Texto conferencia: “Los desastres de la guerra”

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Este miércoles, en el Instituto Cervantes de Nueva Delhi, se me brindó la oportunidad de compartir mesa con los periodistas Alberto Masegosa (EFE) y Tarun Basu (IANS) para dialogar sobre los desastres de la guerra, aprovechando que el centro alberga estos días una exposición de Goya. Yo no soy un periodista de guerra y no sé si ese término puede aplicarse a alguien que de verdad lo sea, pero en cualquier caso es cierto que quienes trabajamos en el sur de Asia, antes o después, tenemos contactos con el conflicto.

No me enrollo más. La cosa es que como me pongo nervioso al hablar en público, lo que hice fue preparar un texto, que cuelgo a continuación por si le interesara a alguien, en el caso de que no pudiera asistir. Un saludo.

GUERRA EN EL SUR DE ASIA

Un conocido jefe del estado del siglo XX dijo una vez: “Una muerte es una tragedia; un millón es una estadística”.

El sur de Asia ha sido escenario de muchos conflictos en el siglo que termina: algunos de ellos, como la lucha india por la independencia, resueltos con más paz que violencia; otros resueltos con más violencia que paz. Algunos se han evitado (por ejemplo, la última transición maldiva). Otros siguen ahí: este gran espacio sigue siendo escenario de guerras, conflictos armados y enfrentamientos más o menos latentes o evidentes.

Tenemos, por enumerar rápido, y de oeste a este, la guerra de Afganistán, las tensiones separatistas en Pakistán y sus operaciones contra el integrismo en la mayoría de sus zonas tribales. Dentro de India, conflictos algo apaciguados en Cachemira y las áreas del noreste, y otro que parece humear, que es el desafío al modelo del estado por parte de la guerrilla maoísta. En Nepal se firmó la paz entre los maoístas y el Gobierno en 2006, pero la transición hacia la paz apenas avanza. Y lo que llaman la lágrima del Índico, Sri Lanka, cerró su guerra civil de casi tres décadas hace dos años, a cambio de unas horrendas matanzas que todavía están a la espera de cobro.

Tras unos años aquí, sigo pensando que el sur de Asia es un espacio fascinante y complejo. Parte de esa complejidad, desgraciadamente, se debe a que es un lugar donde sigue existiendo guerra. Nadie aquí querrá compararse con Joszef Stalin, y su cita sobre el millón de muertos estadístico. Pero, haciendo autocrítica, les confieso una pequeña frustración: lo que intento decir es que quienes trabajamos aquí como periodistas tampoco tenemos la capacidad de entrar en el goteo de cada drama humano que causa la guerra.

Más que radiografiar, muestreamos, como en una encuesta. Lo que hacemos es tomar protagonistas aquí y allá que nos parece que resumen la voz del resto. Cada día en nuestro medio, y me consta que también en el resto, descartamos varias, muchas noticias con muertos de guerra, precisamente porque en sitios como Afganistán las más de las veces los ocho muertos diarios han dejado de ser noticia.

QUÉ HACEMOS

El primer fotoperiodista fue un pintor, un hombre anterior a Goya. Su nombre es Willem van de Velde el viejo. En el año 1653, Van de Velde se echó al mar en un bote para presenciar un combate naval entre las armadas holandesa y británica. Hizo muchos bocetos de los navíos en su barca y con ellos desarrolló un gran dibujo que envió a las autoridades holandesas.

Desde el punto de vista operativo, las cosas no han cambiado tanto desde entonces: estar en un lugar en conflicto es como echarse al mar en bote. Uno de los primeros efectos de una guerra sobre un territorio es la subversión del estado de derecho. El estado de armas puede beneficiar a unos pocos, a algunos bien situados; los demás pierden sus garantías y su autonomía individual. Deciden obligados. El grueso de la población sufre sin fin.

Por eso la guerra es, junto a la pobreza, el más totalitario de los sistemas, porque invade todos los espacios de decisión de una persona.

Las armas matan o crean huérfanos, esto se ve. Pero también son un yugo y una amenaza para quienes viven, porque tienden a situarse sobre la ley y las más de las veces operan con una impunidad sutil o manifiesta: revelar esa impunidad sigue siendo uno de los desafíos claves para los periodistas.

Un periodista, por sí solo, no puede cambiar una guerra, pero sí hacer que la comprendan quienes tienen el poder para cambiarla. En general, la misión nuestra, yo creo, es la de resumir el conflicto, actuar como un catalizador para que unos públicos a cientos o miles de kilómetros de distancia, en un universo mental alejado, puedan entender:

– Primero, las características particulares de una guerra; las que la señalan como única y permiten juzgarla en su dimensión propia, que es lo que proporciona, a veces, que políticos y ciudadanos se formen una opinión fundamentada. Para esto, es necesaria una laboriosa tarea de documentación y búsqueda de fuentes, que es un proceso muy concienzudo y muy silencioso, claro. Hay que leer, comprender cómo se tejen los intereses, proporcionar pistas sobre el curso futuro de los hechos.

-Segundo, pero no por ello menos importante, sus efectos sobre todas las dimensiones de la vida, también en el día a día. Esto es lo común a todas las guerras, y es lo que permite a un señor de Cáceres identificarse con un pobre campesino tamil que perdió a sus hijos en el último bombardeo. Para esto, lo necesario es el contacto sobre el terreno. Aquí es donde los fotoperiodistas se la juegan tanto como los soldados.

El segundo punto recibe mucha más atención pública que el primero. Pero yo creo que un enfoque no puede funcionar sin el otro. Solo con la documentación haríamos tesis doctorales, y no noticias. Y de limitarnos a los testimonios de sufrimiento, no llegaríamos a ser capaces de explicar sus causas.

DESAFÍO DEL PODER

Decía que las cosas no habían cambiado mucho desde las pinturas bélicas de van de Velde y que los periodistas vamos por el mar en bote. Un gran mar que no controlamos: a menudo tenemos que conformarnos con proyectar las versiones de un poder que puede ser tempestuoso y actuar como voceros de agendas que en realidad desconocemos.

(Esto no es una crítica hacia nadie en particular, ojo; navegamos entre centros de poder múltiples. Y ninguno se sustrae a la tentación de tratar de amoldar la prensa a sus intereses)

Un ejemplo es la visión del terrorismo islámico, considerado aceptable por Occidente hace unas décadas y hoy en el corazón de sus estrategias bélicas. Jalaludín Haqqani, líder de la red insurgente que lleva su apellido en el Afpak, era considerado en los 80 por EEUU la “bondad personificada”. Todos coincidimos en presentar hoy a Haqqani como uno de los “terroristas” más buscados.

Que el relato periodístico cambia siguiendo el paso de uno u otro poder es un hecho. El debate es, ¿debe hacerlo?

PARADIGMA DE LA PAZ

Quiero hacer un apunte para concluir. Ayer, antes de esta conferencia, me paseaba por la valiosa exposición de Goya aquí en el Cervantes; y pensé en cómo el arte sigue influyendo de manera determinante en la rara fascinación estética que ejerce la guerra.

Piensen un momento en el Guernica, por poner un ejemplo propio. Nuestro dilema en el sentir un placer estético ante algo que fue un horror.

El paradigma bélico ha llenado de ejemplos el mundo del cine; también la poesía tradicional y otras formas literarias. La pintura ha recogido hermosas revoluciones y deliciosas matanzas; abundan las esculturas militares y los himnos; hasta la heráldica busca la belleza.

Los corresponsales de guerra tampoco escapan a esta fascinación del público, quizá porque es imposible contemplar una fotografía sin una lectura estética, o leer una historia que no tenga algún poso literario o ganas de hacer disfrutar. Pero es un error contemplar la acción del periodista como un servicio heroico. No se es intrépido; se es profesional.

Como decía el otro día un compañero de redacción, Pau Miranda, “no existe el periodismo de guerra; solo existe el periodismo”. No somos héroes ni cuando vamos en bote. Todavía se discute con pasión en las facultades que seamos capaces de ceñirnos a la objetividad. Quizá la exigencia mínima sea la profesionalidad, la honestidad y la coherencia.

Y desde luego, tenemos que reconocer que el interés periodístico no siempre sigue un cauce ético. Para empezar, porque nosotros actuamos al final como enlaces de nuestro público, y al hacer una noticia nos planteamos siempres cuáles serían sus demandas.

En esto, cabe pensar que actuamos con una perspectiva de paz. En España y otros muchos países de Europa el pacifismo está muy enraizado, quizá por el dolor que todavía causan nuestras propias cicatrices (en Europa, el siglo XX fue el más mortífero). Pero ojo: nada garantiza una cura permanente (seguimos aprobando misiones de guerra).

En mi opinión, no hay países ni sociedades predestinadas. Creo que la historia se va haciendo; por eso no hay nadie salvado para siempre de la guerra; por eso puede que nuestra misión sea seguir poniendo al descubierto las rendijas de violencia, las amenazas que vienen.

Para terminar, reconozcamos que la profesión del periodista es una profesión que no es ajena al error. Ni la mejor edición es inmune a los fallos y las imprecisiones. Cometemos errores con asiduidad y de nuestras sonrojantes meteduras de pata están llenos anaqueles y páginas.

Pero desde esa humildad, yo hoy quiero decir que afortunadamente, a veces, la paz nos debe una.

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