratégicos de la ciudad que causaron la muerte de 257 personas y heridas a otras 1.000.
En una nueva muestra de las conexiones de Bollywood con las mafias, Dutt fue detenido y encarcelado en relación con esos atentados. la Policía averiguó que los gángsters habían visitado la casa del actor y le habían dado varios rifles Ak-56, granadas de mano y cartuchos. Sanjay guardó un rifle y devolvió las demás armas.
El actor pasó 18 meses en la cárcel, en los que recibió el apoyo masivo de la industria y, al salir, se casó con Rhea Pillai, pero el matrimonio fue un fracaso y acabó en divorcio.
Pese a los vaivenes de su vida personal y su vinculación con las mafias de Bombay, la carrera de Sanjay no sólo quedó intacta, sino que ha crecido a lo largo de los años con varios éxitos, basada en su imagen de “macho” (“Misión Cachemira”, “Línea de Control”) y luego como comediante.
El corpulento Dutt ha obtenido grandes beneficios en los últimos años con la saga “Munna Bhai”, en la que el actor interpreta a un gángster de Bombay que tiene un corazón de oro.
En la primera de las dos películas (“Munnabhai MBBS”), Munna, acompañado en las pantallas por su padre Sunil (quien falleció poco después) logra sacarse el título de medicina a base de copiar y trata de mejorar el mundo dando abrazos.
En la segunda (“Lage Raho Munnabhai”), votada en los más importantes foros de internet como una de las mejores comedias de la historia mundial, Munna-Dut cree ver al fantasma de Gandhi, y guiado por sus consejos, se lanza como un Quijote para luchar contra la corrupción y los problemas de la India moderna.
Dutt, que fue absuelto en 2006 de los cargos de terrorismo pero declarado culpable por tráfico de armas, trató de cultivar esa imagen de “enfant terrible” reconvertido durante los juicios por los atentados de Bombay, acudiendo a los templos antes de cada sesión.
“Considerando elementos de esta confesión y teniendo en cuenta lo dicho por otro declarante, acepto la declaración de Sanjay según la cual adquirió y mantuvo esas armas para su propia defensa”, dijo el juez durante la vista.
La imagen de gángster bonachón -con sus paralelismos en la vida real- ha convertido a Sanjay Dutt en un icono no sólo del público, sino también de sus colegas de profesión.
Pero la mejor definición de Dutt la proporciona una pegatina de sus años como colegial y que ahora lleva en su coche, que dice: “Nunca te rindas”.

Gandhi vuelve a la India en la mente de un gángster perturbado

December 14, 2008

Nueva Delhi, 7 dic 2006.- La película indiaLage Raho Munna Bhai“, en la que “Mahatma” Gandhi se le aparece a un gángster quijotesco, se ha convertido en el país en todo un fenómeno que ha inspirado desde protestas con rosas hasta una ley anticorrupción.
El filme ha conquistado a distintas personalidades del país, como el primer ministro, Manmohan Singh, o el propio bisnieto de Gandhi, Tushar Gandhi, quien confesó a Efe “estar encantado” con la imagen y el tratamiento que el mensaje de su bisabuelo recibe en la película.
“Aparentemente, la India había abandonado a Gandhi. Pero el camino que predicó es tan viejo como los ríos y las montañas, y sin paz y amor no sobreviviremos como sociedad. Soñar sobre la igualdad y trabajar con los más débiles aún es actual, como demuestran Gandhi o Muhammad Yunus“, dice Tushar.
Para definir esta nueva ola de pacifismo igualitario, la película recurre al neologismo “gandhigiri” (literalmente “hacer el Gandhi“), que los medios indios usan para denominar a una forma de protesta que recurre al amor y la tolerancia frente a la violencia.
“El engaño es una enfermedad, y quien engaña, un enfermo. Así que la mejor manera de luchar contra la mentira y la corrupción es desear a quienes las padecen una pronta recuperación, por ejemplo regalarles rosas”, dice el fantasma de Gandhi al gángster alucinado.
Y, cautivados por la fuerza del mensaje, miles de personas se han lanzado a las calles del país desde el estreno del filme para protestar con rosas por la crisis agrícola del algodón, las precarias condiciones de la enseñanza universitaria, o simplemente por el servicio deficiente de una compañía telefónica.
“Una película -dice Tushar Gandhi-, no puede hacer una revolución, pero sí generar interés. Y ahora el mensaje de Gandhi ha vuelto, a pesar de que, de algún modo, siempre estuvo aquí”.
En la película, un gángster de Bombay se empapa de filosofía gandhiana para conquistar a su amor platónico, una locutora de radio, pero la obsesión por el padre de la independencia india termina por causarle alucinaciones.
Arrastrado por los consejos del fantasma de Gandhi, el mafioso y su amigo Circuito, dos modernos Quijote y Sancho, se lanzan a la ayuda de los débiles de la ciudad, en medio de las coreografías típicas de “Bollywood” y con un argumento rocambolesco que combina las teorías del “Mahatma” con el humor, la picaresca y el hampa.
“Si un chico le tira una piedra a una estatua mía, decidle que recorra el país y derribe todas mis estatuas, y que borre mi nombre de las calles y los libros. Que sólo me guarde en el corazón”, dice el fantasma por boca del gángster antes de recomendarle poner la otra mejilla para recibir mamporros.
Con el lema “Ponte bien pronto”, el filme ha cuajado en distintas páginas de la red, pero también en los selectos pasillos de la alta política, después de que el primer ministro indio, Manmohan Singh, declarase que la película capta “el mensaje de Bapu (‘Padre’, en referencia a Gandhi) sobre el poder de la verdad y el humanismo”.
Singh aseguró además que el filme, que se ha convertido en la primera película en hindi estrenada en la sede de la ONU, es una de las referencias de la nueva ley que su Gobierno promueve para luchar contra la corrupción.
El éxito de “Munna Bhai” (“colega Munna”) estriba, de acuerdo con Tushar Gandhi, en que ha sabido conectar el referente moral de Gandhi con un lenguaje juvenil y cercano a los problemas cotidianos de la gente.
En palabras del bisnieto de “Mahatma“, su bisabuelo, el verdadero Gandhi, “no estaría contento con la India de hoy, repleta de desigualdades”, pero “buscaría un camino positivo”.
Sin embargo, el Gandhi fantasmal le responde y tranquiliza a sus conciudadanos desde la gran pantalla: “No os preocupéis por mí, yo estoy bien y sigo aquí vigente, aunque sea sólo en la cabeza de un loco”.

Los suicidios en la India no entienden de castas

December 14, 2008

Nueva Delhi, 27 oct 2006.- Agricultores arruinados, soldados bajo presión, ancianos cansados de vivir o escolares marcados por la competitividad son algunas de las caras del suicidio en India, un problema creciente que nadie sabe muy bien cómo afrontar.
Los 1.021 agricultores que se han suicidado en el centro de la India desde julio de 2005 son botón de muestra de un fenómeno que ha convertido también la región de Tamil Nadu, en el sur, en el lugar del planeta con mayor índice de suicidio adolescente.
Los diarios indios no tienen normalmente recato en tratar este asunto, tabú en otras culturas, y suelen informar de los suicidios de adolescentes en las páginas de sucesos dando toda clase de detalles.
En Tamil Nadu, por ejemplo, la tasa de suicidios entre los jóvenes es de 103 por cada 100.000 habitantes, nueve veces más que la media mundial, y más del 50 por ciento de las muertes de mujeres jóvenes se deben a esta causa.
Allí y en el estado vecino de Kerala se producen la mitad de las 100.000 muertes auto inducidas anuales registradas en la India, que han aumentado un 60 por ciento en apenas una década.
Kerala, según las estadísticas, es el estado más culto y alfabetizado de toda la India.
Según dijo a Efe el sociólogo Nandu Ram, “en Tamil Nadu y otras regiones del sur hay un culto al líder que conduce a la gente a matarse, como ocurrió tras la muerte de M.G. Ramachandran“, un actor y primer ministro de la región que murió en 1984 y arrastró a más de 100 personas al suicidio.
Mientras, los estudiantes son proclives a crisis de autoestima debido a problemas familiares, la violencia doméstica, amores fracasados o enfermedades mentales, también les afecta el sistema educativo indio, que apuesta fuertemente por la competitividad de cara a la inserción laboral.
“Muchos chicos no son capaces de afrontar las exigencias de sus padres o del colegio y eso les genera complejos y les hace pensar que no existe otra salida”, aseguró el sociólogo.
En el caso de los agricultores, el suicidio se ha convertido en una respuesta a un campo sin futuro, sobre todo en Vidarbha, donde las deudas generadas por la caída de los precios del algodón y la sequía son las causas más citadas por los analistas locales.
La mayoría de los campesinos son analfabetos en la India, de ahí que para muchos sea más complicado lograr préstamos bancarios que acudir a usureros ilegales, aunque ello suponga el pago de unos intereses que pueden alcanzar el 60 por ciento y son cobrados a veces con métodos coercitivos.
El Gobierno indio aprobó una serie de medidas para mejorar la situación los campesinos, pero las tasas de suicidios han aumentado porque las ayudas, de acuerdo con la versión de los sindicatos, no llegan.
Según el portavoz de la organización agrícola Vidarbha Jan Andolan Samiti (VJAS), Kishor Tivari, los suicidios tienen una traza común: ocurren entre pequeños campesinos endeudados que se enfrentan a alguna enfermedad familiar, una hija en edad casadera o un hijo desempleado, además de una caída de los precios o la producción.
Ahora, el VJAS contempla la organización de “gandhigiris“, una suerte de huelgas que siguen los principios “gandhianos” de la verdad, la tolerancia, la no violencia y la unidad, con el fin de alcanzar un “precio justo“, de unos 45 euros por quintal de algodón.
Por su parte, el Ejército indio, menos dado a “gandhigiris” que los campesinos, ha anunciado la contratación de psicólogos contra la plaga de suicidios entre sus filas, estimados en unas 500 desde 2002 y concentrados sobre todo en la región en disputa de Cachemira.
De todos modos, la controversia en torno al suicidio es la misma: determinar cuál es el valor de la vida en un país que tiene 1.100 millones de habitantes y ha comenzado apenas a desarrollarse.
Y es que en la India, algo tan individual como el suicidio se ha convertido en un problema de masas y no entiende de castas.

Los hijos de Jawaharlal Nehru

December 14, 2008

EVM maquina electoralLas urnas más cercanas (o debería decir “la máquina”) están situadas en la escuela pública del barrio. La policía ha puesto barreras para limitar el tráfico y facilitar los accesos a los votantes, que acuden acicalados y bien vestidos; deben elegir a su representante para la conurbación de Nueva Delhi, un cuerpo electoral del tamaño de Holanda o Chile. Esto no debería estar pasando: en realidad, las elecciones tuvieron lugar hace semanas y los resultados se conocieron hace unos días: amplia victoria –la tercera consecutiva- para el Partido del Congreso.

Pero en mi barrio –Rajinder Nagar- las elecciones quedaron suspendidas hasta hoy, porque el candidato del Bharatiya Janata Party (radicales hindúes) se suicidó en plena campaña. Saber ya cuál es el partido vencedor no disuade del voto a muchos electores, que guardan cola pacientemente hasta recibir el permiso de entrada de la policía.

Las elecciones de Delhi son sólo un preludio de las generales, previstas para la primavera, pero su funcionamiento es escrupulosamente el mismo de lo que vendrá: nada más llegar, el votante debe identificarse y firmar en un pliego en el que figura su nombre y fotografía. Se le entrega un impreso rosa y un funcionario le pringa una uña con tinta indeleble. Es el modo de evitar que alguien vote más de una vez.

Y resueltos los procedimientos previos, el votante marcha hacia una esquina, donde recoge su elección una “máquina” convenientemente camuflada con un modesto cartón cóncavo para garantizar el secreto del voto. Las EVM (Electronic Voting Machine) son uno de los fenómenos más llamativos de las elecciones en la India. El votante apenas debe pulsar un botón. Y un pitido confirma que la elección está hecha.

A pocos metros de la EVM, un oficial dispone de una terminal de control que garantiza la transparencia y la corrección del proceso. Ver la máquina está prohibido, pero el oficial de la escuela me enseña la plantilla marco de las EVM: figura el nombre del candidato junto al símbolo de su partido, muy útil para analfabetos. A la derecha, un botón azul y una marca de luz que se encenderá al pulsado.

Partido del Congreso“Echa un vistazo rápido”, se aviene al final. Tras el cartón, me da tiempo a ver una EVM del tamaño de un portátil. La máquina se adivina sencilla también para quienes no saben leer. Se trata sólo de pulsar el botón del partido preferido: la mano, del Partido del Congreso; el loto, del BJP; el elefante, de los castibajos del Bahujan Samadi Party. Así hasta una docena de símbolos.

Con las EVM, la Comisión Electoral india se ahorra tiempo –imaginen contar 670 millones de papeletas- y dinero: unos 40 millones de dólares, según cálculos oficiales, dejan de gastarse en imprentas, transportes, almacenamientos o seguridad.

La primera idea de contar con máquinas electrónicas proviene de finales de los años 70. Aunque su desarrollo llevó unas dos décadas, hoy la Comisión Electoral presume de una tecnología que funciona en áreas sin electricidad (admite pilas), no causa errores y es rápida, manejable y fácil de transportar. El voto permanece secreto y además, las máquinas son reutilizables.

Da facilidades, en fin, para aligerar los procedimientos en la “mayor democracia del mundo”. Esta idea –el gigantismo democrático- tiende a causar más orgullo que preocupación a los escribas indios, atentos a las grandes cifras: 670 millones de votantes, más de 600.000 pueblos, más de un millón de máquinas que reúnen a los indios con su mayor fiesta. Desafortunadamente, las EVM no sirven sin embargo para mejorar ni la representatividad de la población india, tan sometida a privaciones, ni la calidad democrática del día a día. Sólo son máquinas.

Durante décadas, los indios han estado fijados a los procedimientos de una burocracia virtualmente omnipotente, y por eso mismo la proverbial dejación de muchos de sus mandarines ha tenido efectos demoledores no sólo para resolver cuitas por lo civil o acceder a las cartas de racionamiento. También para certificar la insalvable distancia existente entre los centros de decisión y los ciudadanos.

Por ponerlo en palabras del profesor Amartya Sen, que recurre a la vieja escuela de la “nyaya”: la legitimidad de la democracia india no debería quedar sólo en el ritual de acudir a las urnas cada cierto tiempo. También hay que incidir en la capacidad de los legisladores para alcanzar prácticos avances sociales, más allá de las reglas y las organizaciones.

Sesenta años después de la independencia, el balance es todavía deficiente.

“Las debilitadas instituciones –escribe el historiador Ramachandra Guha- significan que la democracia india puede ser descrita como un éxito parcial. La India es mayormente democrática cuando se trata de celebrar elecciones y en permitir la libertad de movimientos y expresión. Pero mayormente no lo es si se atiende al funcionamiento de los políticos y las instituciones”.

“¿Podría usted inventar un software para que nuestra democracia funcione?”, le preguntó un anciano al co-presidente de Infosys, Nandan Nilekani, durante la presentación de su libro “Imaginando India”. El joncho dijo secamente “No”.

Hay, sí, caciques locales, gremialismo, un culto al liderazgo, una ausencia de control efectivo del poder. En muchos casos, los cargos políticos o funcionan a dedo o se heredan dentro de la propia familia, empezando por la propia dinastía Nehru-Gandhi. Pero tampoco hay que hacer sangre del sistema. Si uno mira las décadas pasadas y si uno mira a los turbulentos países de la zona, tendrá que convenir en que el gran triunfo de la democracia india ha sido su resistencia.

Y el debate, en realidad, no debería ser tanto el hincapié en sus insuficiencias, que a la vista están, como el determinar si el sistema político está obteniendo su cuota de beneficio de las reformas económicas de los años 90 o, por el contrario, si los indios deben todavía ventilar las viejas y torcidas prácticas administrativas y el circuito paralelo y sin control en el que se manejan sus políticos.

No lejos de Rajinder Nagar se conserva el palacete que sirvió de residencia a Jawaharlal Nehru en sus años delhíes, ya durante sus sucesivos mandatos como primer ministro. Hoy, el edificio alberga un museo y un planetario anexo al que acuden los colegiales en sus excursiones organizadas –algo que agradaría a Nehru, que profesaba una legendaria adoración por los niños.

Nehru y Gandhi charlandoAunque en Occidente –y más aún en el mundo hispano- es el “Mahatma” Gandhi quien monopoliza el brillo simbólico de la lucha pacífica por la libertad india, en el asunto de la democracia el país debe más bien su trazado a Jawaharlal Nehru y el puñado de demócratas a la británica que le acompañaban en el albor de la independencia.

A toro pasado, es fácil concluir que Nehru no se equivocaba en su apuesta por la democracia: que un país tan diverso, plural e inabarcable como la India no podía prosperar salvo haciendo de la democracia el salón para la puesta en común de sus intereses. La suya era una democracia secular, principialista, que incorporaba elementos del socialismo fabiano y del Parlamentarismo británico dentro de un teórico no-alineamiento en los asuntos internacionales.

Visto ahora, digo, su vía parecía sensata. Pero en aquel momento, la prédica no era tan sencilla: la idea de Nehru era cuestionada por Gandhi, que prefería una organización semi-mítica de consejos rurales. Por la izquierda, los comunistas defendían su dictadura del proletariado (olvidaban que en India no había proletarios), y por la derecha, vociferaban los radicales religiosos que buscaban hacer del hinduismo la piedra de toque del estado.

El museo Nehru guarda varias reliquias preciosas para quien quiera acercarse: el despacho que hacía de ministerio de Asuntos Exteriores, su austero lecho de muerte, los altos techos de la habitación de Indira, cientos de míticas fotografías de la lucha por la independencia. Hay salones enmoquetados con chimenea, constantes centros de reunión, referencias de Gandhi en paredes y estantes.

Y, sobre todo, el despacho en el que se quedaba “trabajando hasta altas horas”, según la placa. Una gran mesa con un icono de Buda –Nehru se decía ateo- y varios tinteros, tres viejos teléfonos. Sillones, sofás. Retratos de su hija Indira Gandhi, del “Mahatma”, de Abraham Lincoln. Sobre una repisa descansa un globo terráqueo. Hay centenares de libros en estantes y otros fuera: los muy europeos Sartre, Gunnar Myrdal.  Sólo uno está sobre la mesa, todo un manual del buen “gentleman”: el Diccionario Oxford de inglés, versión concisa.

El británico Nehru terminó por salirse con la suya. Aunque sus sucesores reescribieron su guión con mayor o menor fortuna, la nave india continúa en sus tareas. De los cuatro legados nehrudianos, democracia, secularismo, socialismo y neutralidad, el primero es el que mantiene mayor pujanza simbólica –y real-, por evidentes que resulten sus deficiencias. Como la población continúa creciendo, cada vez que la India celebra elecciones generales, el proceso se convierte en el mayor ejercicio democrático jamás realizado sobre la tierra.

Y ahora, para participar en él, basta con pulsar un botón. O esperar el accidente: mientras la gente todavía vota en Rajinder Nagar, alguien llama a la puerta. “¿Ha votado ya toda la gente de esta casa?”, dice una mujer de mediana edad. “Si no han votado, acompáñeme, yo iré con usted, si lo desea. Y podemos hablar por el camino”, añade.

Aclaro que todos hemos (han) votado. “Habrán votado al elefante, espero”, se despide. Y para esta “invitación al voto”, no hay máquina EVM que nos salve. Curiosa democracia.