El “Red Light Despatch”, un periódico por y para las prostitutas indias
January 18, 2009
Nueva Delhi, 2 ago 2007.- Desafiando la marginación del barrio rojo de Bombay, un grupo de antiguas prostitutas se reúne cada semana en un burdel para discutir las historias que poblarán las páginas del periódico que les sirve de voz, el “Red Light Despatch”.
El rotativo nació hace seis meses en el barrio de Kamathiputra, uno de los centros de la vida nocturna de la capital financiera de la India, con el objeto de “proporcionar una plataforma de expresión a las prostitutas”, dijo a Efe su editor, el antiguo periodista Anurag Chaturvedi.
“El Red Light es la voz de los sin voz y las mujeres sin identidad, porque nadie discute sobre los sueños, las agonías o las nostalgias de las prostitutas; así que buscamos articular su memoria y nostalgia, frustradas por la violencia y la pobreza”, dijo Chaturvedi.
Apenas un modesto folletín de ocho páginas sin fotos y en blanco y negro, el “Red Light” es editado sin embargo en inglés, hindi y bengalí, y ya ha trascendido las fronteras del abigarrado barrio de Kamathiputra.
“Llegamos a Calcuta, Delhi, Bombay y la región de Bihar. Como nadie recoge su forma de vida, estaba claro que las prostitutas necesitaban algún tipo de plataforma. Así que pensamos, ¿por qué no hacer un periódico por y para ellas?”, reveló Chaturvedi.
En el “Red Light” hay espacio para testimonios e historias personales, poemas, asuntos de salud y derechos humanos, pero también para elaborados textos como el escrito por la premio Nobel de la Paz Shirin Ebadi, aparecido en un reciente número.
Pese a sus firmas de calidad, la mayor aportación del modesto periódico radica en realidad en su capacidad para mostrar las mil historias del mundo de las prostitutas, a quienes el Gobierno indio, según Chaturvedi, ni siquiera reconoce la ciudadanía.
Fieles a esa idea, las “periodistas” del periódico se reúnen cada semana en un burdel con moquetas rojas de Kamathiputra, una amalgama de viejos edificios en las que las prostitutas -y sus proxenetas-, vestidas con “saris” o con ajustadas ropas occidentales, callejean para ganarse cada día el sustento.
“Recogemos las historias de las mujeres, y venimos y las contamos aquí”, dijo una antigua prostituta, “Rita”, en declaraciones a una cadena de televisión.
Con la ayuda de la ONG Apne Aap, que lucha por los derechos de la mujer, las prostitutas, reunidas en su pequeña redacción de Kamathiputra, luchan con las teclas -ellas no saben leer, cuentan con ayuda- con un ánimo común: evitar que otras mujeres caigan en la misma trampa en la que ellas cayeron.
“Hay que crear conciencia entre las mujeres, entre quienes caen sin querer en las redes de quienes las sacan de sus pueblos con promesas de trabajo, y luego las arrojan a este comercio”, dijo a Efe la coordinadora del grupo, Rupa Metgudd, también procedente de ese mundo.
En la India, con más de dos millones de trabajadoras del sexo, la prostitución está en un limbo legal y, aunque es una actividad tabú, existe incluso una tribu, los Bedia, en la que la práctica del sexo por dinero es aceptada como la labor natural de la mujer.
En la mayoría de los casos, sin embargo, la calle no es más que un último recurso o un “secuestro” de facto que sufren las jóvenes pobres que llegan a las grandes ciudades y caen engañadas en las garras del hampa o sucumben a la tentación de obtener dinero fácil.
“Me di cuenta demasiado tarde de que había sido vendida a un burdel, sin retorno posible. (…)Pero era el único modo de alimentar a mi familia”, escribe en una de las ediciones una prostituta llamada “Sita”, ayudada por una redactora de la revista.
En Kamathiputra, las prostitutas han hecho del “Red Light Despacht” y sus mil ejemplares de tirada por número un faro de concienciación y otro espejo ante el que quitarse el maquillaje.
“Me duele cuando mi hija pequeña rehúsa hablar conmigo por vergüenza (…) ¿Por qué siempre me avergonzaré de lo que hago, cuando la sociedad no se avergonzará jamás de lo que hizo conmigo?”, concluye “Sita”.
El “tercer sexo” indio busca su espacio entre hombres y mujeres
December 14, 2008
Nueva Delhi, 22 dic 2006.- El caso de Soundarajan Santhi, la atleta india que perdió su medalla en los recientes Juegos Asiáticos por dudas sobre su feminidad, ha reavivado el debate sobre la violenta exclusión social que sufre en el país el llamado “tercer sexo“.
“Santhi tiene toda nuestra solidaridad, y esto debería servir para que la gente detenga la discriminación que sufre la gente con ‘sexo ambiguo‘. Si las minorías sexuales quieren participar en una competición, ¿existe una categoría?”, se quejó Asha Barathi, presidente de la asociación de transexuales del estado sureño indio de Tamil Nadu.
Santhi, de 25 años, aún no ha alcanzado la pubertad pese a que su certificado de nacimiento reza que al nacer era “una niña“, de ahí que su caso haya atraído la atención de las organizaciones de un grupo estigmatizado en la India: los “hijra“.
Apenas un puñado son verdaderos hermafroditas entre los no más de cinco millones de “hijra” (literalmente, impotentes), en su mayoría varones de nacimiento que más tarde deciden operarse sus genitales y vestir “saris” y ropa de mujer.
Los miembros del “tercer sexo” indio tienen una vida paralela que se organiza por barrios, con un maestro encargado de cuatro o cinco “chelas” (aprendices) que van ascendiendo escalones de “feminidad” hasta llegar a la castración, dentro de un mundo marginal y cercano al hampa.
Casi todos ellos, transexuales, eunucos y hermafroditas, comparten la misma situación de prostitución y discriminación laboral y social, que lleva a los hospitales a “no atenderles cuando solicitan ayuda”, denuncia Manvendra Singh, de la ONG Lakshya Trust.
“No es sólo que estén criminalizados, es que siendo uno de los colectivos más vulnerables al sida no tienen acceso a medicinas y la gente, en lugar de prestarles ayuda, se ríe de ellos tanto como les teme”, dice a Efe Singh, que se ocupa de los “hijra” de la ciudad de Surat, en la región de Gujarat.
En Bombay, por ejemplo, la mitad de los “hijra” están infectados de SIDA, sin que el Gobierno escuche sus “problemas”, denunció a Efe Lata Guru, presidenta de la principal asociación del grupo en la ciudad, la Dai Welfare.
“En la ciudad somos 30.000 “hijra”, la mayoría dedicados al espectáculo y la prostitución, y sufrimos una situación muy grave: necesitamos cartas de racionamiento, casas, medicamentos, doctores y también ayuda policial, para acabar con los grupos de suplantadores que bailan en nuestro nombre y se quedan las ayudas”, asegura Lata.
Con “baile”, Lata se refiere a la costumbre de muchos “hijra” de acudir a nacimientos y bodas para pedir cuantiosas sumas, que los afectados casi siempre pagan por temor tanto a una maldición como a soportar gestos obscenos o incluso sufrir la pérdida del bebé a manos de los “hijra” con el argumento de que el niño es “uno de ellos”.
En la India, la tradición de este colectivo se pierde en la historia, y de hecho su existencia está reconocida en una gramática en sánscrito de hace 2.200 años, el Mahabasya, donde se afirma que “los tres géneros gramaticales (del sánscrito) se basan en los tres sexos naturales“.
Hoy en día, sin embargo, entre el temor y el desprecio de la supersticiosa sociedad india, los “hijra” son objeto de rumores como el que les adscribe a extraños funerales nocturnos, en los que la comitiva golpea al muerto a zapatazos mientras le felicitan por haberse librado del “castigo” sufrido en esta vida.
En línea con estas supuestas atribuciones, los miembros del “tercer sexo” se mueven por los bajos fondos y al margen de las instituciones, sometidos a maltratos públicos y haciendo de la prostitución y el crimen su medio de vida.
Aunque el Gobierno indio reconoció su existencia añadiendo a sus pasaportes la letra “e” (“eunuco“), los “hijra” indios tienen por delante un largo trecho, al menos hasta lograr que los médicos no les echen de los hospitales alegando que no pueden ingresarlos ni junto a los hombres ni junto a las mujeres.
El rickshaw
September 18, 2008
Babytai, 16 años
Trayecto Nizamuddin-Sadar Bazar
Me escondí junto a la estación.
Un cuarto de paredes consumidas
sábanas con agujeros de colillas
y un cuenco de agua sobre la mesa.
Afuera, el tremendo ruido.
Los trenes, la gente, el tráfico.
Alguien gemía en la habitación de al lado.
Pensé: en los hombres rudos y sus acompañantes.
Sus saris de colores chillones
y sus largos labios.
En la recepción repetían: shhh.
Y tocaban una campanilla.
Pero no preguntan a nadie.
No preguntaron mi nombre.
Ellas apretaban los labios
para llenarlos de carmín.
Y sonreían al coger el dinero.
Pensé: huir era esto.
…
Ahora van a casarme.



















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