12 Plaza mayor I

Estándar

Bajando la calle Pintores,
Un día cualquiera, al final del verano,
creí ver el mar.

Cosa de la gente embarcada en el paseo,
o de la luz cegadora después del mediodía,
Era uno de esos momentos de calor
en los que el aire tiembla tanto
que crees ver vapor de agua sobre el pavimento
como si las almas abandonaran la tierra.
En fin, las alucinaciones propias
de un agosto en Cáceres.

Mi sudor iba calle abajo como un regato
y me pareció que, todavía lejana, sobre el suelo,
rompía la espuma brillante de una ola,
las campanas de la iglesia repicando
como bocinas de barcos de pescadores
las muchachas por las mesas de las terrazas
como atareadas y sinuosas sirenas
sobrevoladas por un par de cigüeñas marinas
en el cielo, como un espejo limpio y azul,
rumbo a la playa del ayuntamiento.

La alucinación no duró mucho,
eché mano de un botellín de agua
y enseguida la costa se desbarató
entre las piedras ocres y grises.

Lamento haber creado expectativas
pero es que esto fue todo.

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