La fiesta taurina de Goa busca salir de la clandestinidad

March 6, 2009

Nueva Delhi, 4 mar 2009.- Con las elecciones indias en puertas, ecologistas y políticos del pequeño estado indio de Goa (oeste) batallan por la legalización de la “lucha de toros”, un tradicional espectáculo taurino prohibido pero de amplio seguimiento en la antigua colonia portuguesa.
“Ya he iniciado los trámites en el Parlamento para legalizarlo de nuevo. Y si gano en las elecciones, continuaré con el proceso”, aseguró por teléfono a Efe el diputado saliente de Goa-Sur, Francisco Sardinha, del gubernamental Partido del Congreso.
La versión de la corrida en Goa -llamada “dhirio”- es un combate entre dos toros de sencilla organización que despierta pasiones en un amplio sector de la sociedad goana, pero que fue prohibido en 1998 por una ley contra el maltrato de los animales.
Los organizadores embarran la cola de los toros para garantizar su agresividad y los animales luchan a cornada limpia hasta que uno de ellos, normalmente herido, cede ante el empuje del adversario.
Y ahora, la iniciativa de Sardinha por devolver cobertura legal a los combates ha levantado ampollas entre las asociaciones protectoras de animales, que fueron precisamente quienes batallaron ante el Tribunal Supremo para obtener la ilegalización.
“Los animales sufren. Normalmente les dan una dieta poco saludable y los atiborran de alcohol antes del combate. Luego suelen quedar heridos por las cornadas”, aseguró a Efe por teléfono la activista Anuradha Sawhney, de la protectora de animales PETA.
Hasta 1998, cuando el Supremo prohibió la práctica, el “dhirio” era el pasatiempo de fin de semana para miles de familias, que acudían para relajarse y apostar buenas sumas de dinero a favor de su toro favorito (lo cual es también ilegal).
Y sin embargo, la prohibición del Tribunal no supuso la desaparición de las corridas, que siguen siendo organizadas en la clandestinidad -hay vídeos que lo atestiguan en Internet- y con apenas media hora de antelación para esquivar a la Policía.
Para los agentes, mal equipados, es difícil actuar contra dos toros incontrolados y acabar con estos espectáculos cuyos organizadores aparecen y desaparecen, espoleados además porque la multa prevista es de apenas 50 rupias (1 dólar, 0,79 euros).
“¡Por Dios Santo, sigue siendo muy popular y es lógico: cuando dos búfalos pelean de forma natural, la gente se para a verlo. Si un combate es organizado, el éxito es seguro!”, defendió Sardinha, quien sin embargo dijo mantenerse al margen de los encuentros clandestinos.
“Todos los animales luchan en la naturaleza y el más fuerte sobrevive. ¿Prohibimos el boxeo, el fútbol, porque hay crueldad? Si la gente toma la leche que la vaca genera para su cría, ¿es violencia?”, se preguntó el diputado.
PETA y otras asociaciones como People For Animals (PFA) opinan que sí, y ya han hecho llegar una misiva a la líder del Partido del Congreso, Sonia Gandhi, para que detenga los intentos de su diputado Sardinha por rescatar esta lucha tradicional.
“La ley de Sardinha viola la Constitución, que recoge el deber ciudadano de tener compasión por las criaturas vivientes. Y además, las luchas contravienen la Ley de Prevención de Crueldad Animal. Es un posicionamiento puramente electoralista”, denunció Sawhney.
Goa, una antigua colonia portuguesa con una fuerte presencia de cristianos, está menos apegada que otras regiones indias al carácter sacro que la vaca tiene para los hindúes, y los defensores del “dhirio” se remiten para defenderlo a que la tradición tiene “siglos de antigüedad”.
La polémica por el “dhirio” corre además en paralelo a la de otras fiestas taurinas que se celebran en la India, como el “jallikattu”, un festival del sur del país durante el que los aficionados deben atrapar con sus manos a un bravo astado y que también está bajo escrutinio del Tribunal Supremo.
“Ponga esto: los aficionados al ‘dhirio’ y los criadores son quienes más quieren a los toros”, reclamó a Efe Sardinha.
En Goa, las espadas están en lo más alto y tendrá que ser Sonia Gandhi quien decida si hace caso a los activistas o a su diputado y, con ello, si los goanos pueden disfrutar de sus toros por las buenas o seguir como hasta ahora: por las bravas.

La India se queda sin su fiesta taurina

January 31, 2009

Nueva Delhi, 12 ene 2008.- Los habitantes de la ciudad india sureña de Madurai, el único reducto taurino del país, se quedarán sin sus tradicionales espectáculos de toros por orden del Tribunal Supremo indio, que los calificó hoy como una práctica “bárbara” e “inconstitucional”.
“No vamos a levantar la prohibición sobre el espectáculo”, sentenció hoy el juez K.G. Balakrishnan, a la cabeza de un panel de jueces del Tribunal Supremo de la India.
Las “corridas” indias, llamadas “jallikattu”, son en realidad una “caza” y dominación del toro que se celebra en el cuarto día de la fiesta sureña del Pongal, justo antes de la cosecha: los aficionados dejan suelto a un bravo astado y decenas de personas intentan atraparlo y amansarlo progresivamente.
Este año, los aficionados de Madurai y los alrededores, en la región de Tamil Nadu, esperaban con expectación la orden del Tribunal Supremo sobre la fiesta, que debía celebrarse el próximo 17 de enero.
Y el Supremo fue claro: para decepción de los aldeanos, no habrá “jallikattu” este año, porque es una práctica “bárbara” que atenta contra la Constitución india, donde los derechos de las vacas se cuentan entre sus principios directivos.
La “caza del toro”, que se cobró en 2007 la vida de una persona y causó heridas a otras 65, cuenta además con la oposición de los grupos ecologistas y también del Comité de Bienestar Animal de la India (AWBI, siglas en inglés), un singular organismo gubernamental que llevó el caso a los tribunales.
“La noticia es una decisión gloriosa para todos los amantes de los animales de la India”, dijo a Efe por teléfono el secretario de la organización, Rajesh Sekar.
En la zona de Madurai, sin embargo, muchos han recibido la prohibición con pesar, porque alegan que el “jallikattu” es más antiguo que las hispanas corridas de toros -dicen que la caza data del siglo III- y, sobre todo, que celebrarlo es fundamental para tener buenas cosechas, según sus creencias.
“Si no festejamos el ‘jallikattu’, este pueblo pasará tiempos difíciles: enfermedades y cosas así”, relató un enfadado y bigotudo aldeano a la cadena de televisión india NDTV.
“Nuestro propósito no es ir contra las tradiciones, sino contra la crueldad -contraatacó Sekar-. Diez tipos saltando sobre el toro… Eso no es un deporte”.
Aunque los toros indios no mueren durante la “fiesta”, Sekar asegura que los asistentes les echan pimienta en los ojos, los emborrachan con licor y les cortan los cuernos para, a la vez, inyectar bravura a la res y aminorar el peligro que conlleva haberlo “enfadado”.
Tras soltar al toro, decenas de “valientes” se lanzan sin armas a capturarlo, a la busca de un premio atado entre las astas, mientras el público apuesta por uno u otro competidor y festeja el Pongal sin hacer mucho caso al estatus sagrado que para los hindúes tiene el ganado vacuno.
“Como solía haber heridos, declaramos ganador a la persona capaz de coger al toro por los cuernos durante 100 metros”, relató P. Raghupathy, el apesadumbrado alcalde del pueblo de Alanganallarur, uno de los centros de la fiesta.
Aunque con el tiempo el “jallikattu” se ha convertido en una fiesta de hermandad rural, en realidad comenzó siendo una ceremonia amorosa en la que los pretendientes de una joven casadera debían hacerse con los cuernos del toro para obtener su mano.
Poco sensible al “amor”, el Comité de Bienestar Animal había denunciado en 2004 el sufrimiento del toro al Tribunal Superior de Chennai, en Tamil Nadu, con lo que comenzó un largo tira y afloja entre los seguidores de la fiesta y los defensores de los animales que ha acabado en el Supremo.
Al final, los habitantes de Madurai no podrán ver las hazañas de sus cazadores, aunque los taurófilos indios todavía podrán consolarse con las “reklas”, unas populares carreras de carros tirados por bueyes que sí han pasado el examen del Supremo.
O eso, o ir preparando una visita a las fiestas de verano de algún pueblo español.
“No puedo hablar de las corridas españolas, porque nunca he visto una”, se inhibió echando un capote el ecologista Sekar.