Una carretera amenaza la supervivencia de los últimos indios jarawa

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Nueva Delhi, 7 may 2007.- Los últimos 300 miembros de la tribu jarawa resisten como pueden en los bosques de las islas de Andamán, al este de la India, cuando se cumplen hoy cinco años de una orden -incumplida- del Tribunal Supremo para cerrar una carretera que parte en dos su territorio.
“En Andamán no hay necesidad de unir por tierra las poblaciones, que están en la costa: la comunicación puede hacerse por mar. Esa vía fue trazada para explotar los bosques, y la destrucción de éstos destruye a los jarawa”, explicó a Efe Pankaj Sekhsaria, portavoz de la ONG india Kalpavriksh.
Las Andamán, que conforman un brazo de tierra de unos 300 kilómetros de largo situado a más de 200 del continente, eran hasta épocas recientes escasamente visitadas, por lo que los jarawa pudieron mantener intacta su forma de vida, basada en la caza de jabalíes y lagartos.
Sin embargo, con la construcción de la carretera, cuyas obras empezaron en los años 70, la tribu jarawa corre el riesgo de desaparecer, expuesta a los abusos del exterior y la destrucción de su hábitat, y carente de inmunidad contra enfermedades que son comunes en ambientes más civilizados.
De hecho, el “tsunami” que asoló el Índico en el año 2004 ya hizo temer por la extinción de las tribus, a las que se suponía poco preparadas para la catástrofe, pero estas, basándose en sus propios sistemas de alerta y protegidas por la selva, apenas sufrieron sus efectos.
Y, con todo, aun siendo capaces de resistir un gigantesco “tsunami”, los jarawa no logran sobreponerse a la tala de sus bosques ni a un enemigo pequeño: el virus del sarampión.
El año pasado, el 20 por ciento de los jarawa sufrió una epidemia de esa enfermedad, que ya en el siglo XIX dejó al borde de la extinción a sus “primos” de la tribu Gran Andamaneses (pasaron de 5.000 a los apenas 41 de hoy en día).
Por la carretera, además de los virus, han llegado actividades desconocidas, como la tala de árboles, el turismo -ilegal- de quienes buscan curiosear en la vida indígena y hasta la prostitución de las mujeres jarawa.
“Eenen Piti Piti (“los hombres malos”) nos engatusan para utilizarnos”, dijo el jarawa Enmei en la primera entrevista en la historia concedida por un miembro de su tribu, al periódico “Hindustan Times” en el año 2003.
El Tribunal Supremo decretó el cierre de la carretera hace justo cinco años, pero las autoridades de las islas no han puesto en práctica la medida a pesar de la presión internacional, según hizo público la asociación británica Survival con motivo del quinto aniversario de la decisión judicial.
“Está fuera de lo corriente que el Gobierno indio haya ignorado durante cinco años la orden del Supremo. La carretera se debe clausurar antes de que sea demasiado tarde”, declaró el director de Survival, Stephen Corry.
En realidad, la administración local congeló la medida a la espera de que la justicia resuelva favorablemente un recurso presentado para mantener la carretera, que mejora la comunicación entre el norte y el sur de las islas pero parte en dos la reserva jarawa.
“Sabemos que los jarawa rechazan la carretera porque atacaron durante años a los trabajadores. La carretera facilita la destrucción del bosque, y permite la caza ilegal y la invasión de su espacio”, dijo a Efe Sekhsaria.
En 1990, las autoridades locales ya anunciaron el reasentamiento forzoso de la tribu, pero desistieron de su plan ante la fuerte polémica y los riesgos que presentaba la medida -desarraigo, enfermedades- para su supervivencia.
Porque, tras miles de años manteniendo intacto su medio de vida, los jarawa no entablaron contacto alguno con los pobladores foráneos hasta 1998.
En ese año, los jarawa cambiaron su agresividad por una actitud más amigable, cuenta Sekharia, después de la recuperación en un hospital del jarawa Enmei, que sufrió una fractura de tobillo y quedó aislado de su tribu.
“La selva es mejor. Incluso si tengo que estar fuera unos días, me gusta volver con mi familia”, dijo en la entrevista Enmei

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