Orgullosa India festeja los 8 Oscar de un filme con causa judicial pendiente
March 6, 2009
Nueva Delhi, 23 feb 2009.- Una India orgullosa festeja hoy los ocho Óscars obtenidos por la película “Slumdog Millionaire”, alabada por la clase política y bien recibida por el público indio pero pendiente de una causa judicial por su título “denigrante” para los chabolistas.
“Es una bendición de Alá y suyo es el crédito”, dijo en Chennai (sur) A.R. Rehana nada más saber que su hermano, el indio A.R. Rahman, había ganado dos de las codiciadas estatuillas, según las agencias indias.
La familia de Rahman salió de su vivienda en el barrio de Kodambakkam de esa ciudad y repartió pedazos de una gran tarta a los transeúntes mientras los seguidores del autor lanzaban 10.000 petardos y en otras localidades del país se multiplicaba la fiesta por la gran victoria de “Slumdog”.
Bautizado como el “Mozart de Chennai”, Rahman ganó los Oscar a la mejor banda sonora y a la mejor canción, esta última compartida con el letrista Gulzar, mientras que el técnico de sonido Resul Pookutty completó la terna india con su Óscar a la mejor mezcla sonora.
Tres de los ocho Óscars de “Slumdog” tienen por tanto claro sabor indio y son los más celebrados por los medios de comunicación del país.
Los canales de televisión no han dejado de pasar los tonillos de la canción ganadora, “Jai ho”, junto a testimonios enlatados, perfiles y anécdotas de los protagonistas indios de la cinta, que ha despertado en el país emociones encontradas.
Las críticas inciden en que es una muestra de “pornografía de la pobreza” y hasta hay quien ha llevado a los tribunales a sus responsables con el fin de que retiren del título la palabra “dog” (“perro”), considerada denigrante. La próxima vista del caso en un tribunal de Patna (norte) se celebra mañana.
“No es apropiado llamarlos perros, es una palabra que no es buena en nuestra cultura”, explicó a Efe el ingeniero delhí R.P.Bansal, que expresó su contento por el triunfo en los Óscar.
La estudiante Mehar Jabeen se expresó en sentido contrario y alabó que la película muestre al mundo “que hay gente en la India que vive como animales” mientras otra parte de la sociedad lo hace en el lujo.
Pese a la denuncia judicial y a la polémica que el estreno de “Slumdog” desató en la India, donde algunos representantes de Bollywood protestaron por la exposición obscena de la miseria en el país, los Óscar obtenidos han sido recibidos con orgullo por la clase política, empezando por Sonia Gandhi.
“Su logro es un tributo para la industria del cine indio, que es una reserva de talento multidisciplinar…Los ganadores han hecho que la India se enorgullezca”, destacó en un comunicado el primer ministro, Manmohan Singh.
La positiva reacción de las autoridades llegó hasta el punto de que la jefa del Gobierno de Nueva Delhi, Sheila Dikshit, aprobó una distribución libre de impuestos para la película porque ha “hecho historia en el campo del cine indio”.
Incluso el icono del cine de Bollywood, Amitabh Bachchan, de los primeros en alzar la voz contra el filme, hoy felicitó a sus colegas premiados por lograr “el reconocimiento internacional para el talento del cine indio”. “Este es el día más feliz para los indios y la industria”, proclamó, según IANS.
“Slumdog Millionaire” (“Millonario perro chabolista”) cuenta la historia de un chico de los arrabales de Bombay que se hace con el máximo premio en el concurso “¿Quién quiere ser millonario?”.
Aunque dirigida, escrita y producida por británicos, la película fue rodada en la India con actores procedentes en su mayoría del propio país y una banda sonora de claras resonancias hindostánicas, obra de los más prestigiosos compositores de la industria.
“No me sorprende que hayan obtenido el honor (…). Rahman es un talento internacionalmente reconocido y el Óscar traerá la atención del mundo a su música y a la totalidad de las películas indias”, dijo a la agencia IANS el conocido letrista Javed Akhtar.
Rahman, Gulzar y Pookutty se unen en la lista de indios premiados con un Óscar a Bhanu Athaiya, responsable de vestuario en la película “Gandhi” (1982), y al mejor director de la historia de la India, Satyajit Ray, quien obtuvo un Óscar honorífico en 1992.
Hoy, los motivos de celebración fueron dobles para la comunidad cinéfila india: el Óscar al mejor documental fue para “Smile Pinky”, una historia rodada en Benarés (norte) que cuenta la lucha contra la discriminación de una niña india aquejada de labio leporino y también recibió las felicitaciones oficiales.
Slumdog Millionaire, América en Bombay
March 1, 2009
“Slumdog Millionaire” es el sueño americano en las calles de Bombay. “Quiero lo mejor de los dos mundos”. La frase es de uno de los galardonados indios en los Óscars, A. R. Rahman, que además se llevó dos premios: la mejor banda sonora y la mejor canción. Los dos mundos son la India y Occidente, y su relación ha quedado abrochada con “Slumdog Millionaire”: su director, el guionista y el productor son británicos. La mayoría de los actores y el escenario son puramente indios. Los ocho Óscars que ha ganado la película han dado paso a críticas de todo signo y –en la India- a la fiebre de la clase media, que considera héroes a los protagonistas porque entiende el éxito como suyo aunque el dinero fuera inglés. Reflejo del ansia indio por el reconocimiento exterior.
“El orgullo nacional ha tomado una pose diferente: ‘Por fin la India ha hecho algo en la escena mundial’. Uno se pregunta por qué la escena mundial nos importa tanto. Cada retrato de la India es mirado con ojos paranoides de sospecha. Cualquier cosa con sabor indio que obtiene un galardón es inmediatamente tomada como un asunto de orgullo nacional”, escribe hoy mismo uno entre los muchos comentaristas de prensa.
En la India “Slumdog Millionaire”, por fantástico que parezca su argumento, ha pasado con facilidad al discurso real y a la vida cotidiana. Es un país lleno de niños como Latika o Jamal, chavales que trabajan duro para sobrevivir y que no siempre lo logran. La realidad de las chabolas ha sido ampliamente documentada y salta a la vista en cualquier viaje turístico, pero paradójicamente el cine indio, mucho más interesado en retratar el creciente lujo como vía de escapismo, ha excluido de las pantallas a sus sucios protagonistas. De hecho, las principales críticas que ha recibido la película en el país acusaban a la película de “hacer pornografía de la pobreza”.
Esa crítica sigue una línea de reacción nacionalista contra la injerencia exterior. Ha sido una constante en la historia, empezando por el propio Mahatma Gandhi, cuando calificó como “informe de inspector de cloacas” un libro de 1927 publicado por la estadounidense Katherine Mayo y considerado ofensivo contra la cultura india. La mayoría de los escribas nacionales aplaudió y todavía lo hace la reacción de Gandhi: quieren justificar así que la India es mucho más que miseria y que Occidente tiene a mirar al país con malos o parciales ojos.
Por un lado, las élites indias harían mejor en tomarse en serio las críticas: han pasado 80 años, y ahí están como testigos los slumdogs. Pero también hay algo de razón en los indios que acusan a los occidentales de fijarse sólo en la pobreza y dejar de lado los muchos signos de cambio que la India está experimentando en los últimos años. Tradicionalmente, las visiones de Occidente sobre este subcontinente han estado marcadas por cuatro prejuicios, según Harold Isaac: primero, una India de marajás y magos exóticos; dos, una mística religiosa de los sadhus contemplativos; en tercer lugar, la devoción y adoración de dioses de muchas cabezas; y, por último, la India patética: niños con vientres hinchados, que se mueren abandonados en las calles.
Todas ellas siguen vivas en el subconsciente occidental. La India añadiría además una quinta que ha sido incorporada con éxito en “Slumdog Millionaire”: la del país globalizado, con sus centros de atención a clientes occidentales, su clase guapa de Bombay, sus lujosos concursos que concitan los sueños y la riqueza que derrochan sus barriadas posh. Es la quinta India y a su enfrentamiento con la tradicional lo llaman “India (la clase media urbana que se expresa con facilidad en inglés) contra Bharat (el nombre del país en hindi: las clases bajas o rurales de costumbres ancestrales y vida miserable).
De los barrios bajos, la inestabilidad religiosa, las letrinas y los basureros, la tortura policial, el tráfico infantil y la miseria de Bharat, la película llega a los coches caros, las mansiones de los ricos (no siempre en manos de la mafia), la ropa de marca y los elegantes trajes de la televisión, dispuesta a copiar modelos occidentales. El ascenso picaresco de Jamal y Latika es un viaje desde Bharat a la India; dos bloques reales –quizá de distinta fuerza- con una transiciones y relaciones más fluidas en las grandes metrópolis que en el campo.
Pero la verdadera cuestión es que “Slumdog Millionaire” es cine. A nadie se le ocurriría enarbolar un análisis serio de América sólo con la visión que transmite Hollywood en sus películas. ¿Por qué hacerlo entonces con la India, este país que es casi un continente?
Para hacer posible la historia de Jamal y Latika, el guionista recurre a tópicos clásicos en occidente, una historia marcada por el sueño americano: con trabajo duro y un poco de suerte el límite es el cielo. “Aquí tienes un poco de la verdadera América, pequeño. Dinero”. Un sueño que en la India tiene pocos exponentes, porque la sociedad es todavía mucho menos permeable y está marcada por brechas prácticamente insalvables de casta, religión, idioma, clase social o región. Muy rocambolesca tiene que ser la historia de un verdadero Jamal, un pobre musulmán de Bombay, para que empiece a trabajar como guía turístico en Agra, sirva té en un centro de llamadas o se exprese con fluidez en inglés durante un concurso televisivo. No hay problema: para eso está Hollywood.
“Quiero lo mejor de los dos mundos”. Y “Slumdog Millionaire” se sitúa sobre esa brecha entre la India y Bharat, una encrucijada clave para traer una historia comprensible a los espectadores occidentales. Cualquier película tiene algo de artefacto: a diferencia de Bollywood, el canon occidental intenta concentrar en más menos dos horas una historia bajo una pátina de verosimilitud. La cuestión no es tanto que sus protagonistas sean reales, sino demostrar que podrían serlo: un Jamal que logra conectar la India de las chabolas con la de los concursos.
Antes de la lluvia de Óscars, “Slumdog Millionaire” había logrado una buena recaudación en la India, aunque sin llegar a los niveles de la película estadounidense más taquillera, “Spiderman 3”. Tras la ceremonia, la mayoría de los políticos se han apresurado a enviar sus parabienes a la parte india del equipo y en algunas regiones hasta han permitido la distribución libre de impuestos de la película “por crear historia en el cine indio”. Las acusaciones de “pornografía de la pobreza” se han diluido como un azucarillo y los héroes de Slumdog han pasado al discurso oficial con una facilidad imposible para cualquier “informe de inspector de cloacas”.
O sea, que la película ha sido aceptada porque aunque muestra la miseria de los arrabales su mensaje es benigno y el héroe logra levantarse por encima de todo a pesar de las dificultades. El sueño americano apuntala un puente entre la India y Bharat que todavía está en germen en gran parte del país.
“Un indio de 45 años sabe que él no será rico. Pero si sabe que su hijo puede llegar a serlo, eso actúa ya como una motivación. Creo que debemos juzgarnos a nosotros mismos por cuánta movilidad social somos capaces de proveer. Realmente es un viejo sueño indio, pero quizá nos estamos dando cuenta ahora”, cuenta en entrevista el responsable de la poderosa Comisión Planificadora de la India, Montek Singh Ahluwalia.
En la India real proliferan los concursos de televisión como vía de acceso a una vida mejor, pero los obstáculos de casta o lengua o comunidad impiden que el sueño indio sea como el americano. Además, aquí siempre se ha repetido que los indios son poco permeables a las normas y lo son mucho al ejemplo, como muestra la propia figura de Gandhi. El estado, pese a su gigantesca burocracia (quizá por ello), es incapaz de dar salida a los problemas cotidianos y los graves de la ciudadanía, no digamos ya de dar bienestar a su población. Así que en muchos lugares, los ciudadanos asumen el papel del estado y construyen parques, carreteras e incluso ciudades.
Prueba de ello es la historia de Dasrath Manjhi, el “símbolo de la resistencia”. El pueblo de Manjhi estaba aislado en las montañas de la depauperada región de Bihar (norte), por lo que había que recorrer grandes distancias para obtener comida o agua. Un día, la esposa de Manjhi resbaló mientras atravesaba una montaña. Y entonces Manjhi decidió que era suficiente. Tomó un martillo y un cincel y solo, con sus propias manos, comenzó a excavar una carretera en la montaña.
Construyó una choza junto a la obra para perder menos tiempo y no se detuvo pese a que la gente le consideraba un loco. Durante 22 años, Manjhi excavó en solitario y sin ayuda hasta que la gente de su pueblo pudo usar la carretera a través de las montañas, de 100 metros de largo y 10 de ancho.
Manjhi murió de cáncer en el año 2007 sin reconocimiento del estado, pero con un amplio aprecio de la gente del pueblo y de gran parte de la sociedad: los niños de su pueblo pueden por fin estudiar y carreras que antes eran de 50 kilómetros ahora son de diez. Acaso el mayor logro de Manjhi ha sido la fuerza de su ejemplo. Esta semana se conoció que un grupo de aldeanos del distrito de Kaimur, en la misma región, está construyendo otra carretera de seis kilómetros entre las montañas para que sus jóvenes encuentren “novia”.
Esta es sólo una muestra de cómo funcionan las cosas en la vida de la mayoría de los indios. Pero por una vez, los dos niños-actores chabolistas de la película (los caracteres infantiles de Latika y Selim) han tenido suerte: el sueño americano propugnado por “Slumdog Millionaire” sí que va a cumplirse para ellos, porque el Gobierno de Mahararashtra ha prometido regalar a sus familias dos apartamentos que les permitirán salir de las chabolas donde residen.
“Aquí hace tanto calor y hay tantos mosquitos. Tardo horas en dormirme”. Lo ha dicho Azhar, el niño que desempeña el papel de Selim, a su vuelta desde Hollywood a su chabola. Su padre, enfermo de tuberculosis e incapaz de trabajar, le pegó una bofetada por no querer conceder una entrevista. Y a Rubina Alí (la pequeña Latika), ahora la reclama su madre, que había abandonado el hogar hace un lustro. Rubina y Azhar tendrán nueva casa, pero sus vidas pertenecen ya al cine y van siendo de sueño. Los demás slumdogs no tienen tanta suerte.
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