Se cumplen 25 años del “Julio negro”, la peor matanza étnica de Sri Lanka

February 3, 2009

Nueva Delhi, 25 jul 2008.- Los tamiles de todo el mundo conmemoran estos días con obras de teatro, exposiciones y vigilias los 25 años desde las peores matanzas étnicas registradas en Sri Lanka, semilla de la actual guerra que sufre la isla del Índico.
“Los 25 años merecían un repaso de las historias de lo que ocurrió luego. Hay fotografías de desplazados, de mujeres que lo perdieron todo”, cuenta a Efe por teléfono la fotógrafa Anoma Rajakaruna, que presentó en Colombo la muestra “Vida tras 25 años”.
La poderosa diáspora tamil del mundo puede asistir estos días a obras de teatro en Toronto (Canadá), presentaciones de libros en Australia y la India o vigilias y manifestaciones en los Estados Unidos, con el objetivo común de conmemorar las matanzas de 1983.
“Algunos se preguntan por qué estos eventos son recordados ritualmente año tras año cada julio. Yo creo que la única razón es asegurarnos de que algo así no vuelva a suceder”, dice a Efe por teléfono el ministro de Integración Nacional, Dew Gunasekara.
Cingaleses (mayoritarios) y tamiles se habían enzarzado en choques étnicos esporádicos desde la década de 1970, pero la violencia estalló definitivamente en julio de 1983, el “Julio Negro”, con la llegada a Colombo de los cadáveres de 15 soldados emboscados por la guerrilla tamil (LTTE).
“Los soldados fueron traídos a la vez y la gente reaccionó con ira en el entierro. Además, el Gobierno tardó seis días en pedir calma; ese silencio animó a los violentos”, comenta desde Colombo Gunasekara.
La noche del 24 de julio de 1983, poco después del sepelio, hordas de cingaleses enfurecidos asaltaron, violaron y asesinaron a cuantos tamiles encontraron a su paso en la capital ceilanesa.
“Todavía recuerdo cómo pararon el automóvil. Dentro había cuatro: una niña, un niño y sus padres. Unas preguntas con alegría, para no cometer errores. Y entonces pasaron a la acción. Rociar con gasolina y todo eso”, escribe el poeta cingalés Basil Fernando.
Según los cronistas, las turbas preguntaban a los motoristas por su etnia, y los mataban si estos resultaban ser tamiles; ardieron autobuses cargados de pasajeros y una muchedumbre entró en un penal capitalino y acuchilló a 53 presos políticos de esa etnia.
“Amaneció un día de 1983 que cambió el paisaje y la rutina familiar. Ardió cada edificio tamil de la ciudad, incluida la farmacia del tío Joe. Pasaron días, semanas, meses: él desapareció sin dejar rastro”, recuerda la fotógrafa Rajakaruna.
Los pogromos de Colombo se extendieron más tarde por todo el país con un balance escalofriante: murieron más de 1.000 tamiles y se calcula que se quedaron sin vivienda 700.000 personas, de las cuales 400.000 dejaron Sri Lanka y se repartieron por todo el mundo.
Pese al silencio gubernamental, el “Julio Negro” también dio pie a frecuentes actos de hermandad entre miembros de ambas comunidades, y está documentada la ayuda que muchos cingaleses prestaron durante los pogromos a los tamiles.
Pero la violencia ahogó la cooperación entre los dos grupos étnicos y dio preeminencia al grupo extremista Tigres para la Liberación de la Patria Tamil (LTTE), que se financió con dinero de la diáspora y se hizo con el poder en el tercio norte de la isla.
La guerra, según Gunasekara, marcó la división de facto de Sri Lanka y ha causado desde entonces la muerte de casi 100.000 personas, con daños “incalculables” para la confianza mutua entre los budistas cingaleses y los tamiles, de religión hindú.
El LTTE lucha todavía por la independencia del “Tamil Eelam”, las áreas con más presencia tamil -el norte y el este- y donde se concentran los frentes de batalla, aunque en los últimos meses el Ejército ha logrado avances significativos.
“¿Qué significó el ‘Julio negro’? El comienzo de la era de las pistolas, las desapariciones, los niños soldado, la destrucción de la democracia. Y el conflicto todavía continúa”, concluye el ministro.
Pese a la dramática situación bélica del país y el sufrimiento de cientos de miles de habitantes, durante la exposición de Rajakaruna ha habido un pequeño motivo de alegría: la vuelta del tío Joe, veinticinco años después de su desaparición.
El tío Joe de la farmacia, ya con 77 años, contó a Rajakaruna que alguien le habló de la exposición y entonces pidió que le llevaran a verla; que lo perdió todo pero salió adelante; que su hijo tamil se casó, felizmente, con una chica cingalesa.

Narendra Modi, el político héroe o el más villano de la India

February 3, 2009

Ahmedabad (India), 28 feb 2008.- Con más de 1.000 muertos hace justo seis años, los choques religiosos de 2002 en la región occidental india de Gujarat causaron la peor matanza comunal en las últimas décadas y tuvieron como uno de sus protagonistas principales al entonces y hoy jefe del Gobierno regional, Narendra Modi.
Modi, reelegido en diciembre de 2007 con una mayoría incontestable, ha sido acusado de haber, en el mejor de los casos, cerrado los ojos ante la matanza de musulmanes, en la que participaron miembros de formaciones afines a su Gobierno.
Con el estigma de ejercer una persecución religiosa contra las minorías, Modi sufrió en 2005 la humillación de ver cómo los Estados Unidos le retiraron el visado de entrada en el país.
Pero las sospechas que recaen sobre su régimen sobre presuntas violaciones de derechos humanos no han debilitado la admiración que profesa entre sus paisanos, que reiteraron su confianza en el dirigente dándole sus votos y una nueva mayoría absoluta en la cámara.
Nacido en el año 1950 en el seno de una familia de clase media, Modi, un vegetariano que considera el consumo de carne un despilfarro de recursos, estudió Ciencias Políticas y entró a formar parte de la formación radical hindú Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS).
Su ascenso en los cuadros de militancia del partido conservador Bharatiya Janata Party -afín al RSS- fue fulgurante, y pronto se convirtió, en 2001 y un año antes de los disturbios que le catapultaron a la “fama” mundial, en el secretario general regional con el objetivo de reorganizar la formación y asaltar el poder.
El detonante de aquellos disturbios fue la muerte de 58 peregrinos hindúes en la localidad gujarati de Godhra en marzo de 2002, cuando el tren en el que viajaban paró por una barricada de piedras colocada en la vía y, momentos después, se incendió.
Modi calificó los hechos como un “violento acto de terrorismo planificado por parte de una comunidad contra otra”, una clara acusación contra los musulmanes que pudo espolear a los radicales hindúes que se echaron a las calles.
Con más de 1.000 muertos en los dos meses de disturbios que siguieron a estos hechos, Modi no ha podido jamás quitarse de encima el estigma de las matanzas de cara al exterior, pero mantiene intacta su popularidad para la mayoría de sus conciudadanos.
La razón es la situación económica de Gujarat, quizá la región india más pujante, con una media de crecimiento anual superior al 10 por ciento y un “cambio desde las raíces” que ha cuadruplicado la producción agrícola y ha puesto a la región como líder en generación de energía.
Y el Gobierno de Modi ha aplicado una receta de inversión en infraestructuras como conductor del crecimiento económico que ha dado sus frutos en las dos ocasiones en las que ha resultado ya reelegido (2002 y 2007), con el lema “Gujarat Vibrante”.
Según sus biógrafos institucionales, Modi es un visionario y un “líder popular de imagen panindia”, apasionado, joven, energético, escritor de libros; un astuto político, un orador agudo y un negociador que se ha ganado “el amor y el afecto de las masas”.
“Estoy eternamente orgulloso de ser humano e hindú. Cada momento siento que soy grande, extenso; que soy sindhú (etnia de la zona)”, escribió.
Pero hay quien, menos proclive al visionario Modi, se ha dedicado a compilar otro tipo de composiciones: las frases que pronunció durante la matanza étnica, como: “cada acción (en referencia al incendio del tren) tiene una reacción igual y opuesta”.

Seis años después de matanzas de Gujarat, víctimas siguen pidiendo justicia

February 3, 2009

Ahmedabad (India), 28 feb (EFE).- En el sexto aniversario de las matanzas religiosas que causaron más de 1.000 muertos, nada se para en la región india occidental de Gujarat, un pujante motor económico e industrial en el que sin embargo hay quien reclama justicia.
Ante la lentitud de los tribunales, las asociaciones de víctimas -en su mayoría, musulmanas- se reunieron hoy en un centro de convenciones de la ciudad más importante de Gujarat, Ahmedabad, y decidieron impulsar una larga marcha hasta Nueva Delhi dentro de tres meses.
“Las clases medias de Ahmedabad quieren olvidar lo sucedido, creen que no es correcto levantar el pasado. Pero las víctimas están lejos de haber recibido justicia y ahora se están organizando”, dice a Efe el activista Prasad Chacko, de Ayuda en Acción.
Chacko calcula en 5.000 las familias que tuvieron que abandonar sus casas durante los disturbios de Gujarat, que comenzaron hace hoy seis años tras el incendio de un tren de peregrinos hindúes a manos, según los extremistas de esa religión, de los musulmanes.
Durante los dos meses siguientes, musulmanes e hindúes se enfrentaron en ataques y contraataques que ocasionaron unos 1.000 muertos, según algunos cálculos, y, sobre todo, una cicatriz aún abierta en la convivencia religiosa, hasta el punto de que ambas comunidades viven hoy en barrios separados.
“Mi casa fue destruida”, cuenta a Efe el profesor universitario J.S. Bandukwala (musulmán), que tuvo que esconderse en el servicio de una familia amiga (hindú) después de que una turba de integristas rodeara su vivienda para quemarla y matarle.
“Con el tiempo he perdonado. Pero no es justo que Dhimant Bhatt, la persona que encabezó la acción -y lo reconoció públicamente- siga en la calle sin ningún proceso judicial iniciado contra él”, añadió.
Las víctimas y las asociaciones de ayuda son muy críticas con la gestión que de la crisis hizo el Gobierno regional, entonces y hoy encabezado por el conservador Narendra Modi, quien calificó el incendio del tren como un “violento acto de terrorismo planificado por parte de una comunidad contra otra”.
Esta y otra cita, “cada acción tiene una reacción igual y opuesta”, pudieron espolear a los grupos de agresores de organizaciones integristas como el Bajrang Dal y el Vishwa Hindu Parishad (VHP), afines al partido de Modi (BJP).
“No estamos arrepentidos”, dijo a Efe un secretario general del VHP, Amrit Sharma. “No fue planificado; fue una erupción repentina que no podemos someter a la razón desde un despacho”.
En su sede de Ahmedabad, los activistas del VHP comparten con Sharma el uniforme color caqui pero son mucho menos habladores y se esfuman a la primera pregunta.
“No tenemos nada de información, las fotografías están prohibidas, no sabemos hablar ni inglés ni hindi”, contesta en hindi un presunto encargado de prensa.
Los radicales hindúes desconfían de la prensa desde el pasado mes de septiembre, cuando un trabajo de investigación de la revista semanal Tehelka -con cámaras ocultas- puso al descubierto la participación de varios militantes en las matanzas de 2002.
“Cuando hay hombres hambrientos, comerán una fruta u otra, ¿no? (Hubo) muchas chicas asesinadas, así que algunos hombres se sirvieron del fruto… Mi mujer está aquí pero déjame decirte que la fruta estaba allí y comí una vez: la hija del chatarrero, Naseemo. Esa gordita sabrosa. Luego la reduje a pulpa”, confesó en una de las grabaciones el militante Suresh Richard.
La prensa ha tomado el relevo de las investigaciones ante las continuas sombras y sospechas de corrupción de las fuerzas de seguridad, cuya profesionalidad ha sido puesta en duda porque, al fin y al cabo, obedecían órdenes del Gobierno regional.
“Las investigaciones fueron llevadas a cabo de forma que los posibles culpables fueran liberados. La mayoría de los casos en el Supremo no prosperarán, así que las víctimas deben organizarse de otro modo”, concluye Chacko.
Una muestra de la fragilidad de parte de la labor policial es la investigación del barrio de Naroda Patiya (hoy de sonriente mayoría hindú), donde un centenar de personas murieron en los disturbios y donde la Policía, según los archivos, sólo ha recuperado una espada.
En otros casos, las pruebas recogidas fueron insuficientes, los culpables se pusieron a cubierto durante meses o las familias de las víctimas, sencillamente, carecían de medios para afrontar el coste de un proceso judicial.
En Ahmedabad, un mudo testigo de la lucha es el cuartel general que utilizó el gujarati más famoso de la historia, “Mahatma” Gandhi, para lanzar su movimiento por la independencia india.
“Mi vida está dedicada a probar que la cooperación entre hindúes y musulmanes es la condición inevitable para la libertad de la India”, dejó dicho.
Seis décadas más tarde, algunos no lo han entendido y otros sí: “Nosotros estamos preparados para perdonar si ellos expresan arrepentimiento. Tienen que dejarnos perdonar, porque la convivencia es el único camino”, concluye el profesor Bandukwala.

Los musulmanes de Gujarat miran adelante seis años después de la matanza

February 3, 2009

Ahmedabad (India), 27 feb 2008.- En barrios casi segregados por su religión, los musulmanes de la región india de Gujarat, en el oeste del país, tratan de salir adelante y olvidar las matanzas de hace justo seis años, en las que murieron más de mil personas.
En la pujante y ruidosa ciudad de Ahmedabad, la más importante de la región, apenas quedan huellas de la ola de violencia extremista que asoló Gujarat, salvo unos cuantos muros ennegrecidos y un predominio hindú más claro en áreas donde antes había convivencia.
Pero la procesión va por dentro. “Antes, había barrios de dominación hindú y otros de dominación musulmana. Pero tras los hechos de 2002, ese problema, sin llegar a ser por completo un ‘apartheid’, se ha agravado”, dijo a Efe Somnath Vatsa, un abogado de Ahmedabad que ha defendido a las víctimas de las matanzas.
Estas comenzaron como reacción al incendio -según los extremistas hindúes, provocado por musulmanes- de un tren atestado de peregrinos (“karsevaks”) el 27 de febrero de 2002, un suceso en el que 58 personas perdieron la vida, entre ellas mujeres y niños.
En las horas siguientes, los musulmanes de distintas ciudades sufrieron las acometidas de grupos de radicales hindúes que violaron mujeres, quemaron casas, dañaron mezquitas y mataron a cuantos se pusieron por delante.
Tras aquellos hechos, miles de musulmanes de Gujarat tuvieron que buscar casas de acogida, hasta que sus propias asociaciones de ayuda compraron tierras para edificar nuevos barrios que han consagrado una separación de facto en la región.
Uno de los nuevos barrios es Juhapura, una aglomeración de 300.000 personas y casas recién construidas que ha sido calificada, sin eufemismos, como el mayor gueto musulmán de Gujarat, entre quejas de desatención de sus residentes.
“El país no hizo entonces nada por ellos y hoy la situación sigue siendo preocupante -remata el abogado Vatsa-. Para que haya más interacción entre musulmanes e hindúes el Gobierno debe desarrollar programas públicos”.
Los musulmanes indios, unos 140 millones de personas, componen un 13,4 por ciento de la población, aunque ocupan apenas un 5 por ciento de los puestos públicos en las instituciones oficiales y su acceso a la educación sigue siendo muy deficiente.
Además, los fieles sufren un problema de imagen que data de tiempos de la independencia y la partición del subcontinente en la India y Pakistán (1947), cuando la mayoría de las clases medias musulmanas optaron por pasar a terreno paquistaní.
Los musulmanes que decidieron quedarse en la India pertenecían en su mayoría a los estratos sociales más bajos, de menor formación y con costumbres más atávicas, lo que siguió dificultando su inserción en la nueva sociedad independiente.
Cobardes -según las malas lenguas paquistaníes- y leales a Pakistán -según las indias-, los musulmanes de la India han tenido además que soportar crecientes acusaciones de connivencia con el terrorismo tras la emergencia del discurso fundamentalista y los constantes atentados de los grupos radicales en el subcontinente.
“Los musulmanes estamos sobrepasados… Preferimos una aproximación no violenta, que tenga un impacto en nuestra comunidad. Apenas hay musulmanes en el Gobierno y nuestra solución debe ser la educación. Especialmente para las mujeres”, dijo a Efe el profesor J.S. Bandukwala, cuya casa ardió durante los disturbios de Gujarat.
Estos, la peor masacre de las últimas décadas, pusieron en los labios de muchos analistas las palabras “genocidio” y “pogromo”, debido a la inacción por parte de las fuerzas de seguridad y del Gobierno regional, dirigido entonces y ahora por el conservador Narendra Modi.
La India es un país construido sobre una Constitución secular y una ensalada de religiones y culturas, de ahí que, en palabras del periodista Tarun Tejpal, los hechos de Gujarat no fueron sólo una “vergüenza nacional”, sino “la mayor bofetada en la cara de la idea de India”.
Seis años después de esa “bofetada”, los ciudadanos de la vibrante Ahmedabad transitan, compran, venden y trabajan por las calles mezclados e indistintos, hasta que, al llegar la noche, vuelven a sus barrios convertidos en hindúes y musulmanes.