Turbulencias en el Ejército indio

Estándar

Lo que sigue aquí es una recopilación de informaciones interesantes ocurridas en las últimas semanas en la India. Se trata de un asunto delicado y todavía en gestación, de modo que algunos de los detalles pueden no ser del todo exactos, aunque el marco general sí lo es. Mi conocimiento del asunto es en casi su totalidad indirecto. Se basa en haber escarbado en distintos medios de comunicación, foros privados, testimonios.

Al inicio de la polémica que está rodeando al Ejército indio, yo también pensaba que el jefe de la fuerza, el general V.K. Singh, luchaba por cambiar los registros de su nacimiento para ser declarado un año más joven con vistas lograr alargar un año más su desempeño en el puesto, hasta 2013 y no a finales de mayo, cuando termina su mandato, en puro afán de poder.

Me equivocaba en dos ángulos,
el primero, porque lo que parecía una carrera de ambición profesional ha desatado una agria disputa de réplicas y contrarréplicas entre el jefe del Ejército y la cúpula del Ministerio indio de Defensa, en particular su ministro, A.K. Antony. Ambas instituciones están registrando turbulencias. Esta consideración, aunque cierta, es insuficiente para entender lo que está pasando.
Lo que nos lleva a la segunda, porque incluso este supuesto intercambio de golpes entre dos hombres a la cabeza de dos instituciones básicas y de equilibrio delicado, esconde en realidad un juego sofisticado de poderes, actores múltiples, objetivos no siempre confesados y un turbio tufo a sobornos y corrupción en el tráfico de armas.
Mi sensación creciente es que quedarse con que hay un enfrentamiento entre el poder civil y militar es caer en una simplificación o, a lo peor, en una trampa para desviar la atención. ¿Por qué?
Singh y Antony habían aparecido durante varias semanas como los dos púgiles que se intercambiaban golpes. En enero, el general recurrió sin éxito al Supremo para que corrigiera los registros del Gobierno de su fecha de nacimiento. En el ejército figuran dos fechas distintas: 1951 (en casi todos los documentos oficiales) y 1950 (en la sección de secretaría militar, a raíz de un dato, parece, mal puesto por el general en un examen hecho cuando era joven)
Luego volveremos a esto, porque es más importante de lo que parece.
Defensa se había resistido a cambiar la fecha del general, tal y como este pedía, con lo que se aseguraba un relevo en mayo. El Supremo, tras el insólito recurso de Singh –un jefe del Ejército yendo a la justicia contra su Gobierno es, como mínimo, raruno-, se negó a brindarle apoyo.
Con su enfrentamiento, la posición de VK Singh al frente del Ejército quedaba seriamente dañada. El Ejército indio ha aparecido siempre como una reserva de meritocracia y su compromiso con la democracia está fuera de dudas: no hay historial de golpes, a diferencia de lo ocurrido en Pakistán, y el poder civil se las ha arreglado para prevalecer sobre el militar.
Sin embargo, quizá con la audacia de quien ya no tiene nada que perder, el general se lanzó a la carga, con unas intenciones en principio difíciles de entender que el tiempo, y los hechos, han ido aclarando. Y en consecuencia, se ha abierto una caja de gusanos.
El primer dardo salió con la fuerza de una flecha. Una extraña entrevista, de unos pocos párrafos, concedida al diario The Hindu, en la que revelaba que un miembro de un grupo de presión –antiguo official del Ejército- le había ofrecido 2,7 millones de dólares por aprobar la compra de 600 vehículos.

“Me dijo que la gente había aceptado dinero antes que yo y que lo aceptarían después”, dijo. Asunto importante. Ya había 7.000 de esos vehículos “de bajo estándar” dentro del Ejército, comprados a “precios desorbitados” y “sin hacer preguntas”. El general tiraba contra sus predecesores.
Distintos medios indios comenzaron a tirar de la cuerda. Con fuentes de aquí y allá, llegaron a dos conclusiones: que el vehículo en cuestión era el camión Tatra, de fabricación checa, con el volante situado en el lado contrario de lo que señalan las normas de tráfico indias.
La segunda conclusión a la que llegaron es que el autor del supuesto soborno era el teniente general retirado Tejinder Singh. Él lo ha negado, pero apunten este nombre.
El jefe del Ejército también devolvió el “favor” al ministro de Defensa: dijo que había notificado el intento de soborno hacía semanas, y que las autoridades civiles no habían hecho nada. Se montó una polémica política al instante; Antony compareció ante el Parlamento, anunció una investigación.
También dijo que el general no había querido denunciar el soborno por escrito. En la India los procesos burocráticos son endiablados, las pruebas documentales interminables; pero casi toda la información que importa no se escribe, se dice.
Para complicar las cosas, unos días más tarde (en este punto de la historia, estamos ya bien entrados en marzo) se filtra una carta enviada por el general a la oficina del primer ministro en la que critica el estado deplorable del Ejército –que falta munición, que el material es viejo…
Solo había dos copias y la fuente nacía de la oficina civil. El general, como veremos, no podía no saber que andaban tras él.
Y entonces, con esta supuesta tensión entre los estamentos civil y militar cociéndose a fuego lento, saltó a la palestra esta semana el diario “The Indian Express”, centro-derecha, pro-establishment, bien conectado y respetado, con una noticia a toda portada (¡seis columnas!).
La denuncia era que dos columnas militares se habían acercado a Delhi sin autorización oficial el mismo día que el jefe del Ejército presentaba su recurso ante el Supremo por la polémica de la fecha de nacimiento.
El periódico, de manera astuta, dejaba planear el peso de la posibilidad de un golpe sin decirlo, aunque todas las fuentes de todos los estamentos lo descartaban. “Nobody is using the “C” word (en referencia a “coup”, claro) to imply anything other than ‘curious’. All else is considered an impossibility”, escribían los autores. Era ridículo: con dos columnas, uno no toma Delhi.
Pero el punto de la historia, sensacionalismo aparte, era válido: que el nivel de desconfianza entre civiles y militares era tal que un movimiento de tropas no documentado –según el Ejército, se trataba de un despliegue rápido en condiciones de niebla- desató la histeria en Defensa.
El primer ministro dijo luego que era “alarmista”. El jefe del Ejército, que era una estupidez completa. Con todas las fuentes negando la información, enseguida se desató la sospecha de que la noticia podía haber sido, por decirlo de algún modo, “sugerida” por alguien. ¿Por qué?
Hace ya tres semanas, el general Singh había dicho en entrevista al semanario The Week: “Incluso cuando nuestra unidad, divisiones o brigadas hacen un ejercicio, algunos dicen que no es un ejercicio, sino que buscamos algo más(…) Estos días hay muchas historias. Nadie quiere saber si son ciertas o no. Se trata de tirar barro a alguien”.
El general ya sabía que había panes en el horno. ¿Qué tienen en común los camiones Tatra y la supuesta amenaza de golpe?
Según distintos medios indios, al menos, una conexión, la del poderoso ministro de Interior, P. Chidambaram, bien conocido del firmante de la noticia y a su vez padre del empresario Karthi Chidamabaram, quien supuestamente opera en el sector de las armas y, oh, sorpresa, con Tejinder Singh. El supuesto hombre del soborno y los camiones Tatra.
Esta teoría, publicada por Madhav Nalapat en “The Sunday Guardian” con fuentes anónimas, asegura sin nombrarles que el plan era “confundir al periódico para que publicara una información sin base, y de este modo erosionar los apoyos del general Singh entre la clase política”.
Según Nalapat, un pariente cercano del ministro (¿Karthi?) se había reunido “regularmente con mercaderes de armas y sus lobbyistas”. Una red que pasa por Dubái, Londres y Bangkok. Cuentan sus fuentes que esos individuos “funcionan como auxiliares de agencias de inteligencia extranjeras”. “Unidades no declaradas de agencias de inteligencia de países miembros de la OTAN (especialmente uno con una enorme presencia en el mercado de armas con la India) pactan regularmente con lobbyistas y fabricantes de armas, y les usan para sus operaciones”. Nalapat va tan lejos como para afirmar que el millonario contrato de los aviones Raffale –en el que Eurofighter salió derrotado- había sido decidido ¡nueve meses! antes de la decisión pública. ¿Apuntamos a Francia?
La India, según datos del instituto SIPRI, es el país del mundo que más armamento importa, en parte por su fracaso en el desarrollo de una industria armamentística propia. No es difícil ver que dentro del sistema hay quien se beneficia de la necesidad de comprar armas con jugosas comisiones.
Un teniente coronel en la India gana unos 1.000 euros mensuales. Con esa paga, es fácil sospechar de aquellos que –sin otros recursos conocidos- tienen a sus hijos estudiando en universidades americanas. Una moda.
La columnista Seema Mustafa agrega que el jefe del Ejército bloqueó el nombramiento de Tejinder Singh como director de la Organización de Investigación Técnica Nacional, a resultas del intento de soborno, y que paralizó el contrato Tatra. Supuestamente, era el ministro Chidambaram quien apoyaba la candidatura de Tejinder.
¿Está Chidambaram en el lobby del armamento? No hay pruebas suficientes que lo demuestren. Pero sin duda le beneficia la historia de Indian Express como modo de desacreditar al jefe del Ejército, que parecía estar apuntando públicamente contra  Tejinder.
Y tenemos pues, por un lado, motivos más que suficientes para pensar que tras paralizar el contrato de Tatra y en su esfuerzo por limpiar los procesos de adquisición el general VK Singh se ha enemistado con segmentos de los lobbies del armamento. Paralizas Tatra, y a los dealers de las fiestas privadas –“honeytrapping”, etc.- se le enciende la sirena.
O sea, un peligro para los monopolios del sector. Con el ya conocido como caso “Armsgate” pasa como en esas películas del cine negro en las que uno no sabe bien de quién fiarse. Quién es el bueno y quién es el malo.
En general, el ministro Antony es percibido como un hombre honrado y ajeno a la corrupción, pero también es un posibilista que hizo caso a las recomendaciones de sus subordinados -¿cuántos de ellos son de fiar?-para no ampliar el mandato del general “limpio”.
¿Qué tiene que ver el nacimiento de Singh con toda esta tramoya?
La cuestión de la fecha del nacimiento del general Singh es mucho más importante de lo que parece. ¿Qué cambiaría un año? Para empezar, algo más de tiempo para limpiar el Ejército indio de contratos basura. Pero esa, he descubierto luego, tampoco parece la razón principal.
En la India, las promociones en los puestos más altos del Ejército no se dirimen por mérito o riqueza, ni por administración, sino por la fecha de nacimiento: los nombramientos se realizan en función de la edad.
Rebobinemos: antes de Singh, mandó el general Deepak Kapoor; antes de Kapoor, J.J. Singh, el primer jefe del Ejército de religión sij.
Pues bien, nuestro amigo JJ –quien por cierto alababa sobremanera los camiones Tatra- parece haber jugado sucio. Se dio cuenta de que, con combinaciones y permutaciones, podía “predecir” quiénes serían sus sucesores en función de la fecha de nacimiento y moviendo piezas aquí y allá.
JJ ya sabía que su puesto sería ocupado por Kapoor, y también parecía claro que después de Kapoor sería el turno del actual jefe. Pero JJ sí podía influir en quién sustituiría a nuestro polémico y vapuleado VK Singh.
Y descubrió que, si el mandato de Singh terminaba este año y se quitaba de en medio a dos o tres prometedores oficiales (apartándolos de sus promociones merecidas), el sucesor sería otro sij (nada en contra de los sijs, por otra parte), Bikramjit Singh.
Lo que hicieron JJ y sus compinches con VK Singh, según estos medios, fue forzarle a admitir que su año de nacimiento era 1950, como condición para nombrarlo jefe del Ejército, y con la promesa de evaluar más tarde cuál era la fecha correcta, algo que nunca sucedió. Así Singh tendría que retirarse en 2012 y volverían a la montura los hombres de JJ.
Jugada de póker.
Con el relevo de mayo, Bikramjit Singh entrará al mando del Ejército y posiblemente se trata de una figura menos amenazante para Tejinders y compañía. Y además, con la manipulación de fechas, Bikramjit será sustituido por otro hombre de JJ, Dalbir Suhag.
Dice una alta fuente del Ejército a Nalapat: “Cuando el nuevo jefe asuma su cargo, las investigaciones iniciadas por VK Singh pueden quedar suspendidas, lo que permitiría escapar a oficiales culpables de corrupción”. Evidentemente, nadie sabe aún qué camino tomará Bikramjit Singh, pero está claro que su predecesor no lo quiere en el cargo.

CONCLUSIONES
Lo que este caso está poniendo de manifiesto son, pues dos cosas:
La primera, que existe un potente lobby de armas con probable presencia dentro del Ejército y del Ministerio de Defensa, y que controla los resortes suficientes como para haber cortado los canales de comunicación entre dos hombres que, a priori, debían haber mostrado sintonía en su lucha contra la corrupción: VK Singh y AK Antony.
Escribe el periodista Sam Rajappa: “Antony es un moderado que cree que unas pocas mentiras son aceptables en pro del interés mayor de la nación (…) Singh es de la escuela de pensamiento de Immanuel Kant, uno de los exponentes renombrados del rigorismo”
Antony y Singh podían haberse entendido (la comunicación no está del todo rota, se les ha visto hablando cordialmente, pero ya es tarde para la cuestión del nacimiento) y esto no ha sido así: minipunto para las “ovejas negras”.
La segunda, que se ha caído el mito del Ejército indio como una institución intachable que primaba la meritocracia y el esfuerzo como recetas para el éxito, y de camino se ha puesto de manifiesto que está mal equipado y que hay desconfianza respecto al sector civil. Esto es en parte responsabilidad de su jefe, que ha optado por salir a campo abierto sin meditar las consecuencias.
Es probable, en su descargo, que fuera su única opción.
Paradójicamente, la posible salida a este punto vuelve a estar en manos del Supremo. Dos oficiales de la Marina, un periodista, un activista y un antiguo alto oficial han presentado ante el Supremo un caso de Litigio de Interés Público (PIL) contra el nombramiento de Bikramjit Singh en mayo.
Discuten tres puntos de la trayectoria de Bikramjit: su posible implicación en un asesinato extrajudicial, su inacción para castigar a los cascos azules indios responsables de casos de violaciones en el Congo y la propia manipulación de los nombramientos en años previos.
Si el Supremo desestima el PIL, está claro que Bikramjit Singh será el próximo jefe del Ejército. Si el PIL se abre paso y VK Singh sigue hasta el año que viene, el capricho del calendario revolucionará los próximos relevos.
Su sucesor, en ese caso, sería el teniente general KT Parnaik, un hombre respetado en el Ejército, descrito como un “hombre que piensa”. Más que probable enemigo para los lobbies del armamento, según Seema Mustafa.
El mejor resumen de lo que está sucediendo viene de boca del analista Maroof Raza en Gfiles: “El sistema ha rodeado al jefe del Ejército y esto solo favorecerá a la burocracia. El resultado será que al menos por dos generaciones ningún jefe militar levantará la cabeza. Y el mensaje para los mandos militares será que no es el mérito o la exactitud de los documentos lo que les dará ascensos, sino el inclinarse ante la élite política y burocrática. El último bastión de la meritocracia profesional en la India se ha derrumbado. Los daños van a ser duraderos”.
Para concluir, sin embargo, me gustaría recordar que todavía sigue estando abierta la opción B. La de que el general VK Singh haya construido una ofensiva de fuentes entre sus fieles para promocionar su sector dentro del Ejército y sus posiciones. Que haya iniciado una ambiciosa carrera para continuar en el poder y que para ello haya decidido manchar el nombre del Gobierno, de Tejinder Singh, Antony, los Chidambaram… Las piezas están aún en el tablero y se juega con tonos de jade, no fichas blancas o negras.
La mejor pista, a partir de mayo, llegará por carretera: ¿aprobará el nuevo jefe del Ejército compras de camiones de transporte Tatra?

PD. Este fin de semana, el diario “pro-sistema” “The Times of India” publicaba lo siguiente:

NEW DELHI: A spate of controversies about the Army may have been a result of the vicious factional feud within the force, but there are indications that the controversies are also being used as fodder to target defence minister AK Antony. The reasons for the suspicions are twofold. First, with the Army chief set to retire on May 31, the main worry of his rivals has ceased to exist. Second, Antony’s anti-corruption stand has antagonized a whole range of interests: arms lobbies, middlemen, foreign governments and armament firms. Last month, Antony banned six armament companies, including four foreign firms – Israeli Military Industries, Singapore Technologies Kinetics, Rheinmetall Air Defence ( Zurich) andCorporation Defence ( Russia) – for 10 years. It’s said that some warned him against this radical step, saying the backlash could be severe. But the defence minister factored in the warning, kept the top political leadership informed about every step taken by him, and went ahead and blacklisted the companies in his deep belief that defence procurement by world’s largest arms importer should be completely free of any taint”

Dudo de que VK Singh sea un “caballero blanco” y probablemente tendrá sus intereses, que desconozco. Pero sí va quedando claro que hay muchos peones negros en Defensa y el Ejército. Y las consecuencias de tanto cadáver en el armario son de un valor multimillonario.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail

Un comentario en “Turbulencias en el Ejército indio

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *